Cultura porteña

Gabriela Ricardes: "Jorge Macri tiene un compromiso mucho mayor al que tuvo Horacio Rodríguez Larreta con la cultura"

Una acción vale más que mil palabras. Con una agenda dinámica y variada, la ministra Gabriela Ricardes está a cargo de la vida cultural de una de las capitales del mundo. Políticas y desafíos del día a día de la gestión.
“El consumo cultural no debe estar regulado sólo por el mercado”, señala Ricardes.
Ramiro Gamboa 26-06-2026
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Hay una geografía afectiva trazada bajo el sol de Buenos Aires, un hilo capaz de unir el asfalto de Villa Crespo con la cúpula del Teatro Colón en pleno centro. Quienes crecieron en las décadas del setenta y del ochenta recuerdan la puntualidad de los rituales familiares y el murmullo de una ciudad que encontraba en sus salas públicas un espacio donde compartir la cultura. 

Gabriela Ricardes pertenece a ese linaje. Su infancia transcurrió bajo cierta exigencia y colmada de estímulos. Hija de una escribana y de un ingeniero aeronáutico con una vocación singular: ferromodelista y responsable para América Latina de una empresa francesa de maquinaria ferroviaria. Aquella ocupación paterna implicaba el desarrollo de obras en las vías de países como Chile, Uruguay, Perú o Colombia, y mantenía a la familia con un pie en Francia y otro en la Argentina

"Admiro a mis padres, a los dos. Además del afecto. Realmente los admiro porque pudieron construir sin perder su esencia y sus orígenes. Aunque contaban con el apoyo familiar afectivo, carecían del respaldo económico", comparte Ricardes. Y agrega: "Pudieron darnos mucho a mi hermana  y a mí. Tuvieron la buena cabeza de entender que la inversión en educación y en formación era el mejor legado. No había salidas a comer afuera y se compartía una Coca-Cola entre las hermanas, pero los libros se compraban". Así reflexiona Ricardes, la ministra de cultura porteña del gobierno de Jorge Macri, en conversación con El Economista. La charla sucede desde su oficina en la Casa de la Cultura de la Ciudad, donde funcionaba el diario La Prensa, sitio revalorizado con cada vez más actividades. 

En las paredes de su despacho puede verse una imagen del escritor Jorge Luis Borges tomada por su amigo Bioy Casares con un cartel con la leyenda "Toque el timbre y espere". También dibujos del gran humorista gráfico Quino e incluso, como no podía faltar, la superstición del mundo de la cultura que incluye una fotografía del músico Osvaldo Pugliese, obra del fotógrafo Antonio Massa. "Me la regalaron para que me proteja", cuenta Ricardes.  

El contacto de la lectura de Ricardes también se edificó en las aulas de la Escuela Nacional N° 19 de Villa Crespo, en la intersección de las calles Humboldt y Vera. La biblioteca escolar, inmensa y a cargo de una bibliotecaria de pocas palabras, se percibía como una extensión de su propia casa, un territorio para la acción y el descubrimiento. 

Allí tuvo lugar el hallazgo azaroso de títulos como "Los cuentos del Chiribitil", aquella mítica colección de libros infantiles editada por el Centro Editor de América Latina. 

Luego cobró protagonismo la colección Robin Hood; la visita a la librería del barrio para elegir un nuevo ejemplar constituía un evento central, y no se compraba uno nuevo hasta terminar la lectura del anterior. 

—¿Cuál es tu libro favorito? —pregunta El Economista

Ficciones de, Jorge Luis Borges, y La trilogía de Nueva York, de Paul AusterMás allá de considerar a Borges como una literatura completa en sí misma, la relación de Paul Auster con Nueva York y la de Borges con Buenos Aires siempre me resultaron atractivas. En ambas se trata de la pertenencia a un lugar. Una literatura totalmente universal y a la vez local —responde Ricardes. 

Durante las vacaciones de invierno, la rutina de Ricardes se conectaba con el transporte público: el viaje comenzaba en la estación Ángel Gallardo del subte B y concluía en Uruguay, la mítica parada de los teatros. "Entré por primera vez y vi una obra de María Fux —bailarina y coreógrafa argentina— en la Sala Casacuberta; no podía creer lo que pasaba ahí arriba", recuerda Ricardes. Aquella inmersión continuó pocas semanas después con el Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín y la obra "Pilina y Morisqueta dan la vuelta al mundo en bicicleta", un espectáculo con proyecciones de diapositivas en formato cinematográfico. "Esa clase de experiencia —señala Ricardes— cambia la vida, despierta ganas de hacer, impulsa a buscar un profesor en el barrio para aprender a tocar un instrumento o comprender que la cotidianidad se puede transformar". 

Su historia personal es, en definitiva, la de miles de porteños a quienes el acceso a consumos culturales de calidad les modificó la realidad de manera irreversible. Un contacto con la cultura que transforma la rutina de una persona. 

La adolescencia combinó el rigor del deporte con los años de la dictadura argentina. Gracias a su desempeño como jugadora federada de hockey, obtuvo una beca para cursar el secundario en el Instituto de Obras Sanitarias. Mantenía sus entrenamientos y además tomaba clases de teatro. Su escolarización dio un giro en quinto año cuando terminó el secundario en el Colegio Nacional 10, José de San Martín, en Almagro. Allí vivió la transición histórica en carne propia: transitó el final del gobierno militar y el inicio de la democracia.

Eran los albores de esa recuperación democrática, un período de efervescencia colectiva. La cultura tenía un lugar preponderante y eso la marcaría para siempre.

Las expresiones teatrales ganaban la calle y exigían de los actores destrezas físicas: acrobacias, malabares y zancos. Ricardes se formó en la Escuela Municipal de Arte Dramático de la Ciudad de Buenos Aires (EMAD). En paralelo, cursaba Sociología en la Universidad de Buenos Aires. El aprendizaje ocurría en simultáneo: de día, leía textos académicos sobre estructuras sociales; y de noche, exploraba el movimiento físico en los escenarios. 

Aunque el fervor de la actuación impidió la obtención de su título de grado en la UBA, esa matriz sociológica le otorgó un sistema de ideas. "Nadie hubiera dicho, al cursar Sociología, que esa formación iba a servir e impactar tanto en mi carrera posterior", dice Ricardes. Allí forjó la capacidad analítica para comprender fenómenos masivos, utilizar indicadores estadísticos, medir resultados y anticipar escenarios para dar respuestas a tiempo desde el Estado.

La revelación auditiva definitiva ocurrió por esa misma época, en el apodado "Gallinero" del Teatro Colón, frente a la orquesta de Lalo Schifrin. "Haber ingresado por primera vez allí para ver a Schifrin ahí abajo, escuchar y sentir esa música, es algo que no deja a nadie indemne". En el universo sonoro de Ricardes conviven Los Beatles, Peter Gabriel, Charly García, Caetano Veloso, David Bowie, Gustavo Cerati, Chano y Nathy Peluso, junto con una devoción por Chaikovski, Bach y Beethoven. Para ella, la experiencia musical exige exclusividad absoluta.

Escuchar un disco equivale a sumergirse en un libro; resulta imposible realizar otra actividad en simultáneo. Si trabaja, trabaja en silencio. Si escucha música, sólo escucha música

Después de terminar en la escuela municipal de Arte Dramático, Ricardes viajó a Francia y a Estados Unidos para profundizar su formación. El alto rendimiento corporal resultaba implacable para quienes iniciaban el camino después de los veinte años. La exigencia de la acrobacia se complementó entonces con una ambición intelectual: la dirección y la gestión. 

A su regreso al país, volcó esa experiencia en la esfera privada y fundó El Coreto, un espacio pionero enfocado de manera exclusiva en la gestión y en la formación de artistas profesionales. 

Tiempo después, asumió la dirección de los espectáculos del Circo de la Costa durante casi un lustro; allí creó la primera escuela al interior de una compañía, con docentes nacionales e internacionales. Su rigor del hacer tuvo un correlato concreto: en 2003 obtuvo la beca del programa Courants du Monde y completó su formación académica formal a través de un posgrado en gestión de artes escénicas con orientación en circo en Francia.

Su ingreso posterior a la esfera pública también influyó en los espacios de formación de las artes performáticas. Entre 2008 y 2009, creó la primera carrera universitaria iberoamericana en Artes del Circo en la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF). 

Ese mismo impulso la llevó a coordinar Polo Circo, el primer proyecto estatal de gran escala en Buenos Aires. Para Ricardes, la carpa tiene una misión social irremplazable: "El circo representa un ingreso fundamental a las artes escénicas. Es un espacio democratizador. Incluso, mucha gente que no se anima a entrar a los teatros, que desconoce el código, encuentra en el circo una puerta de entrada".

Ricardes, tras dirigir el Centro Cultural San Martín entre 2012 y 2015, llegó a la escena cultural nacional. En 2016, con la victoria de Cambiemos, asumió como secretaria de Contenidos Públicos del Sistema Federal de Medios, área entonces bajo la órbita de Hernán Lombardi

Desde ese espacio, Ricardes tuvo bajo su responsabilidad la planificación integral de instituciones emblemáticas como el Centro Cultural Kirchner (CCK) y Tecnópolis, además del manejo de señales televisivas educativas como Encuentro y Pakapaka.

El destino de ese recorrido de décadas se concretó en el año 2022, al asumir la dirección general del Complejo Teatral de Buenos Aires, a cargo de los teatros más importantes de la Ciudad. 

La efervescencia de uno de los más destacados, el San Martín de la calle Corrientes, estuvo signado por la ambición de recuperar los grandes clásicos bajo una mirada contemporánea. El mayor símbolo de este período fue la producción de "Cyrano de Bergerac", una obra ausente de la cartelera oficial desde la mítica puesta de Ernesto Bianco a fines de los años setenta. El protagonista elegido fue Gabriel "Puma" Goity, un actor cuya vocación había nacido a los dieciséis años al ver a Bianco en esa misma sala. Tras cuarenta y cinco años de espera, Goity obtuvo el papel. La obra se transformó en un suceso inédito: permaneció tres años en cartel con temporadas en Mar del Plata, giras nacionales y un cierre ante 5000 personas en el Anfiteatro del Parque Centenario. 

El protagonista elegido fue Gabriel "Puma" Goity, un actor cuya vocación había nacido a los dieciséis años al ver a Bianco en esa misma sala

Este modelo de gestión aperturista permitió la colaboración con el sector privado y promovió la proyección internacional de producciones como "Ricardo III" protagonizada por Joaquín Furriel, capaz de agotar localidades en Madrid y en el Festival Grec de Barcelona.

En la actualidad, Gabriela Ricardes es madre de Lola y de Facundo, mientras mantiene intacta la devoción por la tarea diaria. 

Ricardes atesora el recuerdo de los rostros transformados del público a la salida del teatro; esas caras con lágrimas en los ojos tras ver por primera vez una obra que puede cambiarles la vida. Hay un impacto invisible, un destello fugaz en el instante exacto en que cae el telón. 

Una noche, tras una función a sala llena, una mujer conmovida la frenó cerca del escenario, por error, y le impidió el paso. Ricardes le aclaró que trabajaba ahí, y la espectadora le respondió: "Qué suerte tiene usted de poder verla todos los días".

"El proyecto es lograr que Buenos Aires consolide su lugar como capital cultural global y que el consumo cultural nos salve la vida", afirma Ricardes, con el orgullo de estar a cargo de la vida cultural de uno de los polos más importantes del mundo. 

"Al gestionar cultura, la verdadera meta es formar ciudadanía". Ricardes nunca dejó de ser esa joven conmovida la primera vez que un espectáculo teatral la transformó para siempre. 

"Al gestionar cultura, la verdadera meta es formar ciudadanía"

—¿Cuáles son las próximas novedades en la agenda cultural de la ciudad?

—La agenda cultural de la ciudad está muy viva. En cada uno de nuestros grandes espacios artísticos se acercan estrenos interesantísimos. Son propuestas pertinentes para un Ministerio que decide trabajar en red y cuidar los recursos, al entender el auténtico significado de invertir en cultura

Como bien dice el jefe de Gobierno Jorge Macri, la cultura es una inversión y no un gasto. Para que sea una inversión, el recurso debe destinarse de forma eficiente para llegar a la ciudadanía con nuestras acciones, y también con el trabajo de terceros, del sector privado, de asociaciones y ONG. 

Lo más importante es que, en nuestra ciudad, la práctica y el consumo cultural no son un plus en la vida cotidiana. Son la vida cotidiana en sí. La identidad de Buenos Aires se constituye por su cultura.

No es algo que se pueda hacer a la ligera o que deba estar regulado sólo por el mercado, sino que tiene un entramado vivo al que hay que regar de forma constante para que aquello que existe naturalmente logre un impulso, un acompañamiento, un apoyo y la generación de nuevos proyectos pertinentes y medibles. 

El Ministerio de Cultura es grande y cuenta con muchas áreas. Estas abarcan desde la generación de contenidos propios, como las producciones del Teatro Colón y del Teatro San Martín, hasta coproducciones con el sector privado, una modalidad habitual en la actualidad para llegar a un público mayor y aumentar la producción. 

También incluyen la transferencia de fondos a terceros o la Ley de Mecenazgo, herramientas útiles para trabajar a través de asociaciones en zonas donde no hay tantos espacios físicos propios. 

A esto se suma la formación artística, que abarca desde los cursos y talleres del Programa Cultural en Barrios hasta los institutos terciarios de formación que acompañan a los estudiantes en todo ese trayecto, para culminar en los grandes centros culturales. Entre ellos destacan el Centro Cultural San Martín, inmerso en una obra de renovación única, el Centro Cultural Recoleta, la Usina del Arte o el Centro Cultural 25 de Mayo. 

Existe una variedad importantísima, además de la agenda de festivales, noches culturales y eventos relevantes.

A todo este esquema hay que sumar la Red de Museos, la de Bibliotecas y el Museo de Arte Moderno. Son 14 museos, 33 bibliotecas y 8 centros culturales barriales diseminados a lo largo de toda la ciudad. 

Dentro del calendario de festivales y noches culturales, se destaca el gran festival porteño: el Festival y Mundial de Tango, que comienza en agosto y se extiende hasta los primeros días de septiembre. Desde la asunción de Jorge Macri, este evento experimenta un crecimiento enorme año a año, tanto en la cantidad de sedes y propuestas como en el número de asistentes. 

El Mundial consagra al campeón en dos categorías: Tango Escenario y Tango de Pista. Allí compiten parejas de todo el mundo, muchas de las cuales provienen de las 25 subsedes distribuidas a nivel global. Resulta un evento muy impactante, local, global y auténtico, que crece de manera sostenida y se desarrolla durante 20 días de intensa competencia.

Las 25 subsedes alrededor del mundo son validadas por el Gobierno de la Ciudad. Esto significa que evalúan con los mismos parámetros locales. Cada subsede debe hacerse cargo del alojamiento, los traslados y el envío de los jurados y veedores porteños para garantizar la calidad de la competencia

Buenos Aires es la FIFA del tango. Esa certificación consagra a los campeones locales, quienes, en lugar de atravesar todas las eliminatorias en la ciudad, acceden de forma directa a la última fase. Es decir, adelantan varios casilleros, aunque deben competir en la instancia semifinal para llegar a la final.

El Mundial de Tango siempre es en Buenos Aires. Las vidas profesionales de los campeones en las categorías de Escenario y de Pista se transforman por completo. 

El título abre muchas puertas, y desde la gestión hay un trabajo para facilitar ese proceso. Resulta grato escuchar los testimonios de los campeones sobre el impacto en sus vidas al obtener el título mundial en Buenos Aires.

Luego, en septiembre, llegará una edición muy fuerte del Festival Internacional de Buenos Aires, el FIBA enfocado en las artes escénicas.

Tendrá una edición impresionante que reafirma la visión actual, en la cual la cultura representa una inversión. Cuando no hay seguridad sobre el rumbo, se hace una pausa, se reflexiona y se piensa. Por ese motivo, el año pasado no hubo FIBA. Hubo una jornada de reflexión que se llamó el "FIBA piensa el FIBA". El festival nació con una frecuencia bienal, luego pasó a ser anual y, frente a la nueva dinámica de las artes escénicas, ya no quedaba claro qué rol debía cumplir en una de las capitales mundiales del teatro. Buenos Aires es la tercera capital mundial del teatro, y lo afirmo porque es una realidad

Sólo detrás de Londres y de Nueva York, Buenos Aires supera a Madrid y hay pruebas que lo demuestran. Los colegas madrileños también lo saben, más allá de que su ciudad atraviesa un momento vivo en las artes escénicas, con gran empuje y apoyo. 

En las jornadas de reflexión de 2025 se convocó a directores de festivales de todo el mundo, a los hacedores locales, a los grandes referentes del teatro que hacía mucho tiempo no participaban en el FIBA y a representantes de otros mercados de artes escénicas para entender qué buscaban y qué se necesitaba. Se tomó nota, hubo escucha activa y, a partir de ese diagnóstico, se diseñó la edición de este año, cuyo lanzamiento será el 29 de junio. 

Será un FIBA recargado, trabajado, con una gran oferta de las compañías nacionales que se anotaron en una convocatoria récord. 

Habrá una propuesta de excelente teatro porteño para los programadores internacionales y, al mismo tiempo, una gran oferta de espectáculos extranjeros para el público local. Eso era algo perdido que el público porteño valora mucho: la posibilidad de ver la actualidad de los grandes creadores internacionales en el ámbito teatral. 

La Noche de los Museos también anticipa otra gran jornada. Ya hay preparativos en marcha con instalaciones a gran escala y la participación de diversos artistas. 

En cuanto al calendario, en el marco del Año Borges, al cumplirse 40 años de su gran entrada al mar, hay una serie de actividades en conjunto con la Fundación Internacional Jorge Luis Borges. Estas abarcan desde jornadas de reflexión hasta el ciclo "Borges y la Ciencia" en el Planetario, con charlas impresionantes. Además, se estrenará un ballet sobre el escritor en el Teatro Colón. Se trata de la primera obra gestada por esta administración, concebida por un equipo de creadores excepcional, que se presentará en septiembre. Es un ballet sobre "El Aleph". Tendrá su propio lanzamiento; de hecho, aún no salieron a la venta las entradas para las funciones.

Se estrenará un ballet sobre Jorge Luis Borges en el Teatro Colón. Se trata de la primera obra gestada por esta administración, concebida por un equipo de creadores excepcional, que se presentará en septiembre. Es un ballet sobre "El Aleph".

—¿Cómo avanza la gestión de Julio Bocca, director del Ballet Estable del Teatro Colón?

—Muy bien. Julio es único; es un artista y una persona impresionante. Es alguien 360 grados, es decir, le incumbe todo y trabaja por todo. Tiene un nivel de perfeccionamiento y de detalle fuerte, y le brinda al ballet una mirada internacional y a largo plazo sobre lo que hay que hacer. 

Eso requiere mucho trabajo y un gran acompañamiento desde la gestión, algo que llevamos a cabo con firmeza. Exige volver a trabajar en el repertorio del siglo XXI con un ballet centenario, pero con la capacidad de adaptarse a la época actual para ser competitivo a la par de las compañías del mundo.

Tenemos una casa de ópera y ballet única en el mundo. Hay apenas dos o tres equivalentes: la Ópera de París, la Ópera de Milán y no mucho más. Al hablar de esos colosos, resulta necesario trabajar para mantener ese nivel y seguir en ese ranking. 

Por otro lado, respecto a la diferencia entre el gasto y la inversión, Gerardo Grieco, director general del Teatro, y Gustavo Mozzi, director ejecutivo, llevan a cabo una labor impecable con el modelo de gestión. 

En relación con las orquestas, se puede afirmar que toda la revalorización del talento, la labor interna, la comprensión de las necesidades y la realización de concursos, permiten incorporar bailarines jóvenes con una buena modalidad de contratación para que trabajen y se formen. 

Toda esta inversión también da sus frutos porque el ratio de sustentabilidad del Colón aumentó un 80%. Es decir, los sponsors, los ingresos y el modelo de gestión no solo resultan virtuosos en la dinámica interna del teatro, sino que proponen una institución fortalecida. Por supuesto que el Estado apoya y no hay dudas sobre eso, pero la fortaleza también radica en lograr un modelo económico sostenible en el tiempo.

—¿Se puede considerar que, en una época marcada por el individualismo y los algoritmos, la cultura une y ayuda a las personas a sentirse parte de un colectivo?

—Sin duda. No solamente en una etapa de individualismo por los algoritmos, sino también en una época con mayor expectativa de vida. 

Hay que prepararse para el paradigma que viene. Este indica, primero, que las personas vivirán cien años; segundo, que ciertas tecnologías reemplazarán algunos puestos laborales. Por lo cual habrá mucho más tiempo libre, y existe la misión de acompañar y convertir ese espacio en tiempo de calidad. 

La gente tendrá varias elecciones de vida a lo largo de su camino. En un contexto donde ningún empleo ni rama específica garantiza la estabilidad en el futuro, abrazar una vocación y una formación resulta trascendente e importante para las próximas generaciones.

En mi generación, si la intención era ser actriz o dedicarse al arte, había que tener una carrera tradicional a la par como garantía. Hoy esa carrera tampoco asegura nada a futuro, por lo cual se abren muchas más opciones y posibilidades. 

Por otro lado, el ser humano tiene un espíritu gregario por naturaleza. Todas las cuestiones culturales nacen de rituales vinculados con la necesidad de encontrarle un sentido a la vida, a las acciones, a los demás y a la propia existencia.

Pertenecer a un grupo con intereses comunes genera una educación permanente, como lo es la cultura. Uno sale más pleno y más sabio tras entender y comprender que es parte de algo más grande

Es una necesidad cada vez más latente; hay mayor cantidad de inscriptos en los cursos y talleres, y crece la concurrencia en cada propuesta. Se trata de brindar espacios para compartir intereses comunes con otros. En un mundo tan dividido, resulta vital entender que los seres humanos no son unidireccionales ni tienen un único interés. Hay múltiples intereses y es posible compartir diversas facetas con diferentes personas.

Se puede compartir el amor por la jardinería con un grupo con el que quizás no hay otra afinidad, pero ese punto de unión vale muchísimo. Pasa lo mismo con la literatura inglesa; tal vez no se comparta todo con esas personas, pero encontrar lazos comunicantes a través de intereses comunes representa una tabla de salvación en un momento cada vez más feroz.

Por lo tanto, si desde la gestión se brindan esos espacios para compartir un interés con alguien, no importa si no hay coincidencias en la visión política o en la opinión sobre el cambio climático. Lo relevante es poner énfasis en aquello que une y entender que el otro también tiene múltiples dimensionesLa cultura ayuda a comprender que el ser humano no es unidimensional.

La Noche de los Museos ilustra esa cuestión gregaria, el acontecimiento comunitario. Cabe preguntarse por qué en los propios museos, que ofrecen días gratuitos y muchas facilidades, el público hace una fila de dos horas y media para entrar, cuando un martes podría ingresar sin pagar igual. La gente asiste y espera porque forma parte de algo mayor; comparte el interés de estar ahí, de sentir que el espacio público es de todos y que eso une. Hay un sentimiento de compañía y de complicidad con algo superior a uno mismo. 

Desde el Ministerio se trabaja muchísimo con todos los colectivos: de artistas, de productores, de autores, de galeristas y de especialistas en patrimonio. Son muchos grupos y cada uno defiende a su colectivo. El rol del Ejecutivo es defender al público. El Estado es el defensor del ciudadano y debe buscar la forma de congeniar esos intereses en función de un bien común mayor. Por ejemplo, el espectador que asiste a la Casa de la Cultura a escuchar un concierto a las siete de la tarde; esa experiencia le cambia la jornada y seguramente vuelve a su casa con un mejor ánimo.

Ése es el trabajo del funcionario: comprender los intereses de todas las partes y, a partir de allí, defender al público. Los intereses de todos deben converger en lograr que cada persona que habita o visita Buenos Aires tenga una mejor experiencia, sin pretender que el Estado asuma tareas que un tercero hace mejor.

—El director del INCAA, Carlos Pirovano, afirmó que el cine perdió vigencia. ¿Cómo se gestiona la tensión entre los formatos clásicos y la necesidad de adaptación al mercado actual?

—La época actual cuenta con la participación de muchas personas en distintos espacios. En el caso del cine, hay productores y plataformas con el foco puesto en la coyuntura. 

Los tiempos actuales a veces resultan perecederos; van hacia un lado y luego cambian de rumbo. El objetivo principal debe ser garantizar el origen de esas propuestas. Primero, porque el Ministerio gestiona el patrimonio heredado y también crea patrimonio futuro. Al premiar una ópera prima en el BAFICI o al otorgar el Gran Premio de la Ciudad de Buenos Aires a los directores, como ocurrió hace poco, se sostiene una visión sobre la obra presente y venidera. Ese rol es indelegable para el Estado y no debería generar debate.

Por supuesto, hay que llevarlo a cabo bien, con prudencia, sin gastar en cuestiones ajenas a esa dirección. Pero eso no implica dejar de considerar con firmeza que el patrimonio audiovisual argentino requiere gestión y administración pública, y también la creación de un legado a futuro. Por ese motivo, la Ciudad de Buenos Aires cuenta con una serie de medidas para incentivar la producción audiovisual, algo que se mantendrá con un capítulo de mecenazgo muy importante para el desarrollo.

Además, existe un cash rebate, que es un sistema de devolución de impuestos o reembolso en efectivo, casi tan fuerte como el de Uruguay, pero aplicado a nivel local. Esto busca que las plataformas internacionales generen empleo en la Ciudad de Buenos Aires. La iniciativa funciona muy bien en un sector de rápida reactivación, capaz de crear numerosos puestos de trabajo directos e indirectos. No abarca sólo la labor audiovisual neta de artistas y técnicos, sino también rubros como alquileres, transportes, alojamientos, servicios de catering e internet. 

Nuestra ciudad no sólo resulta un escenario hermoso, con una diversidad única a nivel mundial —y no sólo en América Latina—, sino que es un personaje en sí mismo. Tiene mucho carácter; Buenos Aires es una protagonista más de una película, algo difícil de encontrar en otros lugares

El BAFICI crece cada año; se brinda apoyo a productores y directores para participar en mercados internacionales, y habrá un nuevo festival de cine clásico, el Festival Lumière, con el foco puesto en el patrimonio. 

También resulta clave entender que la trayectoria de muchos grandes directores y creadores encuentra su validación en la esfera pública, y no pasa sólo por lo económico, sino por el respaldo institucional.

Cuando un artista logra exhibir su muestra en el Centro Cultural Recoleta, en el Museo Moderno o en el Sívori, el valor principal no es el dinero, sino el respaldo institucional y el posicionamiento adquirido a partir de esa validación. Muchas veces, el rol de las ciudades y los Estados es otorgar esa garantía; es una forma de sugerirle al público que preste atención a determinadas propuestas. 

En la Ciudad de Buenos Aires trabajamos sin sesgos. Somos profesionales; las instituciones saben qué deben hacer y cuentan con funcionarios preparados. 

El sector público no actúa solo, sino en conjunto con los espacios independientes y privados. Esto se refleja tanto en los eventos propios como en las propuestas generales de la Ciudad llevadas adelante por terceros, a las cuales se les brinda apoyo. Casos como la Feria del Libro de Buenos Aires, arteBA, la feria MAPA, BADA o Gallery Nights Buenos Aires, entre muchas otras iniciativas, son ejemplos claros de eventos donde el Ministerio actúa como socio estratégico, aunque no esté a cargo de la organización directa.

—¿Cuál es el estado de la coordinación y el diálogo político con las autoridades de Nación?

—Ambas jurisdicciones se encuentran en momentos diferentes y transitan por carriles distintos. Un espacio como la Ciudad de Buenos Aires tuvo que hacer sus propios ajustes en estos últimos años, aunque no de índole presupuestaria, sino actualizaciones sobre cuestiones que no funcionaban como debían. 

La gestión local cuenta con un trabajo fuerte y consolidado, mientras que Nación se encontró con instituciones con otro tipo de problemas. Todavía no existe una articulación fuerte; esto también se debe a que la Ciudad de Buenos Aires tiene un peso propio muy grande en cuanto a sus efectores y programas locales. 

Por su parte, el Gobierno nacional se ocupa de todo el país, más allá de contar con grandes espacios en la capital. No existen programas cruzados, pero se comparte La Noche de los Museos y, por supuesto, están todos invitados a las actividades generales. De hecho, los elencos estables del Colón tienen programado un concierto en el Palacio Libertad. 

—Si La Libertad Avanza llegara a gobernar la Ciudad, ¿existiría el Ministerio de Cultura?

—Eso hay que preguntárselo a La Libertad Avanza. Mientras gobierne el PRO, el Ministerio de Cultura mantendrá toda su fuerza y potencia. Sobre el resto no hay certezas. Lo que sí es seguro es que, para Buenos Aires, la cultura no representa una actividad suplementaria de simple exhibición; es algo intrínseco. Funciona como un motor de desarrollo, un motor económico y un motor identitario tanto para quienes habitan la ciudad como para quienes la visitan. 

—¿Cuáles son las continuidades y las diferencias respecto a la gestión de su antecesor, Enrique Avogadro?

—La ciudad mantiene muchos de los programas de transferencias de fondos. La transferencia a terceros y el apoyo a la industria audiovisual, si bien ahora se estructuraron distinto y crecieron, siempre estuvieron.

Lo que sí encuentro diferente es que nuestro ministerio trabaja en conjunto y de forma transversal. Todos los efectores —los espacios—, los contenidos y los programas se articulan más allá de la división estructural administrativa.

Tenemos un ministerio encargado de lo público, de lo privado y de lo independiente, capaz de articular todas sus áreas en función de la ciudad. Fue un aspecto muy trabajado al principio de mi gestión y hoy ya resulta totalmente natural. 

Podemos tener al Teatro San Martín en el Anfiteatro del Parque Centenario o a la Filarmónica de Buenos Aires en el Planetario. También es posible ver a los estudiantes del Taller de Danza y del Ballet Contemporáneo con sus creaciones en los museos o en los festivales de verano, a los alumnos del Instituto Manuel de Falla o del Instituto Piazzolla con sus conciertos en el Salón Dorado de esta Casa de la Cultura, o a la Orquesta del Tango de Buenos Aires en colaboración con la Orquesta Escuela Balcarce. La articulación de nuestros propios recursos es nuestra misión. Esto sí marca un contraste con la gestión anterior. 

Otra diferencia es el compromiso de Jorge Macri con la cultura, mucho mayor al que tuvo Horacio Rodríguez Larreta. Es una persona que la consume, la vive, la comprende y nunca la puso en juego. Además, impulsa las obras necesarias, aquellas postergadas durante el gobierno precedente.

Por ese motivo, hoy tenemos 80 edificios en obra, además del gran proyecto del Centro Cultural San Martín. Esa iniciativa abarca no solo la refacción a nuevo de los 13 pisos y los 4 subsuelos, sino la recuperación de la sede definitiva para el Conservatorio Manuel de Falla, un lugar perdido hace muchísimos años. Todo esto requiere decisiones políticas y presupuestarias fuertes a favor de la cultura.

El contraste lo marca el jefe de Gobierno más que la gestión en sí misma.

—¿Qué desafíos enfrentan las políticas culturales ante la transformación digital?

—Las políticas culturales están siendo revisadas no sólo por la era digital, sino también por una era política. 

Para nosotros las políticas digitales son políticas complementarias a las políticas analógicas. Por ejemplo, tenemos una red de 33 bibliotecas físicas y hace un año y medio creamos la Biblioteca Pública Digital —la primera de Argentina— que se llama Jorge Luis Borges y que permite que un ciudadano se descargue hasta en 7 dispositivos diferentes los libros que le interesan. Hay una buenísima curaduría de libros variadísimos. 

Al mismo tiempo que desarrollamos esa pata digital hicimos un acuerdo con RAPPI para que los adultos mayores que no pueden venir a retirar un libro a una biblioteca pública, y que tampoco pueden acceder a la biblioteca digital, RAPPI les lleva el libro a su casa y se lo va a retirar cuando termina de leerlo y eso lo gestiona el ciudadano por teléfono con un humano que lo atiende del otro lado que es el bibliotecario. 

Hay muchísimas cosas de las nuevas tecnologías de la inteligencia artificial que colaboran con la gestión del día a día de un ministerio de cultura, pero no queremos dejar a nadie atrás y por eso también nosotros tenemos que brindar el verdadero acceso a aquel que todavía las tecnologías digitales le son difíciles o le son ajenas. 

Lo que nosotros sí sabemos es que la inteligencia artificial sí la estamos incorporando para muchísimas cosas que hacen que nuestro recurso humano pueda dedicarse a tareas más interesantes que la de revisar un expediente. 

Estamos alimentando la inteligencia artificial específica para un primer paso del control de documentación de los trámites de mecenazgo. Un trámite que hoy a un humano le cuesta por expediente dos horas, lo podemos resolver en 40 segundos, y eso, multiplicado, va a hacer que los fondos estén más rápido.

—En la gestión cultural siempre existe el riesgo de apostar por proyectos que no funcionan. ¿Cómo se acompaña al artista cuando los resultados no son los esperados?

—A veces puede no funcionar, y esa también es nuestra misión. Es posible tener las mejores intenciones y reunir los mejores ingredientes para una receta que a lo mejor falla. Esto ocurre siempre, ya sea un proyecto del Estado, del sector privado o del ámbito independiente. 

Nadie quiere hacer un bodrio. Cuando algo no sale bien, no se debe a una voluntad de enriquecerse con un mal producto; a veces simplemente no resulta, y eso forma parte del camino.

Ese error integra el aprendizaje necesario. Nadie nace exitoso, nadie hace su primera obra y ya con eso alcanza una cima sin atravesar altibajos. En nuestro métier, el de la creación, los artistas actúan como ese vínculo o médium con el ciudadano. Atraviesan diversas situaciones y a veces fallan. Allí es necesario brindar sostén. No un sostén económico, sino un acompañamiento para comprender el motivo de la falla y lograr un buen resultado la próxima vez.

Por tal motivo, el apoyo al arte y a la cultura es mucho más que el dinero. El apoyo institucional representa mucho más que lo financiero. Significa sentir la presencia de un respaldo. Implica contar con una ciudad dispuesta a oficiar de garante en múltiples aspectos, y eso no es solamente una cuestión de plata.

"El apoyo al arte y a la cultura es mucho más que el dinero", concluye Gabriela Ricardes. 
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