Venezuela en el Mercosur: ¿Un nuevo problema?

por Por Héctor Rubini (Instituto de Investigaciones en Ciencias Económicas de la USAL)

A partir de este mes, Venezuela debería ejercer la Presidencia pro-tempore del Mercosur. Su eventual designación es materia de controversia, dada la férrea negativa de Paraguay y las indefiniciones que se mantienen hasta el presente. El acceso a esa posición de un país bajo un Gobierno autoritario y represivo torna inevitable preguntarse no sólo si tiene sentido otorgarle dicha posición sino también su permanencia como miembro pleno.

El acercamiento entre Venezuela y el Mercosur nace a mediados de los años '90 cuando, por expresa invitación del presidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso, el Gobierno de Rafael Caldera comienza a evaluar una mayor vinculación con este bloque. Ya electo Hugo Chávez en 1999, se aceleró el proceso de inserción de Venezuela, primero como país asociado e incorporándose en 2006 como miembro pleno. Sin embargo, la intención de Chávez iba más allá de la integración económica. Aspiraba a una integración política y militar opuesta a las imposiciones del “imperalismo de Washington”.



Esto quedó muy claro en 2006: Venezuela no sólo se sumó al Mercosur sino que abandonó la Comunidad Andina de Naciones en oposición a los Tratados de Libre Comercio de algunos de sus miembros con Estados Unidos. Dentro de Mercosur, a su vez, Chávez se propuso desafiar el liderazgo de Brasil en Sudamérica, y disputárselo abiertamente. La propuesta de creación del llamado Banco del Sur fue la apuesta más explícita en ese sentido: un nuevo banco de desarrollo que intente al menos desplazar al Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) de Brasil en el financiamiento de proyectos de infraestructura en varios países de la región.

Hasta la muerte de Chávez en 2013, la llegada de Venezuela al bloque fue bien recibida por los gobiernos de Brasil y de Argentina. A partir de entonces, sin embargo, dicho entusiasmo se fue enfriando con el giro del régimen de Nicolás Maduro a prácticas autoritarias que se encuentran en las antípodas del espíritu de los acuerdos de Mercosur. En cuanto a la grandilocuencia del régimen chavista sobre los beneficios de acceder al Mercosur como vía de acceso “fácil” a la oferta de alimentos importados y otros productos, poco y nada se ha visto en la realidad. Desde hace casi dos años la economía venezolana se encuentra en caída, con desabastecimiento de todo tipo de productos, un sendero de alta inflación que puede degenerar en hiperinflación, y una dependencia casi total de las exportaciones de petróleo que se mantiene sin cambios.

A las complicaciones políticas y económicas de Venezuela, se sumó la inestabilidad del Gobierno de Dilma Rousseff en Brasil y el cambio de Gobierno de Argentina, con una agenda en las antípodas de las preferencias del Gobierno de Maduro. En este escenario, el Gobierno de Uruguay, actual titular pro-tempore de Mercosur, desea transmitir dicha posición a Venezuela, sin reparos. Sin embargo, Paraguay se opuso abiertamente, mientras Brasil y Argentina han oscilado con posturas menos radicales. Brasil apunta a postergar la indefinición hasta agosto, argumentando la necesidad de revisar cuestiones burocráticas y legales de la integración de Venezuela al Mercosur. Ahora bien, hay otro problema en realidad: José Serra recién sería confirmado como canciller de Brasil en agosto, una vez que el Senado de Brasil apruebe de manera definitiva y por 2/3 el impeachment a Dilma. A su vez, mientras la canciller venezolana Delcy Rodríguez sostuvo en Twitter que “rechaza las insolentes y amorales declaraciones del canciller de facto del Brasil”, el canciller de Paraguay ha reafirmado su postura contraria a la asunción de Venezuela, sosteniendo que “la Presidencia del Mercosur no es una cosa cualquiera, tiene la representación jurídica internacional y el país que la ejerza debe tener totalmente las credenciales de que respeta el Estado de derecho, las libertades individuales y la libre expresión. Estamos preocupados por la amenaza que pueda ser clausurada la Asamblea Nacional de Venezuela”.



En una atmósfera así no es factible organizar una cumbre de presidentes para detener esta escalada de roces mutuos. Tampoco ceder al régimen venezolano la presidencia del bloque y su participación en las negociaciones con la Unión Europea. Máxime cuando la propia Venezuela se encuentra en las antípodas de lo que es una economía de mercado mínimamente normal.

Salir de este entuerto no será fácil. Venezuela en el Mercosur como miembro pleno comienza a convertirse en un real problema, y quitarle el derecho a ejercer la presidencia pro-tempore, también. Expulsarlo del bloque es, al menos en el corto plazo, inviable.

De alguna forma las cancillerías de la región deberán hallar alguna vía de solución. Caso contrario, deberán replantearse tanto las negociaciones con la Unión Europea, como la permanencia en el bloque de países bajo regímenes no totalmente republicanos. Algo que no siempre es claramente definido, como lo prueban las observaciones de Paraguay sobre Venezuela o los recientes calificativos de la canciller venezolana sobre el gobierno de Michel Temer pues, en su opinión, “en la República Federativa de Brasil está en curso un golpe de Estado que vulnera la voluntad de millones de ciudadanos que votaron por la presidenta Dilma Rousseff”.



De no revertirse este clima, la profundización de la integración en el Mercosur difícilmente avance de verdad. Si bien no se espera un “Venezuelan Exit” a la británica, es inevitable replantearse qué sentido tuvo o tiene la incorporación de un país miembro con comportamientos y prioridades ajenas a las del bloque que integra. Al igual que en otras cuestiones, el tiempo empieza a correr, y tarde o temprano serán necesarias definiciones claras al respecto. Mientras tanto, los efectivos avances de acuerdos con la Unión Europea y otros bloques pueden seguir empantanados y por varios años.

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