"Creer que Trump es liberal es de zurdo burro": Milei
El 6/5/17 Javier publicó esa correcta afirmación. Trump, en campaña, abogó por "proteccionismo patriótico" y condenó a "políticos corruptos" que protegen a los trabajadores de China, Vietnam y Reino Unido.
Trump, con política arancelaria, quiere proteger al aparato productivo de EE.UU.: patriótico, dice, es proteger trabajo americano. Millones de trabajadores, descontentos con las consecuencias de la globalización de Clinton y Obama, lo votaron.
Milei es anarcocapitalista, un topo que quiere destruir el Estado. Su clave es derribar las barreras al libre comercio, encarecer la producción argentina atrasando el tipo de cambio y hacer "la vida más barata" con mollejas importadas.
La política que quiere llevar adelante Trump es "con el Estado".
La que impulsa Javier, Sturzenegger y la familia Caputo es, sin el Estado... excepto en Tierra del Fuego.
Javier cree que él y Donald son los dos líderes del mundo nuevo. Coinciden en que no hay "cambio climático por la acción humana" y postulan las energías sucias.
El resultado puede sumar presión al deterioro de nuestros términos del intercambio. Resultados contradictorios.
¿Pero en qué se parecen?
Cuando L. Lemoine, cosplayer internacional, diputada por LLA y vocera íntima de Milei, celebró a J. R. McCarthy y marcó una coincidencia metodológica, ese día vino a mi memoria la fotografía que, entrando en la adolescencia, me conmovió. Aquella tarde (junio de 1953) "La Razón 5°", a toda página, tenía la foto de los esposos Rosenberg sentados, cada uno, en su silla eléctrica, atadas las manos y con casco y cables, en la cabeza. Espías comunistas condenados a muerte por la Justicia. Después se supo que el hermano de Ethel, arrepentido, confesó haber mentido acerca de ella. Rosenberg era un espía, pero su señora no.
Mac Carthy fue, en Occidente, precursor de la "ingeniería del caos": difamación, odio, persecución, caza de brujas, con papel, radio y teléfono de línea y, en aquel caso, con el Estado de posguerra, prestigiado y poderoso.
Entonces era "ingeniería del caos": cultivar el odio y nublar la razón, confundir para atrapar a las masas. Sembrar desinformación, identificar culpables que no lo son, no resolver los problemas y confundir para eludir la responsabilidad de no haber hecho la tarea y "distraer". Provocar la indignación sobre un "chivo emisario".
Con los años aprendí las consecuencias horribles de aquella caza de brujas impiadosa. Ni remotamente parecido, en horror y consecuencias, a la degradación humana del nazismo, ni al horror de las purgas en la URSS, las guerras y tantos espantos previos y posteriores.
Lo de Mac Carthy había ocurrido en un sistema democrático, economía en desarrollo, expansión vertiginosa de las clases medias y mejora en la igualdad distributiva: el "american way of life".
Ese sistema consolidado de "bienestar compartido", por esa razón superó ese tropiezo. Occidente vivía un vertiginoso proceso de crecimiento económico, de desarrollo del potencial multidimensional y progreso social. Jean Fourastié llamó "Los 30 Gloriosos" en su obra consagrada a ese progreso, sin precedentes, de las democracias que superaban, en todos los planos, a los regímenes dictatoriales del socialismo real.
La construcción de la democracia estadounidense, con sus tres vías convergentes -libertad, igualdad, fraternidad-, logró rápidamente, gracias a ese tejido social de sólida plataforma económica, superar el riesgo colectivo de la técnica de dominación del "chivo emisario", o lo que hoy, gracias a E. da Empoli, llamamos "Los ingenieros del caos" (Grupo Anaya, Madrid, 2020) que, el "macartismo" había impulsado y que aquella salud democrática logró abortar.
Una sociedad libre, en la que la igualdad progresa y la fraternidad toma sentido, es una en la que la mecánica de los "ingenieros del caos" no puede prosperar, porque se generan anticuerpos, porque la sociedad civil, distinta del poder estatal y del económico, tiene voz y presencia y forja consciencia de las necesidades de la preeminencia de los valores en la vida pública. Parafraseando a E. Morin, ahí hay "política con consciencia".
La experiencia socialista implosionó y como una metáfora, el Muro que dividía a Berlín fue desmontado por la marea humana que reclamaba el fin de un régimen que, en nombre del progreso, había generado la deshumanización de la vida social y estancamiento económico.
Todos celebramos aquellos días de libertad y democracia, el fin de los controles y el espanto del partido y el pensamiento únicos, y el espionaje para silenciar la verdad; lo que nos lo contó "La vida de los otros" (2006), sobre la policía secreta (Stasi) vigilando la vida intelectual en la RDA.
Lemoine, el 2/11/24, rescató al senador Mc Carthy, un miserable que practicó, en la democracia más consolidada, el "patrullaje ideológico", la "Stasi" en Estados Unidos.
Para entender a Lemoine hay que recordar que el 30/10/24 D. Mondino fue despedida de la Cancillería, lo que fue tan irrelevante como su designación, pero el destemplado despido incluyó que "el PEN iniciará una auditoría del personal de carrera de la Cancillería, con el objetivo de identificar a impulsores de las agendas enemigas de la libertad".
A cargo de esa "misión libertaria de persecución ideológica" fue designado Gerardo Werthein, el mismo que aseguró que "la mejor candidata es Cristina Kirchner" que "está llevando las riendas del país y lo está haciendo muy bien" que "tiene una gran virtud, porque es una persona que escucha y motiva".
"En este contexto mundial difícil, Argentina está muy bien parada"; "hemos salido de un modelo de especulación financiera para pasar a un modelo de producción" y "la Argentina tiene la oportunidad de ingresar entre los 15 mejores países del mundo" (Infobae 21/3/11).
Javier designó a quien, por afinidad declarada, conoce a fondo "kirchnerismo" y otras especies de las que puede haber resabios en la Cancillería. Gerardo está preparado para la caza de brujas, las conoce y las ha amado, según sus declaraciones y ya sabemos "sólo hay odio donde hubo amor" (Ódiame, Antonio José, 2017).
Las purgas criollas no son nuevas. Cualquiera sea la valoración que se tenga del primer peronismo y de la revolución que lo destituyó; y la muchísimo más dolorosa que sufrió mi generación con las purgas ("ajusticiamientos") que los guerrilleros (y simpatizantes pasivos) practicaron a sangre y fuego (y al boleo) y la posterior purga represiva de la Dictadura Genocida, sabe de qué hablamos.
Durante todas esas "purgas", para ser designado en la Administración, había que superar el informe de "pureza ideológica del momento", por ejemplo, no ser gorila, no ser peronista, no ser "comunista". "No ser".
La llegada de R. Alfonsín, por eso es considerado padre de la democracia, instaló -creíamos para siempre- el fin de las "purgas". Por eso asombra la autocensura (la peor de las autopurgas por cobardía) de R. de Loredo, jefe del bloque radical, que permaneció sentado mientras Milei acusaba de golpista, y de algo más obscuro aún, a Alfonsín y las tristes declaraciones de los gobernadores radicales al salir de la Rosada disculpando -vaya a saber por qué liviandad- las ofensivas declaraciones del Presidente sobre don Raúl.
Alfonsín reinauguró el fin de la intolerancia y el valor del respeto profundo a las ideas de los demás. Y estos nuevos radicales "jefes libertarios" aceptaron en silencio la intolerancia y la falta a la verdad para con él que dicen representar.
Para mi generación el abrazo de dos adversarios, que fueron enemigos, Ricardo Balbín y J. Perón, fue el primer gesto de la "amistad política", materia prima de la democracia alumbrada en "La Hora del Pueblo" (1971).
Aquello duró lo que un lirio bajo las balas de la canalla de Mario Firmenich, que dio luz verde para el asesinato de José Rucci y el fin de una breve primavera democrática que, asediada por las balas montoneras, desembocó en el horror de la Dictadura Genocida.
Desde Alfonsín y hasta "Clarín Miente", vivimos un clima razonable de amistad democrática, más allá de las idas y vueltas de la economía que ya daba signos de lo que, más adelante, sería el estancamiento de largo plazo en el que aún hoy estamos instalados.
Pero, desde la crisis de fin de siglo, con años de acumulación de desempleo, aumento de la pobreza y crecimiento acelerado de la desigualdad, el clima político se envileció. Las fotos de periodistas expuestas en la Plaza de Mayo, para que, impulsadas por mayores extraviados, los chicos las escupan; la grieta impulsada por el kirchnerismo y el "progresismo" a partir de la 125, pasó a ser el eje de toda discusión política. Desde entonces nos definimos más que por lo que deseamos, por aquello que odiamos o queremos impedir: pensamiento negativo o cancelación del pensamiento.
Detrás de esa indignación, está el fracaso de la vida colectiva, el escándalo de la magnitud homérica de la pobreza y la explosión de la desigualdad, la magnitud de la acumulación reciente de "nuevos ricos" mayormente resultado de "concesiones públicas" (privatizaciones, Tierra del Fuego, "n" versiones de carry trade y saqueos, etc.) que conforman una "nueva oligarquía", "pintoresca pero ordinaria", como decía JPR, y nacida en el estancamiento.
En ese clima navegan, con viento favorable, los "ingenieros del caos" que monetizan electoralmente el odio porque hay una base de resentimiento nacido de la expansión de la desigualdad que implica haber perdido el sentido del destino común. Pasa en Occidente.
Hay "una razón": la democracia es la convergencia necesaria de tres vías, la custodia de la libertad, la marcha hacia la igualdad y el cultivo de la fraternidad. Las tres a la vez y aunque duelan.
Desde el fin de los "gloriosos 30" la desigualdad, el desempleo, el trabajo desamparado, van ganando terreno y ese es el terreno abonado para los "ingenieros del caos".
Todo tan loco como creer que Milei es liberal y que con él celebraremos la democracia. Es de diestro burro, diría Javier. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar