¿Qué es (y qué no es) la Inteligencia Artificial?

¿Solo se trata de calculadoras muy poderosas?

En su flamante primer libro, el joven y sagaz biólogo, programador y divulgador científico Nicolás Martorell ofrece otras alternativas para pensar la irrupción de la Inteligencia Artificial. Una lectura sintética y potente que sobresale sobre el abrumador contenido disponible sobre la materia, conectando el alcance de las computadoras con la esencia del ser humano.

Una lectura sintética y potente que sobresale sobre el abrumador contenido disponible sobre la materia.
Una lectura sintética y potente que sobresale sobre el abrumador contenido disponible sobre la materia.

Uno de los temas más recurrentes que circulan por las redes sociales, los medios de comunicación y las conversaciones con familiares y amigos desde hace por lo menos tres años es el debate en torno a la Inteligencia Artificial. No es fácil poder decir algo nuevo o diferente en un contexto saturado de información y opiniones al respecto. 

Sin caer en la repetición, y con una mirada fresca y original, el biólogo, programador y divulgador científico Nicolás Martorell se propone llevar adelante esta tarea nada sencilla en su libro ¿Qué es y qué no es Inteligencia Artificial?, editado por Siglo XXI.

Abordar este tema desde la biología es el rasgo más sobresaliente del texto. En la experiencia de vida de Martorell, su acercamiento a la biología estuvo ligado al interés por estudiar el comportamiento de la conciencia ¿cómo puede ser que un órgano que está incrustado en el medio del cráneo pueda pensar, sistematizar información, tener noción del mundo que lo rodea, emocionarse, entre tantas otras cosas? Así, el autor ingresa al estudio de la IA con la misma inquietud, pero esta vez extendida a las máquinas. 



De la lectura se aprende que tanto los humanos como las computadoras pueden tener inteligencia, es decir, capacidad para procesar grandes flujos de información, en muchos casos, mejor que las personas. 

El libro expone un ilustrativo gráfico que demuestra la rápida evolución que tuvieron las computadoras en su capacidad para resolver algoritmos —es decir, pasos con instrucciones lógicas para llevar adelante una tarea (lo que podría ser la receta de un plato)— cada vez más complejos. La primera fue una computadora súper inteligente en matemáticas, una calculadora, un invento que no generó demasiada controversia. Luego vino otra computadora que le ganó a una partida de ajedrez a un ser humano y eso sí generó un miedo enorme. Y de ahí cada vez más. Vinieron computadoras super inteligentes en el go, en diversos juegos (y no solo en uno), y no sabe hasta dónde llegará sus capacidades.

Niconlás Martorell utiliza sus formación en biología y neurociencias, como también su trabajo en programación, para abordar un tema que atraviesa un d
Nicolás Martorell utiliza su formación en biología y neurociencias, como también su trabajo en programación, para abordar un tema que atraviesa un debate existencial de los seres humanos en relación con sus pares y el mundo que los rodea. 



El miedo y la ansiedad inherente al desarrollo de las máquinas se remontan, como señala al autor, a los orígenes mismos de la revolución industrial, un proceso que destruyó y generó nuevos empleos, pero que también generó nuevos beneficios para la población, y, a su vez,  nuevos desafíos que antes no existían. 

Ahora bien, ¿cuál sería la particularidad de la irrupción de la IA a diferencia del surgimiento de la máquina textil,  el barco a vapor, la electricidad, la computadora personal, internet o el teléfono inteligente? Que este invento podría no solo reemplazar a nuestros trabajos, sino también ocupar el espacio de cariño y afecto que le asignamos a otras personas, poniendo en cuestión la característica propiamente biológica de los seres humanos. 

Si bien el concepto de Inteligencia Artificial no es nuevo, sino que proviene  originalmente de la década de 1950, de la mano del matemático inglés Alan Turing, que también estableció una teoría —conocido popularmente como "Test de Turing"— que dice que si una máquina puede generar un algoritmo que nos convenza de que razona como un humano, entonces, razona como uno; con la irrupción del chat GPT 3.5 a fines del 2022 (y sus aledaños Gemini, Claude, Grok, etc.), la IA pasó a estar en primero plano del debate público.



Mucho antes del surgimiento de Open AI o Anthropic, el matemático inglés, Alan Turing, famoso por combatir a los nazis con su "código enigma", estable
Mucho antes del surgimiento de Open AI o Anthropic, el matemático inglés, Alan Turing, famoso por combatir a los nazis con su "código enigma", establecía en su paper "Computing Machinery and Intelligence" de 1950, los primeros lineamientos teóricos de lo que podría concebirse como la Inteligencia Artificial.

La clave de esta última estadía de la IA está en traducir números en letras, y así, generar modelos de lenguaje que puedan interpretar la manera en la que las personas se comunican, si no que también pueden generar código, sonido, imágenes, video (entre tantas otras cosas), produciendo en la apreciación de sus interlocutores un grado alto de verosimilitud o efectividad. Es decir, que el núcleo principal de la IA está basado principalmente en cálculos matemáticos, circuitos eléctricos y uso de datos con los que aprende y se perfecciona constantemente 

¿Tanto escándalo por algo que a fin de cuentas es una calculadora muy poderosa?



Para pensar esta dinámica, Martorell hace una distinción entre inteligencia y conciencia. La misma permite separar a las máquinas, más allá de su avance, de las criaturas. Es decir, sin dudas las computadoras podrán resolver tareas cada vez más complejas, pero esto no significa que podrán tener conciencia, siendo un rasgo que sólo se lo asignamos a los seres humanos y al que excluimos el resto del reino biológico (con la excepción de nuestras mascotas); una capacidad que el autor denomina con delicadeza literaria como "nuestro palacio". 

Y es ahí donde nuevamente el sesgo del biólogo introduce un gran aporte: no sabemos a ciencia cierta qué es verdaderamente la conciencia, hay distintas interpretaciones, ya sea tanto del lado de la ciencia como de la filosofía.

Bajo este marco, el libro sugiere una hipótesis posible para definir conciencia: la "qualia". Esta sería la capacidad que tienen los seres humanos para apreciar el color naranja de los pelos de un gato —algo que no está ni en nuestra retina ni en nuestros cerebros—, el sonido de una una guitarra eléctrica durante un concierto de rock, la sensación fría y áspera que sentimos en la yema de los dedos al acariciar una piedra, el dolor que sufre cuando descalzos pisamos un clavo en el medio de la oscuridad, la adrenalina de subirnos a una montaña rusa, el olor del perfume de una persona que nos gusta, el sabor de una pizza de fugazzeta rellena, el amor que tenemos por nuestros seres queridos y la profunda tristeza que nos envuelve cuando los perdemos. 



La conciencia es única y subjetiva. Podemos tener empatía, suponer qué es lo que siente o piensa la otra persona, pero no lo podemos saber realmente. Entonces, es difícil determinar si las computadoras —cada vez más poderosas— tendrán conciencia cuando todavía ni siquiera nosotros sabemos muy bien qué es nuestra conciencia. Pero sí sabemos cuáles son las tareas que las máquinas pueden llevar a cabo y que pueden enfrentarnos —conscientemente o no— a cuestionar nuestro deseo de vivir. 

Si los artefactos, potenciados por la capacidad de la Inteligencia Artificial, pueden controlar nuestras opiniones y dejarnos sin trabajo, entonces, ¿por qué valdría la pena levantarnos todos los días? En relación a este punto, Martorell expone las visiones más pesimistas, que describen que los humanos estamos creando un sistema que terminará dominándonos a nosotros mismos, y las más optimistas, que dicen que la tecnología nos brindará la abundancia suficiente para mitigar la pobreza y desarrollarnos plenamente como personas. 

Un dilema no solo existencial sino que también tiene implicancias políticas, de las cuales Martorell afirma que debe existir un Salario Básico Universal que permita sustentar un modelo económico que tiende a una concentración cada vez más agresiva (en la cuál las empresas que desarrollan la IA tienen mucho que ver). 



Una serie de ajustes y regulaciones (a los que los comprara con el New Deal que permitió sortear la gran depresión) que lo ubica al autor más próximo al bando del optimismo, advirtiendo que será difícil que el desarrollo tecnológico produzca un colapso absoluto, ya que los sistemas sociales no pueden permanecer en caos por mucho tiempo. 

Así, Martorell señala que en la dinámica de la larga duración del desarrollo científico-tecnológico iniciada en la Revolución Industrial se pudieron crear soluciones a distintos problemas, que a su vez trajeron aparejados nuevos desafíos, muchos de los cuales se pudieron resolver. 

La refrigeración y el aire acondicionado, los combustibles fósiles, los antibióticos, la agricultura intensiva y las redes sociales traen aparejados enormes beneficios a la calidad de vida de las personas, pero también consecuencias en el medio ambiente y en la salud y el comportamiento de las personas. Algo similar ocurre con la IA. 



Uno puede preguntarse hasta qué punto vale la pena reflexionar tanto sobre interrogantes que atraviesan a las sociedades desde hace bastante tiempo: su implicancias de los avances tecnológicos y el mercado de trabajo, la concentración de la riqueza, qué somos los seres humanos; a pesar de que ahora diera la sensación de que el avance es tan vertiginoso que se nos viene encima. 

¿Se trata solo de calculadoras poderosas o estamos ante la presencia del cuestionamiento mismo del ser humano? Martorell busca dar algunas respuestas, aunque su libro, en sus palabras, pueda "envejecer muy mal".

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