Trump

Las emboscadas del Salón Oval

Donald Trump humilla a líderes en reuniones tensas. India y Pakistán vuelven a chocar. Europa vota, pero frena a la ultraderecha. El mundo, en alerta.
Nadie puede predecir como será tratado si visita al morador de la Casa Blanca. Todo es posible. EE
Luis Domenianni 24-05-2025
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De aquí en más, ¿quién será el jefe de Estado que aceptará compartir con el presidente Donald Trump una reunión en el Salón Oval de la Casa Blanca? Obvio que no faltarán candidatos. Pero no todos cuentan, muchos no cuentan y otros preferirían no contar.

Entre los observadores aparecen "apuestas" meramente especulativas. Y si bien cada caso es distinto a otro, abundan las coincidencias. Los candidatos son divididos en categorías. Están quienes correrán el riesgo de ser vapuleados. Están quienes no quieren correr ese riesgo. Y están quienes amarían ser convocados.

Todo lo anterior adquiere carácter tras las reprimendas públicas con emboscada incluida que padecieron los presidentes de Ucrania, Volodymyr Zelenski y de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa. 

Del episodio Zelenski, ya pasado, recordemos la pretensión trumpista de culpar al gobierno ucraniano por la agresión -palabra no pronunciada- rusa. Sobrevinieron luego los malos modales del vicepresidente JD Vance y las acotaciones sobre vestimenta de un periodista enrolado en la extrema derecha.

Zelenski debió dejar la Casa Blanca sin acuerdo. Perdió, pero ganó. Ganó en la consideración internacional que obligó a los emboscados de la Casa Blanca a volver sobre sus pasos. El ucraniano mostró prudencia y recuperó el insoslayable diálogo con Trump. 

Vino luego el acuerdo sobre tierras raras. Y ahí estamos. Con un Trump que duda si continuar o no interesado en el conflicto. Con un Zelenski que no se rinde y al que no le queda otro camino que retener a Estados Unidos como aliado y proveedor. Y con un presidente, Vladimir Putin, que hace lo que quiere.

Nadie imaginaba otro episodio de "política/verdad" en la Casa Blanca, pero sobrevino con el presidente sudafricano. Tal vez, en sus memorias, Ramaphosa cuente cual fue el motivo que lo llevó a tomar riesgo.

Porque indicios sobraban. En marzo, el embajador sudafricano ante Estados Unidos fue expulsado por orden de Trump. Previamente, en febrero, un decreto presidencial suspendió la ayuda norteamericana. Aún así, Ramaphosa fue. Y fue maltratado.

Básicamente por una acusación de genocidio contra la minoría blanca sudafricana. En particular, los agricultores. A boca de jarro, Trump dijo que contaba con un video y con artículos periodísticos para respaldar la acusación.

Hizo apagar las luces, acercar una pantalla y ordenó "poner al aire" un video de cuatro minutos con un discurso antiblanco de Julius Malena, una personalidad política sudafricana, ruidosa pero marginal.

Después presentó los artículos periodísticos mientras repetía la palabra "muerte" para describir la situación en el país del África Austral. De su lado, Ramaphosa se esforzaba por permanecer tranquilo y hasta sonriente. Habló de Nelson Mandela y dijo que su gobierno era de coalición.

Presentó entonces a su ministro de Agricultura, John Steenhuisen. Fue una buena respuesta. No solo porque Steenhuisen es blanco e integrante de otro partido, sino que, además, es afrikáner, apelativo que reciben los colonos neerlandeses y protestantes franceses instalados en Sudáfrica desde varias generaciones.

A Trump nada lo convenció. Ni siquiera su maniobra previa de ofrecer asilo a los sudafricanos blancos "perseguidos". Es que, hasta ahora de los casi 5 millones de sudafricanos blancos, solo 50 -sí, cincuenta- aceptaron el exilio de Trump. Todo dicho.

¿Y quién ganó?

 

Pasaron dos semanas desde que finalizaron los combates entre la India y Pakistán que se disputan la soberanía sobre la región de Cachemira en el Himalaya y nadie conoce a ciencia cierta cual es el balance de dichos combates.

La línea de control, que hacía las veces de frontera entre ambos países, permanece inalterada. Los corresponsales extranjeros no consiguieron acceder a las zonas de combate. Solo quedó, como información, la emisión de algunos partes originados por ambos contendientes.

Así solo fue posible conocer algunos datos sueltos sobre las consecuencias de los cuatro días de guerra. Guerra que finalizó cuando los comandantes militares de ambos bandos acordaron telefónicamente un alto el fuego. Y eso fue todo.

Los pakistaníes aparecen como más habilidosos a la hora de ganar la guerra, no ya militarmente sino mediáticamente. En particular cuando dan cuenta de los derribos -imposibles de comprobar- de aviones franceses -Mirage y Rafale- de la Fuerza Aérea india, que guarda silencio al respecto.

Los eventuales derribos los llevaron a cabo aviones de última generación, los J-10 de fabricación china. Y aquí comienza otra cuestión: la rivalidad de los proveedores de armamento. En particular, con relación a los dos contendientes cuyo diferendo -Cachemira- lejos está de encontrar un cauce negociador.

Históricamente, la India se equipó en la desaparecida Unión Soviética. Entonces, Pakistán era armado por los rivales de la URSS. Es decir, Estados Unidos y China. Actualmente, Estados Unidos cambió de bando y, junto con Francia, proveen a la India. Mientras que China se ocupa de Pakistán.

Claro que todo lo dicho queda condicionado por la posesión, por parte de ambos países de armamento nuclear. Sin dudas, un elemento disuasorio de proporciones. Al respecto, la doctrina india aparece como algo tranquilizante: "solo usar el arsenal nuclear como respuesta" tras un ataque previo.

La de Pakistán es mucho más difusa. En ningún momento da garantías sobre un "no uso previo". Por ahora, las operaciones militares cedieron el terreno a la disputa mediática. Nada asegura que no retornen.

La extrema derecha avanza, pero no concreta

Cuatro elecciones tuvieron lugar en Europa durante el mes de mayo. No pocos observadores auguraban al menos un triunfo de la extrema derecha. No lo hubo. Todo indica que, de momento, el deterioro del prestigio de los partidos tradicionales no es suficiente para un cambio hacia el autoritarismo.

Primero fue Albania. En las legislativas, ganó con autoridad el actual primer ministro Edi Rama, un socialista comprometido con integrar este pequeño país en la Unión Europea dentro de los próximos cinco años.

Albania fue la más férrea dictadura comunista prochina desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta el derribo del Muro de Berlín. Desde 2013, y ahora por cuatro años más, Rama gobierna el país. El resultado electoral lo muestra con 83 escaños sobre 140 del parlamento unicameral. En principio, más que suficientes.

También votó Polonia. Allí la observación sobre el comportamiento de la sociedad era mayor. Primero, por la importancia del país. Segundo poque la ultraderecha ya gobernó en la tierra de Federico Chopin y de Marie Curie.

Fue la primera vuelta de la presidencial y se enfrentaron el liberal y europeísta Rafal Trzaskowski con el nacionalista conservador Karol Nawrocki. Y ganó Tzarkowski. Ahí nomás. Con 31,3 de los sufragios positivos contra 29,5.

Dos candidatos de partidos de ultraderecha, uno nacionalista libertario y otro monárquico y antisemita, llegaron tercero y cuarto. Es, por tanto, impredecible el resultado final de la segunda vuelta el 1° de junio de 2025.

El caso de Portugal es distinto. No solo porque se trató de legislativas, sino por las características de los comicios. La competencia quedó centrada en tres formaciones políticas, una de centroderecha, otra de centro izquierda y una de ultraderecha.

El resultado marcó un crecimiento de la extrema derecha que no alcanzó, un descenso significativo de la centroizquierda y un triunfo de la centroderecha europeísta que no es suficiente para formar gobierno en solitario. Su titular y saliente primer ministro, Luis Montenegro debería continuar en el cargo. 

Para la extrema derecha del partido Chega no queda otra que seguir participando. De momento debe contentarse con discutir el segundo lugar con los socialistas. Ambos cuentan con 56 bancas, mientras los conservadores se llevan 86.

Por último, Rumania, donde todo indicaba un triunfo del soberanista, admirador de Trump y partidario de abandonar el apoyo a Ucrania, George Simion. Sobre todo tras su claro triunfo en primera vuelta.

Pero, para sorpresa general, el europeísta alcalde de la capital Bucarest, Nicusor Dan, consiguió darle vuelta y se consagró presidente de Rumania. Un cargo protocolar, aunque con facultad de veto respecto de las leyes. 

Conclusión: la extrema derecha no ganó y Trump no consiguió nuevos amigos. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar