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Series, estrenos y una joya del cine: lo mejor para ver este finde en Netflix, Disney Plus y Prime Video

Desde un thriller que no da respiro hasta una confesión brutal y una joya del cine remasterizada: cinco títulos imperdibles para sumergirse este finde.
5 series y películas imperdibles para ver en Netflix, Disney Plus, Prime Video y cines
Oscar Mainieri 15-01-2026
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Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.

Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix, Disney Plus, Prime Video y cines.

1. Película para ver en cine: La única opción

El nuevo film de Park Chan-wook se presenta como una comedia negra de apariencia ligera que pronto revela una ambición mucho mayor: radiografiar la crisis del proveedor masculino, la descomposición de la familia burguesa y el estado general de un sistema económico que devora a sus propios sujetos. La historia arranca con una postal de prosperidad casi obscena: You Man-su, ejecutivo veterano de una papelera, disfruta de un asado familiar en una casa perfecta, bajo un cielo excesivamente azul. Esa armonía calculada se quiebra cuando es despedido tras veinticinco años de trabajo. Incapaz de procesar emocionalmente la pérdida y obsesionado con recuperar su lugar simbólico como sostén del hogar, Man-su se fija un objetivo imposible: volver a insertarse en el mismo sector antes de que se agote su indemnización. De ese callejón sin salida nace una idea monstruosa que activa el motor narrativo del film.

La película adapta la novela The Ax (1997) de Donald E. Westlake, ya llevada al cine por Costa-Gavras, pero Park Chan-wook desplaza el eje desde el thriller satírico hacia la farsa cruel. El cambio de título es clave: "no hay otra opción" se convierte en un mantra que circula entre ejecutivos, empresas y el propio protagonista, justificando despidos, automatización y finalmente el asesinato como si fueran decisiones inevitables. Man-su crea un falso aviso laboral para atraer candidatos del sector papelero y eliminarlos uno por uno, abriendo vacantes o reduciendo competencia. Sin embargo, Park sabotea la lógica del relato de asesino serial: la matanza no avanza como se espera y la película se abre a desvíos que revelan traumas de infancia, tensiones familiares y un pasado marcado por la violencia y la humillación.

En el plano estilístico, el film despliega un tono de comedia negra seca, a veces cercana a la comedia física con caídas, golpes y percusiones, que mantiene al espectador a una distancia incómoda. Park combina composiciones visuales de una precisión de orfebre con irrupciones oníricas inexplicables, como la secuencia del invernadero, cuya lógica de pesadilla contamina el resto del film. La farsa convive con imágenes brutales y con un humor seco que nunca termina de aliviar la incomodidad. Incluso escenas ligadas a la violencia doméstica o al derrumbe moral del protagonista se presentan con una ligereza perturbadora, reforzando la idea de que el horror no es algo excepcional sino una extensión natural de la normalidad social.

En términos de autor, la película dialoga con toda la filmografía previa de Park Chan-wook. Como en OldboyLady VengeanceLa doncella, el director trabaja sobre cuerpos sometidos, obsesiones enfermizas y sistemas de poder que se infiltran en lo íntimo. Aquí, sin embargo, el énfasis está menos en la tragedia individual que en la maquinaria social que la produce. Park demuestra una vez más su capacidad para absorber géneros diversos y torcerlos desde adentro, pero también introduce una melancolía particular ligada al fin de una era: la del trabajo estable, lo analógico y la ilusión de control humano frente a la automatización y el algoritmo.

Lo que La única opción dice sobre Corea del Sur se proyecta inmediatamente al mundo contemporáneo. El film retrata una sociedad atravesada por la competencia extrema, la vergüenza del fracaso y la deshumanización del trabajo, donde incluso la familia funciona como un espacio de presión y rendimiento. La transición del papel a lo digital, subrayada por imágenes finales de deforestación y producción industrial, conecta la crisis laboral con la devastación ecológica y la expansión de la inteligencia artificial, presentada como el villano último: eficiente, rentable y radicalmente deshumanizante. Así, la película deja en claro que no estamos ante la tragedia de un solo hombre, sino ante el retrato farsesco y feroz de un sistema global que insiste, una y otra vez, en convencernos de que no hay otra opción.

Muy recomendada.

2. Miniserie para ver en Netflix: Él y ella

Cuando la periodista Anna regresa a Dahlonega, el pequeño pueblo donde creció, lo hace empujada por una noticia que la descoloca: el asesinato de una mujer. Junto al camarógrafo Richard, decide cubrir el caso, pero el viaje implica algo más que una investigación periodística. Volver a ese lugar significa reabrir heridas personales y enfrentarse a un pasado que nunca terminó de resolverse. El choque más doloroso es con su exmarido, el detective Jack Harper, a cargo del caso. Ambos arrastran una tragedia compartida que marcó sus vidas y que acabó por separarlos, y esa historia íntima se cuela constantemente en la pesquisa criminal.

La serie adapta la novela homónima de Alice Feeney publicada en 2020 y se ajusta en líneas generales al esquema clásico del "¿quién lo hizo?": un cadáver al comienzo, múltiples sospechosos, más cadáveres y una revelación final. La dinámica entre policía y prensa no es novedosa, pero adquiere aquí un matiz melodramático al tratarse de una expareja unida por un pasado traumático. Tessa Thompson compone a Anna como una profesional eficaz pero emocionalmente contenida, mientras que Jon Bernthal aporta a Jack una mezcla de dureza, culpa y fragilidad. Pablo Schreiber, como Richard, funciona más como contrapunto funcional que como personaje plenamente desarrollado.

Él y ella apuesta por un ritmo sostenido y por una acumulación constante de enigmas. A medida que se indaga en la historia del pueblo, el caso se vuelve más opaco y los comportamientos de los habitantes resultan cada vez más sospechosos. La serie no escatima en flashbacks ni en revelaciones incómodas, incluyendo episodios de bullying y violencia que refuerzan el clima sombrío. El problema es que, aunque hay giros efectivos y una atmósfera inquietante, la construcción de algunos antagonistas es superficial y el desarrollo psicológico suele quedarse en lo funcional. Algunas escenas -como el enfrentamiento entre hermanos del episodio 3- no están resueltas de manera convincente desde el guion y lo actoral.

La resolución del misterio juega con las expectativas del espectador, pero opta por una exposición demasiado directa, como si la serie eligiera el atajo en lugar del riesgo. Tampoco la prometida alternancia de puntos de vista resulta especialmente innovadora dentro del género, aunque -más de una vez- nos mantiene cavilando a quien pertenece esa voz en off que narra la historia. Aun así, Él y ella cumple como thriller: mantiene el interés, no se vuelve tediosa y aprovecha su corta duración (6 episodios) para ofrecer un relato oscuro y entretenido.

Recomendada. 

3. Miniserie para ver en Disney Plus:  Guillermo Pérez Roldán confidencial

Este documental en 3 episodios brinda el testimonio del exdeportista Guillermo Pérez Roldán, una de las grandes figuras del tenis nacional durante la década del 80, sobre el maltrato al que lo sometió su padre -que también era su entrenador- durante su infancia y adolescencia.

Los ejemplos que aporta son extremos y precisos. Relata golpizas sistemáticas por perder partidos, castigos físicos desproporcionados, humillaciones constantes y episodios de violencia que iban desde puñetazos y latigazos hasta prácticas degradantes como hundirle la cabeza en un inodoro. A eso se suma el control absoluto de su carrera y de su dinero: millones de dólares ganados en el circuito profesional que desaparecieron bajo la administración de sus propios padres. La lógica era siempre la misma: el éxito deportivo justificaba cualquier método. Ganar no traía alegría, sino alivio; perder, terror. El tenis, lejos de ser un espacio de crecimiento, se convirtió en un campo de disciplinamiento y miedo.

Pérez Roldán deja en claro que su caso no fue aislado. En la escuela de tenis de Tandil, dirigida por su padre Raúl, la severidad era norma y varios jóvenes convivieron con un clima de presión extrema. Aunque no todos sufrieron el mismo nivel de violencia, el mensaje era compartido: el rendimiento estaba por encima del bienestar emocional. El propio Guillermo reconoce el talento técnico de su padre como formador, pero señala el núcleo del problema: haber sido simultáneamente entrenador y padre, sin límites claros, derivó en abusos que el entorno conocía y callaba. El silencio del sistema, del ambiente y de muchos adultos responsables aparece como una forma más de complicidad.

El daño psicológico y emocional que describe es profundo y persistente. Habla de una infancia y adolescencia sin afecto, de la imposibilidad de disfrutar los logros, de la ruptura definitiva del vínculo filial y de una desconfianza estructural hacia las figuras de autoridad. Incluso su retiro prematuro del tenis está atravesado por esa historia: lesiones físicas, agotamiento mental y una identidad construida a la defensiva, siempre preparada para resistir. Ya adulto, padre de hijas, Pérez Roldán confiesa que existen preguntas que no logra responderse y heridas que no terminan de cicatrizar, porque el maltrato no fue solo físico, sino también emocional y simbólico.

Hoy, su lucha se desplaza hacia la prevención. A través de charlas en colegios, entrevistas y su trabajo como formador, insiste en la necesidad de leyes, controles y una transformación cultural que proteja a los chicos y chicas en el deporte. Su objetivo no es la revancha, sino romper el ciclo: que el talento no vuelva a pagarse con miedo, que la exigencia no se confunda con violencia y que nadie tenga que normalizar el abuso como precio del éxito. En ese sentido, su testimonio funciona menos como una confesión individual que como una advertencia colectiva: sin límites claros, el deporte puede convertirse en un espacio de devastación emocional tan profundo como silencioso.

Muy recomendada.

4. Miniserie para ver en Prime Video: All Her Fault

Este thriller comienza con una secuencia pesadillesca: Marissa Irvine llega a buscar a su hijo Milo a una merienda escolar y descubre que el niño no está allí, que nunca estuvo, que la casa no es la correcta y que nadie sabe nada. Ese punto de partida instala de inmediato un clima de alarma sostenida que no se disipa jamás. La serie convierte una situación cotidiana en un abismo narrativo y emocional, donde cada gesto, cada llamada y cada silencio amplifican la sensación de amenaza. La desaparición del niño no solo impulsa la trama, sino que transforma a todos los personajes en posibles culpables, atrapando al espectador que se lo pasa en un estado de sospecha permanente.

Basada en la novela de Andrea Mara, el guion construye un suspenso de alta ansiedad que trabaja con precisión los pequeños errores, los reproches implícitos y las culpas cruzadas. A lo largo de sus ocho episodios, nadie queda a salvo de la duda: ni Marissa ni su esposo Peter, ni la otra madre implicada, Jenny, ni las niñeras, ni los familiares, ni siquiera los aliados bienintencionados. El universo de la clase media alta estadounidense aparece como un espacio protegido en lo material pero profundamente frágil en lo moral, donde el privilegio no disuelve la violencia simbólica, sino que la vuelve más sofisticada.

El relato se articula a través de flashbacks que retroceden hasta una década, revelando capas del pasado que complican, más que aclaran, el presente. Aquí se perciben con claridad los guiños al suspenso clásico y al Hitchcock más psicológico: la información es siempre parcial, el relato nunca engaña de forma directa, pero sí administra la verdad con crueldad calculada. El espectador termina dudando de su propia lectura, mientras la investigación avanza entre zonas grises. En ese sentido, el detective interpretado por Michael Peña aporta una presencia clave: su actuación combina una mirada en perpetuo estado de asombro durante los primeros episodios y cierta luminosidad moral, evitando el cliché del investigador infalible y encarnando una figura atravesada por la ambigüedad ética.

En el centro del conflicto -no sin efectismos a veces melodramáticos, a veces sonoros, a veces de montaje-  se subrayan con fuerza los grandes temas de la serie: la maternidad como espacio de juicio constante, la presión sobre las mujeres trabajadoras y la facilidad con la que la culpa social se deposita sobre ellas. Sarah Snook (la hija del clan en Sucesión) ofrece una interpretación extraordinaria como Marissa, construida a partir de gestos mínimos, tensiones contenidas y estallidos emocionales devastadores. Dakota Fanning, por su parte, compone una Jenny vulnerable y desconcertante, cuya empatía desafía tanto a los personajes masculinos como a la lógica policial, y cuya evolución dramatiza la amistad femenina como un lazo forjado bajo presión. El guion entiende que ese vínculo, lejos de ser accesorio, da forma a uno de sus núcleos emocionales más potentes.

Jake Lacy completa el triángulo central con un Peter ambiguo, cordial y opaco, especialista en sonrisas tranquilizadoras y responsabilidades eludidas. Su trabajo actoral refuerza uno de los subtextos más filosos del relato: una forma de delegación pasiva que desplaza el peso emocional y práctico de la crianza de los niños hacia las mujeres. Sostenida por un elenco sólido y un guion de gran precisión, All Her Fault avanza mutando entre thriller y procedural sin perder coherencia. El episodio 7 le da voz al secuestrador, creando un espacio de empatía propio del mejor Hitchcock. El final -no por inesperado- es apocalíptico.

Muy recomendada.

5. Película para ver en Netflix: Lawrence de Arabia

Una de las grandes películas de la Historia del cine, vuelve a esplender en una copia prístina que preserva todas sus virtudes tras la remasterización de 1988, guiada por el mismo Sir David Lean. 

Lawrence de Arabia se presenta desde su célebre prólogo en la escalinata de la catedral de St. Paul's como una obra que rehúye toda explicación definitiva. Las voces que evocan al militar y literato T. E. Lawrence (1888-1935) ofrecen recuerdos fragmentarios y contradictorios, como si el film declarara desde el inicio que su protagonista es un enigma insoluble. David Lean asume así un riesgo considerable: construir un espectáculo épico de casi cuatro horas alrededor de un personaje cuya psicología permanece deliberadamente opaca. Esa apuesta define tanto la grandeza como las tensiones internas de una película que quiere ser biografía, mito, estudio de carácter y fresco histórico a la vez... y lo logra.

En términos argumentales, la misión de Lawrence es clara y a la vez profundamente ambigua. Enviado por el mando británico en El Cairo, su tarea consiste en actuar como enlace entre el Imperio y las tribus árabes sublevadas contra el dominio otomano. Debe evaluar a los líderes locales, fomentar la revuelta, sabotear las líneas de suministro turcas, especialmente el ferrocarril del Hiyaz, y mantener a los árabes ocupados en el desierto para facilitar el avance británico hacia Damasco. Desde el inicio, su rol es instrumental: no se espera que gane la guerra, sino que la complique para el enemigo. Esa función estratégica, aparentemente técnica, se transforma pronto en un conflicto ético que atraviesa todo el film.

El guion de Robert Bolt adopta una estructura episódica que sigue las distintas fases de esa misión: el contacto con Feisal, la alianza con Sherif Ali, la arriesgada travesía por el Néfud, la toma de Aqaba por tierra y la posterior campaña de guerrillas. Cada episodio refuerza el doble juego de Lawrence, que comienza como emisario del Imperio y termina identificándose, al menos simbólicamente, con la causa árabe. Sin embargo, el film nunca permite olvidar que esa identificación está atravesada por la impostura y por una promesa política que sabemos destinada a incumplirse.

Peter O'Toole construye un Lawrence carismático, brillante y contradictorio, especialmente convincente en su dimensión exhibicionista. El personaje se afirma a través de la pose y la autoconciencia del mito que está creando. La vestimenta árabe, lejos de ser un simple gesto práctico, se vuelve un emblema de esa transformación identitaria. Lean se muestra más cómodo filmando ese Lawrence expansivo y performativo que al hombre retraído y culpable, lo que vuelve problemáticos episodios clave como el de Deraa, donde atrapado por los turcos es sometido a vejámenes inconcebibles. La violencia y la humillación condensan, sin explicitar, el colapso interior del personaje.

El desierto no es solo escenario, es un espacio donde el ejército regular fracasa y donde la movilidad, el sabotaje y la resistencia dispersa se vuelven armas decisivas. Lean filma esas extensiones - compuestas principalmente por el impresionante desierto de Wadi Rum en Jordania, locaciones en Marruecos (la ciudadela de Ait Benhaddou) y del desierto de Tabernas en Almería, España-  con una fascinación casi mística, convirtiendo el territorio en una fuerza que moldea tanto la táctica bélica como la subjetividad de Lawrence, atrapado entre la vastedad que lo exalta y lo disuelve.

Con catorce meses de rodaje, más de mil extras, 450 caballos y 150 camellos, el film es una cornucopia de la que brotan varios momentos inolvidables como la aparición de Sherif Ali desde el espejismo o la ocupación de Aqaba que sintetizan esa unión entre misión, paisaje y mito. La primera establece la alianza que hará posible la empresa; la segunda representa el triunfo máximo de la estrategia de Lawrence, pero también el punto en que su figura se vuelve políticamente peligrosa, incluso para sus propios superiores británicos. A partir de allí, el éxito deja de ser liberador y se convierte en una trampa.

El reparto coral potencia esas tensiones. Jack Hawkins compone un Allenby que entiende a Lawrence como herramienta útil y prescindible; Alec Guinness encarna a un Feisal lúcido, consciente de que la revuelta necesita del apoyo británico tanto como desconfía de él; Omar Sharif aporta a Sherif Ali una nobleza contenida que funciona como contrapeso moral del protagonista. Cada personaje encarna una lectura distinta de la misión y de sus límites.

En ese entramado se inscriben también las tensiones homoeróticas que el film sugiere sin explicitar. La relación entre Lawrence y Sherif Ali está marcada por una intimidad que desborda la camaradería militar, reforzada por miradas, silencios y gestos de mutua admiración. El rescate y posterior ejecución de Gasim, así como la violencia sufrida en Deraa, funcionan como desplazamientos de un deseo y una culpa que el film no nombra, pero que contaminan la misión con una dimensión íntima y autodestructiva.

La banda sonora de Maurice Jarre, con sus temas perenes, fijó la épica en el imaginario colectivo, aun cuando a veces subraya emociones que la puesta en escena deja en suspenso. Estrenada en 1962, la película obtuvo diez nominaciones al Oscar y ganó siete, incluyendo Mejor Película y Mejor Dirección. Su influencia se extiende desde Spielberg y Scorsese hasta Ridley Scott y Denis Villeneuve, que heredaron de Lean la idea del paisaje como destino y del héroe como figura escindida. Más que el relato de una misión imposible, Lawrence de Arabia permanece como una de las aventuras cinematográficas más impresionantes que la gran pantalla haya dado.

Imperdible.

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