"Veremos días hermosos, veremos días de sol", se lee en el perfil de la red social X del especialista en Relaciones Internacionales Martín Schapiro. Se trata de un verso del poeta turco Nazim Hikmet, de su poema "Nikbinlik" (la mejor traducción del título es "optimismo"), que condensa, ciertamente, su manera de ver la política y la vida: lo mejor siempre está por delante, no por detrás.
Schapiro nació en la Ciudad de Buenos Aires, en el seno de una familia de profesionales sin tradición de militancia política. En su búsqueda del mundo, fue primero a la búsqueda de sí mismo. "Soy porteño, nacido en la Ciudad de Buenos Aires. Estudié en la escuela pública y después del secundario cursé Derecho en la UBA", enumera en su recorrido.
La adolescencia, marcada por la militancia, lo llevó a vincularse con la política en el Nacional Buenos Aires. "Hice el secundario a fines de los '90. Terminé en 2002. Era un momento en el que la política estaba muy presente y ante los debates me incliné por una mirada más global". Esa sensibilidad, internacionalista, lo acompañaría desde entonces.
Eligió abogacía, subraya, porque vislumbraba en la carrera un equilibrio entre su vocación pública y la posibilidad de tener una salida laboral.
La inclinación hacia la geopolítica se consolidó cuando cursó una maestría en Estudios Internacionales en la Universidad Torcuato Di Tella en 2018. "Sentía que necesitaba darle más solidez teórica a mis lecturas coyunturales. Siempre había sido un lector, pero no sistemático. En la universidad estaban Juan Gabriel Tokatlian, Roberto Russell, Jorge Battaglino, entre otros; era un plantel de profesores sumamente interesante".
Desde siempre, Schapiro se caracteriza por ser un lector voraz y autodidacta. Empezó a escribir como una manera de darle extensión y lugar a sus preguntas. Y de esbozar respuestas. La primera publicación llegó en 2014: Panamá Revista le abrió las puertas con una nota sobre la reelección de Dilma Rousseff en Brasil. Actualmente, Schapiro publica en Cenital y es columnista del programa "Un mundo de sensaciones" en Futurock.
La política no tardó en tocar a su puerta. En 2019 fue convocado al ministerio de Desarrollo Productivo, encabezado por Matías Kulfas. "Habíamos intercambiado en redes, porque Matías es muy activo intelectualmente. Él conocía cómo pensaba yo. Llegué porque estaban buscando gente con formación en el área y se había armado un equipo muy bueno, con Daniel Schteingart, con quien ya había publicado textos en conjunto y había trabajado". Desde allí, su tarea fue aportar una mirada internacional a las transformaciones productivas.
El salto de la academia a la gestión pública fue, admite, un aprendizaje vertiginoso. "En la gestión uno se encuentra con la posibilidad concreta de hacer cambios. Eso da una perspectiva de servicio muy valiosa: sentir que se trabaja por la patria, por los compatriotas. Aunque suene cliché, lo creo profundamente".
Pero también aparecen las limitaciones: "En el Estado aparece 'el campo de lo posible'. El gobierno del Frente de Todos heredó una macroeconomía complicada, después llegó la pandemia y más tarde los condicionamientos internos de la coalición. Las gestiones se enfrentan con la posibilidad de hacer mejoras concretas y también con límites que no siempre aparecen en el papel", asevera Schapiro.
Al final de la conversación, vuelve a su costado más íntimo. Las palabras del poeta turco Nazim Hikmet condensan el pensamiento de Schapiro: "Hacia lo azul iluminado, los vamos a llevar". Una vez más, se trata de una posición optimista. Los tiempos son desafiantes, pero el pensamiento y la acción son para Schapiro, ante todo, un motor de futuro.
"Estados Unidos no le va a dar un trato especial a la Argentina", reflexiona el especialista en Relaciones Internacionales Martín Schapiro en conversación con El Economista. Interna peronista, Milei, grandes tecnológicas, China y ¿por qué Marcos Galperín elogia a Lula y es antiperonista?

—Milei parece fascinado con Trump. ¿Ese entusiasmo tiene algún correlato real en beneficios concretos?
—Cuando se define un rumbo en política exterior, cuando se elige un alineamiento, cuando se toma la decisión de que un país adopte una posición determinada, eso siempre implica costos, beneficios y trade offs. No existen respuestas absolutas.
En el caso argentino, el análisis resulta más complejo porque la política exterior, en muchos sentidos, está condicionada por la personalidad y la preferencia ideológica del presidente Milei.
El discurso de Milei hablaba de la libertad, del capitalismo y hasta de elementos casi místicos. Se lo notaba sobreideologizado en su modo de acercarse al mundo. Incluso recuerdo que llegó a afirmar que no iba a hacer negocios con China porque no trataba con comunistas.
Dicho esto, cuando se observa el volumen del comercio con China y la propia concepción de Milei sobre el comercio —poner en el centro la idea de importar y exportar los productos de mejor calidad al menor precio posible—, la declaración resultaba, cuanto menos, llamativa.
Ahora bien, cuando se mira la situación de Argentina y también algunas particularidades del trumpismo, aparecen elementos que evidencian que la relación con Estados Unidos tiene una dimensión fuertemente ideológica.
No hay motivos para pensar que Estados Unidos vaya a dar un trato especial o preferencial a la Argentina en términos comerciales o de inversiones.
Lo que veo es una política mucho más ideológica que pragmática, planteada desde un comienzo en esos términos, tanto respecto de Estados Unidos como de Trump en particular.
—¿Una buena relación interpersonal entre líderes puede transformarse en beneficios materiales para sus países?
—Las buenas relaciones interpersonales siempre facilitan la posibilidad de mitigar rispideces. Una relación personal sólida ayuda a encontrar confluencias cuando hay intereses coincidentes y también a suavizar tensiones cuando surgen conflictos. Por eso existen instancias que, en la era de la virtualidad, podrían parecer anacrónicas, como las cumbres de presidentes, que en realidad están precedidas de negociaciones técnicas y diplomáticas.
Las relaciones interpersonales son importantes aunque no determinan por sí mismas un resultado concreto. Pero estamos en un momento particular, vinculado a la figura de Donald Trump, donde el vínculo personal adquiere una carga mayor que la que históricamente se le asignaba.
Aun así, lo que prevalece son los intereses.
Por ejemplo, se suele decir que Trump se acerca a Rusia porque le cae simpático Putin. No es así. Lo que hay detrás es una estrategia estadounidense de política internacional en la que Europa pierde centralidad y Asia gana protagonismo. En ese esquema, generar algún tipo de cisma entre Rusia y China pesa más que el compromiso histórico con la OTAN, que Trump veía casi como un subsidio de defensa a sus aliados tradicionales.

—Milei antes de asumir se refirió a China como un "Estado asesino". Finalmente, en su presidencia prorrogó el swap, habilitó el ingreso sin visa de ciudadanos chinos y mantiene un vínculo pragmático con Pekín. ¿Cómo leés ese doble estándar?
—China es un actor inevitable para la Argentina y, en general, para América del Sur. De hecho, si se observa el comercio exterior argentino, se advierte que es uno de los más diversificados de la región. Brasil, nuestro principal socio comercial, destina más del 30% de sus exportaciones a China. En Chile ese porcentaje es aún mayor. Perú, además de exportar un volumen considerable a China, desarrolla infraestructura estratégica con financiamiento chino, como el puerto de Chancay.
China es una historia inevitable que trasciende las orientaciones ideológicas. Eso se nota en líderes muy duros, como Bolsonaro, quien empezó con un discurso ideologizado contra Pekín —parecido al de Milei en campaña— y terminó su mandato participando en la cumbre de los BRICS.
Milei, en este punto, muestra una postura menos pragmática y más ideológica que la de Bolsonaro como el rechazo al ingreso de Argentina en los BRICS. Sin embargo, se ve obligado a reconocer una realidad insoslayable: China es un actor indispensable para América Latina en materia de inversiones, comercio y financiamiento.
Lo que está claro es que no hay un escenario concebible de ruptura con la República Popular China. Es una relación menos intensa de lo que podría ser, que aprovecha menos oportunidades de las que existen, pero que nunca se ubica en un plano de ruptura. En todo caso, hay una cooperación limitada, una relación por debajo de su potencial.
—¿Qué aprendizajes pueden tomar los progresismos argentinos de experiencias internacionales recientes, como la de Lula en Brasil, Starmer en el Reino Unido o Sánchez en España?
—Son varios los aprendizajes. El principal problema del progresismo argentino, el más evidente en términos de gobernabilidad, es su dificultad para vincularse con la macroeconomía, con la importancia de los equilibrios macroeconómicos.
Un rasgo interesante de Lula es su capacidad de adaptación. Supo cambiar según las coyunturas, sin miedo a las reacciones que podía provocar un giro hacia un lado o hacia el otro. No se trató de moverse siempre hacia la derecha o siempre hacia la izquierda, sino de evaluar las circunstancias y adaptar la política a los cambios.
El progresismo argentino lo logró en campaña, cuando Cristina Fernández de Kirchner supo leer los ánimos de la sociedad. En términos de gobernabilidad, sin embargo, le costó más incorporar otros condicionantes: los de la realidad material, no sólo los del humor social electoral.
En la campaña del primer ministro británico Keir Starmer, que fue exitosa, pagó enormes costos frente a su base. Y aun así, entendió que valía la pena para ganar las elecciones. Hoy sigue pagando esos costos, y su gestión enfrenta dificultades, pero la lección es clara: si hay un rumbo, se debe estar dispuesto a asumir costos.
—Siguiendo lo que señalás, ¿observás algún dirigente en el peronismo que haya hecho, o que pueda hacer, algo parecido a lo que hizo Starmer en el Reino Unido al reconstruir al laborismo?
—Respecto de Starmer, hay que distinguir su campaña de su gobierno. Su estrategia electoral fue exitosa, pero su actual gestión no lo es. Hoy enfrenta problemas de gobernabilidad. Tiene tiempo para corregirlos, aunque lo cierto es que un éxito no garantiza otro. Incluso Lula enfrenta dificultades actuales en Brasil.
El peronismo está atravesando una crisis: ideológica, de gestión y de propuesta. Reconstruirse llevará tiempo. No se trata sólo de ser competitivo electoralmente, aunque es probable que gane elecciones, sobre todo por los problemas de concepción y ejecución que tiene Milei. La cuestión central es que aún está en discusión cuál es el proyecto de país que el peronismo quiere ofrecer, cuál es la respuesta que tiene para dar frente a los problemas actuales, como la tuvo en 2002 o en los noventa, con orientaciones claras aunque diferentes. Hoy esa claridad no existe.
Lo positivo es que la discusión está viva. Hay muchos pensando cómo debe darse. Pero señalar un dirigente ahora no tiene sentido: lo dirá la sociedad, y antes de eso, el propio peronismo deberá terminar de delinear ideas y orientaciones que todavía no están claras.
—En Europa hay un consenso creciente en los sectores progresistas a favor de Ucrania, algo que en la Argentina no se vislumbra. ¿Cómo analizás las diferencias entre las izquierdas europeas y latinoamericanas frente al tema Ucrania?
—Considero que eso se vincula con una valoración distinta del rol de Estados Unidos, y con una mirada diferente sobre Rusia. En Europa se percibe a Rusia como un país imperialista, tanto por su historia en el seno de la Unión Soviética —la invasión a Checoslovaquia, la represión de la Primavera de Praga— como por su amenaza sobre Europa del Este, que se vuelve palpable en el caso de Ucrania. Es una cosmovisión que en América Latina no opera del mismo modo.
En nuestro continente, la potencia que históricamente intervino en la política interna han sido los Estados Unidos, con consecuencias traumáticas. El involucramiento de Washington en el golpe de Estado en Chile, por ejemplo, está sobradamente comprobado.
A eso se suma que, para muchos en la región latinoamericana, Ucrania es considerada lejana y ajena, mientras que en Europa se vive como una amenaza inmediata.
La agresión rusa es clara y es unilateral. Y frente a esa agresión, la posición que asumió el presidente de Chile Gabriel Boric es correcta: en defensa de un orden internacional basado en reglas, de los más débiles frente a los más fuertes y del principio de no agresión y resolución pacífica de las controversias entre Estados.
Ser progresista no es incompatible con apoyar a Ucrania.

—Volviendo a los desafíos de la política argentina, Milei cayó casi 14% en el Índice de Confianza del Consumidor en agosto, un indicador de fuerte desgaste . ¿Cómo analizás la interna del peronismo en este contexto?
—La política suele ser un espacio de suma cero: lo que pierde un actor es ganancia de otro, casi por definición.
Pero que la gente se aleje de un candidato no implica automáticamente que abrace otra alternativa. En todo caso, abre una oportunidad. Y, sin dudas, el peronismo puede capitalizarla, porque es la principal fuerza opositora.
—El centro político no peronista está muy fragmentado. ¿Qué explica esa incapacidad de articular una propuesta común?
—No hay una trayectoria, ni tampoco una estructura institucional sólida sobre la cual asentarse.
Es un centro que se define más por la negativa que por afirmaciones claras. Y en general, los espacios definidos por la negativa suelen tener dificultades para tomar forma.
Lo que a veces ayuda a que eso tome cuerpo es la aparición de alguien capaz de expresar una parte de esas expectativas. Una figura que consiga interpelar a ese amplio sector de la sociedad que hoy no se siente representada ni por el peronismo kirchnerista ni por Milei.
Sin una estructura institucional homogénea ni una trayectoria común sobre la cual apoyarse, es difícil que alguien no quiera lanzarse como candidato. Entonces el pedido a Lousteau, Manes, Randazzo o Schiaretti de que no sean candidatos es complejo porque tienen su derecho a intentarlo y no hay estructura de partidos que se los impida. Porque además el vehículo natural de un centro republicano y democrático, la que podía ser su columna vertebral, era el radicalismo, pero está desmembrado.
—El Gobierno de Milei está apostando con fuerza por el sector energético y minero, e incluso hay un régimen especial, como el RIGI, para las empresas. ¿Hay un punto de contacto con el peronismo más productivista?
—Argentina ha avanzado hacia una suerte de consenso sobre la necesidad de explotar sus recursos naturales, y eso es valioso. Esa discusión, hace unos años, no estaba saldada. Ciertos sectores del peronismo no apoyaban la explotación de los recursos naturales. Hoy ya no: no sólo en el peronismo "más productivista", sino también en dirigentes con trayectorias más progresistas, como el gobernador de la provincia de Buenos Aires, que claramente está embarcado en la explotación de esos recursos. Ese consenso es importante.
Ahora bien, todavía quedan debates abiertos sobre las condiciones y el modo en que esa explotación se va a llevar adelante. Instrumentos como el RIGI, que a veces ofrecen beneficios exagerados, también pueden alejar a la Argentina de un marco que brinde estabilidad y certidumbre. De todos modos, estamos mucho más cerca de ese horizonte productivista que hace algunos años.
—Si en varios temas, como la explotación de los recursos naturales, hay consenso entre peronistas y libertarios, ¿por qué el Gobierno insiste en agitar el temor al "cuco" del kirchnerismo?
—Es una cuestión ideológica.
Se construye una imagen del peronismo como una izquierda extrema, y esa percepción que tiene mucha gente es un error. A eso se le suma un cálculo electoral: cuando se dice que el peronismo es chavismo, lo que se hace es replicar una operación que se usa incluso contra el PSOE de Sánchez en España.
En general funciona: se agita un fantasma de izquierda extrema y autoritaria que rinde electoralmente. El problema es que tiene un correlato negativo: cuando se piensa una inversión en la Argentina, cuando se diseña una agenda de desarrollo, si persiste el miedo a que pueda volver una alternativa parecida a Maduro en Venezuela o vinculada al gobierno cubano, eso desalienta proyectos de inversión a 20 o 30 años. Y ahí la posibilidad de estabilización y crecimiento económico se aleja. Los incentivos electorales terminan desalineados con los económicos, y en ese choque prevalece lo electoral.
—En Noruega crearon un fondo soberano con las regalías del petróleo, que hoy es el más grande del mundo. ¿Podría pensarse en la Argentina algo parecido con Vaca Muerta y los recursos mineros?
—Es interesante mirar la experiencia noruega. En este punto tendría que remitirme a Daniel Schteingart, con quien trabajamos en el ministerio y que hizo su tesis doctoral sobre el caso noruego.
El fondo soberano de Noruega se da en el marco de un país que es probablemente el más rico del mundo: con un PBI per cápita más alto que el de Estados Unidos y una redistribución de ingreso típicamente nórdica.
Por eso, la idea de postergar consumos y gasto público inmediato para apostar al largo plazo resulta interesante. Lo que me parece más importante es esa mirada estratégica: antes de crear el fondo soberano, Noruega utilizó el petróleo y la empresa estatal petrolera como palanca de desarrollo, para generar proveedores, tecnología de exploración e industria de alto nivel.
Hoy Equinor lidera la explotación offshore a nivel mundial. Alrededor surgieron proveedores de primera línea, sectores industriales que se nutren de la riqueza petrolera sin ser pura extracción.
Ése es el aprendizaje más relevante para la Argentina: pensar qué puede producir, qué cadenas puede desarrollar a partir de su fortaleza en sectores como energía y minería, pero también en otros que ya existen, como la maquinaria agrícola.
—¿Por qué considerás que Milei genera más fascinación en empresarios tech, como Marcos Galperin, y no tanto en ejecutivos de rubros más clásicos?
—Porque el sector tecnológico, a nivel global y no sólo en la Argentina, desarrolló un fuerte rechazo a la regulación estatal. Es un sector que tuvo éxitos enfrentando regulaciones y las ve como un límite a su crecimiento.
Para Marcos Galperin, las regulaciones bancarias son un obstáculo para expandir su sistema de pagos. Se trata de un sector que, en general, valora las rentas monopólicas y los mercados sin contrapesos gubernamentales. Además, se perciben a sí mismos como grandes benefactores sociales: innovadores que están en la frontera de la tecnología, mientras que el Estado aparece como un estorbo.
Milei es, probablemente, el único líder global que refleja esa visión de manera plena.
La visión de Milei, más radicalmente austríaca, rechaza toda regulación, incluso la antimonopólica, y plantea que los empresarios son los héroes de la historia. Esa narrativa rima perfectamente con la que tienen muchos empresarios tecnológicos, que en él encuentran un espejo.
Ahora bien, lo interesante es que el éxito de esas empresas es inseparable de la intervención estatal. Tesla es un buen ejemplo: es imposible explicar su despegue sin el préstamo de casi US$ 400 millones que recibió de la administración Obama, cuando la viabilidad de los autos eléctricos era incierta. Lo mismo con Mercado Libre, cuyo crecimiento inicial se apoyó en la ley de software creada durante el gobierno de Néstor Kirchner.
—¿Por qué Marcos Galperin puede mostrarse con Lula y elogiar las inversiones de Mercado Libre en Brasil, mientras en Argentina es antiperonista?
—Hubo una política en Brasil, y también en México, más clara e inteligente en términos de diálogo con la inversión privada que la que tuvo el gobierno argentino.
En la Argentina había funcionarios —como Kulfas y el equipo que integré— que tenían una mirada hacia los empresarios sin importar sus preferencias ideológicas. Kulfas repetía una frase que a mí me gustaba mucho: "Los empresarios votan cuando invierten".
Pero también existía otro sector dentro de la coalición, más hostil hacia las empresas, desde un lugar casi ideológico. En Brasil, en cambio, encontraron una calibración más feliz en la forma de gestionar esas tensiones, bajo el gobierno de Lula.
De todos modos, hay que recordar que la ley de software fue una política del peronismo. No se trata de una trayectoria lineal de hostilidad hacia las empresas: hay hitos históricos que muestran lo contrario.
