En distintas épocas, el periodismo fue considerado como institución, espectáculo, aventura. Sin embargo, su importancia se juega, en particular, en su función tan incómoda como necesaria para oxigenar la vida democrática. Por algo, el siglo XX ha nombrado al periodismo como el cuarto poder. Como recuerda la "Fundación Gabo", una sociedad no puede ser libre si desconoce lo que sucede. Esa misma preocupación ya estaba presente en 1947 en un comité de expertos convocado en Estados Unidos por la Fundación Hutchins, que definía al periodismo como la obligación de ofrecer un relato veraz, exhaustivo e inteligente de los acontecimientos, en un contexto que les dé sentido.
En Argentina, ese principio quedó consagrado tras el retorno de la democracia en 1983, cuando la Constitución garantizó la libertad de expresión. Con el tiempo, también se eliminaron del código penal delitos como el desacato, la calumnia y la injuria, lo cual intentó representar un paso importante hacia la consolidación de un marco más abierto para la prensa. En democracia, es tarea del periodismo cuestionar y meter el dedo en la llaga del presente.
Hoy, sin embargo, informes internacionales advierten que el país retrocedió de manera significativa en los rankings de libertad de prensa: en 2023 estaba en el puesto 66 y en 2024 cayó al 87 entre 180 países, según Reporteros Sin Fronteras. Al mismo tiempo, el cierre de medios se volvió una realidad constante.

Vladimir Putin, en Rusia, perfeccionó otra técnica: usar a los servicios de inteligencia para arruinar a sus críticos. Como el montaje contra el fiscal Yuri Skuratov, filmado en una cama con prostitutas, en pos de borrar de un plumazo una investigación por corrupción. Esta historia, contada en el libro Rusos de Putin de la periodista Hinde Pomeraniec, fue la versión moscovita de la campaña de desprestigio, antes de la inteligencia artificial y los vídeos falsos.
Argentina, una vez más, parece quedar en medio de esas dos corrientes. La lógica del espectáculo hostil que inauguró la era Trump, donde cada insulto se transforma en un potencial rédito político y mediático. Y la lógica de la práctica de desprestigio sistemático que Putin llevó a un extremo con la manipulación de los servicios de inteligencia. La Argentina actual atraviesa múltiples problemas y desafíos entre los cuales el económico lleva la delantera. Pero uno de ellos, constante y preocupante es el de los insultos desde el presidente o desde sus funcionarios a la prensa. El país polarizado está viviendo una nueva grieta, ahora, entre el gobierno y los medios que lo cuestionan.
Entre otros, el caso del periodista Hugo Alconada Mon, este año, lo muestra con nitidez. Tras publicar un informe sobre la SIDE y su plan de inteligencia contra periodistas y economistas, recibió un ataque sistemático y coordinado contra sus cuentas, amenazas desde teléfonos anónimos y hasta la inclusión de su nombre en sitios pornográficos. El mecanismo recuerda a los manuales del Kremlin: desacreditar, asfixiar, desmoralizar. Julia Mengolini, mientras tanto, recibió difamación a través de un vídeo pornográfico falso generado por IA y difundido por el propio presidente. Roberto Navarro terminó hospitalizado tras una agresión física. Y los reporteros gráficos que cubren protestas frente al Congreso padecen, cada vez más, gases lacrimógenos, golpes y detenciones arbitrarias al punto que el fotógrafo Pablo Grillo terminó gravemente herido y con riesgo de vida hasta que pudo, muy de a poco, recuperarse.
Sin embargo, circunscribir los graves efectos de lo sucedido solamente a título personal sería un error, en tiempos donde la "victimización" aparece como un modo de organizar el presente, pero no de transformarlo. Como reflexionó Tomás Eloy Martínez, el periodismo "no es un circo para exhibirse, sino un instrumento para pensar, para crear". La pregunta de fondo no es cuántos insultos recibe un periodista —que desde luego son condenables—, sino cómo el periodismo, incluso en condiciones hostiles, sigue contribuyendo a la vida democrática. Cada nota publicada, cada foto tomada bajo condiciones hostiles, cada investigación que sobrevive a un intento de censura, vuelve a poner en escena la idea más simple y más difícil de la tarea: que el poder necesita ser observado, incomodado, narrado.

Hinde Pomeraniec, periodista y autora de Rusos de Putin, reflexiona para El Economista: "Las razones de la crisis del periodismo son múltiples y fueron llegando desde diferentes frentes que van de lo tecnológico a lo económico y a lo político, con diversos grados de complejidad". Su mirada conecta la precarización de la vida profesional —"más del 80% de los periodistas de gráfica tienen entre tres y cuatro trabajos y en el que más ganan lo hacen por debajo de la línea de la pobreza"— con el nuevo clima de hostigamiento del gobierno libertario .
Distingue dos afrentas de Milei contra la prensa. De un lado, Pomeraniec ubica los insultos escandalosos, cuando los periodistas comparten la furia presidencial con médicos, científicos, intelectuales, artistas o empleados públicos —"más difícil que llegue a llamar 'mierda humana' o 'sorete' a alguien que no sea periodista", observa—. Del otro lado señala que la acusación de ser "ensobrados" resulta todavía más corrosiva, porque instala en la ciudadanía la idea de una corrupción generalizada en un oficio empobrecido, algo que define como "violentamente insultante".
La tarea más complicada, admite Pomeraniec, es administrar la indignación, tanto ciudadana como profesional. "Mantener la cabeza fría es lo que más está costando y es una cualidad fundamental para poder seguir analizando la política de la manera más equilibrada posible sin victimizarse ni buscar revancha", reflexiona. Pomeraniec agrega que tan grave como la ira presidencial es la actitud "servil" de algunos entrevistadores complacientes capaces de escuchar las "barbaridades desorbitadas" que Milei dice en las entrevistas —muchas veces contra sus colegas— sin que se les mueva un músculo. "Veo en ellos un gesto que me avergüenza por compartir el oficio", afirma.
Comparte con El Economista, el escritor y periodista Martín Caparrós, su punto de vista: "Me parece patético, torpemente sobreactuado, el esfuerzo que hace este presidente para que no hablemos de lo que hace sino de lo que dice. No me preocupa que insulte a periodistas: es obvio que se insulta a sí mismo al insultarnos. Y creo que hay millones de argentinos a los que les molesta, lo cual no me molesta nada. Pero insisto: no hay que caer en la trampa de hablar de lo que dice. Yo, si fuera argentino, si fuera periodista, me dedicaría a contar con detalle cómo es el país que este señor está construyendo —o destruyendo. Entonces sí que le faltaría tiempo para odiar a los periodistas. Y, sobre todo, estaríamos haciendo algo que vale la pena, algo que en definitiva es nuestro trabajo: contar la realidad —no las bufonadas de un pobre hombre".

La periodista de TN y de Olga Luciana Geuna coincide con ese diagnóstico y elige mantener distancia frente a los agravios: "Tengo una actitud más distante con los insultos porque creo que distraen. Desde luego que repudio la agresión en redes y las consecuencias que generan. Pero desde el rol del periodismo, hay que ir por lo que nos constituye: investigar, revelar, encontrar historias que representen claves de esta coyuntura. Siempre desde ese lugar, se hace fuerte y cobra sentido nuestro oficio".
A esa mirada se suma Paula Moreno Román, periodista y actual presidenta del Foro de Periodismo Argentino (FOPEA): "La polarización no es nueva, pero se ha vuelto más agresiva. El tono que baja desde las máximas autoridades instala una forma de comunicación donde el agravio reemplaza al argumento. Y eso cala hondo: en el debate público, en la percepción que la sociedad tiene del periodismo, incluso entre los propios colegas. Pero no es sólo un estilo, sino más bien un síntoma de época. No alcanza con indignarse ni con señalar lo injusto y mucho menos con sumarse al juego de la provocación. Lo que se necesita, más que nunca, es volver a lo esencial: hacer bien nuestro trabajo. Informar con rigor, con honestidad, con sensibilidad. No para quedar bien ni para complacer, sino para servir. Porque el periodismo es eso: un servicio público. Estamos para verificar, contextualizar, curar información y dar sentido en medio del ruido. Esa tarea, que a veces parece invisible, es clave para mejorar el estado de salud de nuestra democracia".
Moreno Román advierte que no se trata de romantizar la profesión: "Hacer buen periodismo cuesta: tiempo, esfuerzo, recursos. Y todo eso escasea. Estamos en una industria en crisis, con modelos de negocios agotados, audiencias fragmentadas y una legitimidad golpeada. Pero también hay oportunidades. Hoy existen más herramientas que nunca para innovar. Apostar por la calidad es un acto profundamente político. Frente al escándalo, ofrecer contexto. Frente a la crueldad, sostener el oficio. Frente a la desinformación, validar. Eso también es dar la batalla".

La periodista Victoria De Masi —autora de Karina. La Hermana. El Jefe. La Soberana— reflexiona para El Economista: "Como periodista no me ofende que Milei nos dedique agravios o burlas; me parece, en cambio, un poco infantil de su parte, un poco adolescente. Todos los gobiernos desde la recuperación de la democracia han tenido detractores (y también voceros). Es saludable para la conversación pública que exista esa tensión entre poder y periodismo. A mi entender hoy el problema está en otro lado: ¿le importa a las audiencias para las que trabajamos que el presidente nos insulte? Al fin de cuentas él, su gobierno, y nosotros queremos lo mismo: captar la atención de los ciudadanos. Creo que a las ofensas se responde con más y mejor periodismo. Y ahí aparece el otro problema: ¿le importa a los medios de comunicación asignar presupuesto y tiempo para que sus periodistas se dediquen a investigar al poder? Esta época es una encerrona para los trabajadores de prensa".
Ezequiel Burgo, editor jefe de la sección Economía de Clarín, señala que los ataques personales contra periodistas como Joaquín Morales Solá, Julia Mengolini o María O'Donnell son evidentes, y asevera que también el presidente ha dirigido "sus embates contra una de las principales empresas periodísticas del país, el Grupo Clarín, con un tuit fijado contra esa empresa".
Advierte Burgo que lo realmente crucial no es tanto la hostilidad hacia los periodistas como la "salud" de las empresas periodísticas en la Argentina "porque esa es la mejor manera de garantizar un periodismo sostenible en el tiempo". En su visión, lo que está desafiado no son ya los trabajos individuales de cada quien sino el modelo de negocios en un contexto de acelerados cambios tecnológicos, competencia creciente y el grado de madurez de la industria.
"Si no se garantiza un ecosistema en el que esas empresas puedan desarrollarse, entonces sí creo que la democracia puede verse afectada. Hoy por hoy no lo está: el periodismo sigue funcionando, pero lo que más puede dañarlo no son los insultos, sino la falta de un mercado publicitario sólido que permita a los medios desarrollarse, planificar, crecer e invertir. Sean grandes emprendimientos o proyectos pequeños, ésa es la condición principal para que haya periodismo en un país y para que la democracia se mantenga equilibrada: que la economía crezca, que haya más inversiones y que los medios puedan sostenerse en forma independiente", agrega Burgo, que acaba de publicar un libro sobre Milei con "El Profe" de Pablo.

El periodista de Cenital Jairo Straccia introduce un matiz en la charla con El Economista. Para él, la principal condición que favoreció al poder en los últimos años frente al periodismo es la precarización de la profesión: sueldos bajos, escaso presupuesto para sostener investigaciones de largo aliento y cada vez peores condiciones para que existan periodistas de investigación.
Esa precarización, señala, se transforma en una ventaja estructural para los poderosos de la política y de la economía, y no se limita a este gobierno en particular. Pero ante este escenario, el desafío para el oficio, concluye Straccia, sigue siendo el mismo: "Dedicarse a buscar información, chequearla y tratar de ir a contracorriente del poder de turno, incluso cuando para llegar a fin de mes haya que tener varios empleos".
Se suma a las voces de distintos periodistas, en diálogo con El Economista, Juan Luis González, periodista de Perfil y autor de El Loco. González advierte que "una forma directa de medir el autoritarismo de un gobierno en sangre es observar cómo ataca a las instituciones encargadas de regular el poder del Ejecutivo". Y continúa: "La Justicia, el Poder Legislativo y el periodismo están en esa línea de instituciones que existen para velar, investigar y controlar al poder ejecutivo".
Lo que se observa en la nueva derecha, explica, es una relación "problemática con la democracia y en particular con la división de poderes".
"El ataque de Milei al periodismo revela una intención autoritaria que, en algunos países como El Salvador y Hungría, ya se volvió explícita: allí la democracia desapareció. En otros casos, está en transición. En Estados Unidos, o en el Brasil de Bolsonaro, aún queda por ver hacia dónde decanta, aunque ya se ha avanzado mucho en prácticas que antes eran incompatibles con la democracia y que hoy se ejercen sin reparos".

Respecto de la vocación autoritaria de la nueva derecha, González señala un condimento mesiánico que "vuelve la situación aún más crítica". En ese contexto, González recuerda que "el fotógrafo Pablo Grillo está vivo de milagro". Frente a lo cual se pregunta cuál será la siguiente escena de esta película. "Milei siempre es literal", desafía.
Distintas voces de periodistas, a las que desde luego se podrían sumar otras, que compartieron sus reflexiones con El Economista. El interrogante persiste. Ya no se trata, como antes, de si el periodismo —en tiempos libertarios— continúa siendo el oxígeno de la democracia. La cuestión ahora es más punzante: qué debe hacer para seguir siéndolo.
