Presidentes y vices

Una relación de distancia y descoordinación en Argentina

Una dinámica marcada por el desequilibrio de poder, la falta de armonía y la tensión política dentro del oficialismo.

Javier Milei y Victoria Villarruel.
Javier Milei y Victoria Villarruel.

El vínculo entre el presidente y su vicepresidente en Argentina ha estado marcado históricamente por la distancia y la falta de coordinación. Este fenómeno, lejos de ser exclusivo de nuestro país, tiene antecedentes en otros regímenes presidencialistas, aunque con matices significativos. En Estados Unidos, por ejemplo, el vicepresidente puede asumir un rol activo en el gobierno, con funciones delegadas por el presidente y participación en el gabinete. En Brasil, la vicepresidencia ha sido fuente de conflictos políticos, incluso generando crisis institucionales. En Argentina, en cambio, la vicepresidencia ha oscilado entre la irrelevancia política y la confrontación con el presidente, generando tensiones dentro del Ejecutivo.

El déficit de la vicepresidencia en un presidencialismo fuerte

Desde la teoría del presidencialismo, la vicepresidencia es una institución ambigua, con funciones acotadas y una relevancia política fluctuante. En sistemas donde el poder se concentra en la figura presidencial, como el argentino, el vicepresidente suele quedar relegado a la presidencia del Senado y a la eventual sucesión en caso de acefalía. La falta de atribuciones concretas convierte al cargo en una figura políticamente maleable, cuya influencia depende más del contexto y del peso individual del vicepresidente que de un marco institucional definido.

El problema central es que la elección del vicepresidente responde más a una negociación política para garantizar la cohesión electoral que a una estrategia de gestión. Así, la fórmula presidencial suele conformarse como un pacto de equilibrios internos antes que como una articulación de gobierno efectiva. Esta dinámica explica por qué muchos vicepresidentes terminan marginados o, en el extremo opuesto, convirtiéndose en actores disruptivos dentro del oficialismo.



Tres casos, una constante: la descoordinación

Macri-Michetti (2015-2019): La elección de Gabriela Michetti respondió a la necesidad de ampliar la base política de Cambiemos y contener la heterogeneidad interna del PRO. Sin embargo, su rol se limitó a lo protocolar, con escasa incidencia en la toma de decisiones.

Fernández-Fernández (2019-2023): Un caso paradigmático de un presidente cuya legitimidad política dependía de su vice. La relación osciló entre la tensión y la ruptura abierta, con una Cristina Kirchner que se erigió como el verdadero poder dentro de la coalición y un Alberto Fernández sin margen de acción propio.

Milei-Villarruel (2023-actualidad): Desde el inicio de la gestión, Victoria Villarruel ha mantenido una posición distante del gobierno. A diferencia de otros vicepresidentes que han asumido roles complementarios, su alejamiento responde tanto a diferencias ideológicas como estratégicas. Ha marcado distancia en temas clave como la relación con las Fuerzas Armadas, la política de seguridad y el enfoque sobre derechos humanos, reflejando una falta de integración que evidencia tensiones dentro del oficialismo.



Doble legitimidad y conflicto institucional

Uno de los principales problemas del vínculo entre presidente y vicepresidente en Argentina se relaciona con lo que el politólogo Juan Linz definió como "doble legitimidad" en los sistemas presidencialistas. A diferencia de los regímenes parlamentarios, donde el poder ejecutivo emana de una mayoría legislativa, en el presidencialismo tanto el presidente como el vicepresidente son electos por voto popular. Esto puede generar conflictos cuando el vicepresidente actúa con autonomía política o representa sectores que no necesariamente responden a la conducción presidencial.

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En este contexto, la vicepresidencia puede transformarse en un factor de disrupción dentro del gobierno, especialmente cuando quien la ocupa tiene un capital político propio y ambiciones que trascienden su rol institucional. Sin atribuciones ejecutivas concretas, pero con acceso privilegiado a la arena política y mediática, el vicepresidente puede convertirse en un polo de poder alternativo, ya sea para condicionar la gestión del presidente o para construir una identidad diferenciada. Esta dinámica ha sido una constante en la historia argentina y responde a un diseño institucional que no establece mecanismos claros de articulación entre ambas figuras.



Consecuencias políticas y perspectivas

La falta de coordinación entre presidente y vicepresidente impacta directamente en la estabilidad gubernamental. En sistemas hiperpersonalistas como el argentino, un vicepresidente marginado puede convertirse en un foco de resistencia interna, debilitando la gestión. Más que un engranaje funcional del Ejecutivo, la vicepresidencia ha operado muchas veces como un contrapeso político o un factor de crisis.

Esto responde a una lógica electoralista en la conformación de las fórmulas presidenciales, donde prima el equilibrio de coaliciones por sobre la articulación de gobierno. Sin una reforma que le otorgue un rol más definido, la descoordinación seguirá siendo una constante en la política argentina. Además, la falta de incentivos para una gestión coordinada entre ambos cargos agrava la fragmentación dentro del oficialismo, dificultando la construcción de consensos. En este escenario, el vicepresidente puede terminar siendo un opositor interno con poder institucional, afectando la gobernabilidad y generando conflictos que erosionan la estabilidad del Ejecutivo.

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