Estamos de acuerdo que el mundo tal como lo conocíamos está cambiando y a una velocidad que hace muy difícil el análisis porque muy pronto vuelve a quedar obsoleto. Las categorías con las que nos manejábamos se están cayendo y es difícil reemplazarlas en esa velocidad con nuevas ideas. Mucho más fácil es la resistencia. Por eso hay tanta, en tantos lugares. Ante el caos mejor nos refugiamos en lo anterior. Es más conocido.
El mundo se transformó profundamente afectando de manera arrasadora la capacidad del Estado —ese que organiza el vivir juntos— no solo para proteger sus fronteras, sino también su población e intereses. Y tal como afirma Stubb, ".... fuerzas que se suponía que iban a unir al mundo —el comercio, la energía, la tecnología y la información— ahora lo están dividiendo". Ni hablar de los grandes actores del sector privado y su influente e independiente (¿?) rol en este escenario global.
En general, hay coincidencia entre los analistas en la rivalidad entre las potencias hegemónicas, una multipolaridad de potencias regionales, y el derrumbe del mundo con reglas para todos.
Actualmente hay de todo: áreas de reglas flexibles, otras con normas a la carta, otras —la mayoría— sin ellas. Algunos hablan de la vuelta al realismo y a la geopolítica, desempolvando los clásicos de las Relaciones Internacionales, pero este mundo tiene muchas características que ameritan una revisión de todos los paradigmas.
Las dos potencias hegemónicas en competencia tienen una gran interdependencia y también cooperan; la rivalidad entre algunas potencias medias tiñe la agenda de seguridad forzando posicionamientos que ya no son lineales. Y hay un sector privado tan poderoso que quiere dictar reglas y correr carreras tecnológicas con los Estados.
En este "sálvese quien pueda", para los países de rango medio se plantea el desafío de cómo conducirse a favor de las propias poblaciones. Dos discursos recientes de líderes, provenientes de ese tipo de países, describen la situación y se animan a trazar una idea, a sugerir un camino.
Me refiero a los discursos de Alexander Stubb, presidente de Finlandia, y Mark Carney, primer ministro de Canadá. Ambos hacen un llamado a los países del Sur a cooperar y generar voz propia. Quizás Stubb está interpelando al Occidente poderoso, para que ofrezca al Sur algo más ventajoso para sus países. Mientras que Carney opta por llamar países medios a los que debieran unirse para generar las reglas que defiendan el interés de los más chicos.

El objetivo de ambos es reemplazar la posibilidad de subordinación por la de cooperación con la fuerza de muchos. Llaman a no resignarse ante la lógica de poder dominante, sino a articular respuestas colectivas.
Lo interesante es que ambos plantean que más que aferrarse al orden que se derrumba, hay una oportunidad por participar en la creación de un orden nuevo, que no sea solo la competencia hegemónica de las grandes potencias.
La referencia al Sur Global ya no incluye a China para evitar la trampa de quedar del lado de uno de los polos de la competencia hegemónica. Stubb alerta que ese Sur Global está ganando influencia económica, demográfica y política. A partir de esa realidad, considera que si el Occidente no consigue dialogar, cooperar y compartir poder real con ese grupo de países va a perder legitimidad y liderazgo. Y sostiene que no se trata solo de inversiones y comercio, sino participación real en las instituciones internacionales.
Y quiero centrarme en los escenarios que él plantea para darle marco a una eventual construcción de política exterior.
- Un mundo fragmentado y transaccional donde las normas sean reemplazadas por acuerdos entre potencias y los Estados pequeños queden marginados.
- Una lógica de esferas de influencia rígidas en la que cada potencia domina su región.
- Un orden compartido y reformado donde Occidente, Oriente y el Sur Global compartan poder bajo un marco de reglas y liderazgo multilateral renovado.
La política exterior que Milei tiene se identifica con su propósito más importante, y quizás casi el único de su mandato: la economía. Por eso es una política exterior subsidiaria del programa económico interno. Es el único criterio ordenador. De ahí el alineamiento estratégico con uno de los polos del poder global, capaz no sólo de sostener la economía en una crisis, sino en su visión, credibilidad financiera, atracción de capital y reducción del riesgo-país. Eso produce una política exterior más técnico-comercial que geopolítica.
Todas las otras líneas de política exterior responden a alimentar esta línea a través de un discurso ideológico, que alinea con el Occidente democrático, que lo distancia de los regímenes de izquierda de la región, y votaciones y posicionamientos globales alineados con EE.UU.
Lo prueba esto las excepciones, ya que en lo comercial e inversiones no renuncia a China o en la agenda medioambiental no se va del Club de París (que combate Trump) porque prioriza el acuerdo con la Unión Europea.

En ese sentido, el Gobierno argentino conduce los destinos del país a un escenario más cerca del primero o el segundo de los que plantea Stubb, en la lógica realista de que no hay alternativas. Sin embargo, los que estos líderes se animan a plantear, es que ya hay en el mundo muchos países sin la fuerza de las potencias, pero con capacidades suficientes para plantear una tercera voz, que fuerce reglas más justas y menos alineadas o subordinadas.
Lamentablemente, Latinoamérica, o quizás peor, la propia Sudamérica, vuelve a tropezar con la misma piedra. La ideología, y no los intereses de sus pueblos, prima en las decisiones y en la forma de enfrentar este mundo de competencia hegemónica, poderes medios, empresarios poderosos y sociedad empoderada.
Parece el reflejo de lo anterior en peor versión. Ahora juguemos a que nos unimos los que pensamos todo diferente. No importa las consecuencias, no importa cuánto nos conviene, ni siquiera importa el sentido. O el enojo —muchas veces con razones— por el fracaso de lo anterior, o el desapego sobre lo que pasa en el mundo dirigencial porque ya no me siento parte, o porque no les creo o siento que nada de lo que haga puede cambiar algo.
Todo eso juega a favor de una nueva caricatura que nos enfrenta, en lugar de unirnos. Que nos hace tomar partido en lugar de ponernos a pensar, juntos, los que tenemos miradas diferentes pero vivimos en la misma tierra con problemas parecidos.
Hay que hablar de futuro. Hay que animarse a hablar de futuro sin quedar atrapados en el dolor del pasado. Ni los debates de antes. Hay que ser realista con nuestras propias capacidades y limitaciones, pero también, darle valor a nuestros activos.
La unión hace la fuerza. Pero requiere deponer defensas, mirarnos como hermanos, acoger el dolor y entenderlo, asumir el poder de quien está al frente y tratar de presentar alternativas válidas. Requiere líderes con una valentía puesta en el sentido de lo que se quiere lograr, y no en la especulación de un resultado egoísta.