Hace unos días, The New York Times publicó un artículo titulado "Room for One More on Mount Rushmore? (The President Wants to Know)" [¿Hay sitio para uno más en el Monte Rushmore? (El Presidente quiere saberlo)] firmado por John Branch y Jeremy White.
El artículo toma como disparador una serie de declaraciones que el presidente norteamericano Donald Trump hizo durante su primer mandato —y que volvió a reafirmar con más fuerza en su segundo término— en las cuales afirmaba que su sueño sería que aparezca su rostro en el Monte Rushmore, aquella particular escultura tallada en piedra en Dakota del Sur, que contiene a los presidentes George Washington, Thomas Jefferson, Theodore Roosevelt y Abraham Lincoln.
Con un tono amable, los autores del texto reflexionan sobre si insertar a Trump en la montaña sería factible; ya sea tanto en términos históricos como físicos.
Históricos, porque el presidente número 45 y 47 todavía está vivo, y, por lo tanto, no habría suficiente perspectiva histórica para juzgarlo.
Físicos, porque la estructura no aguantaría otra perforación más. De acuerdo a los expertos, insertar una representación del excéntrico pelo del republicano implicaría la caída de la naríz de Lincoln.
El Monte Rushmore se ubica en las Black Hills, un territorio que supo pertenecer a los antiguos pobladores Siux y que fue rebautizado así por Charles Rushmore; un empresario neoyorquino que inspeccionó la zona con la intención de dinamizar la minería a fines del siglo XIX.
En 1927, el historiador dakotense Doane Robinson le propuso al entonces presidente Calvin Coolidge construir el monumento para celebrar los ciento cincuenta años de la Declaración de la Independencia, a la vez que permita dinamizar el turismo de la zona. Hoy el Monte Rushmore es visitado por más de dos millones y medio de turistas al año.
El panteón fue diseñado y construido por el escultor Gutzon Borglum. Hijo de inmigrantes daneses mormones, Borglum se formó en San Francisco y París, donde se habría influenciado por la figura de Auguste Rodin. También estudió pintura, pero el trabajo en piedra fue lo que consagró.
La obra de Borglum se caracterizó por representar la identidad nacional. Antes del Monte Rushmore, realizó una escultura de Lincoln que fue colocada en la Casa Blanca y luego fue contratado para representar al general Robert Lee, el líder de la Confederación, es decir, el bando sureño durante la Guerra Civil, en Stone Mountain, Georgia.
Se dice que el proyecto en Stone Mountain habría sido financiado por Ku Klux Klan, del que Borglum habría formado parte. Aunque, los indicios aseguran que el artista no se habría caracterizado por tener una impronta racista, sino que solo le habría interesado conseguir fondos para alcanzar su meta.

El proyecto en Stone Mountain no pudo concretarse, pero le sirvió a Borglum para inspirar su siguiente obra: el Monte Rushmore.
El Monte Rushmore fue la obra más importante de la vida de Borglum. Murió en 1941 antes de completarla. Su hijo Lincoln Borglum intentó continuar el trabajo, pero solo pudo hacer retoques. El monumento quedó inconcluso respecto al diseño original.
The New York Times menciona que Borglum eligió a los cuatro presidentes que según su criterio más representaron a los Estados Unidos en sus primeros ciento cincuenta años de historia.
A lo largo del siglo XX, surgieron iniciativas para incorporar nuevas figuras: Francis Delano Roosvelt, John Fitzgerald Kenedy y Ronald Reagan. Pero ninguna tuvo el consenso suficiente para llevarse a cabo.
Con miras a la celebración de los doscientos cincuenta años de la Declaración de la Independencia en 2026, Trump vuelve a insistir con un tema punzante, con la intención de materializarse en la historia como un refundador.
Ahora bien, ¿qué tuvieron Washington, Jefferson, T. Roosevelt y Lincol para que sus figuras están retratadas en la montaña sin generar revuelo? ¿Es solo el paso del tiempo? ¿O fue productor de la élite norteamericana que impuso un discurso histórico?
Y, si pensamos esta situación desde la Argentina, ¿quiénes formarían parte del Monte Rushmore argentino?
Una hipótesis preliminar podría ser que en Estados Unidos la visión historiográfica —llamémosle rápidamente— "liberal" habría prevalecido sin inconvenientes.
En el único momento en que podría haber sido cuestionada por parte de los estados del Sur durante la Guerra Civil fue desactivada rápidamente; siendo Lincoln quién dió por terminado el debate.
A pesar de que Washington (líder de la Independencia) y Jefferson (redactor de la Declaración de la Independencia), provenían del Sur y representaban muchos de sus valores —es decir, tenían esclavos— nadie se animaría a cuestionar su lugar.
Quizás la irrupción de Donald Trump en la historia implicaría una ruptura en el consenso "liberal" de Estados Unidos.
Por su parte, en la Argentina, la visión historiográfica "liberal" habría sido canónica hasta la segunda mitad del siglo XX; hasta que habría surgido con más fuerza otra corriente —"revisionista"— que habría ofrecido otro conjunto de perspectivas en torno a quienes habrían sido los verdaderos padres fundadores de la patria.

La Pirámide de Mayo, el Monumento a la Bandera, el Monumento al Ejército de los Andes, por mencionar algunos, no resaltan en primer plano al rostro de los patriotas.
Otra hipótesis preliminar podría ser que a diferencia de los próceres norteamericanos, los argentinos no buscaron —o no pudieron— detentar el poder. Sino que murieron en el exilio, en la pobreza, o envueltos en polémica.
Cada gobierno de turno se ocupó de construir un símbolo que luego fue volteado por el siguiente.
Quizás Lionel Scaloni, superador de la disputa entre menottistas y bilardistas, pueda ubicarse en el Monte Rushmore argentino. Junto con Maradona y Messi. Y las copas del mundo. Seguro que con ellos no va a haber ningún problema.