Hubo un mundo distinto. Uno en el que los mensajes viajaban por correo, fax o, con suerte, por ICQ o MSN. Servicios de mensajería con sus propios códigos, sus propias reglas. Un mundo donde existía la compra y alquiler de películas o videojuegos en formato físico, donde los consumidores eran poseedores de los objetos, no meros usuarios a los que se les cedía una licencia de uso digital. Un mundo que más lejano en el tiempo de lo que realmente es, con empresas que ya son solo un recuerdo, como Atari, Blockbuster...y Commodore.
Esta historia tiene un comienzo extraño: un YouTuber, conocido bajo el seudónimo de Peri Fractic, decidió conseguir la licencia de Commodore, la icónica empresa de computadoras que quebró en 1994. Su misión estaba relacionada con su visión del estado de las cosas: "Somos esclavos de la tecnología que debería hacernos la vida más sencilla", dice en sus videos.
Tiene su punto. Los smartphones son algo más que la evolución de los teléfonos tradicionales. Nos permiten estar comunicados las 24 horas del día, los siete días de la semana, con todos. Relaciones de todo tipo (laborales o sentimentales) cruzan todas las barreras posibles de privacidad, intimidad y tiempo personal cuando no hay límites para el uso de los teléfonos. Estamos siempre conectados, aún cuando no sea en comunicación directa con alguien en particular: Facebook, Instagram, TikTok, y Twitter, mediante el scroll del infinito, se convierten en adicciones.
"Te podemos vender la empresa completa", le respondieron a Peri Fractic cuando intentó adquirir la licencia de uso de Commodore. No lo podía creer, el youtuber, que antes había sido actor, estaba a punto de convertirse en el CEO de una de las empresas pioneras de las computadoras en la década de 1980. Tenía que conseguir una módica suma que alcanzaba las siete cifras. Un número que no es desproporcionado si tenemos en cuenta lo que alguna vez Steve Jobs explicó en relación a la reputación de las marcas: el logo de Apple no es solo reconocido, es un símbolo de algo más que calidad, por eso vale más de US$ 100 millones. No solo hay historia y trabajo detrás del logo de Apple: hay tiempo.
Peri Fractic anunció en junio que, después de siete meses de negociaciones, se convirtió en el nuevo CEO de Commodore. La adquisición de la empresa es el primer paso de una odisea donde lo más difícil está por venir. El youtuber no esconde que intenta hacer un negocio con esto: admite que es una empresa con fines de lucro. ¿Por qué alguien apostaría por vender tecnología considerada obsoleta? La respuesta puede estar en una corriente cada vez más presente.

¿Qué es el retrofuturismo?
El retrofuturismo, según lo entiende Peri Fractic, es más que la fetichización por la estética de los aparatos tecnológicos del siglo pasado. Es una idea: honrar al pasado para innovar el futuro. El mercado retro existe, pero en general apunta a los coleccionistas. No pudo lograr crecer más allá de ese nicho. Las razones son varias, tienen que ver con el desarrollo tecnológico, el crecimiento de ciertas empresas y las tendencias.
Por más que todos coincidan en que el mejor sonido para escuchar música es el que proveen los discos de vinilo, la mayor parte de la población mundial escucha música a través de Spotify o YouTube, por dar algunos ejemplos. Algo similar sucede con las películas: la calidad de imagen y sonido del streaming, aún cuando se pague por la mejor resolución disponible, es inferior a la de los discos Blu Ray, que además solían estar llenos de extras sobre el detrás de escena. Pero hoy casi nadie alquila o compra películas, y menos son los que tienen los reproductores necesarios para verlas.
Cuando comprar algo digital no significa poseerlo
La razón es sencilla: el streaming, inicialmente, ofreció más contenido a un precio relativamente menor. Por el precio de un disco de vinilo se podía pagar una suscripción mensual para escuchar cientos de discos, aún cuando se perdiera la calidad y (quizás más importante) el concepto de posesión.
Para ejemplificar el concepto de posesión, conviene pensar en un caso real que sentó jurisprudencia en 2024. Supongamos que un usuario tiene varios juegos comprados en su biblioteca virtual de Steam, la popular plataforma gamer. Si esa persona intenta dejar los juegos como herencia, no puede. Esos bienes no son suyos, por más que los haya comprado. Por extensión, esta lógica aplica al resto de las plataformas digitales. En criollo: los juegos, discos o películas que se compren digitalmente, no integran el patrimonio de una persona. No se pueden legar ni por testamento. La letra pequeña que nadie lee lo deja en claro: no hay posesión, simplemente se adquiere una licencia de uso por tiempo determinado.
La inflación golpea a todo el mundo, especialmente a la industria del entretenimiento. En los últimos años, se ha encarecido el precio de los servicios digitales. El streaming, que venía para destronar la lógica de la televisión tradicional, cada vez se parece más a la antigua TV por cable: las series o películas están divididas en distintas plataformas. Cada vez hay más, y los precios de suscripción no dejan de aumentar. Algunos memes señalan una verdad inobjetable: hoy se paga más, en promedio, por servicios de streaming, de lo que se pagaba por un servicio de TV por cable dos décadas atrás.
La industria de los videojuegos enfrenta una situación parecida. Desde 2020, el precio estándar de US$ 60 se elevó a US$ 80. Algunos especulan que, con la salida de GTA VI, el precio de algunos videojuegos podría ser más caro todavía. Las consolas, sean Playstation, Nintendo o Xbox, no bajan sus precios. Al contrario, por primera vez, aumentan en todo el mundo.
Commodore en 2025: más allá de la nostalgia y la estética
La misión de Peri Fractic para resucitar a Commodore es más difícil de lo que aparenta, si es que desea ir más allá de la fascinación momentánea que puede causar la estética retro. Para que realmente funcione como negocio, sería necesario que, además de la funcionabilidad y la accesibilidad a precios competitivos, haya un cambio de mentalidad a nivel mundial sobre el uso de la tecnología. ¿Qué significa esto? Que la sociedad entienda la dependencia tecnológica (y comunicacional) como algo perjudicial, requeriría un cambio de perspectiva drástico. Hoy la lógica gobernante es la de los likes, los clics, la viralización y la comunicación instántea a toda hora, en todo lugar.
"No se puede repetir el pasado" es la advertencia que le dan al protagonista en la novela de F. Scott Fitzgerald, El Gran Gatsby. Peri Fractic anuncia que, entre los empleados de la nueva etapa de Commodore, están las mismas personas que inicialmente hicieron grande a la empresa. ¿Aseguran los nombres el retorno de una excelencia perdida?
Es interesante pensar en ejemplos que validan o contrarian la advertencia que le dan a Gatsby. Francis Ford Coppola arriesgó mucho para hacer Megalopolis, una de sus películas más ambiciosas. Pero el cineasta quedó muy lejos de la recepción que conseguía en la década de 1970, con producciones como El Padrino o Apocalipsis Now. Los nombres de profesionales que pueden haber sido genios en sus respectivos campos no aseguran la misma calidad: porque las herramientas cambian, la tecnología cambia, el mundo cambia y ellos cambian.
Hay un cráter enorme de diferencia entre la trilogía de El Señor de los anillos y El Hobbit, ambas dirigidas por Peter Jackson y gran parte del mismo equipo técnico. ¿Qué pasó? Las condiciones de producción no fueron las mismas. Las herramientas no fueron las mismas. Pocos años de diferencia entre una y otra trilogía hicieron una enorme diferencia.

El regreso de Commodore 64
El primer anuncio desde que el YouTube adquirió Commodore es el regreso de una de las computadoras más exitosas de la historia, la Commodore 64. La "nueva" versión, que todaviá no tiene fecha de lanzamiento en Argentina, se va a vender a un precio de US$ 299. No ofrece (casi) nada nuevo bajo la carcaza.
El equipo, el primero que lanza Commodore al mercado después de 30 años, no es un emulador de software, sino que, en palabras de sus propios creadores, es una recreación del hardware de la máquina original. Por ahora, más que para jugar videojuegos de su época, no parece cumplir otras funciones más que las de apelar a los nostálgicos.
El desafío, entonces, no es solo revitalizar una marca de computadoras o vender nuevos artilugios electrónicos. Es vender nuevas ideas: que el estado de uso y dependencia tecnológica contemporánea no es deseable, y que se puede encontrar equilibro para rescatar lo mejor del pasado con vistas al futuro. No se trata solo de nostalgia: se trata de repensar la relación con la tecnología, y de recuperar cierta humanidad en un mundo gobernado por algoritmos.