La generación que llegó a la pubertad alrededor de 2009 desarrolló su autopercepción en el marco de cambios tecnológicos y culturales profundos, como el uso extendido de los smartphones y de unas redes sociales adictivas.
En consecuencia, les tocó crecer en una especie de mundo virtual sin interacciones con personas de carne y hueso y mientras los adultos comenzaron a sobreproteger a esos niños en la vida real, los dejaron involuntariamente desamparados en el universo online.

Jonathan Haidt es psicólogo social y profesor de Liderazgo Ético en la Escuela de Negocios Stern de la Universidad de Nueva York. Su investigación se centra en la psicología de la moralidad y en las emociones morales complejas. Esto fue lo que lo condujo a escribir La generación ansiosa (Paidós),un libro que le ofrece consejos a los padres, profesores, compañías tecnológicas y gobiernos sobre las medidas que se pueden tomar para convertir a una adolescencia sobreprotegida en una más humana y libre.
Allí, aborda la emergencia de salud mental que afecta a una generación que ha crecido indefensa en el implacable universo online.
A continuación, un fragmento del libro:
En ¿Padres jardineros o padres carpinteros?, la psicóloga del desarrollo Alison Gopnik señala que la palabra parenting [ejercer de padre y/o madre] no se utilizó prácticamente hasta la década de 1950 y no se popularizó hasta la de 1970. Durante casi toda la historia de la humanidad, crecimos en entornos en los que observamos a muchas personas cuidando de muchos niños. Había mucho saber autóctono y no se necesitaban expertos en cómo ser padres.
Pero en la década de 1970, la vida familiar cambió. Las familias se volvieron más pequeñas y móviles; la gente pasaba más tiempo trabajando y yendo a la escuela; se empezó a tener hijos más tarde, a menudo con más de 30 años. Los nuevos padres perdieron el acceso al saber autóctono y empezaron a depender más de los expertos. Con ello les resultó fácil acometer su labor como padres con la mentalidad que les había dado buenos resultados en la escuela y en el trabajo: "Si encuentro la formación adecuada, haré bien el trabajo y produciré algo superior".
Gopnik dice que los padres empezaron a pensar como carpinteros, que tienen una idea clara en la cabeza de lo que quieren conseguir. Examinan detenidamente los materiales con los que tienen que trabajar, y su tarea consiste en ensamblar esos materiales para crear un producto acabado que todos puedan juzgar con criterios claros: ¿Coinciden perfectamente los ángulos rectos? ¿Funciona bien la puerta? Gopnik señala que "la falta de esmero y la variabilidad son los enemigos del carpintero; la precisión y el control son sus aliados. Mide dos veces, corta una".
Gopnik dice que es mejor plantearse la crianza de un hijo como lo haría un jardinero. Tu trabajo consiste en crear «un espacio protegido y favorable para que florezcan las plantas». Hay que trabajar, pero no hace falta ser perfeccionistas. Desbroza el jardín, riégalo y apártate, que las plantas harán lo que tengan que hacer, de forma imprevisible y a menudo con deliciosas sorpresas.
Gopnik nos insta a aceptar el desorden y la imprevisibilidad de la crianza de los hijos:
Nuestro trabajo como padres no es hacer un tipo determinado de niño. Pero sí lo es proporcionar un lugar protegido de amor, seguridad y estabilidad en el que los niños, de muchas clases impredecibles, puedan florecer. Nuestro trabajo no es modelar la mente de nuestros hijos: es permitir que esas mentes exploren todas las posibilidades que el mundo ofrece. Nuestro trabajo no consiste en decirles a los niños cómo jugar, es darles los juguetes [...]. No podemos hacer que los niños aprendan, pero podemos dejar que aprendan.
En este libro he sostenido que hemos sobreprotegido innecesariamente a nuestros hijos en el mundo real. Como diría Gopnik: muchos hemos adoptado una mentalidad de carpinteros excesivamente controladores, que impide que nuestros hijos florezcan. Al mismo tiempo, los hemos infraprotegido en el mundo virtual, dejándolos a su aire y sin desbrozar mucho. Hemos dejado que internet y las redes sociales se apoderen del jardín. Hemos dejado que los jóvenes crezcan en redes de relaciones digitales en lugar de en comunidades donde puedan echar raíces. Y luego nos sorprendemos de que nuestros hijos se sientan solos y ansíen vínculos humanos reales.
A partir de las diversas listas de recomendaciones y de los estudios presentados antes en este libro, propongo las siguientes sugerencias adicionales:
- Aprende a utilizar los controles parentales y los filtros de contenidos en todos los dispositivos digitales de tu casa. Queremos que, al llegar a los 18 años, nuestros hijos hayan desarrollado ya su autonomía y su autocontrol, sin controles parentales ni vigilancia, pero eso no significa que debamos darles enseguida una plena independencia en el mundo online antes de que su corteza frontal esté preparada para ello. Las empresas tecnológicas emplean herramientas que engancharán a los niños, así que contraataca utilizando los controles parentales para esta franja de edad. Y, si a tu familia le parece adecuado, estableced una cantidad total de tiempo para el uso recreativo de la pantalla. Los límites de tiempo pueden ser complicados de establecer, y contraproducentes si son demasiado altos (el niño intentará entonces «agotar» todo el tiempo que se le dé). Pero si no se fija un límite total, las plataformas acapararán cada vez más tiempo, incluido el de sueño. Algunos padres utilizan programas de vigilancia que les permiten leer los mensajes de texto y otras comunicaciones de sus hijos. Puede haber casos en los que sea necesario, pero creo que, en general, es preferible que evitemos leer sus conversaciones privadas, que nos centremos en bloquear el acceso a sitios y aplicaciones inapropiados para su edad y que especifiquemos a qué horas se puede utilizar o no los dispositivos. Se puede caer en la sobreprotección en el mundo virtual, sobre todo cuando se convierte en vigilancia, a veces sin que el niño lo sepa. Visita para guiarte sobre el uso de los controles parentales.
- Concéntrate más en maximizar las actividades en persona y en el sueño que en el total de horas de pantalla. El principal daño que causan la mayoría de las actividades con pantallas es el coste de oportunidad, lo que contribuye directamente a dos de los cuatro perjuicios fundamentales que expliqué en el quinto capítulo: la privación social y la falta de sueño. Si tus hijos pasan mucho tiempo en compañía de sus amigos, por ejemplo, en equipos deportivos o en juegos no estructurados, si duermen lo suficiente y si no muestran signos de adicción o uso problemático de ningún dispositivo, entonces puedes relajar el límite de tiempo frente a la pantalla. Del mismo modo, jugar a videojuegos con un amigo, en persona y con moderación, es mejor que jugar a solas en la habitación. Leonard Sax, autor de Boys adrift (Niños a la deriva), recomienda no más de cuarenta minutos por noche en los días laborables, y no más de una hora al día los fines de semana. Sin embargo, muchas familias permiten períodos más largos, pero sólo los fines de semana. Al igual que con el uso de las redes sociales, los límites son difíciles de imponer si la tuya es la única familia que lo hace, así que intenta coordinarte con los padres de los amigos de tu hijo. Cuando muchas familias imponen límites parecidos, salen de la trampa de la acción colectiva y todos salen ganando.
- Estructurar claramente los días y las semanas. Como vimos en el octavo capítulo, estructurar el tiempo y el espacio es un prerrequisito para los rituales y otras actividades comunitarias que refuerzan el sentimiento de pertenencia a una comunidad, incluso cuando ésta se reduce a una familia de dos personas. En las comidas familiares se debe dejar a un lado los teléfonos para que los unos se acompañen a los otros. Sería bueno organizar una noche de cine en familia. Hay que ser cauteloso a la hora de permitir el uso de dispositivos en las habitaciones de los más pequeños, pero, si se hace, todos los dispositivos deberían retirarse de las habitaciones a una hora fija, como mínimo treinta minutos antes de la hora de acostarse. Valora la posibilidad de establecer un «sabbat digital» a la semana: un día completo en el que no se utilicen dispositivos con pantalla. O la de tomarse una semana libre de pantallas cada año, tal vez en unas vacaciones en un bello entorno natural.

- Presta atención a los posibles síntomas de adicción o uso problemático. Las actividades con pantallas son entretenidas, y casi todos los niños de esta edad disfrutan en especial con los videojuegos. Como expuse en el séptimo capítulo, un nivel moderado de videojuegos no parece ser perjudicial para la mayoría de los niños, aunque hay un gran subgrupo de niños y adolescentes (en torno al 7 por ciento) que acaban siendo adictos o presentando los síntomas de lo que se denomina uso problemático, lo que significa que la actividad está interfiriendo con otras funciones. La pornografía, las redes sociales y los videojuegos son las tres categorías de actividad con más probabilidades de conducir a un uso problemático en los adolescentes, y varios años de uso problemático pueden tener consecuencias duraderas, como contó Chris en el séptimo capítulo, cuando dijo que se siente como un «sistema operativo vacío». La Asociación Estadounidense de Psicología propone esta guía para identificar el «uso problemático de las redes sociales», pero se aplican bastante bien a cualquier actividad basada en una pantalla.
La actividad de tus hijos en las redes sociales podría estar causándoles problemas si:
- Interfiere con sus rutinas y compromisos diarios, como el colegio, los deberes, las amistades y las actividades extraescolares
- Ellos experimentan fuertes ansias de consultar las redes sociales
- Mienten o recurren al engaño para pasar tiempo online
- Suelen preferir las redes sociales a las interacciones sociales en persona
- Les impide dormir bien al menos ocho horas cada noche
- Les impide realizar una actividad física habitual
- Siguen utilizando las redes sociales aunque expresen el deseo de dejar de hacerlo
Si tus hijos presentan uno o más de estos síntomas, debes hablar con ellos. Si no pueden corregirse ellos mismos de inmediato, o si presentan varios síntomas, toma medidas para retirarles el acceso durante un tiempo y permitir así su desintoxicación digital y el restablecimiento de la dopamina. Consulta las páginas especializadas en consejos para la adicción a los videojuegos y a las redes sociales.
- Retrasa la apertura de las cuentas en redes sociales hasta los 16 años. Espera hasta bien entrada la pubertad, cuando ya han pasado los primeros años, más vulnerables, para permitirles conectarse a potentes agentes socializadores como TikTok o Instagram. Esto no significa que nunca puedan ver contenidos de estos sitios; mientras puedan acceder a un navegador web, accederán a las plataformas. Pero hay una diferencia entre ver vídeos de TikTok en un navegador y abrir una cuenta en TikTok, a la que se accede a través de la aplicación en el smartphone en cuanto se tiene un momento para ello. Abrir una cuenta es un paso importante, en el que los adolescentes proporcionan datos personales a la plataforma, se introducen en un torrente de contenidos personalizados elegidos por un algoritmo para maximizar su vinculación con el producto y empiezan a publicar contenidos ellos mismos. Retrasa ese fatídico paso hasta bastante después de empezar el instituto.

- Habla con tu hijo preadolescente sobre los riesgos, y escucha sus opiniones. Aunque no tengan cuenta en las redes sociales, todos los niños encontrarán en internet contenidos inapropiados para su edad. La exposición a la pornografía es prácticamente inevitable. Habla con tus hijos preadolescentes sobre los riesgos intrínsecos de publicar contenidos o compartir información personal online, incluidos el sexting y el ciberacoso. Pregúntales qué problemas ven en los hábitos online de sus compañeros y cómo creen que pueden evitarlos ellos mismos. Al final, tendrás que soltar sus riendas online. Pero si en este largo período de la infancia y la adolescencia temprana (de los 6 a los 13 años) puedes reducir la cantidad de tiempo online y aumentar su calidad, dejarás espacio para una mayor participación en el mundo real y ganarás tiempo para que el cerebro de tu hijo desarrolle un mejor autocontrol y una atención menos fragmentada.