Periodista cultural, columnista de Panamá Revista y aguda observadora de la sensibilidad de la clase media, Lorena Álvarez descifra la realidad argentina mediante una mirada auténtica. En lugar de prestar sólo atención a los despachos oficiales, su mirada se detiene en las decisiones íntimas de los ciudadanos, sus hábitos de consumo y las aspiraciones materiales de una sociedad fragmentada.
Un simple cambio en la marca de shampoo, la obsesión por los tratamientos estéticos o los enredos amorosos en Instagram funcionan como piezas clave para comprender las fracturas de un país exhausto.
La coautora de libros como “Todo Diego es político” y “¿Qué hacemos con Menem?” dialoga con El Economista para analizar el presente. En la charla, expone el contraste entre la crisis de los años 90 y la actual, revela cómo las disputas de clase exceden cualquier diferencia ideológica, y evalúa la vigencia de Bullrich: “Patricia es un milagro político”.

—¿Qué característica distingue a la actual crisis económica que atraviesa la clase media argentina? —le pregunta El Economista a Álvarez.
—Quienes ganan menos de $1.000.000 viven con sus padres o con amigas; es decir, se vuelve a vivir en comunidad.
Pero lo que sorprende, sin importar los ingresos, es que en esta época el amor pesa mucho. Es una crisis muy distinta a las de los años 90, que eran más familiares. Cualquiera que relata la crisis de los años 90 dice “mi papá esto, mi papá lo otro”.
Porque se vivía en familia, o porque fue una crisis que afrontó el grupo familiar y hasta lo rompió. Las jefas de hogar representan, en cierta medida, un desprendimiento de varones que se quedan sin trabajo y esposas que salen a poner el pecho y van a trabajar. La del presente es una crisis que nos agarra a todos solos. Resulta mucho más individual.
Da la sensación de que se pierde mucho más tiempo con charlas de amor que en los 90, cuando primaban las historias familiares. Cuando esta época pase, ¿cuáles habrán sido los éxitos de estos años? La serie “Envidiosa” es un ejemplo y el 95% del asunto es amoroso.
También hay pequeñas joyitas como el programa que se transmite por el canal de YouTube de Galia Moldavsky y Jesica Lamonica Lima, “Amigas prestadas”. Es un gran espacio al que hay que prestarle atención.
Galia y Jesica son dos amigas en la vida real. La gente manda sus conflictos y ellas opinan. Fui a uno de esos programas y todo tenía que ver con las relaciones amorosas. Pensaba: en plena crisis, nadie llama para pedir que le consigan un trabajo. Todos hablan de conflictos de amor, de pareja. Cuestiones de vínculos y la típica frase “estoy celosa”.
Escuché a dos chicas de veintipico de años que trabajan en un bar. ¿Cuál es el tema universal de charla? El amor. Hay conflictos y el amor renueva esos conflictos.
¿Por qué un hombre sigue a tantas chicas en Instagram? Ése es un tema. Antes, la idea era que si había un engaño, pasaba con la vecina de enfrente. Con Instagram, las nuevas generaciones consideran que en la calle ya no se levanta, que el problema es la red social.
La sociedad está fragmentada, rota y enamorada. Se escuchan quejas constantes: “Me clavó el visto”, “no me contesta”, “no me avisó”, “no le hablo”. La vida cotidiana se convirtió en la película “Esperando la carroza” las 24 horas.
Las nuevas generaciones se comportan como una telenovela continuada. Es un melodrama constante. Se escucha a dos chicas de 20 años y pareciera que viven la misma vida que quienes crecieron con las telenovelas de los años 90. Y los varones también.
Es algo inédito en los varones y resulta un poco agradable, porque aporta sensibilidad. Son todos galanes de telenovela, con el amor a flor de piel.
Y para mí, esto ocurre por la falta absoluta de contención familiar. Tenemos a un presidente como Milei sin contención familiar. Mauricio Macri tenía mala relación con su padre. Cristina Kirchner también tenía mala relación con el suyo. De Néstor Kirchner ni siquiera se sabe. Las figuras paternas carecen de presencia desde hace ya 20 años.
Desapareció ese discurso de reverencia hacia el padre. Hace dos décadas que se desconoce a los padres de la dirigencia. Lo único que trasciende es la publicación de un libro para hablar mal del padre, como hizo Macri, o un presidente como Milei con un rechazo público hacia su progenitor.
Los argentinos tienen un tema no resuelto con la figura paterna. Nunca se debe medir la economía por las ventas del Día del Padre. Históricamente, incluso en épocas de bonanza, al padre se le hacen menos regalos que a la madre. Este es un país maternal. Habrá que observar quién mantiene un buen vínculo con la madre para salvar las papas. Hay que ver qué relación tiene Axel Kicillof con la madre, o cualquier otro dirigente —responde Lorena Álvarez.
—Según estudios, la caída de la tasa de natalidad también se relaciona con las redes sociales, un fenómeno que coincide con la mayor explotación de estas plataformas a partir de 2014.
—Es un siglo que se anticipaba allá por los 90; en esa década ya se anunciaba más o menos lo que iba a pasar. La economía de los años 2000 nos confundió, porque supuestamente la sociedad estaba más politizada.
Sin embargo, todo ya estaba ahí. Los años de explosión de “Sex and the City” en Estados Unidos fueron entre 1998 y 2004, cuando terminó la serie. Acá, si bien se veía, había que tener televisión por cable o colgarse del servicio. El auge de esta ficción a nivel local se dio con la señal Cosmopolitan, hacia el año 2006. Para ese momento, la serie ya había concluido, pero una audiencia argentina la descubría y se identificaba con la historia. De hecho, la estética nocturna de este país durante esos años era ir a Palermo y que todo fuera absolutamente “Sex and the City”.

Ninguna de las protagonistas de la serie tenía hijos; una quería, pero de las cuatro, dos no tuvieron. Terminó la serie, terminó la película, terminó la historia y no hubo hijos para dos de las chicas.
Antes los hijos eran sinónimo de felicidad. Ahora, existe la idea de que no son la única fuente de plenitud. A veces, la crianza quita tiempo y recursos económicos para hacer otras cosas. Requiere mucha presencia. Si al presidente Milei le preocupa la tasa de natalidad, debería enfocarse más en el capitalismo salvaje que en el aborto. La gente no deja de tener hijos por la legalidad del aborto, sino porque simplemente no quiere tenerlos.
Está lleno de chicos y chicas que vieron cómo sus padres tuvieron hijos en situaciones inadecuadas y sufrieron las consecuencias. No es casual que el 90% de quienes no quieren tener hijos tuvieron conflictos en su casa. En general, la gente que es muy feliz enseguida quiere formar una familia; la postura contraria suele originarse en la tristeza de esas vivencias. Milei es hijo de algo disfuncional y por eso no tuvo hijos.
Por algo la tasa de natalidad subió entre 2010 y 2014. Esos fueron años de muy buena economía en los que mucha gente se lanzó a la maternidad y paternidad. Con una buena economía, subió la tasa de natalidad.
—¿Qué lectura hacés del impacto social y cultural que está generando el uso de drogas como el Ozempic en los estándares de belleza actuales?
—Siguen existiendo los mismos problemas de alimentación hace cuarenta años. En Hollywood pesan treinta y siete kilos. Lo que pasa con el Ozempic resulta insólito.
Hace mucho sostenía que esto iba a pasar, porque se le da un arma a una sociedad que funciona como un mono con navaja.
No se le puede dar una medicación para la diabetes a cualquier persona; es para gente con problemas de salud o con un grado específico de obesidad. Ahora se la aplican por tener cinco kilos de más.
Además, si se suspende el tratamiento, se vuelve a engordar. Lo que pasa es que, incluso si alguien la necesitaba al principio, llega un momento en que ya no la requiere, pero no la quiere soltar. En ese aspecto, a diferencia de la crisis de los 90, esta locura general transcurre mucho más acelerada.
En los 90 la anorexia era moneda corriente. Son épocas que se espejan o, mejor dicho, son continuidades.
La continuidad más fuerte es la de 1973. La crisis del petróleo y la crisis del trabajo marcaron un quiebre. El mundo conocido cambió; el siglo XX terminó en 1973. Después todo fueron restos, un intento de pensar en un pasado que no fue. Ni siquiera se puede extrañar, porque muchas de esas cosas ocurrieron antes de que naciéramos.
—Has señalado en una columna “A Milei le estamos reclamando kirchnerismo de 2010 y de 2011”. ¿Qué representaron esos años?
—Representaron el momento en el cual la clase media argentina pudo desplegar su matriz cultural a través del consumo. Este es un país con una clase media movilizada por la cultura, pero los años 90 dejaron una marca subterránea que nunca se fue: la identidad asociada al consumo.
Los años 2010 y 2011 fueron una época de despegue económico que le permitió dar un gran salto a una clase media que se mostró astuta: la vio venir, aprovechó la oportunidad y compró sus casas y sus viajes. Los cuatro años de Macri y la gestión actual se soportan porque mucha gente hizo un capital importante durante 2010 y 2011. Si de la debacle de los 90 se hubiera pasado directo a las crisis posteriores, el impacto social habría sido destructivo.
Los años 2000 funcionaron como un colchón para la acumulación. Fue el momento del crecimiento exponencial de los countries y de las propiedades, que se convirtieron en la gran foto de época.
—¿Y ahora le están exigiendo a Milei ese 2010-2011?
—Algo está roto. Con Milei se rompió algo, al igual que en 2015. El ciclo de Néstor Kirchner y Cristina Kirchner, coronado con su reelección en 2011, representó el último período de estabilidad percibida. A la distancia, se observa con claridad que a partir de 2013 la economía se fue barranca abajo.
Esa reelección de Cristina Kirchner marcó el cierre de una etapa. A Mauricio Macri no se le tuvo la paciencia que se les tuvo a las gestiones previas.
La sociedad no es tonta. En 2007 se eligió a Cristina Kirchner porque se buscaba dar continuidad a un modelo económico que funcionaba; existían motivos concretos. El electorado no se tira a la pileta por locura. De 2003 a 2011 se consolidó un proceso que culminó con el 54% de los votos, un número tremendo en este país.
Ese 54% se construyó incluso con votantes que, en la Capital Federal, cortaron boleta para elegir a Cristina Kirchner en la Nación y a Macri en la Ciudad. Hubo gente que metió ambos votos. Es decir, buscaba la continuidad de la gestión porteña, ligada a esa progresía cultural de derecha, y a la vez defendía la economía del kirchnerismo.
La gente no come vidrio. En 2015, la promesa del cambio consistía en mantener lo bueno de ese ciclo sin sus aspectos negativos; se votó a Macri para darle esa oportunidad.
Las cosas no funcionaron. Después vino Alberto Fernández con la premisa de volver mejores y tampoco funcionó. Chau. Ante ese escenario llegó Milei, a quien se le otorgó la oportunidad de romper todo, ajustar y pasar la motosierra. Pero el pescado sigue sin venderse. No hay tanto tiempo disponible.
La temporada de verano arranca con el Día de la Madre. Si hay un buen Día de la Madre, el comercio se pone a cancherear, porque empieza el ahorro; es la primera plata grande que ingresa. Para cualquier comercio o restaurante, la primera guita fuerte entra en esa fecha. Si el Día de la Madre falla en octubre de 2026, Milei no va a reelegir. No existe una institución comercial tan fuerte en este país como el Día de la Madre en octubre.
Si en octubre esa fecha rinde, se tendrá un buen verano; es el preanuncio, el prólogo de una buena temporada. El Día de la Madre es una señal. Si en la economía las ventas se duplican, la gente ya sabe que habrá vacaciones.
Hace poco escuché a Hernán Vanoli. Su encuesta es muy interesante y él es un hombre brillante como consultor. Lo mismo Pablo Semán. Son mis favoritos para seguir, porque tienen una sensibilidad espectacular para captar lo que pasa.
Hernán contaba un dato singular. En esta crisis, quienes tienen pluriempleo —es decir, siete trabajos— deberían estar hartos, en comparación con la persona que tenía un solo empleo y tuvo que sumar un segundo.
Sin embargo, los que más creen en la meritocracia son precisamente los que tienen cinco trabajos. En lugar de quejarse y pensar que el que nace pobre muere pobre, están convencidos de que van a salir adelante puramente por su propio esfuerzo. En cambio, el que estaba más cómodo y ahora tuvo que salir a buscar otra changa es el que siente que la vida es injusta.
El pluriempleo no es nuevo. No empezó con Milei; sería injusto decir que esto arrancó ahora. En esta crisis hay paciencia porque un sector muy importante de la sociedad ya venía entrenado.
Hay que prestar atención cuando se le pone el micrófono a la calle; resulta una clase de sociología.
Una ciudadana destacó el salto del champú Plusbelle a TRESemmé de Karina Milei. Para alguien millonario, es lógico que surja la duda sobre a qué se refiere esa señora. Pero, en ciertos sectores, dar un pequeño salto ya es considerado de ricos.
Resulta un análisis perfecto: Karina Milei usaba Plusbelle y ahora usa TRESemmé; compraba la ropa en ferias de segunda mano y ahora compra en Zara. Quizás con ese nivel de ingresos podría comprar en Chanel, pero no importa: para esa mirada, si ahora compra en Zara, ya es una ladrona.
¿Y qué dice esa señora? “Por ahí Cristina fue chorra, pero estuvo doce años. Estos van tres años. Y yo antes con Cristina compraba tres kilos de arroz; ahora tengo que comprar uno y fraccionarlo”.
Esa crisis del kirchnerismo hoy parece menor frente a la actual. Esa señora agotó su paciencia. Basta con repasar su trayecto diario: de Wilde a una estación, de esa estación a un colectivo, y de ahí a otro. Es demasiado tiempo de viaje.
En ese sentido, se percibe que la sociedad en general está cansada y harta, porque se siente que esta era la última oportunidad.
—¿Qué diferencia a la desocupación actual de la de los años 90?
—Debería ser mucho más alta la desocupación. Basta con observar los números: crecen, pero no al ritmo de los cierres. La gran diferencia con los 90 es que hoy la gente no se siente desocupada.
Ante la falta de empleo, se inventan un trabajo. Hoy da vergüenza admitir que no se trabaja, porque siempre existen opciones informales. Ese mecanismo no existía en los 90. Hoy rige el pluriempleo: si a alguien lo echan de un lugar, va a la cocina de otro o reparte comida en bicicleta.
Para la consideración general, tener múltiples trabajos y que el dinero no alcance está bien visto. Se toleran deudas que, en un escenario de desocupación absoluta, serían inaceptables.
Señalar con el dedo al desocupado es una de las mayores perversiones de este siglo. Los 90 no tenían eso; en aquella época existía la depresión del varón, que perdía su lugar histórico ante la salida de las mujeres al mercado laboral.
Hoy, ante un micrófono, todo el mundo se ataja: “Yo una changa hago”. En una serie de entrevistas recientes de Ernesto Tenembaum, nadie quería decir “estoy a la espera, busco trabajo”. Da vergüenza. Esa presión es una perversión de la época y explica por qué estalló la salud mental: no hay margen para hacer el duelo por un empleo perdido.
Tras quince años en un mismo lugar, con un sueldo y una rutina, no se permite procesar la pérdida sin que tilden a la persona de vaga.
El trabajo es un gran organizador social; si bien no define por completo a alguien, permite forjar la identidad. A veces, un empleo de mozo sirve para comprar un libro, y define más ese libro comprado que la tarea en sí.
Al perder ese ordenador social, surge la pregunta: ¿por qué el capitalismo actual es tan perverso que no otorga el permiso para el duelo? No se puede llorar una pérdida inmensa como es un empleo, el lugar donde se pasaban ocho horas diarias, donde se forjaban vínculos, donde se cobraba un sueldo y donde uno se entregaba.
El mandato exige ser fuerte, pasarlo rápido y salir a hacer una changa. Se pierde un laburo de quince años y al día siguiente hay que salir a buscar otro como si nada hubiera pasado.
—En tu nota “Adorni y Bonifati Carlos Teodoro, el envidioso” de Panamá Revista, escribís “en este país ‘el grasa’ siempre es el otro”…
—Grasa es la gran palabra, junto con groncho. Todos son gronchos.
En este país el grasa siempre es el otro. Lo dice un mozo respecto al bachero, lo dice el bachero respecto a otra persona. Todos son mersa.
Las clases son más sólidas que las ideologías, y las disputas, muchas veces, son de clase.
El peronismo histórico debería defender más un origen como el de Karina Milei, pero sus dirigentes se muestran horrorizados, tal como lo estaría Rodríguez Larreta.
Lo que me causa horror son sus medidas económicas; su estética me da lo mismo. Mi problema con ellos pasa por sus acciones.
El horror de la clase media ante el mileísmo genera una unión. Se está a un paso de volver a ser el Frepaso.
—En términos de estética política, ¿la figura de Kicillof resulta tradicional y refinada al lado de Milei?
—Por supuesto. Martín Rodríguez dice una frase maravillosa: “El kirchnerismo es la lucha de las clases medias”. Todos los enojos empezaron en ese momento, con acusaciones cruzadas de kuka y gorila entre vecinos de la misma cuadra.
Esa disputa de clases y estéticas tiene raíces históricas. Chacho Álvarez representó la irrupción de sectores peronistas horrorizados por las formas del menemismo. Ya en 1988, Carlos Grosso había sido tapa de revista con la frase: “Somos los blancos del peronismo”. Esa facción se hizo antimenemista. Por eso rechazo la visión de la historia como una división uniforme entre peronismo y antiperonismo.
Aunque los 90 marcaron un quiebre, el gran corte de clase ocurrió en los setenta. En esa década apareció a nivel global el hombre nuevo: el sujeto consumista.
Volver a ver la película “Plata dulce” demuestra su vigencia absoluta. El protagonista se queja de que les quieren sacar los dólares, un discurso idéntico al actual, que refleja nuestro carácter gastador y atraviesa a todos los gobiernos.
El caso de Manuel Adorni impacta por su parecido con el personaje de Federico Luppi en esa película. Es fácil imaginarlo en su casa con planteos similares de estatus: “Si ahora va a venir a comer el Toto, acá no podemos recibirlo”.
El caso de Adorni es el peor que pudieron tener porque es el ABC del deseo consumista: acceder a una casa con pileta.
Lo de Adorni fue una bomba. Se trata de una persona que vivía en Parque Chacabuco y de golpe se mudó. Pegó un salto, pero no se mudó a La Isla en Recoleta; se fue a Caballito. Si se analiza con frialdad, hicieron el salto de la crema Rayito de Sol a Dermaglós, no a La Roche-Posay, porque toda su vida consideraron a Dermaglós como el máximo nivel. Al tener un punto de partida tan bajo, con ese pequeño salto ya creyeron tocar el cielo con las manos. Si continuaban con el robo y no pasaba nada, iban a ir por más.
Los viajes representan un capital simbólico extraordinario. Hoy no existe conversación en la que el viaje no sea un tema central. Por eso, Bettina Angeletti, esposa de Adorni, pensó que debía hacer en cinco meses los viajes que sus amigas hicieron a lo largo de toda su vida, solo para encajar en las charlas de las madres del colegio.
Con la economía de 2009 o 2010, cualquier persona se tomaba un avión.
El escándalo de Bettina se destapó con el viaje a Nueva York. Esa ciudad es la meca general donde convergen todas las clases medias; une a todos, a diferencia de Miami o Berlín, que segmentan. Cada persona relatará su propio Nueva York, ya sea el restaurante de Robert De Niro o la locación de “Mi pobre angelito”. De manera acelerada, ella realizó todos los viajes pendientes de la clase media: Nueva York, Aruba, el Llao Llao, Punta del Este y Madrid con el grupo de madres del colegio.
Resulta comprensible porque todo el mundo conoce a una Bettina, o a una tía Betty criada en Haedo. Se sabe perfecto qué intentó hacer porque los orígenes son compartidos. Lo mismo ocurre con Karina Milei. Quienes la critican no notan que, para el ojo popular, pasó del jean con brillitos a un saco; luce mejor vestida y con el pelo mejor arreglado con TRESemmé.
Y ni hablar de la dentadura, que siempre es un tema central, al punto de que Lula da Silva implementó el programa “Brasil Sonríe”. Bettina Angeletti se cambió los dientes, una típica aspiración de clase media baja, y por eso la señora entrevistada en Crónica hablaba de sus 'dientes de burro'. Cambió piezas normales, un poco torcidas, por un recurso estético que marca la distancia económica entre los distintos niveles sociales.

—¿El caso Adorni afectará al Gobierno en las urnas?
—Por supuesto, se acabó. El sueño dorado del mileísmo era ubicar a Manuel Adorni en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Cabe recordar que La Libertad Avanza ganó la Ciudad, terminó en el primer puesto. Ahora, el proyecto con Adorni quedó descartado. Además, con todas las ‘gronchadas’ que protagonizó, cualquier señora de bien pide que lo expulsen.
—¿Qué evaluación hacés de Patricia Bullrich?
—Patricia Bullrich es un milagro político. Es una figura asombrosa porque, en medio del hartazgo hacia la dirigencia, mantiene niveles de aceptación razonables. Y todo el mundo sabe que lleva cuarenta o cincuenta años en el ámbito público. Al margen de su etapa en los años setenta, que gran parte de la sociedad desconoce, a partir de los ochenta cobró notoriedad.
Con sus rulos característicos, entre 1987 y 1989, su rostro ya resultaba familiar. Es una persona con presencia en los últimos cincuenta años de historia política, con participación en decenas de partidos, innumerables cambios de estilo y múltiples enfrentamientos.
Sobre todo, Patricia dio las batallas necesarias para generar empatía. En este país el sindicalismo representa un problema. Dejó de ser la columna vertebral para ubicarse siempre en el ojo de la tormenta. Bullrich se enfrentó a Hugo Moyano. Esa pelea, en medio de un gobierno como el de Fernando de la Rúa, la posicionó en un buen lugar.
En ese debate, la razón estaba del lado de Moyano; él contaba con todos los argumentos, pero Bullrich lo enfrentó igual y eso significó un acierto político enorme. Vi esa discusión en tiempo real. Moyano se quedó casi sin palabras ante la actitud de ella.
Lo enfrentó con mucha firmeza en tiempos en los cuales las mujeres no solían plantarse de esa manera ante un hombre. También percibo una cuestión de clase en Patricia. Se para frente a la vida de la misma forma en la cual podría hacerlo Juana Viale. Esa actitud de enfrentar a los periodistas proviene de la clase alta.
La próxima figura con esa capacidad de plantarse ante los poderes, producto de cierta inconsciencia, será Rosendo Grobocopatel. Mauricio Macri ya tiene esa característica. Rosendo Grobocopatel es la próxima figura capaz de enfrentar a cualquiera.
—¿Qué particularidades se observan en el perfil de Rosendo Grobocopatel?
—Se trata de alguien con inquietudes. Dime cómo tratás a un mozo y te diré cómo eres. Lo vi en una fiesta con un trato muy cordial hacia los mozos. No es algo tan habitual al tratarse de un megamillonario. Imagino que, en su infancia, si quería un juguete, se lo traían de Turquía. Lo anormal es su propia vida, igual que la de Macri. Al ser hijo de una familia con un nivel económico tan alto, surge una diferencia natural con el resto de la sociedad.
—¿A Rosendo lo ves como posible candidato?
—Intuyo que sí. Está teniendo mucha exposición. En el streaming hay dos caminos. O se busca construir una carrera periodística, como ocurre con quienes crearon Cabaret Voltaire, o se busca una candidatura. A menos que mañana Rosendo conduzca Telenoche y confirme que su verdadera vocación era el periodismo, todo esto parece tener un sentido de instalación.
En el caso de Rosendo, además, representa a una parte importantísima de la economía del país: el campo, el sector agroexportador.

—En la primera vuelta de 2023, Milei sacó el 30% y Bullrich el 26%. ¿Ese 26% está asegurado para el Gobierno?
—De ese 26%, quizás un 20% lo tiene asegurado, porque es el 20% del país que va a votar a cualquiera antes que a un peronista. Lo que no tiene garantizado es parte del 30% que lo apoyó inicialmente. En ese 30% hay más descomposición que en el 26% de Patricia.
El que votó a Milei y ahora le va mal puede cambiar. Por ejemplo, el actor Marcelo Mazzarello ya no lo quiere votar; representa un voto menos. Ocurre lo mismo con el diseñador de moda Benito Fernández.
Un montón de gente afirma estar más pobre y retira su apoyo. Eso no implica que vayan a votar a otra fuerza en particular. Habrá que ver a dónde va ese voto, o si siquiera van a votar.
Pero considero que, si mañana el PRO no presenta candidato, su núcleo más duro puede volcarse al mileísmo. En cambio, Milei ya perdió gran parte del voto que lo eligió en primera vuelta. Había mucho voto fluctuante dentro de ese 30%.
El voto más antiperonista y genuino era el de Patricia. Ese 26% era puro y duro.
—¿Proyectás que Milei puede lograr la reelección?
—Este país nos llevó a cualquier cosa, así que no lo sé. Pero con esta economía, tal como estamos hoy, resulta imposible.
