Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.
Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix , Prime Video, Max y cines.
1. Serie para ver en Netflix: Mindfulness para asesinos
Esta serie alemana es una comedia negra de estructura elegante y premisa tan absurda como eficaz: ¿qué sucede cuando un abogado sobrecargado comienza a aplicar técnicas de mindfulness para resolver sus problemas... cometiendo asesinatos? Basada en la novela homónima de Karsten Dusse, esta adaptación televisiva —dirigida por Boris Kunz, Martina Plura y Max Zähle— consigue lo que pocas: usar la sátira para deconstruir tanto el universo corporativo del crimen como el discurso del bienestar individual.
Björn Diemel (interpretado con gran carisma por Tom Schilling) es un abogado exitoso, atrapado entre los caprichos de su jefe mafioso Dragan (Sascha Alexander Geršak) y las demandas de una esposa frustrada (Emily Cox). Al borde del colapso, la mujer le exige asistir a un curso de mindfulness, dictado por el imperturbable Joschka Breitner (Peter Jordan). Lo que comienza como una búsqueda de equilibrio interior se transforma en una serie de decisiones criminales justificadas por frases hechas de autoayuda. Björn, lejos de regenerarse, descubre que puede conciliar su vida profesional, familiar y criminal gracias a la "conciencia plena".
La serie despliega una estructura ingeniosa: cada episodio lleva el nombre de una técnica emocional (Respiración, Miedo, Rabia, etc.), funcionando como una falsa guía de superación personal para el espectador. Esta organización no solo parodia los manuales de mindfulness, sino que también sirve como mapa de la progresiva deshumanización de su protagonista. Schilling logra balancear la frialdad de un asesino funcional con la calidez impostada de un padre que solo quiere pasar más tiempo con su hija. A su lado, Peter Jordan encarna un gurú de voz serena y moral elástica, cuya filosofía termina legitimando una cadena de crímenes como si se tratara de ejercicios de respiración profunda.
Visualmente, la serie elige una paleta colorida, abundan los espacios pulidos, incluso en las escenas más violentas, en contraste con la sordidez tradicional del género criminal. Este artificio estilístico potencia el efecto cómico y subraya la sátira: los crímenes se comentan con la misma serenidad con la que se haría una meditación guiada. El montaje es ágil, la música sutil y la puesta en escena nunca recurre al exceso: todo fluye con la misma tranquilidad que predica el instructor espiritual de Björn, aun cuando la sangre salpica.
La propuesta remite a híbridos como Barry o Dexter, pero con una idiosincrasia alemana más contenida y cerebral. El interés reside en el contraste entre la voz interior del protagonista —que justifica sus actos con lógica estoica— y la gravedad de sus consecuencias.
Mindfulness para asesinos es, en última instancia, una sátira feroz sobre la cultura del rendimiento emocional, donde hasta los crímenes pueden ser racionalizados si se los ejecuta "con atención plena". A la vez, se burla con precisión quirúrgica del coaching, la terapia reducida a fórmulas y la promesa de que el bienestar es apenas una cuestión de actitud. Su protagonista no encuentra la paz interior, pero sí una excusa perfecta para justificar su deriva moral. Y eso —aunque aterrador— resulta extraordinariamente divertido.
Muy recomendada.
2. Miniserie para ver en Prime Video: Lo que la verdad esconde: El caso Asunta
Dirigida por Elías León Siminiani en 2017, la miniserie se presenta como un documental en 3 episodios que, lejos de limitarse a reconstruir un crimen impactante, explora las múltiples capas que rodearon el asesinato de Asunta Basterra Porto —la niña de 12 años hallada muerta el 21 de septiembre de 2013 en una cuneta de Santiago de Compostela—, y por el que implicaron como culpables a sus propios padres adoptivos: Rosario Porto y Alfonso Basterra. A través de un enfoque minucioso, el documental examina tanto los procedimientos judiciales como el peso abrumador del juicio mediático en la percepción pública del caso.
El trabajo del director Siminiani, más conocido por su serie El caso Alcàsser y su cine personal de corte ensayístico (Mapa), se caracteriza aquí por un estilo sobrio y eficaz, sin caer en los mecanismos de la dramatización sensacionalista. El documental se apoya en una estructura cronológica rigurosa y en una narrativa progresiva, que permite ir acumulando tensión sin manipular emocionalmente al espectador. Se destacan entrevistas con testigos, abogados, periodistas, y una selección meticulosa de material de archivo, que incluye audios originales, imágenes de vigilancia, declaraciones de los acusados y momentos claves del juicio.
La dirección opta por un montaje elíptico, que intercala planos fijos de espacios vacíos con grabaciones documentales, generando una sensación de vacío existencial y desasosiego moral. Lejos del efectismo, Siminiani utiliza el silencio, las pausas, los detalles de gestos y miradas para construir una reflexión más amplia sobre la justicia, la verdad y la construcción de relato.
El guion, firmado por el propio Siminiani junto con un equipo de investigación, se despliega con una claridad meridiana. Evita la dicotomía entre buenos y malos, y en su lugar pone en evidencia la fragilidad del sistema judicial, la ambigüedad de los testimonios y el espectáculo mediático que rodeó el caso. El documental no intenta resolver el misterio —si bien sigue la hipótesis que condenó a Porto y Basterra—, sino desmenuzar cómo ese misterio se transforma en narrativa pública, y cómo los medios pueden contaminar, amplificar o distorsionar la percepción de los hechos.
En su núcleo, Lo que la verdad esconde funciona también como un análisis del poder simbólico que encarna la figura de Rosario Porto: mujer, madre adoptiva, profesional de clase alta, emocionalmente inestable, envuelta en un sistema judicial y mediático que la fue demonizando con una mezcla de machismo, morbo y especulación psiquiátrica. El documental se permite dudar, y ahí reside parte de su honestidad: muestra las contradicciones de la defensa, pero también los vacíos de la investigación, los sesgos del jurado y la sobreexposición de los protagonistas. El espectador debe componer su propio juicio con fragmentos, declaraciones y silencios.
Comparado con la serie de ficción El caso Asunta (Netflix, 2024), protagonizada por Candela Peña y Tristán Ulloa, el documental se impone como una pieza mucho más analítica y respetuosa del dolor real. Mientras la serie ficcional dramatiza los hechos con un enfoque más emocional y un enfoque de thriller legal —acentuando las relaciones personales, la tensión psicológica y los vaivenes del proceso—, Lo que la verdad esconde se concentra en la disección del caso como fenómeno judicial, mediático y cultural. La ficción logra generar empatía y ofrece interpretaciones posibles del drama, pero el documental apunta a la distancia crítica: nos recuerda que lo que se juzga no es sólo un crimen, sino la forma en que una sociedad necesita convertir la tragedia en relato cerrado. En esa tensión entre duda y certeza, espectáculo y justicia, reside su mayor potencia.
Muy recomendada.
3. Serie para ver en Max: Hacks
La cuarta temporada de Hacks consolida a la serie como una de las sátiras más inteligentes y agudas del ecosistema del entretenimiento estadounidense. El eje dramático regresa con fuerza: Deborah Vance (Jean Smart) y Ava Daniels (Hannah Einbinder) se enfrentan ahora no solo en lo emocional, sino también en lo profesional, al debutar el tan esperado late-night show de Deborah. La tensión entre ambas —una mezcla de dependencia, admiración mutua y sabotaje encubierto— se convierte en combustible para una temporada tan graciosa como despiadada. El guion, a cargo del trío creativo Lucia Aniello, Paul W. Downs y Jen Statsky, afila aún más su arista cómica, al tiempo que introduce una mirada más cruda sobre la ambición, la fama y las dinámicas de poder entre mujeres.
El argumento retoma el conflicto donde lo dejó la tercera temporada: Ava, tras chantajear a Deborah para que la nombre jefa de guionistas, lidia con una sala llena de escritores hostiles, mientras Deborah canaliza su rencor con manipulaciones sutiles y públicas humillaciones. Entre guerras de egos, demandas televisivas y el temor a volverse irrelevante, ambas intentan sostener un programa que amenaza con devorarlas. La serie, que acelera su ritmo a partir del tercer episodio (de 10), logra mantener su agilidad narrativa, alternando entre momentos de brillantez cómica y pinceladas de soledad, pérdida o pánico escénico.
Un punto alto de esta temporada llega en el episodio 5, con la irrupción del personaje Dance Mom, interpretado por una sorprendente Julianne Nicholson, que nos tenía acostumbrados a destacarse en series dramáticas.
Entre los secundarios, Paul W. Downs y Megan Stalter (Jimmy y Kayla) ofrecen una subtrama que se desliza entre el absurdo y lo entrañable, consolidando su propia dinámica de caos organizado. La aparición de Robby Hoffman como Randi, la asistente ultra-práctica de Kayla, añade una nueva chispa sardónica al reparto.
Los cameos son, como ya es costumbre en la serie, memorables: Carol Burnett, Rosie O'Donnell y Seth Rogers aparecen interpretándose a sí mismos en roles que abordan con ironía el legado cómico estadounidense.
Muy recomendada.
4. Película para ver en Netflix: Strong Island
Este documental nominado para el Oscar y dirigido por Yance Ford se erige como una obra de profundo impacto emocional y relevancia social, ya que investiga el asesinato de William Ford Jr., hermano de la realizadora, ocurrido en abril de 1992 en Long Island, cuando William, un hombre negro de 24 años, fue abatido por un mecánico blanco, Mark Reilly, tras una discusión trivial. A pesar de que William estaba desarmado, el fiscal llevó el caso ante un gran jurado compuesto exclusivamente por blancos, que no encontró prueba suficiente para llevar a Reilly a juicio.
La estructura del film entrelaza dos hilos esenciales: por un lado, una investigación periodística rigurosa que reconstruye los hechos —pruebas forenses, testimonios, el despido del policía que escoltó al mecánico sin esposarlo—; por otro, una exposición cruda y auto analítica del duelo que atraviesa la familia Ford, especialmente la madre y la misma Yance. Desde los primeros segundos, Yance aparece en primer plano, rostro a rostro con la cámara, confesando su impotencia y preguntándose: "¿Por qué ni siquiera hubo un juicio?". Esta cercanía formal evoca la autenticidad de un monólogo íntimo, casi teatral en su crudeza.
La dirección de Ford evidencia un dominio sensible del lenguaje cinematográfico. Con la fotografía de Alan Jacobsen y la edición de Janus Billeskov Jansen, cada plano contribuye a sostener la tensión emocional: entrevistas con la madre en la cocina familiar, archivos fotográficos, reflexiones obsesivas que nos confrontan con su duelo. La música de Hildur Guðnadóttir acompaña sin manipular, otorgando una atmósfera contenida y respetuosa, pero permeada de melancolía.
El documental no sólo expone los detalles técnicos del caso —el trasfondo vecinal de Long Island, los silencios de las autoridades, el racismo institucional—, sino que interroga a la propia familia: la culpa imaginaria, las pequeñas cuentas no saldadas entre hermanos, la madre que inculcó valores de igualdad y aun así no pudo salvar a su hijo . El resultado es una obra que no ofrece respuestas fáciles, pero que abre heridas —y genera empatía— al evidenciar cómo una muerte puede desaparecer del sistema legal por prejuicios raciales.
Las consecuencias del caso —la muerte no investigada, el sufrimiento prolongado de la familia, el silencio del gran jurado— siguen resonando décadas después, convirtiendo esta obra en más que un objeto cinematográfico: en un acto de justicia emocional y memoria colectiva.
Imperdible.
5. Película para ver en cine: Posesión
Se ha repuesto en algunas pantallas selectas este film dirigido por Andrzej Żuławski, estrenado en 1981 con numerosos cortes por la censura de la Dictadura. ¿Por qué es motivo de celebración? Porque Posesión se impone como uno de los filmes más viscerales, inclasificables y emocionalmente devastadores del cine europeo de horror.
Rodado en un Berlín dividido por el Muro, de coproducción franco-alemana-polaca, combina elementos del drama conyugal con una imaginería grotesca y sobrenatural que la acerca, simultáneamente, a lo gótico, al body horror y al cine de autor más extremo. Aunque inicialmente fue mal recibida por parte de la crítica, hoy es considerado un film de culto en el que convergen el delirio emocional y lo monstruoso como alegorías del trauma, la identidad y la descomposición afectiva.
El argumento sigue a Mark (Sam Neill), un espía que regresa a Berlín para descubrir que su esposa Anna (Isabelle Adjani) lo quiere abandonar. Lo que comienza como un drama marital al estilo Kramer vs. Kramer (1980) rápidamente se desborda hacia el territorio de alucinación paranoica y de la violencia física. Anna se sumerge en una espiral de comportamiento errático, auto aniquilación y relaciones oscuras, mientras Mark intenta mantener el control de una realidad que se le desmorona. Pronto, el relato toma un giro horroroso: Anna mantiene una relación sexual con una criatura informe y tentacular, nacida de sus pulsiones más reprimidas, dando paso a una de las representaciones más impactantes del deseo y la locura en el cine.
En este sentido, Posesión puede entenderse como una respuesta gótica —y grotescamente sublime— a películas contemporáneas como Kramer vs. Kramer y El resplandor (1980). De la primera toma el núcleo dramático del divorcio y la fractura familiar, pero en vez de humanizarlo, lo exacerba hasta lo monstruoso. En lugar de un melodrama jurídico, Żuławski ofrece un escenario emocionalmente apocalíptico. De El resplandor, hereda la atmósfera paranoica, la progresiva alienación de lo masculino y el terror como expresión del trauma. Sin embargo, el guion de Zulawski y Frederic Tuten invierte los códigos: aquí es ella quien deviene otra, quien encarna lo inasimilable, lo incontrolable, lo radicalmente Otro.
El film se inscribe perfectamente dentro de una estética gótica reinterpretada desde el psicoanálisis y el existencialismo. El Berlín occidental, gris, dividido, funciona como un castillo posmoderno: laberíntico, lleno de espacios intermedios, túneles, habitaciones duplicadas, espejos. Lo femenino, en la figura de Anna, aparece como lo abyecto, lo sagrado y lo impuro, en línea con estudios modernos de autores como Barbara Creed (lo monstruoso femenino) o Eugenia DeLamotte (lo gótico como espacio de lo reprimido). La criatura con la que Anna mantiene su vínculo carnal —creada por el artista Carlo Rambaldi, también responsable del muñeco de ET el extraterrestre— encarna ese cuerpo que no puede nombrarse, que nace de la represión afectiva y sexual, y que, como en Mary Shelley o Angela Carter, exige su lugar en lo real.
La interpretación de Isabelle Adjani es tan extrema como inolvidable: en una doble actuación (Anna y su "doble" Helen), Adjani se entrega a una fisicidad que atraviesa todos los estados posibles: erotismo, trance, histeria, descomposición. La famosa escena del subterráneo —donde Anna convulsiona, grita, se azota contra las paredes y expulsa sangre y fluidos— es un hito del cine, comparable solo a las grandes actuaciones del cine expresionista. Adjani ganó el premio a Mejor Actriz en Cannes por este rol, y con razón: se trata de una entrega absoluta, fuera de cualquier lógica contenida de interpretación. Sam Neill, por su parte, ofrece un contrapunto controlado, pero progresivamente astillado. Su evolución desde el cinismo hasta la locura, y su propio desdoblamiento final, apuntalan la lectura de que la identidad es un artificio en ruinas.
Żuławski, cineasta polaco formado entre la filosofía y el cine de vanguardia, ya había mostrado en films anteriores como La tercera parte de la noche (1971) u On the Silver Globe (rodada en los años 70, prohibida por el gobierno polaco, estrenada en 1988) su interés por lo apocalíptico, lo escatológico y lo político filtrado por lo irracional. En Posesión, ese estilo alcanza su punto más alto: la cámara se mueve con violencia, muchas veces girando, encuadrando desde el suelo o captando los cuerpos con un nervio que raya en lo febril. El montaje —abrupto, sincopado— y la música de Andrzej Korzyński suman al estado de paranoia permanente. La película no permite descanso: es una espiral sin salida, una sucesión de gritos, destrucción y repetición de situaciones que culmina en una especie de génesis invertida.
La influencia de Posesión se puede ver en films como Anticristo (Lars von Trier, 2009), Bajo la piel (Jonathan Glazer, 2013), El Babadook (Jennifer Kent, 2014), Titane (Julia Ducournau, 2019) o la sobrevalorada La sustancia (Coralie Fargeat, 2024) por su tratamiento del cuerpo femenino como campo de batalla entre el deseo, el lenguaje y lo político.
En conclusión, Posesión no es una película de horror en el sentido convencional. Es una experiencia límite, estridente, de una intensidad poco habitual. A través de una estética gótica redimensionada por el trauma afectivo y el deseo insatisfecho, Andrzej Żuławski ofrece una obra radical e inclasificable, sostenida por una de las actuaciones más intensas del cine moderno. A más de cuatro décadas de su estreno, su fuerza permanece intacta: un film donde el divorcio se transforma en apocalipsis, y donde lo monstruoso es, quizá, lo más humano.
Imperdible.