El material 'antiguo' de persiana que aísla mejor que el aluminio, según los arquitectos
Las persianas de madera arrastran fama de cosa antigua, de elemento de casa de pueblo que el aluminio y el PVC jubilaron hace décadas. Pero la física cuenta otra historia: la madera es uno de los peores conductores de calor que existen en construcción, y eso convierte a la persiana de madera en un aislante natural que los materiales "modernos" solo consiguen imitar a base de añadidos. Cada vez más arquitectos lo recuerdan, justo cuando el calor aprieta
Hoy las persianas de madera como estas vuelven a ocupar sitio en los catálogos, con formatos y tratamientos que poco tienen que ver con los de hace medio siglo. La pregunta es por qué un material que dábamos por jubilado está recuperando terreno, y la respuesta está en la física más básica
El malentendido que viene de los años 80
Durante el gran recambio de ventanas que vivió España entre los 80 y los 2000, el mensaje comercial fue claro: fuera lo viejo, dentro lo nuevo. El aluminio llegaba con promesa de cero mantenimiento y aspecto contemporáneo, y la madera quedó etiquetada como un material del pasado, bonito pero poco práctico.
El problema es que aquella etiqueta mezclaba dos cosas distintas: la comodidad y el rendimiento térmico.
En comodidad, el aluminio ganaba la partida de entrada. En aislamiento, la perdía de calle. Pero como nadie medía la temperatura de su persiana, el matiz pasó desapercibido durante décadas.
Hoy, con olas de calor cada vez más largas y la eficiencia energética convertida en criterio de compra, ese matiz ha pasado a ser el centro de la conversación. Y ahí la madera juega en otra liga
La física no opina: mide
La clave está en un concepto llamado conductividad térmica: la facilidad con la que un material deja pasar el calor a través de él. Cuanto más bajo es el valor, mejor aísla.
El aluminio es un conductor extraordinario, alrededor de 200 vatios por metro y kelvin. Es la razón por la que se usa en radiadores y sartenes: transmite el calor casi al instante. La madera de pino, en cambio, ronda los 0,13. La diferencia no es del doble ni del triple: el aluminio conduce el calor más de mil veces mejor que la madera
Trasladado a una ventana en plena tarde de julio, el resultado es intuitivo. Una lama de aluminio expuesta al sol se convierte en una pequeña plancha que irradia calor hacia el interior. Una lama de madera, con el mismo sol encima, apenas transmite ese calor a su cara interna. Quien haya tocado una barandilla metálica y una de madera al mediodía de agosto sabe exactamente de qué hablamos.
Por qué el aluminio necesita trucos y la madera no
La industria conoce perfectamente este talón de Aquiles, y por eso las persianas de aluminio de calidad llevan años incorporando soluciones: lamas rellenas de espuma de poliuretano para frenar la transmisión, y en carpinterías, la famosa rotura de puente térmico, una pieza plástica que interrumpe el paso del calor a través del metal.
Funcionan, pero conviene entender lo que significan: son parches para corregir un defecto de origen del material. El aluminio sin relleno ni rotura térmica es, térmicamente hablando, un colador.
La madera no necesita nada de eso porque el aislamiento viene de fábrica, y la fábrica es el propio árbol. Su estructura celular está llena de microscópicas cámaras de aire, y el aire quieto es de lo mejor que existe para frenar el calor. Es el mismo principio del doble acristalamiento o de un plumífero: capas de aire atrapado. Cada lama de madera es, en miniatura, un panel aislante.
Esa es la razón de fondo por la que la arquitectura bioclimática y los estándares de construcción pasiva, obsesionados con la eficiencia, recurren una y otra vez a las carpinterías y protecciones solares de madera: no por nostalgia, sino por rendimiento puro.
El mito que persigue a las persianas de madera
Llegados aquí, la objeción habitual es siempre la misma: "ya, pero la madera hay que estar cuidándola constantemente". Y aquí toca desmontar el segundo malentendido, porque esa idea corresponde a la madera de hace cincuenta años, no a la actual.
Las persianas de madera que se fabrican hoy salen tratadas en autoclave, un proceso que impregna la madera a presión con protectores que la blindan frente a la humedad, los hongos y los insectos. Por encima se aplican lasures, unos acabados que, a diferencia de los barnices antiguos, no forman película que se cuartea, sino que penetran en la fibra y dejan que el material respire.
¿Resultado práctico? Un repaso de lasur cada cierto número de años, según la exposición al sol y la lluvia, y poco más. Mientras tanto, muchas persianas de PVC instaladas en fachadas con mucho sol acaban amarilleando y volviéndose quebradizas por la radiación ultravioleta, un deterioro que no tiene arreglo posible. La madera envejece; el plástico caduca.
Bien cuidada, una persiana de madera dura décadas. Las alicantinas centenarias que aún cuelgan en pueblos del Mediterráneo no son una anécdota: son la prueba.
Qué mirar si te planteas dar el salto a una persiana de madera
No toda la madera es igual ni todos los formatos sirven para lo mismo. En formato tradicional, la persiana alicantina de lamas enlazadas sigue siendo imbatible para terrazas y ventanas donde se quiere sombra con ventilación. La mallorquina, de lamas fijas u orientables en bastidor, es la opción robusta para fachadas con mucho sol y viento. Y la persiana enrollable de madera ofrece el formato moderno de cajón con el material clásico.
En cuanto a especies, el pino tratado es la puerta de entrada más asequible; maderas como el iroko, el cedro o el alerce suben el precio pero ofrecen una resistencia natural a la intemperie excepcional. La regla general es sencilla: a más exposición al sol y la lluvia, más sentido tiene invertir en especie y tratamiento.
El precio de partida suele ser superior al de una persiana básica de PVC, eso es innegable. Pero la comparación honesta no es el coste el día de la compra, sino el coste por año de vida útil sumado a lo que se ahorra en climatización. Y en esa cuenta, el material "antiguo" sale ganando más veces de las que se piensa.
El regreso de un material que nunca debió irse
Lo que está ocurriendo con las persianas de madera se parece mucho a lo que ya pasó con otros materiales naturales: el barro cocido, la cal, la piedra. La construcción los descartó por anticuados, la industria los sustituyó por versiones sintéticas y, una generación después, los arquitectos los recuperan al comprobar que resolvían problemas que sus sustitutos solo disimulan.
Con el calor extremo instalado como nueva normalidad y la factura energética bajo lupa, elegir el material de una persiana ha dejado de ser una decisión estética para convertirse en una decisión térmica. Y en esa decisión, la física lleva siglos teniendo la misma opinión.
Quizá la pregunta no sea si la madera puede competir con el aluminio, sino otra más incómoda: ¿cuántas decisiones de nuestras casas hemos tomado creyendo que lo moderno era, automáticamente, lo mejor? Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar