Sin padre, sin marido y sin Estado —escrito junto a Melina Vázquez— es una nueva oportunidad en Carolina Spataro para volver a su pregunta favorita: qué se ve cuando se mira "desde abajo". Spataro es doctora en Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, investigadora del CONICET y docente en la Facultad de Ciencias Sociales. La conversación con El Economista parte de la publicación del último libro para anclarlo en la coyuntura argentina; charla en la que la autora cuestiona los lugares comunes del progresismo.
En la casa de la niñez de Spataro había diarios, noticieros y un zapping televisivo que funcionaba como telón de fondo. A la par, la conversación: sobremesas, política en voz alta y opiniones que se intercambiaban. Su madre, formada en Administración de Empresas, y su padre, óptico durante años, quien sumó distintos oficios en un país que nunca termina de estabilizarse: "Mi padre también fue empleado público del Correo Central, se adhirió al retiro voluntario, tuvo una verdulería, fue taxista. Una trayectoria laboral atravesada por las crisis económicas de Argentina", detalla Spataro.
Su primera vocación fue el periodismo. En su memoria aparecen programas como La noticia rebelde junto al periodista Adolfo Castelo como marca de época, el Jorge Lanata de los años noventa con su Hora 25 y Página/12, la comicidad de Jorge Guinzburg, y el contrapunto familiar entre Bernardo Neustadt y Mariano Grondona.
En el año 2000, Carolina Spataro entró a Ciencias de la Comunicación: "Era una ebullición absoluta: muchísimos estudiantes, una carrera pujante". A fines de los noventa y principios de los dos mil, recuerda, los medios vivían un auge. En la carrera, sin embargo, el pulso teórico apuntaba hacia el cuestionamiento de lo dado: "Había una fuerte crítica a las representaciones mediáticas y a la concentración de medios. Se leía a la Escuela de Frankfurt, la teoría crítica y las industrias culturales aparecían, sobre todo, como reproductoras del orden dominante".
A Spataro le empezó a interesar, rápido, otra cosa: el encuentro entre industria cultural y experiencia. Qué hace una persona con lo que mira, lo que lee, lo que escucha; qué sentido arma con eso. Ese foco, más que el reflejo de la denuncia automática sobre los medios, la llevó a un autor clave de los estudios de comunicación en América Latina: Jesús Martín-Barbero, intelectual y profesor hispano-colombiano, conocido por una idea que se volvió un lema. Mirar menos "los medios" en sí mismos y más las mediaciones: los modos en que las personas, con sus biografías, clases, territorios y rutinas, se apropian de lo que consumen y lo vuelven experiencia.
Ese desplazamiento del periodismo a los estudios culturales de los que se "enamoró" tomó forma en el trabajo de Spataro. Para su tesina de grado, se concentró en las representaciones de las mujeres en letras de cumbia villera. En sus estudios de maestría y doctorado, planteó una pregunta simple aunque decisiva que formuló a partir de su encuentro con quien fue su director de tesis, Pablo Semán: qué pensaban las mujeres que escuchaban esa música sobre esas canciones, qué lugar ocupaban en sus vidas.
El núcleo duro de ese giro fue su tesis doctoral: tres años de trabajo de campo con un club de fans de Ricardo Arjona en la ciudad de Buenos Aires, entre 2008 y 2011. En ese espacio aparecieron mujeres que, en el estereotipo rápido de los sentidos comunes, quedarían etiquetadas como "consumidoras pasivas" de una cultura de masas supuestamente degradada. Lo que ella vio fue más auténtico. Arjona funcionaba también como pausa y como comunidad: "Se reunían los primeros sábados de cada mes con otras mujeres a hablar de Arjona, aunque no sólo del músico: hablaban de sus vidas, de su condición de género, de su clivaje generacional". Parte de esa investigación se tradujo también en el texto "Señora de las cuatro décadas".
La tesis doctoral se defendió en 2012. Para esa altura, la brújula ya estaba marcada: desconfiar de la tentación de explicar a los demás desde el sentido común progresista. Tomarse en serio a los otros. La obsesión etnográfica de no explicar la realidad desde arriba de un banquito sino bajarse y enchastrarse en el ring de lo real. Spataro hizo de la etnografía un método tan propio como singular y construyó una voz distintiva en su campo de estudios. Con el tiempo, esas preguntas se mudaron del consumo cultural masivo a otro territorio donde también abundan los prejuicios: las formas contemporáneas de politización.
En paralelo, la universidad. Spataro investiga en el CONICET y en el Instituto de Investigaciones Gino Germani. "Una de las cosas que más me entusiasman es dar clases. El aula funciona como espacio de conversación". En sus clases, la lectura ocupa un lugar importante y los textos se discuten como posiciones sobre un tiempo histórico, construidas desde coordenadas precisas. Señala Spataro que la frase "a mí me parece", cuando surge sin lectura previa, entra en la categoría de problema.
Entre sus clásicos de cabecera menciona a Carlo Ginzburg, autor de El queso y los gusanos: la historia de un molinero del siglo XVI que se convierte en el corazón de la época. También el libro de Daniel James Doña María, recientemente editado por Omnívora, en el que se explica el peronismo a partir de la vida de una señora de Berisso. Spataro vuelve una y otra vez a ese gesto: lo mínimo como puerta de entrada.
En esa constelación se entiende otro dato, casi íntimo: en otra vida hubiera estudiado botánica. No como escapismo, sino como forma de estar en el mundo."Hay una inclinación por las plantas y por observar el ciclo de la naturaleza, esa lógica que recomienza una y otra vez. En verano se ponen verdes; en otoño caen las hojas; en invierno parecen muertas y, de repente, vuelven a nacer".
En el camino, trabajó textos de divulgación que dialogan con el debate público. "Abajo el feministómetro", publicado en Bordes, reconstruye una escena mediática de 2018 en torno al feminismo, con figuras como Araceli González o Wanda Nara. "El chisme menos pensado", escrito con Libertad Borda, analiza la "semana feminista" en el programa de Jorge Rial, en febrero de 2018: cómo el feminismo aterrizó en el prime time y cómo Rial terminó con el pañuelo verde.
Asimismo, publicó "Mamá, ¿pero vos no sos feminista?", a partir de una escena doméstica: la muerte de Maradona, el llanto, y una hija que no entiende. "Sus compañeras decían que se había muerto un machista y yo estaba llorando. A partir de eso escribí esa nota", cuenta. Su hija hoy tiene 17; en 2020 tenía 12.
La política argentina, sin embargo, le puso a esa pregunta por "lo desde abajo" un desafío nuevo y áspero: el mundo liberal-libertario y sus mujeres. En 2025, junto a Melina Vázquez, publicó Sin padre, sin marido y sin Estado, por la editorial Siglo XXI.
En sus 270 páginas, las autoras buscan matices, trayectorias, diferencias generacionales, geográficas, de clase. Sin padre, sin marido y sin Estado es un libro de etnografía política. Spataro y Vázquez se proponen entender por qué mujeres que se reconocen liberales —y en algunos casos también feministas— se organizan, militan y disputan sentidos en los espacios de las nuevas derechas argentinas. Cómo piensan el mundo, qué valores las ordenan y qué tipo de feminismo creen estar construyendo.
Un universo poco observado: mujeres de distintas edades y trayectorias que votaron a Javier Milei, que critican al llamado "feminismo hegemónico" y que, al mismo tiempo, se reúnen entre mujeres, leen teoría, organizan encuentros y marchan cada 8 de marzo con consignas propias. Lejos del estereotipo de la "trad wife" o de la esposa sumisa, aparecen activistas incómodas: con sus familias, con los varones de sus propios espacios políticos, con el Estado y también con un feminismo que sienten ajeno. "La incomodidad es un hilo conductor en la experiencia de estas activistas", escriben las autoras.
Los capítulos "Mujeres liberales que se organizan", "Una biblioteca propia" y "Merecer el éxito" ofrecen distintas aristas de este fenómeno. Lo que se va a encontrar el lector es una cartografía precisa de ese activismo y de cómo estas mujeres liberales intentan construir un "cuarto propio" entre dos frentes de disputa. Por un lado, con un liberalismo masculino con el que discuten su propia autonomía; por otro, con un feminismo progresista al que acusan de haberse vuelto "estatista". Spataro y Vázquez no buscan validar ni refutar esas posiciones: buscan explicarlas. Y en ese gesto radica su potencia.
"Este libro es una invitación a recorrer esa experiencia, entender este activismo en sus propios términos y conocer cómo se piensan a sí mismas estas mujeres", escriben. La apuesta metodológica resulta deliberada: observar antes de juzgar.
El libro no se limita a describir; también discute el modo en que se habla de estas mujeres "desde afuera". Spataro recuerda comentarios académicos y militantes, de ayer y de hoy, que replican una misma estructura: superioridad moral, pedagogía forzada, la idea de "iluminar" a quienes eligen mal. Su camino, desde luego, es otro.
Para explicarlo, Spataro y Vázquez usan una metáfora que también opera como advertencia: la foto de dron. Desde arriba, una marcha parece homogénea; de cerca, cada cuerpo trae su propia biografía. "Si nos acercamos vamos a ver que esas personas son distintas, que llegaron hasta ahí con trayectorias biográficas diferentes, aunque ese día se encuentran para marchar por una misma causa".
En el fondo, lo que el libro persigue es una pregunta que no se deja domesticar: por qué mujeres tan distintas militan eligen como lugar de pertenencia a las nuevas derechas y cómo lidian con los cuestionamientos tanto de sus pares varones como de las feministas de otros espacios. Las autoras no ofrecen una explicación tranquilizadora. Prefieren el desorden de lo real.
Carolina Spataro trabaja en esa frontera donde los detalles laterales dejan de ser anécdota y se vuelven explicación. No para absolver ni para condenar, sino para entender. Aunque ese gesto, a veces, incomode. Con ese ímpetu, Spataro abre la conversación con El Economista.

—¿Cómo conviven el pensamiento liberal-libertario con valores que muchas veces se identifican como feministas?
—En el trabajo de campo aparecen con claridad tres generaciones de mujeres. Por un lado, mujeres más grandes, alrededor de los 60 años, a las que denominamos "señoras liberales". Son mujeres de clases acomodadas, que viven en barrios acomodados de la Ciudad de Buenos Aires; muchas de ellas tienen vínculo con el campo. No se sienten feministas, rechazan ese término. Esa es una generación que no fue interpelada por la masificación de los feminismos.
La generación intermedia, mujeres de entre 30 y 40 años, y las más jóvenes, alrededor de los 20, muestran otra relación. Las mayores de ese grupo fueron testigos de Ni Una Menos hace una década; algunas participaron de las primeras movilizaciones y también de la pregunta extendida sobre dónde están las mujeres: en las cúpulas del poder político, sindical, en las universidades, en los programas de estudio, en el deporte.
Fueron parte de un debate público que atravesó a la sociedad como nunca antes a partir de 2015, en un país que ya contaba con un movimiento feminista organizado desde hacía décadas. No por nada Ni Una Menos surge, crece y se expande en la Argentina. Las más jóvenes, además, fueron interpeladas por el debate sobre el aborto, que puede pensarse como una especie de clase de educación cívica a cielo abierto: cómo se presenta una ley, cuáles son los argumentos, el recorrido por Diputados y el Senado, qué significa la aprobación, los porcentajes necesarios, el debate parlamentario, el gesto de levantar la mano.
Todas tienen algo para decir. No todas están necesariamente a favor, aunque muchas sí, y muchas llevaron el pañuelo verde entre 2018 y 2020. Luego dejaron de usarlo porque lo asociaron al feminismo que ellas llaman "de las zurdas". Señalan que si alguien ve a una chica con un pañuelo verde en la mochila no va a pensar que vota y milita por Milei.
Y ellas votan y militan por Milei. Por eso se desprenden de ese símbolo cultural, aunque muchas apoyaron el derecho al aborto. Para ellas no hay contradicción. La contradicción aparece desde el punto de vista de quien las mira y supone una coherencia total entre feminismo y progresismo.
Ellas, y muchas otras mujeres, muestran que se puede ser feminista y no progresista. Las combinaciones políticas y las sensibilidades son mucho más heterogéneas de lo que suele suponerse.
Podría haberse caído en la simplificación de afirmar que las mujeres del espectro liberal-libertario son todas iguales. Eso habría sido un error.
"Se puede ser feminista y no progresista"
—"El objetivo del libro es comprender este activismo, parafraseando a Laura Masson, 'en sus propios términos'". Cuando el campo progresista renuncia a entender a ciertos votantes "en sus propios términos" y los lee desde el desprecio o la caricatura, ¿no termina expulsando en lugar de incluyendo?
—En la academia, conocer al otro en sus propios términos es indispensable. En ciencias sociales se habla de salir del etnocentrismo, de la propia posición ideológica y cultural. Ése es el primer paso para producir conocimiento.
En política sucede algo similar. Para que un movimiento se vuelva masivo y logre interpelar más allá de los convencidos, necesita comprender las coordenadas culturales, identitarias y biográficas de los grupos a los que se dirige. Desde ese punto de vista, desconocer al otro, subestimarlo o considerar inválidas sus ideas constituye un error político.
En "Sin padre, sin marido y sin Estado" aparecen ideas potentes, diagnósticos contundentes, mujeres formadas, que leen y discuten. Es posible no compartir muchas de las soluciones que encuentran para los problemas que atraviesan, aunque eso no implica que esas ideas no puedan ser entendidas en sus propios términos ni comprendidas a partir de experiencias biográficas concretas.

—¿Hasta qué punto una escucha menos moralizante podría traducirse en mejores resultados electorales?
—Si la política es una herramienta de transformación social orientada a mejorar la vida de la población, resulta clave comprender cuáles son los problemas de esa población, cuáles son sus urgencias y cuáles sus diagnósticos principales. Subestimar el peso que tuvo la inflación en el segundo semestre de 2023 ha sido un problema.
Hay un caso del trabajo de campo que siempre resulta ilustrativo y que suele aparecer como una pincelada muy clara de lo que se encontró. Es el caso de Rocío, una joven que hoy es la principal referente de las agrupaciones libertarias dentro de la Universidad de Buenos Aires. Es primera generación universitaria; sus primas asisten a universidades del conurbano. Ella, aun viviendo en la zona sur y enfrentando un viaje largo en transporte público, decidió estudiar en la UBA.
Eligió estudiar economía en un país con crisis económicas recurrentes. La crisis de 2023 fue especialmente significativa para ella: era muy joven, tenía 19 años, aunque en su familia circulaban relatos sobre crisis anteriores, la hiperinflación, la crisis de 2001. En el segundo semestre de 2023 pasó meses remarcando precios en un local de bijouterie de su abuela, donde trabajaba en Lomas de Zamora. Era nieta de una armadora peronista del distrito y decía: "Lo que me di cuenta ese semestre es que con inflación no se puede vivir. Había días en que no podíamos abrir el local".
Al llegar a la UBA comenzó a militar en "Somos Libres", una agrupación que había estado más cerca del PRO y que ahora se inscribe claramente en el mundo liberal-libertario. Hoy Rocío es su principal referente. El año pasado ganó visibilidad pública al convertirse en una de las voces mediáticas de las marchas universitarias.
¿Cómo llega una piba del conurbano a militar en un espacio liberal-libertario? En parte, a través de esa sensibilidad que dejó la experiencia concreta de la inflación como un fenómeno que vuelve imposible la vida cotidiana, tanto la propia como la de su familia.
¿De dónde salió la idea de que las mujeres no podían votar a Javier Milei? ¿Por qué se asumió que el diagnóstico que llevaba a ese voto se diferenciaba necesariamente por género?
En la Argentina no hay datos fehacientes de voto desagregado por género desde que en 2011 se unificó el padrón. Lo que existen son encuestas. Y la encuesta con la que se trabajó de Prosumia mostraba porcentajes altos de mujeres votando a Milei incluso entre las mayores de 70 años, las jubiladas.
—"Se logró cuestionar a padres y maridos, pero no al Estado Papá", retoman del trabajo de campo en el libro. ¿Por qué el mileísmo sigue siendo la opción política elegida por tantas mujeres?
—Ahí aparece uno de los núcleos del trabajo. 'Sin padre y sin marido' es una consigna ampliamente difundida por los feminismos y de comprensión relativamente sencilla: no depender de un padre tutor ni de un marido. Esa discusión atravesó a los feminismos durante décadas y que en la Argentina podemos verla plasmada en diferentes momentos históricos, por ejemplo en los años ochenta, desde el divorcio hasta la patria potestad compartida. 'Sin Estado' es lo que permite entender la sensibilidad de estas mujeres, sobre todo de las más jóvenes, en sintonía con los varones de sus espacios políticos.
La crítica al Estado como institución incapaz de dar respuesta a los problemas de la vida cotidiana está muy extendida, en especial después de la pandemia. Muchas comenzaron a militar contra las medidas de aislamiento, que en sus familias y en sus propias vidas impedían ir a trabajar. El Estado aparece como el que obstaculiza, el que no permite desarrollarse, salir a trabajar, el que impide incluso viajar de egresados a los más jóvenes.
Son usuarias de la educación pública y del sistema de salud público, y conocen de primera mano sus falencias. Encuentran debilidades estructurales para responder a sus demandas. Para amplios sectores progresistas el Estado conserva una valoración positiva; para gran parte de la población, en cambio, tiene una connotación negativa: todo lo que toca lo arruina. Esa percepción circula con más fuerza de la que suele reconocerse.
Por eso no resulta costoso para un gobierno hablar de motosierra y licuadora. Hay una imagen extendida de un Estado que no resuelve los problemas cotidianos. Volviendo al caso de Rocío, cuando se le preguntó por el aborto, recordó que durante el debate estaba en la secundaria, rodeada de pañuelos verdes y celestes. Su preocupación no pasaba por la posición ideológica, sino por algo concreto: cómo iba a hacer una piba para acercarse al hospital público de su zona y que el Estado garantizara ese derecho si, cuando alguien llega con fiebre, puede pasar doce horas esperando en la guardia.
—Has subrayado la metáfora de la foto tomada por un dron como una forma de disputar la panorámica frente a la singularidad. Con el clima de diciembre, sesiones extraordinarias y polarización, ¿en la foto de las nuevas derechas qué singularidad se pierde?
—Si se tomara una foto de estas mujeres con las que trabajamos, seguirían ahí. Seguirían militando detrás de esa misma bandera que se describe en el libro: mujeres en el liberalismo, mujeres que se empoderan en el mercado, que no dependen de un padre, ni de un marido ni de un Estado, que llegan a la política por mérito propio.
A un año de haber escrito esa conclusión, la imagen sería parecida. Siguen ahí. Y en esa conclusión también se decía algo que se fue repitiendo durante este año: el libro se cerró en marzo y ya había sucedido el caso Libra, que funcionó como el primer "sapo" que se tuvieron que tragar. Incomodó, avergonzó. Una de ellas fue entrevistada dos o tres días después y dijo que había pedido una explicación política para explicar lo ocurrido y todavía no la tenía. Ninguna de las mujeres con las que trabajamos salió a defender el caso Libra.
Más adelante se vio algo similar con el 3% de Karina Milei, con lo que ocurrió en la Agencia de Discapacidad y con denuncias de corrupción. Algunas reposteaban nuestro libro y escribían: las mujeres de este libro están en contra de la corrupción; el 3% y 'el que las hace, las paga'. Algo así como: no se milita por un gobierno corrupto, sino por cambiar la historia.
Muchas se sienten parte de una gesta política, porque consideran que haber sacado al kirchnerismo del poder fue una hazaña, sobre todo entre las más jóvenes que vivieron toda su vida, salvo los cuatro años de la presidencia de Mauricio Macri, en gobiernos kirchneristas. Por eso, encontrarse con denuncias de corrupción incomoda y abre preguntas. Por ahora, siguen adentro del mileísmo.
—"Ponen a las mujeres que se acuestan con el jefe. Nos la pasamos hablando del mérito y llegan esas minas, ¿por qué?". En un mileísmo que hace del mérito una bandera moral, ¿qué expone este reproche sobre la distancia entre el relato meritocrático y los mecanismos reales de promoción?
—Las entrevistadas son agudas en ese punto. Es importante aclarar que las mujeres con las que se trabajó no representan al conjunto de votantes, adherentes o activistas del entorno liberal-libertario. Son mujeres singulares, que buscan un lugar específico entre feminismo y liberalismo. Ellas hacen un diagnóstico claro: miran las bancas y se preguntan por qué llegó cada una. A muy pocas les reconocen el mérito de estar formadas para ocupar esos lugares, que consideran que requieren formación y expertise.
Una de ellas, el año pasado, criticó en sus propias redes que Lilia Lemoine hubiera sido enviada como representante argentina en el conflicto con Ucrania. Se preguntaban qué hacía esa mujer, vestida con ropa militar, cuando había una canciller como Diana Mondino, con credenciales claras: formación liberal, trayectoria en empresas privadas, experiencia jerárquica. ¿Por qué no estaba ella y sí alguien que no las representaba?
Ahí aparece una distancia muy marcada y también una preocupación. Dicen, a modo de chiste, que van a terminar militando "a las primas de Celeste Ponce", ni siquiera a Celeste Ponce.
—¿Sorprendió la victoria de Milei en la elección de medio término?
—No tanto. Milei ya había ganado en 2023 en el mismo momento en que Axel Kicillof había ganado la provincia de Buenos Aires.
Llamó la atención el aire victorioso con el que se leyeron los resultados bonaerenses del 07 de septiembre de 2025. Esos datos requerían una lectura más cautelosa.
Las elecciones de medio término nacionales vinieron a confirmar algo que ya aparecía en el trabajo de campo que se sigue realizando con estas mujeres: nadie se bajó del barco mileísta todavía. No quiere decir que no pueda suceder, por supuesto, aunque por ahora todas las mujeres con las que se trabajó —cinco grupos conformados por mujeres de diferentes provincias del país— siguen en el mismo lugar. Además, las elecciones en la provincia de Buenos Aires avivaron el antiperonismo de un modo muy significativo para ellas.
De hecho, en algunos de los grupos en los que se participó, aparecía una enumeración bastante ordenada de críticas al gobierno de Milei, seguida de una conclusión clara: "De todos modos lo vamos a votar, porque peor es que gane el peronismo".
—¿Qué considerás indispensable que debería tener en cuenta el progresismo para poder construir hacia adelante?
—Es una pregunta grande. Desde las ciencias sociales, y desde un lugar más académico, aparece una respuesta posible: para hacer política es necesario conocer a los sujetos a los que se busca interpelar. Y ese conocimiento parece haber faltado.
En 2023, dando clases en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, aparecían en los bancos cartelitos de algunas agrupaciones progresistas que decían: "Votá al normal, no a este degenerado".
Al verlos surgían muchas preguntas. Sacados de contexto, parecían una consigna del Opus Dei. ¿Qué es la normalidad? ¿Qué es lo degenerado?
En 2012, junto con las colegas Silvia Elizalde y Carolina Justo von Lurzer, se había creado un área de géneros y sexualidades en la Facultad, y se había invitado a Susy Shock, poeta y artista trans extraordinaria, como madrina al lanzamiento de ese nuevo espacio, autora del poema "Que otros sean lo normal". Desde los feminismos y el movimiento de la diversidad sexual, el concepto mismo de normalidad había sido puesto en discusión. Y, sin embargo, el progresismo estaba llamando a votar a "un normal", identificado con Massa. Todo parecía profundamente confuso.
Además, operaba la hipótesis de que en las facultades de Ciencias Sociales no había militantes, adherentes ni votantes de Javier Milei. Eso era un error grave. Los había entonces y los hay ahora. La pregunta era inevitable: ¿a quién le hablaban esos cartelitos? Para alguien que tuviera dudas o estuviera coqueteando con la idea de votar a Milei, esa consigna resultaba directamente insultante.
De ahí surge una convicción fuerte: conocer a quien se quiere interpelar y no subestimarlo es el punto de partida de la política.
Y conversar. Poder dialogar con quien piensa distinto aparece como el punto cero de la política. Hablarle a los convencidos es fácil: dar clases a quienes piensan parecido, militar y construir discursos para quienes ya adhieren es sencillo, incluso aburrido, y termina produciendo acostumbramiento. El tiempo histórico exige escuchar y conversar.
