Opinión

24 de marzo: la memoria debería ser de todos

El kirchnerismo lo logró una vez más: se apropió de una causa que, en esencia, no le pertenece. O mejor dicho, que no debería pertenecerle a nadie en particular. La memoria, la verdad y la justicia no son patrimonio de un partido. Son —o deberían ser— un piso común.
La marcha por el 24 de marzo EE
Compartir

El 24 de marzo debería ser una de esas fechas que no se discuten. Que son de todos. Como el 9 de julio o el 2 de abril. Fechas que ordenan, que incomodan, que obligan a recordar quiénes fuimos y quiénes no queremos volver a ser.

No porque no haya nada que pensar —todo lo contrario—, sino porque hay consensos básicos que una sociedad debería haber sellado hace tiempo. Que el terrorismo de Estado fue una aberración. Que nunca puede volver a pasar. Que la democracia no es negociable.

Y sin embargo, en Argentina, ni siquiera eso logramos sostener sin ruido. No porque haya dudas sobre lo que pasó. Sino porque hay una disputa cada vez más evidente sobre quién tiene derecho a recordarlo.

El kirchnerismo lo logró una vez más: se apropió de una causa que, en esencia, no le pertenece. O mejor dicho, que no debería pertenecerle a nadie en particular. La memoria, la verdad y la justicia no son patrimonio de un partido. Son —o deberían ser— un piso común.

Pero ese proceso de apropiación no ocurrió de la nada. Ocurrió en el vacío.

Durante años, una parte importante de la política decidió correrse. Incómoda, temerosa, o simplemente especulando con el costo de dar ciertas discusiones. Eligió no incomodar, no confrontar, no hacerse cargo. Y así, dejó libre un terreno que era demasiado importante como para quedar sin representación. Un campo de discusiones y reflexiones profundo y necesario que alguien, con mucha inteligencia, ocupó. Y una vez ocupado, lo convirtió en propio.

Ahí está el punto que muchos prefieren evitar: el problema no es sólo quién se apropió de la bandera, sino quién la soltó.

Porque mientras unos construían un relato, otros eligieron el silencio. Mientras unos convertían la fecha en identidad política, otros la dejaban convertirse en algo ajeno. Y así, lo que debería haber sido un consenso transversal terminó reducido a una expresión parcial, cargada de desconfianza y —cada vez más— de rechazo.

Y lo más grave no es eso. Lo más grave es lo que vino después.

Hoy pasa algo profundamente triste: hay muchísima gente que cree en lo que representa el 24 de marzo, que reconoce el horror, que valora el juicio a las Juntas, que entiende la gravedad histórica de lo que ocurrió... pero que no quiere estar ahí.

No quiere ir a una marcha. No quiere levantar una bandera. No quiere compartir ese espacio. No porque niegue algo. Sino porque siente que ese lugar no le pertenece. Y eso debería alarmarnos.

Cuando una causa que debería unir empieza a expulsar, algo se rompió. Y no es un detalle: es el síntoma de un fracaso colectivo. No alcanza con decir que "se contó una sola parte de la historia" o que falta "la historia completa". Reducir todo a esa discusión es, en el fondo, una forma bastante cómoda —y bastante pobre— de no hacerse cargo de lo importante.

No importa si fueron 30.000 o uno. Uno solo alcanza para que sea inaceptable. El horror no se mide en cifras sino en el hecho mismo de que ocurrió. El verdadero problema no es cómo se cuenta la historia, sino qué hicimos con ella.

Dejamos que una fecha que debería ser de y para todos, sea de unos pocos. Nos perdimos en relatos y cifras. En discusiones banales. Y logramos que proclamar memoria, verdad y justicia por una causa noble de vergüenza o miedo. Que defender la democracia y el Estado de derecho sea cuestión de zurdos y peronistas. Que marchar por una injusticia tan grande como esa sea leído como una bandera partidaria y no como lo que debería ser: un límite moral básico. Y lo peor: nos acostumbramos.

¿Por qué seguimos permitiendo que el 24 de marzo sea el capital político de algunos? ¿Vamos a aceptar que una parte de la sociedad se corra de esa conmemoración simplemente porque siente que fue capturada? ¿Hablar de dictadura va a seguir siendo solamente cosa de zurdos?

O peor todavía: ¿vamos a resignarnos a que algo tan básico como el consenso democrático dependa de quién lo dice y desde dónde?

Hay algo profundamente incómodo en todo esto. Una sociedad que, en teoría, coincide en que lo que pasó fue una abominación, pero que no logra encontrarse para recordarlo.  

Y eso no es responsabilidad de una sola fuerza política.

Es, sobre todo, consecuencia de una dirigencia que durante demasiado tiempo decidió no dar una batalla que había que dar. Que eligió la comodidad del margen antes que la incomodidad de disputar sentido. Que dejó que una causa colectiva se transformara en una bandera partidaria por miedo, por cálculo o por comodidad... Y después, se sorprendió cuando dejó de ser propia.

El resultado está a la vista: una memoria fragmentada, discutida, sospechada. Una fecha que debería abrazar y que hoy, para muchos, incomoda. No por lo que recuerda, sino por lo que representa.

Recuperar el 24 de marzo como un punto de encuentro no implica borrar las diferencias ni negar las tensiones. No implica negar la historia ni dejar de discutirla. Implica algo mucho más básico: volver a apropiarnos —todos— de lo que nunca debimos haber soltado. Volver a decir, sin dueños, sin intermediarios y sin oportunismo, que hay cosas que no se negocian y el "Nunca Más" es una de ellas.

La pregunta es incómoda, pero inevitable: ¿quiénes van a animarse a dar esa pelea para que deje de ser de unos pocos y vuelva a ser de todos?

Porque si no pasa, la memoria va a seguir siendo un territorio en disputa. Y eso, en un país que ya atravesó lo que atravesó, no es solo un error. Es una irresponsabilidad. Y también una derrota.

Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar

En esta nota