Para Joaquín Harguindey —politólogo, consultor y especialista en política estadounidense— la mirada hacia Norteamérica tiene una fecha y un nombre propio: Fidel Jorge Harguindey. Su abuelo fue un hombre de ego pronunciado y una presencia física imponente y elegante. En su puesto de comprador de insumos para YPF y gracias a su dominio del inglés, actuaba como nexo natural con firmas como Standard Oil. Sin embargo, su historia dio un vuelco en 1951, cuando el gobierno de Perón descubrió la imprenta clandestina que Fidel ocultaba en la parte superior de su empresa de importación, Icollantas (Industria Colombiana de Llantas). Desde allí participaba en la resistencia al peronismo con la distribución de material de protesta. El despido resultó inmediato, pero el revés terminó en una vuelta de tuerca cinematográfica: Standard Oil lo contrató para vender a YPF los mismos productos que antes se compraban. Así se selló el destino familiar con los Estados Unidos.
El padre de Joaquín Harguindey heredó ese vínculo y vivió diecisiete años en territorio norteamericano en distintos intervalos. Residió en lugares tan diversos como Santa Mónica en California, Nueva York, Minnesota y Florida. Fue un hombre reservado, traductor y profesor, tan apasionado por los idiomas que aprendió ruso en la Sociedad Argentina de Relaciones con la Unión Soviética sólo para leer a Tolstoi en su lengua original. Falleció en julio de 2024 y dejó una biblioteca poblada de libros en cirílico —el sistema de escritura del ruso y otras lenguas eslavas— junto a una decisión inquebrantable en la crianza de su único hijo: él le hablaría siempre en inglés y su madre en castellano.
Joaquín creció con ese lazo cultural profundo y constante. Sentado en una mesa del Celta Bar, en la zona de Congreso, repasa esa identidad moldeada entre dos mundos mientras conversa con El Economista. Harguindey analiza el poder estadounidense con un pragmatismo teñido de sociodemocracia, bajo la premisa de que Washington es el tablero donde se define el bienestar colectivo.
"Dada mi proclividad hacia los intentos reformistas, en la medida en que se tomen ciertas decisiones en Washington y se pueda influir sobre ellas a un nivel humano, es posible lograr una mejor humanidad en general. Cualquier elección en Argentina generalmente resulta menos importante que los comicios que ocurren en aquel país", explica con voz pausada.
A los 36 años, Joaquín convive con su gato Pericles. Es en el horizonte profesional donde todas las piezas de su biografía parecen encajar: por su historia familiar, su manejo bilingüe y su capacidad para leer los hilos del poder global, no es difícil imaginar a Harguindey en un rol relevante representando a la Argentina en Estados Unidos. Sería, al fin y al cabo, el regreso definitivo al lugar donde su abuelo Fidel empezó a escribir esta historia.

—¿Cómo describirías el estado actual de la relación bilateral entre Argentina y Estados Unidos? —le pregunta El Economista a Joaquín Harguindey.
—En sus orígenes, Estados Unidos no tuvo un rol central en Argentina, principalmente porque aún no era una potencia global. Durante mucho tiempo, el actor con un rol preponderante en nuestro país fue el Imperio Británico, lo que ubicó a Estados Unidos como un actor de segunda o tercera línea.
Esta jerarquía se observa claramente en la monumentología de la Ciudad de Buenos Aires: el monumento de los españoles es una obra inmensa; la Torre de los Ingleses tiene una escala gigante; el monumento de Francia es imponente. En cambio, el equivalente estadounidense es una estatua pequeña de George Washington frente a la embajada que mide, quizás, tres metros. El monumento de los españoles está a una cuadra y es una estructura gigantesca.
El peso de Estados Unidos en Argentina en aquel entonces era mínimo y solo adquirió importancia a medida que avanzó el siglo XX.
En cuanto a lo coyuntural, la decisión del gobierno de Javier Milei es la de alinearse no sólo con Estados Unidos, sino específicamente con Trump, visto como un aliado o incluso un mecenas que ofrece cierta recompensa a la gestión.
Existió ese Trump el año pasado, cuando se facilitaron fondos o se prometió ese dinero con la fuerza suficiente para que el electorado percibiera al gobierno de Milei como una opción estable o se sintiera condicionado a apoyarlo para evitar un colapso económico.
El apoyo del secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, significó una inyección de confianza para el gobierno. A través de los tuits de Trump, se envió un mensaje nítido a la ciudadanía argentina: si se vota a los candidatos incorrectos, el flujo de recursos se interrumpe y cada quien deberá arreglarse por su cuenta.
—¿Sigue vigente el rol de Estados Unidos como prestamista de última instancia para la Argentina?
—Es probable. Para Trump, resulta atractivo contar con una gestión en el Cono Sur tan alineada a sus intereses como la Argentina de Milei. La opción de enviar fondos, o simplemente la posibilidad de hacerlo, beneficia exclusivamente a Estados Unidos.
No queda claro si el gobierno argentino percibe la fragilidad de su alianza actual con Trump, de carácter personal con el presidente estadounidense. De cara a 2028, si asume un presidente distinto en 2029 en la Casa Blanca, el vínculo no perdurará.
Una eventual presidencia demócrata implicaría cambios sustanciales para Argentina. Ante la fragilidad de la economía local y los giros globales, alinearse con Trump puede no parecer tan arriesgado hoy, pero debe tenerse en cuenta de que es un vínculo que puede activarse o desactivarse de un momento a otro.

—¿Cómo va a afectar la elección de medio término estadounidense de noviembre a Argentina?
—No vislumbro un cambio automático ni repentino al día siguiente de confirmarse un control demócrata en el Congreso.
Sí habrá más investigaciones y una mayor interferencia respecto a las políticas domésticas estadounidenses, que luego tienen un reflejo sobre Argentina, por ejemplo, en materia de aranceles. Aunque la política exterior es un área que el Congreso, por múltiples motivos, ha abandonado de manera progresiva desde la década del setenta. Por lo tanto, en cuanto a las relaciones comerciales o políticas directas con el gobierno argentino, no se esperan alteraciones.
En cuanto a cierta paranoia, hay una cuestión bastante molesta en relación con Brasil que genera preocupación de cara a 2027 en Argentina.
El fin del mandato de Jair Bolsonaro estuvo marcado por una insurrección, con grupos bolsonaristas movilizados para mantenerlo en el poder. Uno de los factores clave es el hecho de que los militares brasileños recibieron múltiples llamadas telefónicas desde Washington con un mensaje claro: usted se queda en el cuartel, no apoya a Bolsonaro y, si quiere que mañana el real no valga la mitad, se queda donde está.
Esa intervención sirvió bastante para que la insurrección en Brasilia fuera simplemente un grupo de loquitos dedicados a romper cosas y no se transformara en un golpe de Estado.
Llegado el caso, cuánta confianza se puede tener en que nuestro querido gobierno deje el poder por las buenas en 2027 si pierde las elecciones, sobre todo con alguien como Trump de respaldo, es algo más difícil de percibir.
—Si con Menem y Clinton en los años noventa hubo relaciones carnales, ¿esto qué es?
—Se trata de una relación personal entre Milei y Trump y del gobierno argentino con Trump en general. Es una apuesta al 100%. Como tomar todas las fichas, ponerlas en un solo lugar y ver si el resultado es favorable o no.
—Keir Starmer buscó diferenciarse de la sombra de Irak al retacear el apoyo en Irán, lo que tensionó la relación con Estados Unidos. Ante la aparición de un documento que pone en duda el apoyo estadounidense a los británicos por Malvinas, ¿qué impacto real observás en esta alianza?
—El Departamento de Defensa y el Departamento de Estado de Estados Unidos tienen escenarios para todo. Por ejemplo, si alguien tuviera acceso y pusiera en su buscador cómo es el plan de invasión para ocupar Punta del Este, seguro habría uno.
En este caso, se trata simplemente de una investigación o un "paper" sobre Malvinas. No implica una postura pública estadounidense ni va a generar un cambio en una relación que involucra cooperación militar, civil y nuclear por miles de millones de dólares en el marco del vínculo histórico entre Estados Unidos y el Reino Unido. Todo eso no se va a quebrar por Argentina.
La relación es demasiado esencial para la seguridad de ambos países como para que se tensione. Si Argentina fuera un actor mucho más interesante en el tablero global, la conversación podría ser distinta, pero por nosotros esto no va a pasar.
A diferencia del Reino Unido, no tenemos capacidad militar en diferentes partes del planeta ni un mercado interno tan interesante. No somos esenciales para la alianza estadounidense con Europa ni tenemos la capacidad de intervenir en una discusión europea como sí lo hacen los británicos. Para Estados Unidos resulta mucho más atractivo mantener esa relación que especular con el nivel de influencia que podamos tener nosotros.
—¿Cómo dialogan el proteccionismo de Estados Unidos bajo Trump y el modelo de apertura que impulsa Javier Milei?
—El proteccionismo de Trump es un fracaso. Si se analiza el empleo industrial en Estados Unidos, entró en un período de declive desde la presidencia de Trump y está cada vez peor. Es un programa económico que logra de manera activa lo opuesto de lo que se propuso hacer. Es cada vez más caro y poco competitivo producir en territorio estadounidense.

—Estados Unidos se encamina a los 250 años de su independencia. ¿En qué situación se encuentra el país de cara a este aniversario?
—El aniversario de mayor relevancia hasta el momento fue el del bicentenario, en 1976. El previo, de 1876, si bien tuvo importancia en su época, ocurrió en un periodo donde Estados Unidos iniciaba su etapa como potencia. Estaba marcado por el fin de la Reconstrucción posterior a la Guerra Civil, proceso que buscó reintegrar al sur mediante un acuerdo electoral en los comicios de 1876. Aquella elección resultó controversial por la declaración de dos ganadores, lo que generó un clima de conflictividad ajeno a la algarabía popular.
En 1976, por otro lado, el aniversario transcurrió bajo la presidencia de Gerald Ford, quien asumió tras la renuncia de Richard Nixon. Es el único presidente que no resultó electo siquiera como vicepresidente; llegó a la Cámara de Representantes y desde allí escaló hasta la presidencia. Se lo consideró el primer "primer ministro" que tuvo Estados Unidos, en un momento de mayor distensión y con menor tensión política en comparación con otros periodos.
En la actualidad, estas celebraciones por los 250 años de la independencia funcionarán como una excusa para que el gobierno de Donald Trump genere un momento de contacto con el pueblo estadounidense. Sin embargo, esto no coincide necesariamente con el humor social, que no está enfocado en festejar el cuarto de milenio debido a las condiciones económicas, los conflictos bélicos y la impopularidad del mandatario.
—¿Por qué ganó Trump en 2024?
—Por haber presentado con éxito el argumento de que él iba a arreglar la economía estadounidense; de que los problemas inflacionarios que se arrastraban desde la pandemia iban a ser solucionados por él para introducir un período de prosperidad, regresando a la economía previa a 2020.
Es algo que no ocurrió.
El conflicto arancelario de 2025, con los intentos de establecer una "tablita" de aranceles para todo el mundo, no condujo al desenlace económico que Trump buscaba. Sobre todo, sus roces con la Fed no ayudaron. Ha tenido una relación tensa con Jerome Powell; le pedía esencialmente que habilitara el crédito barato, lo cual va en contra del interés de la Fed de bajar la inflación y también de los propios intereses de Trump.
—¿Cuál es el estado de la polarización en Estados Unidos?
—Es profunda. El panorama político exhibe una división nítida, casi tribal, de burbujas informativas y sociales.
En este escenario, las elecciones legislativas o presidenciales siempre arrojan márgenes inmensos a favor de uno de los partidos. En amplias zonas del sur no se encuentra un votante demócrata en kilómetros, y lo mismo ocurre con los republicanos en ciertos barrios urbanos. Esta estructura genera elecciones sumamente seguras para muchos candidatos a nivel del Senado, la Cámara de Representantes o legislaturas estatales. Muchos solo necesitan satisfacer a su núcleo de votantes e ignorar al resto sin enfrentar costos políticos.
Al superar la instancia de las primarias, la elección general se gana con facilidad. El diseño distrital en Estados Unidos permite a la dirigencia política, en muchos casos, elegir a sus votantes en lugar de lo contrario.
Si en Argentina existieran distritos uninominales y se diseñara un circuito que abarcara de Recoleta a Núñez, las posibilidades de un candidato peronista serían nulas, aun con el perfil más moderado; obtendría, como máximo, un 25% de los votos. En cambio, cualquier candidato de otra fuerza ganaría con comodidad. El efecto inverso ocurriría en distritos que unieran Villa Lugano con Villa Soldati.
El conflicto actual radica en la facultad de las legislaturas estatales y los gobernadores para el diseño de los distritos de representación en el Congreso, lo que elimina la competitividad en la mayoría de ellos.
El balance demográfico y social ya determina al ganador de antemano. No hay expectativas de cambio; de hecho, la situación se agrava y la cantidad de distritos genuinamente competitivos es cada vez menor. La elección termina por definirse en apenas 40 o 50 distritos.
—Respecto a la sucesión y la interna entre el vicepresidente James David Vance y el secretario de Estado Marco Rubio, ¿existe un enfrentamiento abierto?
—Hay una competencia donde Marco Rubio lleva la ventaja. Vance fue presentado al público bajo la bandera del aislacionismo del "America First", contrario a la participación en conflictos externos.
Sin embargo, la gestión se involucró en 2026 en una guerra compleja y sin una victoria clara, lo que obligó al vicepresidente Vance a mantener un perfil bajo. Incluso dejó de publicar en redes sociales durante días porque su imagen política es lo opuesto a la acción actual de la presidencia.
El Secretario de Estado Marco Rubio, en cambio —quien lidera la diplomacia y las relaciones internacionales del país—, no tiene reparos con el intervencionismo; proviene de la vieja escuela republicana y logró reciclarse tras estar asociado al sistema tradicional en 2016. Al alinearse con los mandatos de Trump, pudo integrarse a la segunda presidencia como Secretario de Estado, aunque su labor actual se asemeja más a la de un Secretario de Seguridad Nacional.
Vance, por otro lado, es una figura que inicialmente se oponía a Trump por considerarlo un tirano o un déspota. Aunque atravesó una conversión que lo condujo a las filas del trumpismo. Pese a ese cambio, mantuvo siempre su enfoque en la doctrina del "America First", centrado en evitar el gasto de vidas y recursos en guerras interminables, como los casos de Afganistán e Irak.
Ese aislacionismo suele percibirse desde el exterior como una postura pacifista o de no intervención, pero tiene un trasfondo más perverso. Es una justificación que tiene vínculos con el racismo. La premisa sostiene que las tropas estadounidenses no deben ser enviadas a esos destinos, no por una impugnación moral a la invasión bajo pretextos poco convincentes, sino por el rechazo a la idea de que soldados blancos mueran en ese tipo de conflictos. Esta es la visión que buena parte de la base de Vance sostiene de forma explícita, aunque él lo oculte o lo exprese en otros términos. Ese mensaje resultó sumamente relevante para convencer a un sector del electorado en la campaña de 2024, pero no tuvo un correlato en la presidencia actual.
Al iniciar una guerra en Medio Oriente, Trump actuó en contra de lo que su vicepresidente Vance fomentaba y aconsejaba, contradiciendo el mensaje dirigido a la base republicana.
Si Vance se presentara como candidato en 2028 tendría que explicar por qué, a pesar de su discurso sobre el "America First", la presidencia derivó en un conflicto interminable con Irán de desenlace incierto.
—¿Qué análisis se puede hacer de la intervención en Irán?
—No fue una decisión institucional, sino casi personal del presidente. En 2003, con la guerra de Irak, el gobierno de Bush al menos se tomó el trabajo de mentirle al mundo. En este caso, Trump simplemente presionó un botón y se desencadenó un conflicto con consecuencias globales.
La forma en que ocurrió responde a una lógica de corrupción, impulsada por diversos grupos de presión e intereses: la industria armamentística, el sector petrolero, las monarquías del Golfo y el gobierno israelí.
Tras décadas de intentos, estos sectores encontraron un presidente lo suficientemente ingenuo como para ejecutar esos planes. Para ello, conformaron un consorcio de influencia en Washington que dificulta, para cualquier republicano, la toma de decisiones que no coincidan con sus proyectos.
En consecuencia, a espaldas de la ciudadanía, sin justificaciones y en contra del criterio de las agencias de inteligencia —que advertían sobre lo extenso y complejo del proceso—, Trump decidió actuar con resultados desastrosos.
—Sobre las tribus dentro del republicanismo, ¿cuál es el panorama? ¿Cómo está dividido hoy el Partido Republicano?
—Hay un control férreo por parte de Trump sobre el funcionamiento a nivel representativo. Los gobernadores, los senadores y los representantes, en su inmensa mayoría, siguen las instrucciones de Trump en las cuestiones que realmente importan.
Entre las facciones que siguen presentes en el Partido Republicano, se encuentra el costado evangélico y conservador en lo social. Es un sector que siempre ha estado en el partido, desde los años setenta u ochenta.
Luego aparece el grupo que más ha disminuido en tamaño, y del cual se podría argumentar que ya casi no existe: los republicanos que en inglés se denominan "Country Club Republicans". En el contexto local, sería una especie de republicano de barrio privado. Se trata de un sector que quiere bajos impuestos, pero al que la parte social no le interesa; no le molesta el matrimonio igualitario ni cuestiones similares.
En buena medida, ese grupo ha migrado al Partido Demócrata, ha dejado de votar o elige a terceros partidos, porque el Partido Republicano le parece tóxico a nivel social.
Al grupo principal dentro del republicanismo se lo puede llamar MAGA. Es un sector asociado de manera personal al presidente, al punto de que algunos lo consideran la base republicana.
Además de eso, hay grupos pequeños de neoconservadores, grupos de paleoconservadores, neorreaccionarios y el elemento más radiactivo dentro del Partido Republicano: los nacionalistas blancos. Este último sector no está muy contento con Estados Unidos en este momento ni con la presidencia, porque en muchos casos sostienen un pensamiento antisemita marcado y perciben como algo negativo una guerra impulsada, desde su punto de vista, para favorecer a Israel.
Si se observa a analistas como Tucker Carlson y Nick Fuentes se observa un enojo profundo porque ven al presidente realizar tareas a favor de Benjamin Netanyahu y del gobierno israelí.

—¿Qué escenario proyectás para las elecciones de mitad de mandato del martes 3 de noviembre?
—Uno de los puntos críticos actuales es la disputa por el diseño de los distritos. Existe una guerra de rediseño distrital a nivel nacional donde diversos estados, con el beneplácito de una Corte Suprema que ha otorgado gran libertad de acción, diseñan circuitos para favorecer al partido gobernante de turno.
En Virginia, por ejemplo, recientemente ganó un referéndum sobre el rediseño que permitirá reducir la representación republicana al mínimo posible. Gobiernos republicanos en estados como Texas e Indiana intentan aplicar o ya han implementado medidas similares.
El motivo por el cual los republicanos están bastante asustados en este momento es porque, además de que la guerra en sí misma es impopular, sus efectos lo son todavía más.
El precio de la nafta, los aumentos inflacionarios en general que acompañaron ese proceso y, más que nada, la percepción negativa de la economía que persiste desde la pandemia y no se disipó, configuran un escenario adverso para el oficialismo de Trump.
Le jugó en contra a Joe Biden en 2024 y le juega en contra a Trump ahora, porque las medidas que tomó desde que fue electo hasta que asumió la presidencia no solucionaron los problemas económicos de ninguna forma significativa y, en muchos casos, lo empeoraron.
Los aranceles del año pasado y esta guerra actual han sido dos factores que, en lugar de bajar los precios, los subieron.
El mensaje principal y el motivo por el cual Trump recibió un mandato popular para gobernar fue, justamente, la promesa de que los precios iban a bajar con él.
El panorama se ve bastante favorable para los demócratas en noviembre, sobre todo en la Cámara Baja y con la posibilidad de ser competitivos en el Senado, aunque en la Cámara Alta enfrentan un mapa difícil, porque se eligen bancas en muchos estados que no son especialmente afines al Partido Demócrata.
—¿Cómo se reinventan los demócratas tras cederle el centro del ring a los republicanos? ¿Es posible trazar un paralelismo con el peronismo?
—Los demócratas y los peronistas son muy diferentes, pero se encuentran en posiciones similares en cuanto a su capacidad real de acción frente a las políticas que surgen de los gobiernos de sus países. La capacidad de resistencia es limitada en ambos casos.
El principal problema del Partido Demócrata es que se lo percibe como inefectivo, como un grupo que no lucha con la fuerza suficiente.
La tensión interna dentro del partido hoy se da entre quienes se muestran luchando y quienes no.
Se puede ser centrista, del extremo progresista o de la línea media, pero el público interno demócrata va a respetar y apoyar a sus dirigentes en la medida en que los vean en acción.
A Trump, la inmensa mayoría de los demócratas lo detesta. Aunque, lo ven como un líder mucho más efectivo que Joe Biden o que el liderazgo demócrata actual. Por lo tanto, hubo bastante tensión en las primarias del partido entre aquellos percibidos como representantes del statu quo, que preferían esperar, y quienes querían llevar la competencia a un plano más álgido, resistir más fuerte y llevar a cabo más campañas.
Quienes hicieron menos suelen tender hacia el centro, mientras que quienes hacen más tienden a asociarse al ala progresista del partido. Pero existen centristas que hacen ruido con la idea de hacerle un juicio político a Trump cuando sean mayoría, que llaman a resistir en actos públicos o que se muestran solidarios con los afectados por el trumpismo.
El público votante, y en particular los jóvenes en Estados Unidos, vieron al Partido Demócrata demasiado asociado con Netanyahu, con Israel y con la guerra en Gaza. Eso fue un lastre total a nivel político. Pero no pueden deshacerse de esa parte de su coalición porque resulta demasiado importante en cuanto a los donantes que aportan grandes sumas de dinero.
Por lo tanto, es difícil para el Partido Demócrata lidiar con esa frazada tan corta: o se quedan sin fondos o se quedan sin votantes.
Como no pueden hacer un corte abrupto, lentamente han empezado a distanciarse de los donantes más radiactivos (aunque más poderosos) dentro del viejo esquema de mecenazgo financiero pro-Israel del partido.
Al mismo tiempo, se están enfocando más en donaciones pequeñas, de personas que aportan unos US$15 todos los meses.
—¿Qué lecciones puede aprender la oposición argentina de lo que sucede en Estados Unidos?
—Hillary Clinton fue una candidata que resultó ser mala. Es alguien que no prosperó como líder y el Partido Demócrata hizo todo lo posible por quitársela de encima. Desde 2016 no fue candidata a nada y, desde esa época, ha mantenido un rol menor. Bill Clinton, en particular, está completamente aislado. Por un lado, porque ya no sirve como figura política y, por otro, porque aparece en los "Epstein Files" de forma bastante importante.
El Partido Demócrata entendió que no vale la pena insistir una y otra vez con una candidata que resulta políticamente polarizante y negativa para la competitividad. El peronismo, en cambio, sigue teniendo como figura principal a una persona que participa al máximo nivel y a la que buena parte del país considera radiactiva. Y, sin embargo, conviven con eso.
Una oposición que busque ser más competitiva haría todo lo posible para sacarse de encima a una persona cuyo tiempo político ya pasó. No conozco a nadie que haya cambiado su opinión sobre Cristina Kirchner en los últimos diez o quince años.
El principal activo del gobierno en este momento, en relación con la oposición o con Axel Kicillof, es justamente que lo pueden asociar a Cristina Kirchner. El Partido Demócrata, en ese sentido, se sacó de encima a las personas que resultaban más problemáticas.

—¿Qué peso real tiene hoy la figura de Barack Obama como ordenador del Partido Demócrata
—Obama participa esporádicamente. Ejerce un rol más acotado de lo que la mayoría de los votantes y de los propios demócratas querrían.
Ese comportamiento no es acorde a lo que se espera de una figura como Obama en este momento, sobre todo porque él carga con una suerte de maldición política: es un hombre que sigue siendo relativamente joven. Tiene 64 años, es decir, es casi dos décadas más joven que Joe Biden y también más joven que Trump.
Si no fuera por el límite de dos mandatos que impone el sistema en Estados Unidos, o si fuera un sistema parlamentario, podríamos seguir viviendo en la era Obama.
Obama se mantiene relativamente distante de la política en parte por las promesas que le hizo a su esposa Michelle Obama de que iba a bajar el nivel de exposición. La política, sencillamente, quema; estar mucho tiempo en cargos ejecutivos da mucho estrés.

—Si una reforma constitucional habilitara a ambos para un nuevo mandato, ¿quién ganaría hoy en un mano a mano entre Trump y Obama?
—Sin duda Obama sería un candidato fuerte. Aunque esos proyectos nunca llegan a nada. En Estados Unidos, las reformas constitucionales ocurren de manera muy esporádica porque se requiere una supermayoría para aprobarlas en ambas cámaras y luego la ratificación de los estados. No se va a hacer ni por Trump ni por Obama; no tendría sentido. El límite de dos mandatos le parece razonable a la inmensa mayoría de los estadounidenses, por lo cual es algo que no va a pasar.
—¿Quiénes son los posibles candidatos del ala centrista?
—Gavin Newsom, el gobernador de California; Kamala Harris, de nuevo, si quisiera competir. Probablemente ella es quien sacaría la mayor cantidad de votos si la primaria fuera mañana. Después aparece un gobernador del norte, Andy Beshear, de Kentucky, quien ganó en un estado conservador siendo justamente un tanto conservador en lo social. También están las figuras que siempre se mencionan pero generalmente no compiten, con Michelle Obama a la cabeza.
Michelle Obama ganaría caminando si se presentara en algún cargo como una senaduría para después saltar a la presidencia, pero todavía no lo ha hecho.
—Es convocante ese concepto de Michelle Obama "When they go low, we go high" (Cuando ellos caen bajo, nosotros apuntamos alto).
—Sí, pero no funciona para la política real. Es como ir a un tiroteo con un cuchillo: no vas a ganar.
La gracia del Partido Republicano, hasta ahora, es que han sabido estar siempre dos o tres pasos adelante en cuanto a la manipulación del sistema para sacar un beneficio propio.
El Partido Demócrata ha estado compensando eso durante mucho tiempo, jugando con reglas que el Partido Republicano no respeta.
Es momento de que el Partido Demócrata se dé cuenta de que el apego a las normas es algo digno e interesante, pero debe quedar en un segundo plano frente a la amenaza autoritaria que representa el Partido Republicano.

—¿Qué potencial tiene el ala progresista con figuras como el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, el senador Bernie Sanders o la representante Alexandria Ocasio-Cortez?
—Tienen un potencial considerable. Ya no estamos en 2016. El movimiento progresista que estaba en alza aquel año sufría un gran problema: debajo de Sanders había mucha gente difícil de digerir. Un ejemplo es Tulsi Gabbard, quien manejó la campaña de Sanders, fue puesta por él en el Comité Nacional Demócrata y hoy forma parte del gobierno de Trump.
Hoy existen instituciones progresistas más robustas y un semillero de funcionarios más formados y capaces, quienes eventualmente podrían participar en un gobierno del ala izquierda del partido.
El daño que sufrió el Partido Demócrata en 2024 afectó principalmente a las otras facciones, no tanto a los progresistas, quienes se opusieron a gran parte de la agenda de Joe Biden, especialmente respecto a la guerra en Gaza.
Además, son quienes están luchando con más fuerza contra Trump y el Partido Republicano, lo cual resulta muy atractivo para el electorado que detesta al trumpismo.
Cuentan, además, con un beneficio que el ala centrista no tiene. El votante progresista, en las campañas presidenciales, puede optar por quedarse en casa, protestar o no elegir al candidato partidario si no lo convence. En cambio, si Alexandria Ocasio-Cortez fuera la candidata, todo el sector del centro votaría por ella de todas formas, a pesar de la distancia ideológica. Lo que los unifica es el horror y el desagrado ante el trumpismo. Son los que más creen en el lema "vote blue no matter who"; si llega el candidato demócrata, lo votan aunque sea un marciano. Eso no ocurre con el ala izquierda, que es mucho más reticente.
Más allá de eso, todavía no hay una candidatura clara, aunque hay dos o tres figuras que podrían encabezar esta facción. A Sanders ya no le da la edad, pero su intención parece ser la de impulsar a Ocasio-Cortez como candidata. Respecto a Zohran Mamdani, hay que recordar que, al haber nacido en Uganda, no puede competir por la presidencia. Puede ser senador, representante o miembro del gabinete, pero nunca presidente, a menos que cambien la Constitución, y no creo que lo hagan por él.
