Hay personas que buscan la épica; el profesor de historia y director ejecutivo de Fundar Martín Reydó elige el bajo perfil, con la confianza de que participar en los procesos es fundamental para transformar la realidad. Confía en una virtud poco glamorosa: la paciencia. La repite como un mantra: para ordenar, para formar equipos, para sostener decisiones cuando el tablero tiembla. Y siempre con una devoción por la Argentina: construir antes que declamar.
No habla de sí mismo para exhibirse. Para desarrollar sus argumentos cita a su gente: menciona documentos de Fundar, nombra autores, empuja sus hallazgos al frente. Ese gesto, repetido, lo define.
Reydó nació en la Ciudad de Buenos Aires y su infancia transcurrió entre el microcentro y otros barrios de la Ciudad, aunque su familia tiene raíces en Rosario: "Soy porteño, aunque mi familia es de Santa Fe, de Rosario y sus alrededores. Por eso, a veces miento y digo que soy un poco rosarino, porque toda mi familia viene de ahí: mi papá, mamá, abuelos, primos, tíos. Pasé mucho tiempo allá, y cada tanto se me escapan las 's'. En parte por eso soy hincha de Newell's, como mi padre", cuenta.
La casa respiraba escuela pública y sindicalismo docente. La madre, maestra jardinera y dirigente gremial; el padre, docente y dio clases en villas y barrios de la Ciudad. "Éramos una familia de clase media baja. Mis padres no eran propietarios, alquilaron toda su vida, no teníamos auto y a menudo no nos íbamos de vacaciones", explica Reydó en conversación con El Economista. Y agrega: "Mi padre, hacia finales de 1990 y principios de los 2000, pasó varios años desocupado, como tantos argentinos. Todo eso influyó en mi manera de ver el mundo. Terminé el secundario en el año 2000, y un año después vino la crisis más grande del capitalismo argentino: diciembre de 2001. Esas experiencias de vida me marcaron profundamente".
—¿Qué rasgo de infancia explica mejor tu modo de mirar el país?
—En mi casa siempre se habló de política desde que tengo memoria. Para mí, es algo natural, cotidiano. Eso forma una mirada.
En el último año de la escuela secundaria en el Nacional Buenos Aires, después de quedarse libre y preparar distintas materias con un grupo de compañeros, se reencontró con Historia Argentina: "Me reencontré con algo que mi madre siempre me había transmitido: la importancia de la historia, la idea de entender de dónde venimos. Así que decidí estudiar Historia, y una vez que entré, no lo dudé más".
Ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, donde se cursa esa carrera, y entre 2007 y 2008 se recibió de Profesor de Historia. La historia, detalla Reydó, es una herramienta para pensar el cambio. "Los historiadores tienen una ventaja: saben moverse dentro del cambio sin necesidad de que todo cristalice en una forma definitiva. Pueden pensar lo que está en movimiento, lo que todavía no terminó de cuajar, como una masa que no termina de levar, un pan que nunca termina de hacerse. Argentina tiene mucho de eso: un movimiento constante, una inestabilidad que no se resuelve. Mi generación creció en un país que no termina de estabilizarse".
Reydó también cursó la Maestría en Ciencia Política de la Universidad Torcuato Di Tella, y narra sobre sus estudios de posgrado: "Di Tella me ofreció orden, disciplina, una metodología rigurosa y más sistemática. Allí lo que no se puede medir, no importa. Lo que cuenta es medir, y medir bien. Esa convicción me cambió la cabeza".
Su obsesión por las políticas públicas viene de dos lugares: de esta maestría y de su trabajo entre 2008 y 2016 en la Administración Pública Nacional. Empezó en la Cámara de Diputados como speechwriter, pasó luego al Ministerio de Cultura y recaló en el Museo Nacional de Bellas Artes entre 2014 y 2016, ya como jefe de prensa y comunicación. En esa oportunidad dirigió equipos por primera vez y conoció a Marcela Cardillo, su pareja, quien era directora del museo y es una experta en gestión cultural; comparten la vida desde hace una década.
—Lideraste equipos de comunicación en distintos ministerios. ¿Qué aprendiste de la gestión pública desde adentro?
—Lo que más me interesó fue el expediente. Esa dimensión invisible, casi burocrática, del Estado: lo que sucede detrás de escena, lo que nadie ve. En ese momento todo se hacía en papel. Los expedientes eran carátulas de plástico con hojas que circulaban de una oficina a otra, firmadas por distintos funcionarios. Ese movimiento nada glamoroso era, en realidad, la condición necesaria para que existiera una política pública que cambiara la vida de la gente. Me fascinó. Me pareció un laberinto absurdo, pero también un lugar donde se juega el sentido real de lo estatal. Mi preocupación por el Estado y sus capacidades viene de mi paso por la gestión. Fui un funcionario modesto, de tercera línea, sin grandes cargos, pero esa experiencia me marcó.
Tras su labor en el Bellas Artes participó de "Argentina 2030", la iniciativa que impulsaron el economista Eduardo Levy Yeyati y el exvicejefe de gabinete de nación Mario Quintana: un ejercicio de planificación estratégica de largo plazo dentro de la administración de Cambiemos. El país, considera Reydó, no suele invertir tiempo y talento en imaginar veinte años hacia delante.
Luego, Reydó eligió la Maestría en Administración Pública de Columbia University, que culminó entre 2017 y 2019. Vivir afuera le dio perspectiva y un diálogo distinto con la Argentina. Fue el contexto de cranear Fundar, un intento de respuesta a cómo reconciliar la técnica con la política.
El puente hacia Fundar se tendió en Nueva York, en mesas chicas y sin micrófonos. Un amigo en común, el exministro de Economía de Argentina Martín Guzmán, lo presentó con Sebastián Ceria —matemático argentino quien reside en Estados Unidos, fundador de Axioma, una empresa de base tecnológica muy exitosa, importante filántropo y también presidente de Fundar—.
Eligieron un café a pasos de Wall Street y se vieron con mayor frecuencia. Hablaban de devolver a la universidad pública lo recibido y de armar una usina con más método que épica. Cuando Ceria dijo: "Voy a vender la empresa Axioma y quiero fundar algo nuevo", a Reydó se le ordenaron las piezas. "Yo venía soñando hacía tiempo con crear un think tank en el país, así que fue una alineación de planetas perfecta. Una semana antes de graduarme, Sebastián me propuso trabajar con él en la creación de Fundar", cuenta Reydó.
Fundar nació allá, en esas conversaciones neoyorquinas sobre la Argentina.

Nació con una diferencia fundamental respecto a otras usinas de pensamiento: desde el inicio contó con un endowment, una suma de dinero donada por Sebastián Ceria, destinada exclusivamente a financiar la fundación, lo cual caracteriza su perfil independiente y autónomo. Ese capital no puede usarse para otra cosa. "Acompañé el proyecto desde el primer día. Las primeras conversaciones fueron entre él y yo. Después, claro, se sumó mucha gente. En ese comienzo viajamos, hablamos con referentes, analizamos experiencias y escuchamos tanto a quienes nos desalentaban como a quienes nos impulsaban", detalla Reydó.
En 2019 se conformó la estructura legal, aunque fue el primero de abril de 2020 cuando empezaron las actividades y en septiembre salió el primer documento. Todo en pandemia, con el equipo repartido entre Buenos Aires, España y Estados Unidos. La oficina física llegó recién en 2022.
Reydó cuenta esa cocina pionera y subraya su interés no sólo por los expedientes sino también por los políticos. "Incluso cuando no comparto su ideología, me inspira simpatía alguien que quiere trabajar por su comunidad, por su pueblo o su país. Es una profesión durísima, y la mayoría de los políticos que conocí son buena gente".
Hijo de docentes, formado entre pizarrones públicos, Martín Reydó se mueve entre dos tradiciones que no siempre dialogan. De un lado, una herencia estatal, sindical y peronista, marcada por la experiencia familiar de origen. Del otro, una educación de escala internacional y liberal, forjada en aulas del Nacional Buenos Aires, la Facultad de Filosofía y Letras, la Di Tella y Columbia. Esas dos almas —la íntima y la cosmopolita— coexisten en su manera de pensar la Argentina.
No hay en su mirada una apología nacionalista cerrada en la excepcionalidad argentina bajo la aparente idea de que "los manuales de economía mueren en el Río de la Plata". Tampoco la idea de que el país es inviable y que hay que destruir sus estructuras al servicio de Estados Unidos. Entre ambas orillas busca una síntesis posible: "La Argentina es un gran país, en declinación hace muchos años, sí, pero con un enorme potencial", enfatiza.
Le interesa el espacio donde distintas tradiciones pueden dejar de oponerse para volverse proyecto común. En su cabeza, un desarrollismo moderno debería nacer de esa mezcla. En Fundar, la organización que ayudó a construir, ese ejercicio intelectual está en el corazón: pensar cómo la técnica y la política pueden volver a hablarse.
—¿Y cuál es hoy tu principal motivación?
—Me interesa hacer, construir: armar equipos. Me motiva que haya gente talentosa, comprometida con la Argentina, que quiera transformarla desde un proyecto de desarrollo inclusivo y sostenible. Que el país recupere su moneda y salga del estancamiento. Y, sobre todo, que los jóvenes que hoy están en Fundar puedan llegar a ser secretarios de Estado, ministros, diputados. No importa de qué partido: radicales, socialistas, peronistas o liberales. No tengo preferencia por ninguno. Me interesa que salgan cuadros preparados, comprometidos con el bien público.
Porque, en última instancia, lo que transforma a los países no son los think tanks, sino la política. Las decisiones. Nosotros creemos profundamente en la capacidad transformadora de la política. Ese espíritu está en Sebastián Ceria y en todo el equipo de Fundar. En tiempos de antipolítica, somos lo contrario. Creemos que la política —bien entendida, con vocación y responsabilidad— sigue siendo el único camino posible para transformar la realidad —remata Reydó.
Sobre este enfoque a contramano de la época, sobre el RIGI, el mapa energético, la moneda y el desarrollo, intercambia con El Economista a continuación.

—En abril de 2024 se publicó un texto en el que advertías sobre los riesgos estructurales del RIGI y lo definías como un proyecto anti-Argentina. Con un año y medio de distancia, ¿qué parte de aquel diagnóstico se confirma y cuál se debilita?
—El RIGI fue diseñado para industrias extractivas. En Fundar, de hecho, estamos muy a favor de la minería, del oil & gas y del fracking en Vaca Muerta. Consideramos que la explotación de los recursos naturales es una condición indispensable para volver a crecer, capturar renta y transformarla en desarrollo.
Ahora bien, si esas actividades se limitan a funcionar como enclaves de multinacionales, el país termina perdiendo. Esas empresas extraen recursos sin agregar valor, no dejan divisas y apenas transfieren una mínima porción de la renta. Y son recursos no renovables, lo cual agrava el problema.
El RIGI tiene muchos defectos, pero uno es particularmente grave: reduce la alícuota del impuesto a las ganancias del 35% al 25%. Es un beneficio gratuito, sin justificación. Distintas empresas del sector reconocen —en privado, claro— que recibieron más beneficios de los que esperaban. Y eso es un problema.
¿Qué pasó un año y medio después? Llegaron inversiones, sí, pero concentradas en esos sectores. No hubo inversiones de empresas como Tesla o Apple, que usaran el RIGI para producir con valor agregado. Se trata casi exclusivamente de producción de commodities. En especial, se usó en el oil & gas, incluso por parte de YPF. También hubo algún proyecto de minería, pero todavía de manera incipiente.
Nuestra impresión es que el RIGI es un régimen insustentable. Y me atrevo a decir que los propios inversores lo saben. Es tan inestable que tarde o temprano derivará en conflictos judiciales. Hay un consenso amplio en la política de que algún régimen de incentivos era necesario, pero no este.
No sería descabellado pensar en una suspensión del RIGI o en una implementación más restrictiva. El RIGI terminará siendo una fábrica de litigios en el CIADI. Argentina ya es el país con más juicios en ese tribunal, y este régimen solo profundiza ese camino. Y ese no es un camino hacia el desarrollo, ni hacia la estabilidad, ni hacia reglas claras. Es, en todo caso, una Argentina partida: una Argentina y, al lado, un Rigiland.
El RIGI es un régimen insustentable
—¿El RIGI podría reinventarse en un futuro gobierno en lugar de eliminarse por completo?
—Sí. En Fundar publicamos un documento sobre GNL —gas natural licuado—, escrito por Nicolás Arceo, Daniel González y Guido Zack, que representa nuestro espíritu capitalista. Daniel González es actualmente funcionario del Ministerio de Economía, trabaja con Luis Caputo y es una de las personas que alimenta técnicamente al RIGI. Fue CEO de YPF, es alguien muy comprometido con el país. Nicolás Arceo, en cambio, fue CFO de YPF durante la gestión de Axel Kicillof. Dos trayectorias políticas distintas que confluyeron en ese trabajo.
El documento, escrito antes del acuerdo con Petronas, planteaba la necesidad de que Argentina tuviera un régimen específico para el GNL, capaz de aislar esa industria de las inestabilidades macroeconómicas, al evitar concesiones fiscales, cambiarias y arancelarias excesivas.
Eso es muy distinto al RIGI. El GNL es un sector puntual, con una empresa nacional —YPF— que mantiene participación estatal y busca asociarse con actores internacionales para un proyecto de exportación a gran escala. En ese caso, sí tiene sentido ofrecer incentivos específicos: un régimen generoso, focalizado y con objetivos productivos claros.
El RIGI, en cambio, es generalizado. Abre la puerta a cualquier sector, siempre que la inversión supere los US$ 200 millones, sin condicionalidades. En Fundar respaldamos la elección de sectores específicos para ofrecer beneficios selectivos. Es parte de cualquier política industrial seria. Pero generalizar los beneficios sin criterios de desempeño es, directamente, una irresponsabilidad.
El RIGI refleja, en el fondo, la desesperación de un país que ya no concibe la inversión como algo productivo, sino como un flujo financiero para calmar la coyuntura cambiaria. Lo que busca no es desarrollo, sino dólares inmediatos para frenar la corrida del día siguiente. Así se termina consolidando una economía bimonetaria, la única en la región que, en la práctica, no tiene moneda nacional.
Cualquier intento de estabilización duradera requiere una estructura productiva distinta, más diversificada. La estabilidad macroeconómica y la reconversión productiva son dos caras de una misma moneda.
El problema es que en la práctica esas conversaciones están escindidas. El secretario de Finanzas solo piensa en el próximo rollover, mientras el ministro de Producción reparte subsidios de manera fragmentaria. Pero son discusiones que deberían estar unidas: la macro y la producción forman parte de la misma agenda. Tener una mirada macroproductiva sobre hacia dónde debe ir la Argentina es indispensable.
El RIGI refleja, en el fondo, la desesperación de un país que ya no concibe la inversión como algo productivo
—¿Ves posible crear un Fondo de Desarrollo Productivo y Tecnológico financiado con parte de la renta minera o hidrocarburífera?
—Desde Fundar trabajamos sobre un documento para analizar si se puede crear un fondo de estabilización a partir de la renta de Vaca Muerta o de la minería. El problema es que la renta minera, en rigor, todavía no existe.
No hay proyectos de cobre en ejecución y los de litio, aunque importantes, son chicos. Por eso, la renta del litio no va a transformar la Argentina. Puede transformar las provincias donde está el recurso —Catamarca, Salta, Jujuy—, pero no el país.
La del cobre, en cambio, sí podría hacerlo. El gran problema es que, a diferencia del petróleo y el gas, en minería no existen empresas nacionales fuertes. En el petróleo sí los hay. Está YPF, con 51% de participación estatal, y también empresas privadas argentinas como Techint, Vista o Pan American Energy, con sedes en el país. Eso le da legitimidad política y social a la extracción de renta.
En la minería no pasa lo mismo: son casi todas multinacionales. Y eso genera tensiones con las comunidades, y así el conflicto se formula en términos binarios: "minería o agua". Y cuando el debate se plantea así, el proyecto ya está perdido. Argentina es el país de la región con más vetos sociales a la minería. Las comunidades suelen oponerse por razones muy atendibles, no por ignorancia, y la política muchas veces no sabe cómo conducir ese conflicto. Termina eligiendo la salida más fácil: no hacer minería.
Antes de pensar cómo capturar parte de la renta, hay que resolver cómo desarrollar la minería. Pero, sin duda, una porción de esa renta debería destinarse al sistema científico y tecnológico.
En minería no existen empresas nacionales fuertes
—¿Cómo sería el mapa energético bajo una estrategia al estilo Fundar?
—Sería un mapa energético con un desarrollo mucho más ambicioso de Vaca Muerta, varias veces mayor al actual, y con una participación relevante de YPF, aunque no tan dominante en el mercado interno. YPF tiene hoy un market share altísimo, sobre todo en combustibles domésticos. Sería relevante que su participación en el mercado interno fuera menor y que, en cambio, tuviera un peso más grande en las exportaciones.
Hoy YPF es, a la vez, un freerider y la empresa de la que todos freeridean. La obligan a vender barato en el mercado interno, mientras otras exportan al precio pleno, solo descontando retenciones. Esa es una injusticia estructural.
YPF concentra alrededor del 70% del mercado de combustibles local. El precio de la nafta es clave porque explica la mayor parte de sus ingresos. Si se quiere que YPF invierta más en Vaca Muerta, hay que darle caja, y su caja proviene del surtidor porque YPF ya no puede endeudarse más; está muy endeudada. Entonces necesita ingresos.
Si el precio de la nafta está pisado en Argentina, YPF no puede invertir. Por eso habría que permitir que comparta el mercado interno con otras empresas, incluso nacionales, y que esas compañías también participen del abastecimiento local y no solo de la exportación. Que YPF reduzca su participación en la provisión de combustible local y que el resto del mercado también asuma parte del esfuerzo interno.
La idea sería que todas exporten más: conquistar mercados externos, vender petróleo a Chile, al sur de Brasil, exportar GNL, aumentar la producción hasta los dos millones de barriles diarios. Ampliar la torta exportadora para repartir mejor la del mercado doméstico. Eso permitiría que YPF dependa menos del mercado interno y que una mayor parte de sus ingresos provenga de las exportaciones, liberándola parcialmente del rol de garante del abastecimiento nacional.
Asimismo, el precio de la energía debería ser más alto. Argentina tiene una distorsión poco discutida —Nicolás Gandini lo ha señalado muchas veces—: el Estado no cobra impuestos plenos sobre los combustibles. Eso actúa como un subsidio encubierto, mucho mayor que los subsidios energéticos explícitos. Y, además, el precio de la energía eléctrica y del gas sigue estando subsidiado, incluso bajo un gobierno libertario que prometía eliminar los subsidios.
Hay sectores de la población que necesitan que esos precios estén subsidiados, pero no el 20 o 30% más rico, como todavía ocurre. Esa corrección pendiente también es parte de una estrategia energética sostenible.
Por otro lado, YPF y otras empresas deberían expandirse hacia el negocio de la electrificación, como ya hace YPF Luz. La red de estaciones de servicio debería transformarse en una red de estaciones de carga eléctrica. En un plazo razonable, YPF tendría que ser líder en electrificación a nivel regional.
La renta que se extrae de Vaca Muerta debe financiar la transición energética.

—¿Qué factores pueden hacer que el respaldo de Washington se traduzca en estabilidad duradera y no en un simple respiro financiero?
—Se puede triplicar la producción de Vaca Muerta, multiplicar por diez la minería argentina y alcanzar el 60% o 70% de lo que exporta Chile en diez años. Se podrían bajar las retenciones y expandir la frontera agrícola de la soja. Podríamos pasar de exportar US$ 80.000 millones a US$ 150.000 o US$ 160.000 millones. Y aun así, seguirían faltando dólares.
¿Por qué? Porque si la demanda de dólares es infinita, nunca alcanza la oferta. En un país que no tiene moneda nacional, la demanda de dólares tiende al infinito.
En un país que no tiene moneda nacional, la demanda de dólares tiende al infinito
Si los argentinos ahorran, piensan y transan cada vez más en dólares —como viene ocurriendo hace más de 15 años—, la escasez será permanente.
Y todo lo que se ceda en términos de soberanía económica, en concesiones de negocios o incluso en materia de defensa —como eventuales instalaciones militares en la Patagonia— no resolverá nada, porque el problema no es la falta de dólares, sino la falta de demanda de pesos. Argentina no tiene demanda de pesos.
Si no logramos aumentarla, no hay país posible. No puede haber un Estado soberano sin moneda propia. Con una economía bimonetaria como la nuestra, no hay proyecto de nación.
—¿Qué componente de la apertura actual considerás más antidesarrollo? ¿La apreciación cambiaria, el sistema impositivo, los tributos a la producción o la ausencia de política industrial?
—El problema principal ha sido la apreciación cambiaria. Es cierto que en los últimos 45 días hubo una leve depreciación real, producto de la recesión y del traslado moderado a precios, pero los niveles de apreciación del primer semestre de 2025 han sido brutales. Con esos valores, no hay salida productiva posible.
Y la apertura, tal como está planteada, es otro riesgo. Nosotros, en Fundar, somos probablemente los desarrollistas más aperturistas, pero la apertura no puede ser indiscriminada. No puede ser para importar ropa más barata, muebles de IKEA o autos de China sin criterio. Hay que definir hacia dónde abrirse.
Los dólares no alcanzan. El déficit de cuenta corriente no distingue si se gasta por importar una máquina o por irse quince días a Italia: pesa igual en la balanza. La pregunta es en qué usamos los pocos dólares que tenemos.
Ese tipo de decisiones no las puede tomar solo el secretario de Finanzas ni el ministro de Economía. Deberían ser parte de una conversación coordinada entre Producción y Comercio, con una mirada de desarrollo. Y esa conversación no está ocurriendo.
Lo que tenemos es una apertura que destruye capacidades productivas y empleo formal, a cambio de bienes de consumo más baratos. Es el camino que siguió Perú: un país estable macroeconómicamente, pero con una economía centrada en la explotación de ventajas comparativas estáticas —minería, frutas, pesca—, con casi nulo valor agregado, altísima informalidad y poca conexión entre el sistema productivo, científico y universitario.
Ese modelo puede generar estabilidad, pero no desarrollo. Y el siglo XXI es el de las sociedades basadas en el conocimiento. Argentina tiene ese capital: universidades públicas, un sistema científico-tecnológico sólido, una tradición estatal y educativa que nos distinguió en la región. Desaprovecharlo sería una torpeza histórica.
—¿Qué concesiones simbólicas, estructurales o distributivas debería hacer el peronismo —o el centro, o la oposición progresista— para asumir una agenda aperturista sin perder legitimidad ante su base?
—Esa pregunta vale para cualquiera con espíritu desarrollista. Sin duda, el peronismo —o el campo "nacional y popular"— necesita asumir una agenda más aperturista. Durante demasiado tiempo se refugió en el statu quo y convirtió la política industrial en un dogma cuyo único objetivo era "sostener empleo".
Hay que abandonar el eslogan y asumir la complejidad. Tomarse el tiempo. Estudiar. Trabajar.
Argentina tiene que preguntarse con honestidad si una economía bimonetaria puede sostener déficit o si debe ir hacia el superávit. Y asumir que el superávit no es una bandera de la derecha, sino también del campo progresista, del nacional popular, del desarrollista. Solo así el campo "nacional y popular" podrá volver a construir una narrativa seria de desarrollo nacional.
El superávit no es una bandera de la derecha, sino también del campo progresista
—¿Qué frase le dirías a un dirigente que hoy interpreta que la apertura es entrega?
—En esta coyuntura tiene razón: una apertura con una apreciación enorme e indiscriminada sí es entrega. Pero lo que hay que construir es una agenda de apertura distinta, inteligente, que evite que un jean que hoy vale US$ 100 producido en la Argentina implique destruir, de un día para otro, 500.000 empleos. La industria textil, en toda su cadena, emplea a medio millón de personas —350.000 sólo en confección—. El desafío es cómo hacerlo sin dinamitar empleo y producción.
Un dirigente progresista debería reconciliar dos cosas que parecen opuestas: la urgencia y el tiempo; la urgencia de transformar la Argentina de manera radical y el tiempo necesario para precisar cómo hacerlo.
No se trata de slogans, sino de decisiones difíciles, que por momentos van a parecer liberales, aperturistas, incluso de derecha, y en otros van a requerir reconstruir el Estado casi con la lógica de un plan quinquenal del segundo gobierno de Perón. Habrá que combinar ambas cosas, con pragmatismo y precisión, cuando llegue el momento de reconstruir el Estado argentino y su matriz productiva.
Cuanto más se deteriore el país, más difícil será hacerlo, y habrá sectores que tal vez ya no puedan reconstruirse. Aunque algo que sí habría que recuperar —y que este gobierno, paradójicamente, deja como enseñanza— es que nada es imposible. Durante años, el campo progresista se convenció de que muchas cosas "no se podían hacer". Y este gobierno demostró, para bien o para mal, que todo se puede hacer. Cualquier locura puede hacerse. Ese es uno de los pocos aprendizajes positivos: la recuperación de la voluntad política.
Ya no alcanza con que los dirigentes digan "no se puede" porque los sindicatos no lo permiten, porque tal senador no acompaña o porque la correlación de fuerzas no es la indicada. La sociedad argentina no tolera más ese inmovilismo. Hay que avanzar. El deterioro social es urgente. El avance del narcotráfico en los territorios es urgente. Se trata de una crisis social profunda, de generaciones de argentinos y argentinas que ya están condenadas a vivir peor que sus padres por la destrucción de las capacidades productivas y del tejido social.
Por eso, el progresismo —el campo nacional y popular, o el campo crítico— tiene que darse el tiempo para abordar estos temas. Fundar trabaja precisamente con esos temas incómodos para el progresismo: las retenciones, por ejemplo. Durante años se las defendió con el argumento de que "cuidan la mesa de los argentinos" y "desacoplan los precios internacionales de los locales". Si se estudia el tema en serio, al recopilar evidencia en tres planos —fiscal, productivo y redistributivo—, los resultados son claros: las retenciones son eficaces recaudando, pero bastante ineficaces en lo productivo. Brasil, Paraguay y Uruguay nos han superado ampliamente en inversión agroindustrial, incluso en soja, donde antes éramos líderes. Y en lo redistributivo, el impacto es muy bajo: hay formas mucho más eficientes y baratas de cuidar el consumo interno.
Después de 25 años de retenciones, somos uno de los pocos países del mundo —junto con Rusia— que mantiene un esquema tan pesado. Tal vez valga la pena repensarlas. Porque repensar las retenciones es también repensar la relación entre la política y uno de los sectores más dinámicos de la economía: el campo. La política no puede estar totalmente enajenada de los sectores que producen riqueza.
Hay que revisar regímenes enteros: el de Tierra del Fuego, el textil, el automotor, ahora con la llegada de la electromovilidad. La política industrial no puede reducirse a "sostener empleo". Eso es política social. La política industrial tiene que servir para ganar productividad, mercados y exportaciones. Y eso requiere tener conversaciones incómodas, pero necesarias.
"Las retenciones son eficaces recaudando, pero bastante ineficaces en lo productivo"
—¿Qué mecanismos podrían reemplazar las retenciones para redistribuir ingresos?
—A grandes rasgos, entre el precio del trigo y el del pan, el trigo incide muy poco. El precio del pan depende mucho más del gas, del trabajo y de la logística que del grano en sí. El impacto del trigo en el precio final es marginal. En cambio, las retenciones se aplican de manera indiscriminada: subsidian por igual al que realmente lo necesita y a quien no. Son ineficientes.
Argentina ya tiene un programa, la Tarjeta Alimentar. Existe el instrumento. Lo que falta es actualizarlo: hoy otorga entre $40.000 y $50.000, montos claramente insuficientes. Si se bajaran las retenciones, podría triplicarse la Tarjeta Alimentar y llegar mejor a quienes realmente necesitan ayuda, en lugar de subsidiar el consumo de toda la población. Existen mecanismos mucho más eficientes para llegar a la población vulnerable. No hace falta subsidiar a 47 millones de personas. Hay que focalizar.
Nuestra propuesta incluye, además, un cambio institucional: que las provincias productoras se queden con una parte de la renta. Hoy las retenciones son un impuesto nacional no coparticipable, lo que genera problemas de legitimidad y representación. Si esa renta quedara parcialmente en las provincias, habría más incentivos y mayor equidad territorial.
—¿Imaginás una alternativa política renovada que integre la agenda de Fundar?
—Sí, si no lo creyera, tendría que presentar la renuncia y dejarle el lugar a alguien que sí confíe en el futuro. Observo que los partidos nacionales como el radicalismo y el peronismo están en un momento de ebullición y búsqueda de ideas. Aunque no siempre se evidencia en la superficie, hay preocupación. El deterioro de los últimos quince años, sin crecimiento sostenido, y en particular esta experiencia actual, está dejando una marca dañina: destrucción del aparato productivo, del Estado y del tejido social.
Eso va a generar, inevitablemente, una reinvención en el campo de las ideas. Una discusión sobre qué se puede hacer con Argentina. Y también un recambio dirigencial. Hay un dicho que dice que después de los cuarenta años la gente no cambia de ideas; entonces, tal vez haya que cambiar de gente. Los partidos necesitan una renovación. No significa tirar a nadie por la ventana, pero sí oxigenar y abrir espacio a nuevas generaciones.
Más allá de los nombres, lo importante son las ideas. Renovar diagnósticos, pensar con evidencia qué hacer con la Argentina. Hay que producir conocimiento, discutirlo, publicarlo, revisarlo con pares y ponerlo a disposición.
En Fundar buscamos que la dirigencia política nos lea, no para adoptar nuestras ideas al pie de la letra, sino para inspirarse en algo mejor, superador. Para animarse a imaginar un futuro distinto para la Argentina, que lo necesita con urgencia.
