Llegado al cuarto aniversario de la guerra ruso-ucraniana, se nos impone la necesidad de examinar la diplomacia alrededor del conflicto. A pesar de la promesa de Donald Trump de poner fin al conflicto apenas comenzado su mandato, la realidad es que, un año después, un acuerdo se ve tan elusivo como antes.
Todas las propuestas de paz que se barajaron en público en los últimos meses son inaceptables para una o ambas partes, y no son implementables en la práctica. Los próximos probablemente sean más de lo mismo. ¿Por qué?
EE.UU.
Dado que el balance de poder en el mundo ha cambiado, y los EE.UU. están sobreextendidos en sus compromisos globales, se vuelve necesario elegir y priorizar. La política de Washington está determinada por la interacción de diversos grupos de políticos y funcionarios que hacen lobby ante el presidente para sus prioridades favoritas.
Simplificando mucho, podemos dividirlos en tres grandes grupos: quienes priorizan la competencia con China, los que priorizan la defensa de Israel y quienes desean continuar la guerra contra Rusia en Ucrania. La preferencia personal del presidente Trump parece estar con el primer grupo, y en esto tiene un consenso transversal en la clase política en Washington. Pero también los defensores de Israel son numerosos en ambos partidos políticos, especialmente el republicano.
Para Trump, Ucrania claramente está muy abajo en la lista de prioridades, y lo ha dejado en claro en más de una ocasión. Sin embargo, hasta ahora ha sido incapaz de romper con la poderosa inercia política y burocrática que empuja a EE.UU. a seguir apoyando a Ucrania.
Dado que no desea cargar con el costo político de una derrota en Ucrania, su incentivo es a buscar una salida negociada que le permita al menos presentarlo ante la opinión pública como una victoria, pero no parece haber encontrado aún como implementar esto en la práctica. En esto se verá boicoteado por los ucranianos, sus aliados de la OTAN, y por algunos sectores dentro de su propia administración. Mientras tanto, podemos ver que está intentando paulatinamente descargar el costo político y económico del conflicto en los europeos, forzándolos a hacerse cargo de financiar la ayuda a Ucrania, aumentar sus gastos en defensa y encarar un costoso proceso de rearme.

Europa
Con "Europa" nos estamos refiriendo, principalmente, a los aliados europeos de la OTAN, que actualmente engloba a la mayoría de los países del continente. La postura de diversos estados individuales varía de acuerdo a las circunstancias de cada uno, desde una postura mas dialoguista con Rusia (por ejemplo, Hungría y Eslovaquia) a una muy beligerante antirrusa (Polonia, los países bálticos). Pero lo que todos comparten es el temor de que los EE.UU. abandonen su compromiso con la defensa de Europa y su participación en el balance de poder regional.
Las economías del continente se encuentran en un estancamiento, cuando no declive, sufriendo un proceso de desindustrialización como resultado principalmente de los costos energéticos provocados por el desacople de la energía rusa y una fallida transición energética "verde". Militarmente, se encuentran aún peor, ni siquiera los países grandes como Alemania o Francia podrían sostenerse en guerra durante mas de unas pocas semanas. Y el rearme de Europa, si tiene lugar, tardará al menos una década en el mejor de los casos.
En consecuencia, los estados europeos harán lo necesario para intentar mantener a EE.UU. comprometido con la defensa de Europa, incluso si esto implica someterse a las repetidas humillaciones diplomáticas a las que les somete la administración Trump.
Muchos estadistas europeos parecen estar apostando a que el fenómeno Trump será temporario, de manera que si logran aguantar los siguientes tres años hasta el próximo cambio de gobierno en EE.UU., la relación transatlántica volverá a la normalidad, ignorando que el fenómeno Trump no es una causa sino un síntoma de un problema más profundo y estructural.
Mientras tanto, un incentivo político perverso, resultado de esta dinámica, es que no les resulta conveniente que la guerra en Ucrania termine, ya que esto le permitiría a los EE.UU. pivotear finalmente hacia Oriente para concentrarse en enfrentar a su rival sistémico, China (pivote que están intentando realizar desde, al menos, el gobierno de Obama).
Por ello, continuarán discretamente boicoteando el proceso proponiendo iniciativas e insertando cláusulas que claramente son non-starters para Rusia, cosas que Moscú ya ha rechazado tajantemente en el pasado. Cuando Moscú las rechaza nuevamente, como era esperable, le echarán la culpa por ser intransigente.
Ucrania
Para Ucrania, los objetivos maximalistas, defendidos por los nacionalistas mas acérrimos, apuntan principalmente a volver a sus fronteras de 1991 y acceder a la alianza OTAN. Esto implicaría no solamente expulsar a las fuerzas armadas de Rusia de su territorio, volviendo a las fronteras de facto de febrero de 2022, sino también recuperar el control efectivo de los territorios separatistas de Donetsk y Lugansk, y la península de Crimea, en manos rusas desde 2014. Desde ya que, dadas las realidades militares en el terreno, este no es un objetivo remotamente alcanzable para Ucrania en ningún período de tiempo previsible.
Los sectores mas pragmáticos dentro de Ucrania reconocen esta imposibilidad, y se inclinan por buscar algún tipo de acuerdo de cese al fuego que permita limitar las pérdidas territoriales, congelar las líneas del frente, y obtener algún tipo de compromiso de protección militar por parte de Occidente en el largo plazo. En otras palabras, lo que pretenden es un tipo de garantía de seguridad equivalente al artículo 5° de la OTAN.
Ucrania tiene poco interés en negociar ahora porque implicaría hacerlo desde una posición de evidente desventaja. Por el contrario, preferirían no solamente obtener una mayor ayuda militar de EE.UU. y Europa, sino su participación militar directa, algo a lo que estos países son (entendiblemente) muy reacios, por los costos y riesgos que implica. El famoso (y ya olvidado) acuerdo para la explotación de minerales en Ucrania el año pasado fue un transparente intento de generar un interés concreto y material de EE.UU. para sostener la defensa de Ucrania.
Pendientes del riesgo de abandono por parte del gobierno americano, participan en las negociaciones que el presidente Trump impulsa con Rusia , pero incluso bajo una fuerte presión de Wahington, es muy improbable que cedan lo suficiente en su postura como para satisfacer las demandas rusas.
Por ahora lo mas probable es que sigan participando del proceso para no alienar aún mas al presidente Trump, y evitar que EE.UU. se desentienda definitivamente del conflicto (lo cual llevaría a su inexorable derrota en un plazo breve). Pero al mismo tiempo intentarán (con ayuda de los europeos) extender el proceso lo suficiente como para exceder el plazo de la actual administración, con la esperanza de que el próximo presidente americano revea su postura.
Rusia
Las causas profundas que llevaron a Rusia a iniciar la guerra tienen que ver con el dilema de seguridad que le provoca la expansión de la alianza militar OTAN, a la cual consideran hostil desde su fundación, dentro de su esfera geográfica de influencia. Esta ha sido la posición consistente de Moscú desde la Guerra Fría, reiterada a lo largo de décadas en múltiples documentos y foros internacionales, y su comportamiento diplomático y militar ha sido consistente con esta postura.
Aunque hoy los medios insistan en fingir amnesia, durante muchos años antes de la actual guerra, la existencia de este dilema de seguridad era un problema era reconocido en Occidente. Numerosos diplomáticos y académicos occidentales, veteranos de la Guerra Fría, advertían públicamente acerca del riesgo de provocar este conflicto expandiendo la OTAN en dirección a las fronteras rusas.

Cualquier tipo de garantía de seguridad que Ucrania pretenda obtener de EE.UU. o la UE es fundamentalmente incompatible con los requerimientos de seguridad estratégica de Moscú, que preferirá una Ucrania destruida y desmilitarizada por la fuerza antes que consentir su entrada a cualquier alianza occidental.
Uno de los puntos mas polémicos pero frecuentemente ignorados en la prensa occidental es que, para que esta promesa de protección sea creíble, sería necesario estacionar tropas de la OTAN en territorio ucraniano, y poner a Ucrania bajo el "paraguas nuclear" estadounidense, como se hizo con el resto de los países de la OTAN desde la Guerra Fría. La perspectiva real de tener tropas de la OTAN en Ucrania fue, precisamente, el detonante tanto de la toma de Crimea en 2015, como de la invasión de 2022.
Esta preocupación por la expansión de la OTAN no se limita al presidente Putin, sino que es compartida en Moscú por todo el establishment de defensa, la elite política, y gran parte de la población, y se explica como resultado de una memoria histórica de varios siglos durante los cuales el país fue invadido por potencias extranjeras, generalmente desde el occidente, sobre todo durante las dos guerras mundiales.
En consecuencia, Rusia considera que su seguridad depende de mantener un espacio de seguridad que le dé profundidad estratégica frente a una potencial amenaza militar. En este esquema, preferirían tener una Ucrania bajo un gobierno amigo, o por lo menos subordinado. De no ser posible esto, siguiendo el orden de preferencias, podría ser aceptable una Ucrania estrictamente neutral, siguiendo el modelo de Austria, o de Finlandia durante la Guerra Fría.
Dado que Rusia percibe que está ganando en el plano militar, no siente necesidad de hacer concesiones sobre sus demandas mínimas, que ahora incluyen la anexión de 4 regiones (Donetsk, Lugansk, Kherson y Zaporizhia). A medida que transcurra el tiempo, lo que no obtenga por vía de la negociación, lo obtendrá por la fuerza.
Si las posturas de ambos bandos se encuentran tan irreconciliablemente alejadas, ¿por qué participar de negociaciones diplomáticas que probablemente no lleguen a ninguna parte? Porque ganar militarmente no significa asegurar la paz futura, para ello será necesario un acuerdo político más amplio con las otras potencias, principalmente EE.UU., para establecer un orden de posguerra estable.
Por ello se esforzarán en no alienar al presidente Trump, cuya colaboración (o la de su sucesor) sería necesaria para llegar eventualmente este acuerdo. Mientras puedan, le seguirán el juego participando de la negociación que éste impulsa, buscando endilgar la responsabilidad de su fracaso a la intransigencia de los ucranianos y los aliados europeos.
Conclusión
El actual proceso de negociación es resultado principalmente de la presión del presidente Trump, al que ninguna de las demás partes quiere arriesgarse a alienar demasiado, dado lo impredecible de su comportamiento y la posición predominante de los EE.UU. en el sistema internacional.
Por ello, nadie lo toma en serio, y todos finjen acompañar el proceso en público, mientras por lo bajo lo boicotean. Lo mismo aplica, por cierto, a otros conflictos alrededor del mundo que Trump cree haber resuelto. Y dada la incapacidad que hasta ahora demostrado su gobierno para romper con la inercia y llevar adelante una diplomacia realista, que tenga en cuenta las causas profundas de los conflictos, las perspectivas para los próximos 3 años no son optimistas.