Trump, Bakú y la encrucijada de la acción climática
La vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca ha generado una honda preocupación global sobre el futuro de la acción climática.
Es razonable: en su primera presidencia retiró a Estados Unidos del Acuerdo de París, dio marcha atrás con numerosas políticas domésticas en la materia, y favoreció a la industria de los hidrocarburos al ritmo del "drill, baby, drill".
Como segundo emisor mundial de gases de efecto invernadero y mayor emisor per cápita de dióxido de carbono, Estados Unidos es un actor indispensable para que una acción climática global exitosa.
Sin embargo, este no es el único desafío: Trump no irrumpe en una comunidad internacional envuelta en un círculo virtuoso de cooperación, sino que asumirá la presidencia en un contexto internacional poco alentador, incluso más allá de su elección.
Las contribuciones actuales de los estados están lejos de limitar el aumento de la temperatura a 1,5 o, al menos, a 2 grados centígrados. El año próximo los países deberán renovar dichas contribuciones y aumentar su ambición, aunque la reciente COP 29 de Bakú no arrojó resultados auspiciosos.
El reciente acuerdo sobre el Nuevo Objetivo Global de Financiamiento (NCQG, por sus siglas en inglés) materializó el compromiso de movilizar al menos US$ 300.000 millones por año hacia 2035 para los países en desarrollo, lo cual resultó claramente decepcionante para éstos últimos.
Estudios realizados por el Grupo Independiente de Expertos de Alto Nivel Sobre Financiamiento Climático o la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo estimaron necesidades que superan largamente esa cifra, y sugirieron la movilización anual de, al menos, un billón de dólares para la acción climática en el Sur Global.
Si bien el NCQG incluye un llamado para escalar la ambición hasta los 1,3 billones de dólares anuales, diversos actores señalaron que el piso alcanzado muestra la poca ambición del Norte Global y que hace inviable gran parte de la acción climática en el Sur.
El hecho de que los países desarrollados no lograran además cumplir su compromiso previo de movilizar US$ 100.000 millones anuales para 2020 es un antecedente negativo para la construcción de confianza entre los actores.
En este contexto, India rechazó el nuevo acuerdo, secundado por otros países en desarrollo, lo que anticipa un proceso poco prometedor de reelaboración de las contribuciones de los emergentes, quienes constituyen además los países donde más crecerán las emisiones en el futuro.
Diversas organizaciones de la sociedad civil se sumaron a las críticas, señalando que la actitud de los países desarrollados implica el desfinanciamiento de la transición energética y de las políticas de adaptación y protección frente a desastres en el Sur Global.
En este contexto, la llegada de Trump al poder parece coronar un momento particularmente bajo de la cooperación multilateral. No obstante, es posible matizar el pesimismo y encontrar algunas señales positivas.
En la política doméstica de Estados Unidos diversos analistas han señalado que la reversión de la acción climática necesariamente encontrará algunos límites fácticos. La transición energética está en marcha, no sólo por el impulso desde la política pública, sino también porque los costos de las energías renovables han caído notablemente, al tiempo que los beneficios económicos de la nueva economía ya son evidentes.
La Inflation Reduction Act de Biden, por ejemplo, ha generado inversiones significativas, principalmente en distritos republicanos, que de hecho han recibido más del triple de inversiones en energía limpia que los distritos demócratas. Estas ganancias directas para el sector privado y las presiones locales a las élites políticas dificultan una marcha atrás radical.
A nivel internacional, China se ha posicionado como líder mundial en energías renovables, jugando un papel fundamental en la reducción de costos tecnológicos. La competencia geopolítica también juega un rol: abandonar los acuerdos internacionales podría ser más costoso diplomáticamente que beneficioso.
Incluso voces del sector petrolero, como el CEO de Exxon Darren Woods, sugieren mantener el "sentido común" y permanecer en el Acuerdo de París para seguir influenciando la política internacional.
La propia compañía anunció inversiones por US$ 20.000 millones en reducción de emisiones, aprovechando los créditos fiscales de la legislación actual.
La acción climática y la transformación de la economía global a un modelo bajo en emisiones de carbono es un hecho. El problema central es la velocidad del cambio y si logramos hacerlo antes de que los efectos sean aún más graves.
La vuelta de Trump y los acuerdos recientes marcan un importante freno para la acción. En este contexto, es imprescindible construir nuevos consensos que reconecten la acción climática, basados en la confianza mutua, la transparencia y la búsqueda de ganancias compartidas en el proceso de transición. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar