Criada en Bariloche, Gala Díaz Langou creció como la única integrante no arquitecta en una familia con los planos y las obras públicas como lenguaje cotidiano. Su padre, arquitecto y funcionario radical, le transmitió un gen político auténtico.
Los Díaz Langou representan la diversidad de una familia de clase media argentina: la rama paterna es radical; el lado materno, peronista. "De chica tengo el recuerdo de verlo a Raúl Alfonsín en casa. Mi padre siempre me enseñaba a hacer el saludo alfonsinista de niña", recuerda Gala en diálogo con El Economista en un café de Belgrano.
En ese equilibrio de identidades Gala Díaz Langou forjó una vocación con una guía proveniente de otra mujer de su linaje: su abuela paterna. Esa abuela, una salteña consagrada como la primera médica de su provincia y mano derecha de Bernardo Houssay —el médico y fisiólogo argentino galardonado con el Premio Nobel—, marcó el destino de Gala. Aunque la nieta soñaba con Médicos Sin Fronteras, la abuela le compartió su mirada: "Ella creía que mi camino no iba por ahí. Me dijo que los médicos salvan vidas de a una persona por vez, y que yo debía concentrarme en cosas con mayor escala. Tenía que salvar a más de uno".
Esa búsqueda de escala la condujo a los Estudios Internacionales en la Universidad Torcuato Di Tella. En marzo de 2002, con la crisis argentina todavía en carne viva, Gala se instaló en Buenos Aires. Con el dominio del inglés y el francés, sumados a un título de grado, entró a trabajar al Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC) a sus veintidós años. Aquello no fue solo un empleo, sino el inicio de una carrera prolongada durante dos décadas.
Su trayectoria fue un ascenso basado en la especialización técnica y el compromiso social. Fundó el programa de Protección Social junto a su mentor, Fabián Repetto, y sumó una maestría en Políticas Públicas en la Universidad de San Martín y Georgetown.
Es autora de publicaciones centradas en la política social de Argentina y América Latina. Además, participó como coautora en tres libros: "El futuro es hoy: Primera infancia en Argentina", "Equidad económica de género: un imperativo para el G20" y "El género del trabajo: entre la casa, el sueldo y los derechos".
En 2021 asumió la Dirección Ejecutiva de CIPPEC en un escenario de extrema complejidad. "Fue un tiempo difícil. Era pandemia, todo por Zoom, y tenía una bebé de un año. Primero fue la crisis sanitaria, después la política y luego una crisis de financiamiento", explica. Pese a los obstáculos, Gala detalla que logró duplicar el presupuesto de la institución y consolidó un enfoque centrado en el impacto real. En su visión, el conocimiento no tiene valor si se queda en la teoría: "Producir conocimiento per se es para la academia. En CIPPEC se produce para transformar la realidad. Además de un 'think tank' es un 'do tank'. Sin acción, es inocuo. No existe transformación si no se logra cambiar la vida de alguien".
Ese espíritu de diálogo permitió sentar en una misma mesa a figuras políticas en las antípodas —desde el kirchnerismo hasta los referentes del actual gobierno— para pensar políticas de Estado. Sin embargo, el ciclo de la gestión técnica en CIPPEC llegó a su fin el 31 de marzo de 2026.
Actualmente, desde la dirección del Panel Internacional para el Progreso Social (IPSP), trabaja en la vanguardia del pensamiento reformista global junto a figuras como Amartya Sen —el economista indio premiado con el Nobel por sus aportes a la economía del bienestar y la teoría de la elección social— y Muhammad Yunus —el desarrollador del microcrédito y también Premio Nobel de la Paz—.
Uno de sus temas principales de estudio en el presente es la desafiliación, ese desgarro capaz de separar a los ciudadanos de las instituciones. Actualmente, Gala Díaz Langou está abocada a la redacción de un libro sobre ese tema.
Gala habla con la solidez de quien se ha formado en la arquitectura de los programas de gobierno, la economía para el desarrollo y las tensiones de la geopolítica. Con el rigor técnico de una conocedora profunda del sistema de Naciones Unidas, despliega sus argumentos ante El Economista con una convicción que parece estimulada por las palabras de su abuela: la urgencia de intervenir, pero hacerlo con la potencia de la escala global para transformar las condiciones de vida de las mayorías.

—En tus textos escribís sobre la vida en común y la importancia de la cohesión social. ¿Cómo se defiende la importancia del vínculo con el otro en un contexto donde prima el individualismo o la confrontación?
—Lo que considero más relevante es, quizás, aquello que menos vigencia tiene en la actualidad: el sentido de pertenencia, la percepción de formar parte de algo más trascendente.
La pertenencia y la confianza no significan lo mismo.
La confianza tiene un carácter más transaccional. Se confía en el otro para una acción específica: se entrega un recurso y se espera recibir el servicio prometido a cambio. Esa seguridad puede agotarse en ese episodio puntual, sin necesidad de extenderse hacia otros ámbitos.
La pertenencia es un concepto mucho más profundo e identitario. Si bien reconstruir la confianza es una tarea difícil, recuperar el sentido de pertenencia es un desafío mucho mayor.
Existe hoy poca preocupación por la pertenencia, a pesar de que es la infraestructura básica para el desarrollo y para que la humanidad no se extinga.
Aunque este planteo parezca distópico, sin un sentido de pertenencia —sin la convicción de integrar algo superior— resulta difícil superar esta etapa tan crítica. Para enfrentar desafíos como el cambio climático o las consecuencias de la integración de la inteligencia artificial, se requiere de la acción colectiva y de la cooperación. Es fundamental que los países, las personas, las empresas y los gobiernos alcancen acuerdos.
Ningún individuo puede resolver la crisis climática de forma aislada. Lo mismo ocurre con casi todos los problemas actuales, como una eventual pandemia. La Organización Mundial de la Salud advierte sobre la probabilidad de nuevos escenarios de este tipo en el futuro. Ante esa posibilidad, el aislamiento es inviable; enfrentar una crisis de esa magnitud de manera individual, cada uno en su propio bote, es imposible.
—"Si no logramos reconstruir la confianza y la legitimidad de un sistema que habilite la cooperación internacional, nos encaminamos a un escenario de riesgo existencial", escribís en Infobae. ¿Ese riesgo es, en definitiva, el peligro de que la humanidad desaparezca como especie?
—Es parte de eso. El sistema multilateral actual es un mecanismo diseñado justamente para resolver los conflictos por vías no violentas. Fue el producto de la Segunda Guerra Mundial. Después de muchas muertes, un holocausto y una bomba nuclear, se llegó a un punto de quiebre. El consenso fue claro: si continuaba la amenaza de las armas nucleares, el destino sería fatal; había que resolverlo de otro modo.
Así se creó el sistema multilateral global, con una serie de leyes que los países se comprometieron a respetar para resolver sus disputas en el marco de ciertas normas. Este modelo tenía su respaldo en un orden geopolítico con un claro hegemón, que era Estados Unidos, con aliados y adversarios, pero donde todos acataban las mismas reglas. También contaba con ciertos equilibrios, y por esa razón se conformó el Consejo de Seguridad, entre otras instituciones.
Ese orden y su base subyacente cambiaron. Hay otras potencias en alza, como China, India o Brasil, que tienen proyecciones a futuro interesantes y que desafían, de alguna manera, la hegemonía estadounidense. Esto implica que hasta Estados Unidos, el líder en el diseño de todo este sistema, hoy no se destaca por respetar sus propias leyes. El ataque estadounidense a instalaciones nucleares iraníes fue cuestionado en Naciones Unidas: el Secretario General lo calificó como una peligrosa escalada, y expertos de la ONU lo consideraron contrario a normas básicas del derecho internacional.
Y si no se respeta este conjunto de normas consensuado, se toma una alternativa de facto, que es resolver los conflictos mediante la violencia.
La mayor parte de las proyecciones que observamos no son alentadoras. Ahora, con mi nuevo rol en el Panel Internacional por el Progreso Social, analizo muchos de esos escenarios, que también tuve el honor de evaluar en una etapa anterior en el World Economic Forum.
Las proyecciones a futuro son, en su mayoría, distópicas. Por ejemplo, la llegada de una nueva pandemia o una crisis ambiental que se vuelve inmanejable, con episodios climáticos extremos cada vez más frecuentes: inundaciones, sequías, olas de calor y fríos intensos. Es algo evidente. Cada año hay eventos de distintos tipos y magnitudes. Pasó en Tucumán hace poco y en Bahía Blanca hace un tiempo. O los incendios en Chubut, que ocurren constantemente. Al ser patagónica, vivo esa realidad de primera mano.
Además, existe el riesgo de más guerras y hambrunas. Hay un montón de desafíos enormes que, paradójicamente, suceden en el momento de mayor acumulación material de la humanidad. Nunca hubo tan buenas condiciones para acceder a agua corriente, electricidad o comida. Hace doscientos años la supervivencia era otra. Resulta paradójico que algo así ocurra en esta época, porque aún hay mucha gente con hambre y el gran problema es la distribución de los alimentos. Argentina produce comida para 450 millones de personas y no logra alimentar bien a sus 45 millones de habitantes.
No se logra encontrar solución a todas estas crisis —que, proyectadas hacia adelante, plantean escenarios distópicos— porque la capacidad de acción colectiva se debilita ante la idea de que cada uno se salva solo.
Si se lograra revertir esa mirada, tal vez el futuro sería distinto. Las inteligencias artificiales podrían encargarse del trabajo, mientras queda tiempo libre para el ocio, el arte y compartir con los seres queridos. Puede ser un mundo utópico con más contacto con la naturaleza y ciudades diseñadas para integrarse a ella. Gran parte del trabajo que preparamos en el Panel Internacional para el Progreso Social busca plantear qué hay que hacer para que, en lugar de avanzar hacia la distopía, el rumbo se dirija hacia la utopía.
—¿Qué diagnóstico hacés sobre la responsabilidad de la clase política y del establishment económico frente al desafío de reducir la desigualdad social?
—Una de las principales falencias de los liderazgos actuales, evidente en Argentina pero también a nivel global, es la falta de una mirada a largo plazo. Pocos dirigentes logran proyectar una temporalidad un poco más allá de lo inmediato.
No hace falta pensar a cincuenta años; bastaría con quince. Sin embargo, pocas personas construyen discursos con esa perspectiva.
Esto no abarca sólo a quienes ejercen cargos públicos, sino también al empresariado.
El sector privado, en Argentina en particular, tiene una voracidad rentista de corto plazo muy marcada en comparación con otros. Incluso sin buscar ejemplos en Escandinavia; basta con observar a Brasil: allí se advierten empresarios con una visión más estratégica y largoplacista, más anclada en las inversiones necesarias para que el país logre desarrollarse.

—¿Cómo proyectás la alternativa utópica? ¿Imaginás un país conformado por una gran clase media?
—Una gran clase media no es una condición sine qua non. Puede existir cierto sentido de comunidad de otras formas. Resulta difícil, y es más factible encontrar buenas condiciones, por ejemplo, para la existencia de bienes públicos o sociales si hay una mayor igualdad económica.
Muchas veces, esto no implica necesariamente una igualdad de ingresos, sino, sobre todo, ciertas condiciones de vida con umbrales más o menos cercanos en el piso y en el techo. La diferencia no debe ser astronómica, donde una persona cuente con US$10.000 diarios mientras que otra no alcance siquiera los US$2 por día.
Las condiciones materiales actuales son mejores que en cualquier otra época, pero nunca estuvieron tan mal distribuidas, de una manera tan desigual.
—Con respecto a la ONU, ¿cómo se evalúa el rol de Rafael Grossi, que puede ser elegido secretario general?
—Quien asuma el mando en la próxima Secretaría General tiene que estar dispuesto a liderar una transformación. El sistema de Naciones Unidas no puede permanecer como está. Debe aggiornarse y adaptarse a un contexto global radicalmente distinto al que existió desde su fundación. Esa persona tiene que tener una orientación muy clara a la acción. Además, tras ochenta años de institución vigente, ya sería hora de que Naciones Unidas fuera liderada por una mujer.
Hay candidatas latinoamericanas muy buenas, como Rebeca Grynspan o Michelle Bachelet. En este contexto tan sensible para Naciones Unidas, con el multilateralismo atravesado por una crisis de legitimidad muy grande, las soluciones puestas sobre la mesa por los distintos candidatos son bastante diferentes. La posición de ellas es bastante distinta a la de los demás; es una mirada más multidimensional, que entiende que no puede haber una paz duradera sin desarrollo social.
La propuesta de Grossi es reducir fuertemente el mandato de Naciones Unidas, casi exclusivamente a los temas de paz y seguridad, con mucha menos relevancia para el desarrollo. Esto va muy en línea con el enfoque actual de Estados Unidos en la presidencia de Trump. Resulta riesgoso, ya que la evidencia es contundente: resulta difícil sostener un clima de paz y de seguridad, sobre todo al entender la seguridad en un sentido amplio, sin desarrollo. El rol de Naciones Unidas tiene muchos aspectos por mejorar, pero es sin duda muy positivo en la promoción del desarrollo.
Justo esta semana se realizaron las primeras exposiciones de los cuatro candidatos con chances. A los argentinos nos gusta ver a compatriotas en lugares importantes, y el Gobierno nacional respalda a Grossi. Es un proceso en el cual los países presentan a los candidatos y luego se vota. Resulta bastante flexible; puede definirse todo en apenas dos semanas. Además de Grossi, de Rebeca Grynspan y de Michelle Bachelet, se encuentra Macky Sall, un senegalés presentado por Burundi. Fue presidente de Senegal durante más de una década y es el único aspirante no latinoamericano.
El Gobierno de Chile ya no respalda a Bachelet, pero ella sí tiene el apoyo de Brasil, impulsada por Lula, y también el de México. Sin embargo, Bachelet tiene algunos problemas más. En su momento, como representante de derechos humanos para Naciones Unidas, redactó un informe muy duro contra China. Además, no encuentra muchos apoyos en los Estados Unidos. Quien asuma el cargo debe evitar que los 5 miembros del Consejo de Seguridad (Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido) lo veten.
—¿Los británicos pueden llegar a vetar a Grossi?
—Sí, como miembro del Consejo de Seguridad podría hacerlo, pero es improbable. No hay ninguna señal pública de que el Reino Unido esté considerando vetar a Grossi. Lo fundamental es que no haya un veto de China ni de Estados Unidos y que, en todo caso, Rusia guarde una visión medianamente neutral.
Rafael Grossi ha logrado encontrarse con el canciller ruso Lavrov en Moscú y, además, visitó China recientemente consolidando varios acuerdos. Grossi tiene altas chances ya que varias fuentes sostienen que es improbable que ninguno de los 5 países del Consejo de Seguridad lo vete. Sobre Rebeca Grynspan, se presenta por Costa Rica. Ocupó funciones en ese país y actualmente es Secretaria General de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD). Fue la titular del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) para América Latina y después pasó a la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), donde fue secretaria general. Es costarricense, amable y una mente brillante.
Reitero mi punto: tras ochenta años de institución vigente, ya sería hora de que Naciones Unidas fuera liderada por una mujer.

—Escribís en el diario El País: "Fortalecer el financiamiento para el desarrollo requiere también revisar el multilateralismo: no para desecharlo, como proponen algunas voces que niegan toda idea de un "nosotros" global, sino para dotarlo de eficacia". ¿Quiénes son esas voces que niegan el multilateralismo?
—Hay muchos liderazgos que hoy en día niegan explícitamente el multilateralismo, con Trump a la cabeza. Trump desfinanció a las Naciones Unidas. Quitó el aporte de los Estados Unidos al sistema de Naciones Unidas en general. Desfinanció la OTAN. Eso generó que los países europeos tuvieran que aumentar su gasto en defensa, en detrimento de las contribuciones destinadas al desarrollo.
Milei dijo que los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas son marxismo cultural y mantiene la postura de que se trata de una forma más de socialismo.
Y si bien hay un Objetivo de Desarrollo Sostenible enfocado en la igualdad de género, el resto apunta a reducir la pobreza o alcanzar una educación universal, cuestiones universales casi incuestionables.
Es llamativo tener hoy líderes que cuestionen el deseo de bajar la pobreza. Nos gustaría vivir en un mundo donde haya menos pobres. Sin embargo, para Milei, eso es marxismo cultural.
Hay elementos del modelo global vigente, sobre todo hasta la pandemia, que resultaron ineficientes. Aunque también hay que reconocer que el período posterior a la Segunda Guerra Mundial se trató del período de paz más duradero en la historia de la humanidad, donde se produjeron los mayores avances tecnológicos y materiales. Nunca tanta gente salió de la pobreza como en esos años.
Esto que ocurre a nivel global en el sistema de Naciones Unidas, que sin duda tiene que mostrar mayor eficiencia y trabajar en muchos aspectos mejorables, ocurre también en el Estado argentino. Este nivel de ajuste indiscriminado y la fijación del equilibrio fiscal como un objetivo prácticamente ciego conllevan riesgos muy grandes.
Se desarmaron políticas que funcionaban, cuya eficacia está muy demostrada, y que, incluso desde una perspectiva puramente económica, si no se toma en cuenta ningún otro tipo de enfoque, desarticularlas resulta ineficiente.
Actualmente, por ejemplo, se desarmó el el Plan Nacional de Prevención del embarazo no intencional en la Adolescencia (Plan ENIA), un programa que redujo el embarazo adolescente, algo que está probado.
Fue una iniciativa conjunta del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES) con Cippec.
Además la eliminación del plan ENIA resulta súper costoso si se hace el cálculo de cuánto cuesta un embarazo adolescente. Se trata de uno de los vectores más claros de transmisión de la pobreza entre generaciones.
El Plan ENIA articuló las iniciativas de educación sexual integral con la distribución de anticonceptivos, sobre todo de larga duración, como los DIU hormonales y los implantes subdérmicos, que demostraron tener mayor efectividad a la hora de reducir los embarazos no intencionales.
Hay evaluaciones concluyentes: entre 2017 y 2021, el embarazo adolescente cayó un 58% en todo el país.
El problema es que va en contra de la batalla cultural que encabeza Milei. Tiene el enfoque del aborto, un enfoque de género fuerte. Este gobierno sostiene que es una decisión que compete a las familias y no debe existir un involucramiento del Estado.
También se desmanteló todo lo referido al Fondo de Integración Socio Urbana (FISU).
En el área de integración social urbana hubo políticas muy buenas para atender el enorme déficit habitacional actual. Este déficit no es tanto cuantitativo —obviamente falta cantidad de viviendas—, sino sobre todo cualitativo. Millones de personas viven en casas en mal estado, con pisos de tierra y paredes de chapa, donde bebés y niños crecen y juegan sobre un piso de tierra.
Allí hubo distintas iniciativas orientadas a mejorar la calidad de esas viviendas, que resultaron muy buenas y costo-efectivas. Por estar cerca de los movimientos sociales, se juzgó que todo eso debía desaparecer, y efectivamente desapareció.
De hecho, las políticas del Ministerio de Desarrollo Social deben haber quedado cerca de un 20% respecto de lo que había antes.
El Fondo de Integración Socio Urbana (FISU) dependía del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación; era la Secretaría de Integración Socio Urbana, que ya no existe más. Construía viviendas y realizaba mejoramientos habitacionales.
Se había armado un fondo de Integración Socio Urbana ideado y creado durante la gestión de Mauricio Macri, con profesionales de gran conocimiento del mercado financiero. Con las ganancias de un fideicomiso se financiaban construcciones.
Lo generó Macri y su secretario de Integración Socio-Urbana de ese momento, Sebastián Welisiejko. En la época de Alberto Fernández el proyecto siguió. El gobierno actual asoció todo a la figura de Grabois y lo eliminó por completo.
A nivel de impacto hay datos muy corroborables para demostrar su eficacia, sobre todo en el programa más grande, llamado "Mi Pieza", destinado al arreglo de habitaciones particulares dentro de viviendas.
—Sobre la universidad pública, ¿por qué es tan importante?
—La universidad pública es un vehículo de ascenso social. Poca gente llega a la universidad en la Argentina, y esa poca gente estaba extremadamente sesgada por su nivel socioeconómico. Ahora lo está un poco menos gracias a la existencia de más universidades públicas.
Asimismo, todo el sistema educativo en general, y en particular la universidad, cumple el rol de ser una de las principales instituciones de socialización, de hacer sentir a los individuos parte de algo más grande. En este contexto de vínculos tan rotos y de una fractura social tan grande, la universidad genera un valor significativo. Que sea pública garantiza un acceso más diverso. Por ese motivo resulta aún más importante generar ese sentimiento de pertenencia en mucha gente heterogénea.
—En el libro "El género del trabajo" escriben sobre la líder política feminista Julieta Lanteri, quien no esperó a que la ley cambiara, sino que buscó una grieta legal en el censo para forzar su ingreso al padrón electoral. ¿Qué grietas se deberían encontrar en el tiempo presente para unir la macroeconomía sustentable con el desarrollo?
—Resulta fundamental tener buenas condiciones macroeconómicas, pero hay que comprender que tener un riesgo país bajo no le cambia la vida a nadie per se. Se necesita lograr que los mecanismos estén bien firmes para que un buen nivel de riesgo país genere las oportunidades esperadas. Esa cadena causal no siempre funciona y se advierte claramente en estos meses.
En la actualidad, si se observan los fundamentals, la inflación está mejor que hace dos años. Al analizar las reservas del Banco Central, el riesgo país o el déficit fiscal, los números son positivos en comparación con los últimos cuarenta años de la Argentina. Aunque al observar el empleo, la calidad del trabajo, el poder adquisitivo de las personas y otros datos más cercanos a la economía real, el panorama es alarmante.
Resulta evidente que esos fundamentals no se traducen automáticamente en una mejor calidad de vida si no se toman determinadas medidas políticas.
Para que la economía se traduzca en un mejor desarrollo, las políticas públicas son necesarias. El principal mecanismo capaz de generar esa traducción es la generación de empleo. La forma de recibir los beneficios de la estabilidad macroeconómica y de un eventual crecimiento es a través del empleo.
Hay que poner un foco muy grande no solo en asegurar esos puestos de trabajo, sino en que las habilidades demandadas estén más o menos en diálogo con las capacidades de la población. Se trata de un desafío enorme para la Argentina. Hoy solamente un 11% de quienes terminan la secundaria lo hacen en tiempo y forma; es decir, con la edad esperada, con los conocimientos básicos de lectura y escritura, y con el manejo de operaciones matemáticas básicas.
—¿Y esa poca demanda laboral podría traducirse en una derrota electoral para el gobierno?
—Tiendo a creer que el gobierno tiene una mirada excesivamente centrada en un único grupo de variables, muy ligadas al equilibrio y a la estabilidad macroeconómica. Y si bien es una condición indispensable, no es suficiente. Más allá de que la ausencia de una mirada más integral represente un desafío para la sostenibilidad política del proyecto, también le pone un signo de interrogación grande a la sostenibilidad económica y social. ¿Qué va a pasar en la calle cuando la gente ya no tenga forma de conseguir qué comer?
—Si tuvieras que dar alguna sugerencia a Milei, ¿cuál le darías?
—Escuchar un poco más y hablar un poco menos. Es algo básico; ya se sabe lo que se sabe. Siempre se gana un poco más al escuchar que al hablar.
