Historia

La unificación de Alemania y el fin de un ciclo

La unificación de Alemania y el fin de un ciclo
Eduardo R. Ablin Eduardo R. Ablin 15-11-2021
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“Amo talmente tanto la Germania che ne preferivo due”

Giulio Andreotti, Máximo líder de la Democracia Cristiana, presidió el Consejo de Ministros de Italia en siete gobiernos

Tuve ocasión de desempeñarme en Bonn -entonces “capital provisional” de la República Federal de Alemania (RFA)- como titular de la Consejería Económica y Comercial de nuestra Embajada entre 1984 y 1991. 

El miembro ya entonces económicamente más poderoso de la todavía Comunidad Económica Europea (CEE) conservaba, sin embargo, los rasgos distintivos de la prolongada Guerra Fría en el centro de Europa. Así, no obstante su creciente relevancia internacional, continuaba siendo un país dividido y ocupado. 

En efecto -más allá del medio millón de efectivos de las fuerzas armadas germano occidentales incorporadas desde 1955 a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)- las zonas en que fue dividida la RFA al momento de su creación (1949) mantenían sustanciales contingentes de las potencias vencedoras de la Segunda Guerra, nucleando 250.000 soldados de EE.UU., 50.000 británicos y casi 30.000 franceses, mientras que la República Democrática Alemana (RDA) albergaba cerca de 370.000 tropas del Pacto de Varsovia. 

Así, la partición alemana presentaba el punto de fricción más tenso de la Guerra Fría, mientras la condición particular de Berlín -inserta en pleno territorio de la RDA, y dividida igualmente acorde el criterio de las cuatro jurisdicciones- convertía a su zona occidental en una provocativa vidriera del capitalismo en el corazón del mundo socialista. 

Ello motivaba al Gobierno de Bonn a impulsar por todos los medios la actividad económica de Berlín Occidental -integrada a la RFA bajo un status singular- así como la promoción de acontecimientos internacionales tales como ferias, exposiciones y congresos que permitían experimentar in situ a legiones de visitantes la confrontación entre los dos modelos en pugna en su punto más álgido, marcado por el ominoso “muro” que dividía la ciudad. 

Dicha singular construcción -erigida progresivamente por la RDA desde 1961 para evitar la continua migración de la población de la parte oriental hacia la zona occidental de la urbe- estaba conformada por bloques de hormigón de casi cuatro metros de altura, que cruzaba la planta urbana a lo largo de 43 kilómetros, serpenteando por lo que había sido el centro gubernamental y comercial de la capital de preguerra, quedando a su vez Berlín Occidental aislada del territorio de la RDA por una frontera artillada de 112 kilómetros.

Del lado oriental el muro se encontraba distanciado de la zona transitable por una franja de territorio minado y cubierto de barreras de alambre de púa, vigilado por una línea de torretas desde donde los guardias de la RDA disparaban ante cualquier intento de fuga. Dado que la RDA no reportaba estos hechos no existe registro fehaciente de las víctimas de tales tentativas, oscilando las disímiles estimaciones entre 200 y 600 muertes.

En el marco de mis funciones acostumbraba visitar Berlín regularmente, para promover y apoyar las actividades de los importadores locales de productos argentinos -carnes vacunas y ovinas, frutas, golosinas, entre otros- o para asistir a Ferias relevantes a nivel europeo tales como la Semana Verde o la Feria Internacional del Turismo. 

Como excepción a mis desplazamientos en la RFA por ferrocarril, en el caso de Berlín convenía volar, dados los 600 kilómetros de distancia y la complejidad de completar dos veces el trámite fronterizo (para ingresar a la RDA en la frontera entre ambos países y luego reingresar a la RFA en Berlín Occidental). 

En tanto Bonn se encontraba en la zona británica ello exigía volar desde la próxima Colonia por British Airways, dado que las potencias ocupantes conservaban la rémora del derecho de tránsito por el “corredor aéreo” para sus respectivas aerolíneas de bandera, y Lufthansa se encontraba excluida. 

Al culminar mi jornada laboral en Berlín Occidental acostumbraba visitar a mi colega acreditado en la RDA para compartir la cena. Un taxi me trasladaba hasta el icónico punto de tránsito denominado Checkpoint Charlie -para sorpresa del conductor que observaba a un extranjero trajeado y que hablaba alemán- cruzar confiadamente el enorme cartel advirtiendo en cuatro idiomas que en ese punto se abandonaba la “zona estadounidense” y se ingresaba en la “zona soviética”. 

El tránsito por la Friedrichstrasse no guardaba relación alguna con la casilla recordatoria conservada al presente, debiéndose atravesar una plazoleta rodeada de grises oficinas con aspecto carcelario y un playón para automóviles.

Dichas travesías me permitieron descubrir plenamente el sentido del privilegio, asociado en este caso nada menos que a la libertad. Exhibiendo a los guardias de la RDA una identificación como diplomático acreditado ante la RFA me retribuían con un displicente saludo militar, mientras los demás transeúntes que pretendían ingresar eran sometidos a prolongados interrogatorios, sin excluir una revisión personal, y para los automóviles el control en una fosa de inspección o el desmontaje de los paneles interiores de las puertas con igual propósito. 

Mi colega acostumbraba aguardarme a pocos metros del paso, bordeábamos el muro en su automóvil, deteniéndonos brevemente en una tienda sobre la famosa Avenida Unter den Linden para adquirir cigarros Cohiba cubanos a precios irrisorios -dado el devaluado mark de la RDA- y compartíamos una cena en algún lugar típico, disfrutando de esa cerveza berlinesa profundamente amarga.

Dado que a las 0.00 horas cesaba toda estadía en Berlín Oriental a las 23.30 mi colega me trasladaba hasta el Checkpoint Charlie, donde una multitud de residentes en Berlín Occidental -mayormente ciudadanos turcos- se aprestaban a cumplir con la denominada 'Hora de la Cenicienta' mientras mi cédula “mágica” me permitía caminar libremente 200 metros hasta la zona estadounidense.

Nadie vislumbraba entonces que alguna vez desaparecería el Muro, ni la subsecuente unificación alemana, ya que esta muestra de la Guerra Fría corroboraba 40 años después la validez del anticipo de Winston Churchill en la Universidad de Fulton (Missouri, 1946) acorde el cual “de Stettin en el Báltico a Trieste en el Adriático, una cortina de hierro se ha abatido sobre el continente”. 

Sin embargo, nuestro arribo a la RFA en 1984 coincidió con un período de gran incertidumbre en la conducción de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) ante la sucesión de Yuri Andrópov como Secretario General del Politburó del Partido Comunista desde el fallecimiento de Brezhnev en 1982. 

Finalmente, en marzo de 1985 el poder recayó en Mikhail Gorbachov, diluyéndose la tradición fuertemente conservadora del estalinismo brezhneviano. 

En efecto, Gorbachov renovó el eje político de la URSS con la introducción de dos principios novedosos denominados “glásnost” ("apertura" y "transparencia") y “perestroika” (“reconstrucción"), los que voluntaria o involuntariamente redundaron en el posterior desmembramiento del Estado soviético, anticipado por la unificación alemana y el desarme del Pacto de Varsovia.

Por su parte, a diferencia de los vaivenes de poder en la URSS el férreo liderazgo ininterrumpido desde 1976 de Erich Honecker en la RDA -símbolo del estalinismo más rígido que caracterizaba a los Partidos Comunistas en toda Europa del Este- no pareció registrar las transformaciones en la URSS, que había percibido la imposibilidad de continuar los avances tecnológico-militares requeridos para mantener a largo plazo su confrontación con Estados Unidos.

Así, el anuncio en marzo de 1983 por parte del presidente Ronald Reagan de la “Iniciativa de Defensa Estratégica” -vulgarmente denominada “Guerra de las Galaxias”-, destinado a construir un sistema defensivo en el espacio capaz de prevenir un ataque al territorio de EE.UU. con armas nucleares estratégicas (misiles balísticos intercontinentales) tornó obsoleta la doctrina de la “destrucción mutua” y con ello la propia Guerra Fría.

En el contexto de las reformas introducidas en el régimen soviético el Presidente Reagan visitó Berlín en 1987, pronunciando frente a la Puerta de Brandeburgo (y, por ende, de espaldas al muro) un famoso discurso emulando al Presidente John F.Kennedy en 1963 (con el recordado alegato “soy un berlinés”), el cual instaba al máximo líder soviético -para garantizar la prosperidad, paz y seguridad para la URSS y toda Europa del Este- nada menos que a derribar el muro. 

Con profunda emoción me viene a la memoria la imagen de la radio televisión alemana junto a la estentórea expresión: “Mr. Gorbachev, tear down this wall", objeto de controversia en los propios EE.UU., donde diversos analistas estimaron que este discurso no fue valorado en su profunda significación hasta la caída del muro.

En rigor cabe reconocer que también los propios alemanes occidentales habían abandonado hacia los años '80 la expectativa de la unificación. Mis primeros años en Bonn me mostraron hasta donde los gobiernos de la RFA habían absorbido el criterio “provisional” otorgado a su capital. 

En efecto, muchos ministerios (Economía y Agricultura, entre los que más visitaba) se encontraban aún alojados en bases militares aliadas abandonadas en la postguerra, con techos de chapa como se ven en los films.  Paradójicamente, el Gobierno Federal recién construyó importantes edificios para la mayor parte de los Ministerios en los años inmediatos precedentes a la caída del muro, evidenciando así que la misma -y la subsecuente unificación- los tomó igualmente por sorpresa.

Al respecto, cabe señalar que la caída del Muro no fue el resultado de una revuelta repentina, sino que constituyó la culminación de un proceso que se desarrolló paulatinamente durante más de medio año, desconcertando a los líderes de la RDA, tal vez por la soberbia de no haberla considerado factible. 

En efecto, en mayo de 1989 el Gobierno húngaro inició un proceso de reformas que incluyeron el desmantelamiento de los controles fronterizos con Austria. Dado que muchos ciudadanos de la RDA tradicionalmente obtenían permisos para vacacionar en los lagos húngaros ello fue aprovechado durante el verano europeo por miles de ciudadanos orientales para circular por Hungría y beneficiándose del libre tránsito entre dicho país y Austria culminaron escapando a la RFA, contando con la asistencia de las Embajadas de la RFA en Budapest y Viena, lo que culminó saturando las instalaciones de la RFA en Baviera para alojar a los refugiados.

Sin embargo, estos acontecimientos dieron al proceso trascendencia internacional, dando lugar a una ola de protestas masivas en reclamo de la democratización del régimen de la RDA, iniciándose manifestaciones regulares en importantes ciudades tales como Dresden, Leipzig, Halle, Magdeburgo, Potsdam y Rostock, entre otras. No obstante esta crisis, la RDA decidió celebrar su Día Nacional el 7 de octubre exhibiendo su sofisticado arsenal en el habitual desfile militar. 

Gorbachov asistió al mismo, coincidiendo diversas versiones en que en dicha ocasión señaló a Honecker que la URSS no intervendría nuevamente para estabilizar ningún gobierno del Pacto de Varsovia como lo había hecho en Praga en 1968, por lo que la RDA quedaba de facto librada a sus propios recursos. 

Ello provocó un cisma en la conducción del Comité Central del Partido Comunista  (SED en alemán) entre un sector moderado y otro de línea dura que culminó con la dimisión de Honecker de todos sus cargos el 18 de octubre, siendo sucedido por Egon Krenz -quien no pudo ya restablecer el orden- al mismo tiempo que las demostraciones se extendían finalmente a Berlín Oriental, donde alcanzaron en Alexanderplatz -centro neurálgico de la capital- un pico de 500.000 participantes. 

Intentando evitar un éxodo migratorio hacia Hungría, el gobierno de la RDA cerró los pasos fronterizos vía Checoslovaquia el 3 de noviembre, generándose como reacción aglomeraciones de tal envergadura en las rutas que debió dar marcha atrás, mientras la Unión Soviética no reacciónó -como si fuera totalmente ajena a la situación- sellando de esta forma la disgregación del bloque del Este. 

Ante esta situación, el Gobierno de la RDA anuncia el 6 de noviembre nuevas regulaciones de viaje con "cambios cosméticos" a la política de la era Honecker, decisión que irritó a su población mientras los checos amenazaban por su parte con clausurar el ingreso masivo de ciudadanos germanos que no cesaban de llegar.

Mientras reinaban días de gran desconcierto, el gobierno decide reemplazar la normativa en cuestión anunciando una conferencia de prensa para el día 9 de noviembre por la tarde a efectos de su difusión. Dicha rueda de prensa -presidida por Günter Schabowski, Portavoz del Politburó del SED- precipitó los acontecimientos que se sucedieron como en una comedia de errores- desencadenando inesperadamente la caída del muro. 

En efecto, hacia el final de la rueda de prensa el corresponsal de la agencia de noticias italiana ANSA preguntó si la ley de viaje anunciada permitiría la migración permanente de los ciudadanos de la RDA en todos los puntos de la frontera. Ante la confusión reinante y un cúmulo de preguntas simultáneas el funcionario expresó sorpresa ante la interpretación de la norma y procedió a leer una nota enviada por el Secretario del Politburó Krenz, generando una segunda consulta acerca de cuándo entrarían en vigencia las regulaciones anunciadas, a lo que luego de un instante de duda Schabowski respondió -ante las cámaras de TV- que “a su entender entraban en vigor de inmediato” (en alemán “sofort”...”unverzüglich"), cuando en rigor el texto preveía que ello quedaba sujeto al Consejo de Ministros. 

De allí que una incisiva historiadora de EE.UU. calificara la caída del muro -uno de los acontecimientos más trascendentales del Siglo XX, como “un accidente cómico-burocrático atribuible a las mareas de la historia".

Siendo apenas las 19.00 horas y habiendo concluido la conferencia de prensa, recibo en mi casa el llamado de mi colega en Berlín Oriental, que me informa con gran excitación que un enorme gentío se agolpaba frente a las puertas habilitadas para el tránsito en el muro, demandando a los guardias el cumplimiento inmediato de lo anunciado en la rueda de prensa y la apertura inmediata de las fronteras, sin producirse reacción alguna de las fuerzas -que obviamente decidieron no asumir la responsabilidad de reprimir a una multitud sin órdenes expresas-. 

Me comentó asimismo que próximo al muro observó a jóvenes que comenzaban a picarlo a martillazos, vendiendo a los transeúntes trozos del mismo en DM (Deutschmark, la moneda de la RFA que se atesoraba en la RDA). Reconozco que en ese instante, sin reparar en el hecho histórico que estábamos viviendo mi súbita e inmediata reacción frente fue pedirle que se acercara a nuestro tradicional lugar de encuentro y me comprara un trozo, preferiblemente grafitado.

Cerca de las 23.00 las puertas del Muro se abrieron y un sinfín de berlineses occidentales recibieron a los que con sorpresa traspasaban por primera vez esa infranqueable valla -cerrando así el ciclo de la “cortina de hierro”- con flores, champaña, y bananas, producto que los alemanes adoran y que en la RDA no se obtenía hacía largos años. 

Luego vinieron largos meses de negociaciones cuyo detalle excede el contenido de esta nota.  Los mismos se desarrollaron -no sin sobresaltos- bajo el modelo denominado “Cuatro Más Dos” (los 4 vencedores de la Segunda Guerra y las dos Alemanias), culminando con la mecánica de unificación inteligentemente prevista en la Constitución de la RFA de 1949, la cual determinaba que los “Länder” (Estados Federados) que no estuvieran en condiciones de incorporarse en dicha instancia a la RFA podrían solicitar en cualquier momento su accesión a la misma.

En julio de 1990 se dispuso una unión monetaria aceptando la RFA una convertibilidad uno a uno entre el Deutschmark y el Mark, decisión que evidenció la voluntad de la RFA de subsidiar hasta donde resultara necesario la unificación, dada la reticencia reinante en varios Miembros de la CEE (liderados por Gran Bretaña, los Países Bajos e Italia) cuyo Primer Ministro reseñó con ingeniosa ironía en la expresión que encabeza esta nota.

En efecto, Gran Bretaña presentaba grandes recelos ante la factibilidad que la nueva RFA pudiera adquirir -a partir de su potencial económico- primacía en la definición de la política exterior europea, al mismo tiempo que una Alemania unida evocaba en sus socios memorias pangermanistas que preferían no revivir. Ello impulsó a los Miembros de las Comunidades Europeas a exigir que el “Acuerdo de Unificación” incluyera una declaración de que la nueva RFA reconociera como su límite este la cuenca de los ríos Oder-Neisse, renunciando a todo reclamo territorial que excediera el ámbito ocupado por la RFA y la RDA al momento del acuerdo “Cuatro Más Dos”, suscripto en septiembre de 1990.

Por nuestra parte, regresamos al país pocas semanas antes de que el Bundestag (Parlamento de la RFA) ratificara la unificación y se declarara al 3 de octubre Día de la Unidad Alemana, cerrando así menos de un año después de la caída del muro un ciclo de confrontación que se extendió durante cuatro décadas. He tenido oportunidad de volver de visita a Berlín, que luce una ciudad distinta sin el muro. 

No me atrevería jamás a reivindicar su atroz significado, pero quienes hemos conocido la ciudad dividida por la “pared” sentimos cierta nostalgia como si algo le faltara. En cuanto a mi trozo del Muro -enmarcado en un bloque de acrílico transparente- continúa adornando el living de mi casa, como homenaje a las vidas sacrificadas en aras del más costoso experimento social del Siglo XX.

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