Aunque siempre hay un destello irónico en su modo de responder, Ricardo Hipólito López Murphy, ex ministro y actualmente diputado, suele presentarse con un aire sobrio. "Nada es fácil", admite, cuando se le pregunta por el clima de campaña. En las elecciones del 26 de octubre busca renovar su banca como diputado nacional por la Ciudad de Buenos Aires y será candidato por el partido Republicanos Unidos. No exagera: el gobierno de Milei lo sigue de cerca, atento a cada gesto, a cómo vota o deja de votar en el Congreso.
Hace pocos días, recibió ataques del ministro de Desregulación Federico Sturzenegger al respecto de su desempeño legislativo: "Verlo votar leyes que generan déficit fiscal fue algo muy impactante", reclamó Sturzenegger. López Murphy respondió: "Soy siempre un defensor del equilibrio fiscal. Por eso voté a favor del veto previsional. En el caso de discapacidad sí voté a favor de la ley por la inacción del gobierno y, además, llevé una propuesta de financiamiento con el impuesto a los combustibles". Y continuó: "Lo que me llama mucho la atención —increpó a Sturzenegger en su respuesta—, es que vos apoyes a un Gobierno corrupto e inmoral como éste".
Desde la cuna, la vida de López Murphy estuvo marcada por la política. Nació en Buenos Aires en 1951: hijo de Juan José López Aguirre, dueño de una empresa de seguridad, jefe de la Policía de la provincia de Buenos Aires durante la presidencia de Illia y luego diputado nacional bajo Arturo Frondizi, y de Brígida Murphy, empleada de la aerolínea brasileña Varig. "Mis padres trabajaron toda su vida", recuerda sin eufemismos. La familia se trasladó a La Plata cuando él tenía 13 años. Allí estudió en la Escuela Superior de Comercio y, luego, Economía en la Universidad Nacional de La Plata. Después se formó en una maestría en Economía en Chicago, con una beca de la Organización de Estados Americanos (OEA).
Su vida estuvo atravesada por un recorrido académico riguroso, forjado en las aulas del grado y del posgrado, y plasmado en varias publicaciones y libros como "Deuda interna y estabilidad financiera", "Políticas públicas, reforma fiscal y crecimiento económico", entre otros. A esta vocación se suma su dedicación a la docencia —en distintos ámbitos como la Universidad de La Plata y la UCEMA, donde fue distinguido como Doctor honoris causa— que se combina, más tarde, con la experiencia de gobierno. Murphy ha sido Ministro de Defensa, de Economía e Infraestructura en la convulsionada gestión de Fernando de la Rúa, y candidato presidencial en 2003, cuando obtuvo el 16,37% de los votos y salió tercero detrás de Carlos Menem y Néstor Kirchner. También es diputado nacional desde 2021, cuando compitió dentro de Juntos por el Cambio.
Pero antes de los libros de economía, las cifras y las reformas fiscales está la escena fundacional: su propio bautismo. "En 1951, Ricardo Balbín había sido detenido por su lucha contra un gobierno autoritario que, prácticamente, había clausurado la prensa libre. Mi papá, un ferviente partidario de la libertad, creyó que la mejor manera de expresar su disconformidad era poniéndome Hipólito, por Hipólito Yrigoyen, y Ricardo, por Balbín. Como Balbín, quien era mi padrino, estaba preso, quien me llevó a la pila bautismal fue Arturo Frondizi", rememora López Murphy. Su bautismo fue un acto político.
El episodio parece arrancado de la mejor pluma de una novela política argentina. La Policía Federal había rodeado la iglesia de San José de Calasanz, en el barrio porteño de Caballito: la multitud era demasiado notoria y demasiado diversa como para no llamar la atención. El comisario advirtió que el problema no era el bautismo en sí sino la concentración de dirigentes opositores. Su padre pidió, al menos, que lo dejaran bautizar al hijo. Y lo dejaron. "Frondizi mismo me llevó a la fuente bautismal", enfatiza una vez más, con cariño y orgullo. "Fue increíble. Era como en la Polonia de Juan Pablo II: no se podía expresar la oposición en la vía pública, pero no podían evitar que fueran al bautismo". La política y la historia argentina parecen incrustadas en su biografía personal.
El presente lo encuentra en campaña como diputado por la Ciudad de Buenos Aires, y fiel a sus hábitos de siempre. Se mueve en colectivo —"uso el 17, el 10, el 59, el 132, el 37"— y hasta es reconocido en el transporte: "El otro día subí al colectivo y una señora me preguntó: '¿Qué hacemos con los pesos?'. Y el colectivero agregó: 'Hable en voz alta, que estamos todos interesados'". Su respuesta sobre esta rutina es pragmática: "Viajar en colectivo es seguro y barato. Y yo guardo los recursos para la campaña".
—¿Cómo se desarrolla esta campaña? —le pregunta El Economista.
—Cuando planto bandera no miro para donde sopla el viento —responde López Murphy.
La vida familiar completa el cuadro. López Murphy está casado con Norma Ruis, contadora pública, desde hace 51 años; tiene tres hijos —una de sus hijas fallecida— y siete nietos que lo superan en velocidad en la pileta, otra de sus grandes pasiones. "Hacen los 100 metros en cincuenta y pico de segundos. Están en tiempos muy competitivos", se enorgullece. Él aprendió a nadar en el canal Arias, en el Delta, cuando su padre y su tío lo arrojaban al agua los fines de semana y, más tarde, en el Club Universitario de La Plata. "Competí, pero era malo. Los que son realmente buenos son mis nietos".
La escena inicial de su bautismo, con Frondizi como padrino de hecho, parece darle fuerza y proyección a la trayectoria de López Murphy: un economista formado en la academia, un político marcado por la crisis y, también, el hijo de una generación que entendió la política como acto de compromiso y le imprimió ese tono de severidad, pero no sin humor seco, el cual lo caracteriza aún hoy. Parte de la clase política, desde el retorno democrático, no se entiende sin esteestilo. Esa marca registrada: López Murphy. Y, aún en pleno siglo XXI, no claudica en una tradición: creer en lo que se dice.
En diálogo con El Economista, el actual diputado nacional Ricardo López Murphy reflexiona sobre los desafíos de cara a las próximas elecciones y afirma: "Si el Gobierno no logra una mayoría parlamentaria, no va a poder hacer nada". Consultado sobre políticas y finanzas, responde a la pregunta de cuántos dólares diarios debería comprar el Banco Central. Y sobre el audiogate, asegura: "Le diría a Milei que no hay segundas oportunidades para los corruptos".

—Se acumulan dos años sin presupuesto aprobado y varias reformas económicas se intentan imponer por DNU. ¿Cómo impacta en el futuro de la economía la baja institucionalidad?
—Eso no ayuda. Ha empobrecido el debate y nos ha llevado a una situación muy compleja en términos de previsibilidad y transparencia. Y esa falta de institucionalidad genera una gran incertidumbre sobre el futuro, una sensación de que estamos al límite en materia financiera.
—¿Por qué está tan dividida la "familia liberal"?
—No creo que esté tan dividida. La posición de quienes hemos seguido un rumbo histórico es muy clara, y sobre esa base hay un pronunciamiento consistente en todos los niveles. Esa coherencia en la defensa de la Constitución, del debido proceso, y de la integridad institucional está muy marcada. Después existen fracciones que creen que pueden lograr cambios sin apoyos en el Congreso. Eso siempre termina chocando con los límites de la realidad.
—De todos modos, no queda claro por qué tantos sectores de centro se presentan por separado. ¿Por qué hay tantas divisiones para los comicios?
—En parte, porque no hubo primarias abiertas simultáneas y obligatorias. Yo voté contra la suspensión de las PASO, aunque muchos en la oposición votaron a favor. Ese mecanismo permitía ordenar el sistema, limitar la proliferación de partidos y canalizar diferencias. Al eliminarlo, se rompió un mecanismo de coordinación, y eso nos deja en una situación límite.
—¿Podría haberse sentado con Elisa Carrió y planear una estrategia conjunta?
—Si hubieran existido las PASO, eso hubiera sido posible. Podría haberse dado la convergencia hacia un frente más amplio.
—¿Para 2027 lo considerarían?
—Diría que lo lógico es que en 2027 vuelvan las PASO. En ese escenario, al tratarse de una elección ejecutiva, va a haber mayor disposición a cooperar. Ahora se trata de una elección parlamentaria: el votante elige por matices o preferencias. En cambio, en una ejecutiva suele votar por rechazo, por lo que no quiere que gane. Por eso la polarización.
—En ese marco, ¿qué puede hacer como candidato en un escenario tan polarizado y qué argumentos permitirían despolarizar la elección?
—El primer argumento es de sentido común: ésta es una elección parlamentaria, no ejecutiva. No se discute el gobierno de nadie. Lo vital es que en el Congreso permanezcan sectores que no estén atados a posiciones extremas, incapaces de dialogar. Porque en el Parlamento, si se quiere gobernar, hay que cooperar. Sin cooperación es imposible: no habría presupuesto ni habría leyes. Y un sistema sin esos elementos básicos, que expresan matices y permiten acuerdos, sencillamente no funciona.
—¿El resultado electoral influye o no en la economía como dicen muchos especialistas?
—No creo eso. El futuro económico, por supuesto, depende de una cuestión: que los sectores más anacrónicos ligados al kirchnerismo no hagan una gran elección. El problema no es lo que hagamos los demás, el problema son ellos.
—Esta semana, en un acto, Milei volvió a remarcar que lo único que importa son estos dos meses porque, según él, después vendría la "libertad definitiva".
—Si no hay un resultado electoral razonable en el sentido de que los sectores kirchneristas, tan refractarios y que han hecho tanto daño, no caen sustancialmente en votos, entonces sí estamos ante un problema. El tema no es cuánto saque el Gobierno, sino cuánto saquen aquellos que buscan reinstalar lo que destruyó al país. No es una cuestión de quién gana o quién pierde. Aunque nosotros saquemos un gran porcentaje de votos, eso no cambia la historia.
El auténtico problema es que el kirchnerismo reduzca sustancialmente su caudal electoral. Ése es el punto central. En ese marco, un voto a nosotros permite avanzar hacia un camino mucho más razonable.

—¿Considera que el Gobierno deberá trabajar en acuerdos para el futuro, o lo observa más bien concentrado en consolidar una minoría intensa?
—Va a haber una necesidad de acuerdo, porque hay que promover leyes muy importantes. El Gobierno tiene que sancionar una reforma de la seguridad social, aprobar una reforma de la coparticipación, encarar una reforma de la tributación y también una enorme reforma laboral. ¿Cómo se logra avanzar en esas leyes si no se consiguen mayorías? Si el Gobierno no logra una mayoría parlamentaria, no va a poder hacer nada.
—Desde una mirada técnica, ¿qué debería hacerse con el esquema cambiario tras los comicios?
—El esquema que debería prevalecer es el de flotación sin intervenciones del Banco Central. Que flotemos libremente, con la condición de que el Banco Central y el Tesoro compren todos los días, como en Chile, entre US$ 60 y US$ 70 millones. Ése es el programa previsto. Ahora bien, no están comprando nada. Ahí aparecen los problemas: cómo financiar esas compras y cuál va a ser el precio del dólar si se compra diariamente esa cantidad.
—En los últimos dos años se observa un fuerte aumento de la marginalidad en las calles, con cada vez más personas viviendo a la intemperie en distintos barrios de la Ciudad de Buenos Aires. Algunos cálculos hablan de alrededor de once mil personas en esa situación. ¿A qué lo atribuye?
—La pobreza subió muchísimo con la crisis del último gobierno kirchnerista. Esa descapitalización de la economía generó una multitud de personas que no tienen trabajo. Y esa multitud produce un problema de convivencia social grave. Registro que si esta economía no empieza a crecer, a invertir, a generar trabajo genuino, nuestra viabilidad social es muy baja.
—Usted cuestionó al candidato a senador de Fuerza Patria, Mariano Recalde, en relación con su mirada sobre las PyMEs. ¿Podría desarrollar esta consideración?
—El marco laboral que ellos instrumentaron vuelve inviable el empleo formal en la Argentina. Hace quince años que no crece el empleo formal y más de veinte que no crecen las pymes. Por eso es necesaria una reforma laboral integral.
Ese cambio requiere mucho: pasar de paritarias nacionales a convenios por empresa; incorporar un contrato de aprendizaje, al estilo alemán, de dos años sin relación laboral para poder trabajar y aprender a usar las máquinas; modificar el artículo 23 de la Ley de Contrato de Trabajo para evitar que cada autónomo o monotributista contratado se transforme en un nuevo empleado; ampliar el período de prueba. Todo esto es indispensable para que el empleo vuelva.
Además, son necesarias tasas de interés que no sean extravagantes y un dólar que no esté deprimido artificialmente.
Cuando el tipo de cambio queda bajo por efecto de tasas tan altas, se genera un "hipodólar" y eso destruye la competitividad.
—¿Es probable que estas tasas terminen afectando la actividad?
—La va a dañar muy fuertemente. Con este nivel de tasas es imposible que algo funcione. No entiendo cómo el Gobierno puede sostener tasas tan altas.

—Con respecto a su experiencia como ministro de Economía y como candidato presidencial en 2003, cuando obtuvo el 16,37% de los votos. ¿Qué similitudes y diferencias encuentra entre el 2001 y la situación actual?
—En general, va a ser necesario un cambio profundo. Tengo la sensación de que si hubiera triunfado en 2003, este país sería muy diferente. Y tengo también la sensación de que hoy es imprescindible que haga una buena elección.
—¿Cuáles diría que son sus diferencias con el ministro de Desregulación Federico Sturzenegger?
—Federico defiende al gobierno del que forma parte y yo marco mis diferencias. Eso está bien y es parte de la vida política.
Tengo muchas observaciones sobre cómo resuelven los problemas de las denuncias. Me parece mal cómo manejaron el caso de Libra, el del fentanilo y, sobre todo, el de los audios. Yo hubiera liberado las contraseñas de las computadoras y los teléfonos de todos los funcionarios.
—¿Qué otra sugerencia le haría al gobierno de Milei?
—Que haga una exposición pública sobre este tema, que deslinde responsabilidades y que diga: "No hay segundas oportunidades para los corruptos. Caiga quien caiga, vamos a sanear el Estado".
—Usted propuso aumentar las jubilaciones y financiarlo con impuestos al juego y a los cigarrillos. ¿Podría explayarse en esa propuesta?
—Lo que dije es que las jubilaciones de quienes aportaron cayeron un 50% entre 2019 y 2024. Y las jubilaciones de los que entraron por moratoria, sin haber aportado, cayeron un 25% en ese mismo período. Hay que restablecer cierta equidad y debemos hacer algo para recuperar al menos una parte de lo perdido por quienes aportaron y fueron castigados de esa manera.
Hay que proveer algún mecanismo para corregir ese brutal atraso. Hace tiempo sugerí subir el impuesto al juego e imponer un precio mínimo a los cigarrillos. Deberían reglamentar el artículo de la Ley Bases referido a los cigarrillos. Con esas dos medidas se recaudaría mucho más.
—¿Qué pensaría Leandro Alem del gobierno de Milei?
—Alem ponía mucho énfasis en la transparencia administrativa. Eso lo llevaría hoy a un conflicto inmenso, porque esta idea de que las empresas de los familiares ganan licitaciones o se contrata a proveedores cercanos al gobierno sin licitación le resultaría intolerable.
