Rumbo a 2027

Facundo Suárez Lastra: “Maximiliano Pullaro o Alfredo Cornejo podrían ser buenos candidatos a la presidencia”

Con críticas al estilo de conducción de Mauricio Macri y a la visión del Estado del mileísmo, el destacado dirigente radical Facundo Suárez Lastra pide conformar un nuevo espacio opositor. Advierte que el partido centenario desaparecerá si los gobernadores evitan asumir el desafío presidencial.

Suárez Lastra insta a los líderes radicales a salir de la zona de confort para presentar una alternativa competitiva en las próximas elecciones.
Suárez Lastra insta a los líderes radicales a salir de la zona de confort para presentar una alternativa competitiva en las próximas elecciones.
Ramiro Gamboa 17 junio de 2026

Facundo Suárez Lastra nació con la política en la sangre y la geografía porteña trazada en la suela de los zapatos. Durante sus años de colegio secundario en el San Pedro de la calle Pacheco, la rutina dibujaba una diagonal entre el centro y la zona norte. Vivía en Barrio Norte, pero los mediodías lo encontraban con frecuencia en Martínez, compartía almuerzos en las casas de compañeros como Martín Stern. Eran años de ebullición y descubrimientos, de recitales de rock amenizados por bandas juveniles como los Beatniks y Contraluz. 

La política no tardó en filtrarse por las grietas de esa adolescencia. Corrían los tiempos de la presidencia de Lanusse. Su padre, un dirigente radical abocado a los temas de energía, organizaba las reuniones de “El Ombú”, el nombre de una singular peña de mentes politizadas que realizaba sus encuentros mensuales en las instalaciones del Plaza Hotel. Allí, el joven Facundo presenció charlas de figuras de la talla de Adolfo Suárez, primer presidente del Gobierno de España tras la dictadura franquista, y escuchó a Federico Storani disertar sobre el radicalismo en el movimiento estudiantil. 

El ingreso a la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires marcó el inicio de una militancia vertiginosa, un paso que dio a la par de su amigo de la adolescencia, Juan Boni Radonjic. Se toparon de frente con Enrique “Coti” Nosiglia, que repartía volantes, y con María del Carmen Banzas, futura esposa de Leopoldo Moreau. La juventud radical de aquel momento conformaba un círculo cohesionado por la geografía de Recoleta. 



Pronto, su elocuencia natural lo empujó al frente. Tras asistir a un par de asambleas, donde exigían la derogación del curso de ingreso —“un error del cual me arrepentiré toda mi vida”, detalla con humor hoy—, llegó el momento decisivo. “Apenas empiezo a concurrir a las reuniones, Nosiglia me invita a tomar un café a la vuelta de mi casa. Me dice que me tengo que hacer cargo de la agrupación de la facultad. Terminé convertido en uno de los pocos oradores que había”, evoca.

Suárez Lastra no construyó su juventud únicamente al calor de las asambleas o en despachos legislativos. A los 25 años, forjó su temple en la aspereza del sector privado. Ejerció como director de Necchi Argentina, una empresa metalmecánica en San Martín con trescientos obreros —famosa sus máquinas de coser—, y representó al directorio familiar en una importante radio mendocina. “Esa experiencia daba habilidades y relaciones distintas a las del resto”, reflexiona.

Con la ansiada recuperación democrática, su ascenso adquirió una velocidad meteórica. Tras presidir el Concejo Deliberante porteño, asumió como viceministro del Interior junto a Antonio Trócoli al frente del ministerio. Eran los días históricos de la Conadep. En la actualidad, Suárez Lastra reivindica el rol de Trócoli: “El Juicio a las Juntas fue una decisión del gobierno. Trócoli dio un discurso en televisión, con los militares en los cuarteles, en el que explicaba que los juicios eran un acto de justicia y no una persecución contra las instituciones. Había una Argentina de otro volumen”, subraya.



El clímax de esa carrera cristalizó a sus 32 años, cuando Alfonsín lo designó intendente de la Ciudad de Buenos Aires. La exposición pública se multiplicó de manera exponencial. “Haber sido elegido a los 32 años por el mejor político contemporáneo para esa responsabilidad… Ya está. Misión cumplida”, dice Suárez Lastra. Esa inmensa visibilidad lo catapultó a la cima de las encuestas de su generación, coronó un recorrido que comenzó en los despreocupados almuerzos de Martínez y lo depositó, antes de cruzar el umbral de la madurez, en el epicentro del poder porteño. Con la perspectiva de esa vasta trayectoria, Suárez Lastra dialoga con El Economista sobre el presente y el futuro del radicalismo, y analiza la construcción de una alternativa política frente al kirchnerismo y al mileísmo de cara a 2027.

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—Al repasar los años de Cambiemos de 2015 a 2019, ¿cómo recordás el origen de ese espacio y la actitud de Macri hacia el radicalismo?

—Nosotros vimos en Cambiemos una alternativa interesante para ponerle un freno al kirchnerismo, en un momento en que el radicalismo había perdido mucho peso relativo y arrastraba una crisis grande. Los cinco gobernadores del partido se habían pasado al oficialismo. Un dirigente radical como Julio Cobos fue candidato a vicepresidente de Cristina Kirchner. El radicalismo fue objeto de una cooptación y eso le generó una enorme dificultad para conformar una oposición clara.

Ese espacio opositor lo ocupó el PRO por un lado y la Coalición Cívica por el otro. Asimismo, figuras de origen radical, como Ricardo López Murphy absorbieron gran parte de nuestros votantes. Esa situación nos llevó a buscar estrategias para potenciar la competitividad, y la verdad es que resultó una apuesta interesante.



Cabe destacar que en las PASO hubo que aceptar instancias previas. Primero surgió UNEN, donde confluían la Coalición Cívica, el socialismo, Pino Solanas y el radicalismo. A medida que Mauricio Macri comenzó a crecer, varios referentes llegamos a la conclusión de que, de ir separados, el kirchnerismo volvería a ganar; era necesario unirse. Varios nos alineamos en esa postura.

El problema de Cambiemos radicó en ser una alianza electoral y no una alianza de gobierno. Macri se la jugó sólo: veía en el radicalismo un problema y no la pieza necesaria de ayuda. Fue sectario. 

Macri tiene un estilo de jefe que no consulta, y entre los radicales hay que hablar, consultar y conversar las cosas. Tenía aliados que le resultaban incómodos. Tanto Elisa Carrió como nosotros somos gente que exige explicaciones: si se aumentan las tarifas, hay que detallar por qué, cómo, cuánto, y hasta qué punto se tomarán medidas con los jubilados. Ellos estaban acostumbrados a avanzar sin dar mayores explicaciones.



Macri era el jefe, como si fuera el presidente del directorio de una empresa con el control de las acciones. Ahí había una incomodidad con el partido, a pesar de que el radicalismo actuó con enorme lealtad.

Toda la defensa política de las leyes de Cambiemos recayó en nosotros: el presidente del interbloque en Diputados era Mario Negri y en Senadores, Luis Naidenoff, ambos radicales. El partido se comportó muy bien y Macri fue muy desagradecido.

Nosotros propusimos una coalición de gobierno y él respondió que se trataba solo de una alianza electoral en el Congreso, que el gobierno era él y hacía lo que quería. Resultó frustrante escuchar esa declaración apenas ganó la elección; antes de asumir dijo: “Acá no hay coalición, yo soy el presidente”.



MACRI Sanz
Suárez Lastra: “El partido se comportó muy bien y Macri fue muy desagradecido”

—En la reciente cumbre que reunió a dirigentes de diecinueve provincias, el radicalismo debatió la construcción de una opción electoral propia. ¿Cómo avanza ese armado?

—Viene muy bien, con mucha expectativa. En el radicalismo hubo gran receptividad; nos fue muy bien. Hicimos una reunión con 140 dirigentes de diecinueve provincias. Hay un espíritu para que el partido genere una convocatoria, pero sin repetir el esquema de Macri. Para sumarse, primero debe aclarar que no le parece fenomenal la gestión de Milei ni busca su continuidad. Tiene que reconocer las graves dificultades del proyecto económico, político y social actual.



—¿Cuáles son esas dificultades?

—En términos políticos, la veta autoritaria y el desprecio hacia las otras fuerzas. Además, su concepción del Estado resulta problemática. Una cosa es buscar un Estado eficiente, que no represente una sobrecarga para el erario público ni para los contribuyentes, y otra muy distinta es considerarlo un problema en sí mismo o afirmar que los impuestos son un robo. Muchos radicales toman en serio sus declaraciones y advierten que dice barbaridades. 

El radicalismo no se siente cómodo con la premisa de que los entes públicos son inútiles. El INTA puede tener exceso de personal, pero resulta completamente falso afirmar que no sirve. Los institutos científicos y tecnológicos estatales cumplen un papel clave en todos los países capitalistas del mundo. El kirchnerismo los distorsionó, los partidizó, utilizó mal los presupuestos y generó un enorme gasto estructural al sobrepoblarlos. Sin embargo, la solución es sanearlos con precisión, no eliminarlos. Se requiere un Estado con un rol activo. La economía debe abrirse, pero con cautela. En un mundo globalizado, los países desarrollados se protegen de la expansión de China, que atraviesa una crisis de sobreproducción. La defensa frente a la competencia desleal es importante; creer que una apertura indiscriminada resulta siempre positiva exige revisión y sumo cuidado.



Tampoco hay que apoyar a las corporaciones tradicionales. El régimen de Tierra del Fuego es una barbaridad.

Además, considerar la justicia social como una aberración es un error conceptual grave. Se necesita construir sociedades integradas, armónicas, con vínculos fluidos entre las fuerzas productivas y del trabajo, y con empatía social. Ese perfil libertario resulta dañino, peligroso y destinado al fracaso.

El radicalismo busca defender con firmeza una política antiinflacionaria. Hay que bajar la inflación de manera indefectible, sin ligereza. Es el problema principal que frena la inversión de los propios argentinos. Hay US$300.000 millones de argentinos fuera del sistema y, al mismo tiempo, se busca atraer inversiones extranjeras, que, por supuesto, son bienvenidas. 



Resulta insostenible que la tasa de interés en los bancos sea menor que la inflación. Esa distorsión convierte a la Argentina en el país con menor participación relativa del crédito en el producto. Mientras la media de América Latina ronda el 40%, a nivel local apenas alcanza el 10%. Esa dinámica es anticapitalista. El capitalismo se democratiza solo con acceso al crédito; así, quien carece de recursos pero tiene una idea o un proyecto, puede concretarlo. Sin crédito, los negocios quedan restringidos a quienes ya concentran el capital.

—En 2015, al aliarse con Cambiemos, el radicalismo tenía territorio pero le faltaba un candidato fuerte.

—Exacto. Hoy nos falta ese candidato. Tenemos recursos y buenos gobiernos locales, pero resultan irrelevantes a nivel nacional. Maximiliano Pullaro o Alfredo Cornejo podrían ser buenos candidatos a la presidencia, si asumieran que lo territorial no alcanza ni para empezar. El radicalismo gobierna cinco provincias, aunque el poder territorial es intrascendente, es un poder sin consecuencias políticas. A pesar de tener quinientos intendentes, el radicalismo no sale de su irrelevancia ni llama la atención.



Cornejo Pullaro
Facundo Suárez Lastra: “Maximiliano Pullaro o Alfredo Cornejo podrían ser buenos candidatos a la presidencia”

—Si el despliegue territorial que tanto Pullaro como Cornejo priorizan no alcanza, ¿cuál es el componente indispensable para lograr peso político a nivel nacional?



—Tener un mensaje nacional capaz de presentar una alternativa a Milei. Para eso, quienes se encuentran en una mejor posición y representan los mejores perfiles son precisamente Cornejo y Pullaro. Tienen experiencia de gestión y gobiernan provincias con bastante autonomía económica con relación al gobierno nacional. Son distritos con una gran dinámica productiva, donde se concentran los sectores con mayor capacidad para contribuir a una alianza política y social capaz de generar una alternativa: la metalmecánica, el agro, la industria frutícola y la economía del conocimiento. Tanto Santa Fe como Mendoza tienen una composición muy compleja. Tienen buenos liderazgos, pero esos dirigentes deben dejar de ocuparse exclusivamente de su propia baldosa para mirar el patio entero. El partido puede seguir a la defensiva, pero con cinco buenos gobiernos provinciales, hoy no le brinda una alternativa real a la Argentina.

—¿Cómo se les exige una candidatura presidencial si tienen el incentivo de asegurar la reelección en sus propias provincias?



Hay que poner a otro y jugársela por el país. Va a desaparecer el radicalismo; no todas las fuerzas políticas tienen la capacidad de construir lo que el partido radical podría articular.

Macri pudo armarlo en su momento, pero se le agotó ese poder. Varios dirigentes se apartaron de su espacio, otros se comprometieron con La Libertad Avanza, y él mismo es un líder que viene de un fracaso político. Nosotros, al contar con figuras de recambio, no podemos renunciar a ejercer ese liderazgo. Es inimaginable suponer que líderes de la UCR como Aristóbulo del Valle, Alem, Illia, Balbín, Alfonsín, De la Rúa o Angeloz declinen su candidatura a la presidencia frente a una instancia decisiva; pareciera que los dirigentes actuales carecen de sangre.

La apelación que hacemos es clara: basta de cuidar la chacrita. Por proteger ese espacio mínimo, el radicalismo va a desaparecer y lo va a arrasar la ola de lo que venga, ya sea de Axel Kicillof, la reelección de Milei o una tercera opción conducida por otros que los llevará a perder incluso las provincias. Somos dirigentes políticos para transformar este país, para liderarlo. El partido nació con ese propósito, no para atrincherarse en gobernaciones provinciales al amparo de proyectos personales de quienes buscan perpetuarse.



No hay tiempo, hay que hacerlo ahora.

—¿Considerás que el radicalismo puede romper la polarización entre Kicillof y Milei? 

—Hay tanta expectativa de que la situación mejore que, si se arma una propuesta consistente, con volumen, donde participe gente del PRO, del radicalismo, de la Coalición Cívica, del socialismo de Santa Fe y que incluya a sectores progresistas, es posible dar pelea para entrar en una segunda vuelta. Quien saque 25% llega al balotaje, y quien compita en esa instancia contra Axel Kicillof o contra Javier Milei, con este nivel de expectativa, gana.



Lo vemos como un proyecto a futuro; en el caso de no llegar y salir terceros, queda sentada una base para que dentro de cuatro años exista una alternativa que no sea peronista, ni kirchnerista, ni libertaria.

Esta semana compartí una comida con un grupo de amigos de toda la vida; éramos cuatro. Yo había votado en blanco y los otros tres habían elegido a Milei. De esos tres votantes del presidente, hoy dos afirman que no lo volverían a elegir. Dicen: “Votamos a cualquiera que no sea peronista o votamos en blanco, pero a este tipo no lo volvemos a votar, no queremos que el país esté gobernado por alguien así”. El tercero, en cambio, admitió que, frente a un eventual escenario contra Kicillof, se taparía la nariz y lo volvería a votar a Milei.



Hay un espacio vacante y queda a la vista, especialmente por las convocatorias que recibimos, como en la reciente reunión de dirigentes radicales que tuvo lugar el pasado viernes 29 de mayo en El Obrador, un espacio cedido por el sindicato de los trabajadores de los organismos de control. Hubo que salir a buscar sillas; el salón estaba reservado para 100 personas y asistieron 140 dirigentes de 19 provincias. 

Salió muy bien y el común denominador apuntó a armar una alternativa amplia. Hay que presentar candidatos propios para competir en una PASO contra figuras del PRO y de la Coalición Cívica. Aparecieron muchos dirigentes jóvenes interesantes, de unos 35 años, que gobiernan ciudades con gran capacidad de gestión. El propio presidente del radicalismo, Leonel Chiarella, es un intendente de una ciudad intermedia que obtiene el 80% de los votos. ¿Qué otro partido cuenta con algo similar?



Si Milei pudo ganar las elecciones, resulta inaceptable carecer de un dirigente radical instalado, con ideas útiles e interesantes para el país. No alcanza con defender una gobernación específica, porque al final el partido se queda sin nada. 

Frente al modelo de país actual, es necesario aprovechar el esfuerzo ya realizado. Esta idea de época, caracterizada por una economía ordenada, el equilibrio fiscal y la apertura al mundo, debe mantenerse. Hay cambios estructurales que requieren respaldo, y resulta fundamental dialogar con las demás fuerzas políticas para lograr su sostenibilidad.

Puede que el RIGI no sea ideal, por su extensión excesiva y el alto costo fiscal proyectado a 30 años; sin embargo, una vez aprobado, ya es un hecho. La sociedad argentina debe tener la capacidad de evaluar las medidas a largo plazo, sin romper contratos de manera sistemática.



Mayoritariamente, el radicalismo comprende ese espíritu de época, pero busca disputarle a Milei y al peronismo la conducción de un proyecto sensato, en alianza con otros sectores.

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