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¿Cuánto sale el M2 en Buenos Aires? 500 puntos de riesgo país

Daniel Montamat asegura que Argentina puede duplicar su PBI en diez años. Pero hay un indicador silencioso que revela el principal obstáculo para lograrlo: la falta de previsibilidad.

¿Cuánto sale el m2 en Buenos Aires?
¿Cuánto sale el m2 en Buenos Aires? EE

Daniel Montamat lo expuso con la precisión de un cirujano. Sentado frente a Fernando Meiter en Polémica en el Business, el economista desplegó su tesis: Argentina puede duplicar su PBI en diez años. Para eso, necesita crecer al 7,2% anual compuesto. La matemática es impecable. Lo interesante no fue el número, sino la arquitectura argumental que elegió para sostenerlo.

Montamat no habló de coyuntura. No mencionó el dólar, la inflación ni la tasa de interés. Fue directo a la geopolítica. 

Hay una alineación planetaria, dijo, donde la seguridad energética y la seguridad alimentaria dejaron de ser capítulos sectoriales para convertirse en prioridad absoluta de las potencias. Por encima de los flujos comerciales. Por encima de las finanzas. En ese tablero, Argentina ocupa una posición que pocos países pueden reclamar: proveedor estratégico de ambas seguridades, ubicado en una zona libre de conflictos directos y sin los choke points que estrangulan otras rutas marítimas del mundo.



El argumento seduce por lo que omite. No promete milagros. No habla de un futuro distante. Enumera lo que ya existe. Vaca Muerta, con su objetivo de gas a menos de tres dólares el millón de BTU y energía eléctrica por debajo de cincuenta dólares el megavatio. La Patagonia como imán para centros de datos y petroquímica. El agro esperando la eliminación de retenciones para expandirse. La minería, la pesca, la forestación, la economía del conocimiento. Motores ya encendidos, girando a media máquina, esperando que alguien acelere.

Después vinieron los números duros. La tasa de inversión actual es del 16,5%. Para duplicar el PBI en una década, Montamat calcula que debe saltar a niveles de entre 25% y 28%. Y acá mete un matiz que vale oro: ese capital no puede ir a cualquier lado. Hay que dirigirlo a cadenas de valor con ventajas comparativas reales. No a la sustitución forzada de importaciones. Esa distinción separa su planteo de viejos relatos industrialistas.

Hasta ahí, la parte que aplaudo. La que me obliga a pensar.



Pero Montamat también dijo algo que merece una pausa. Para que esto funcione, necesitamos una masa crítica de dos tercios de la población que sostenga el mismo rumbo durante tres o cuatro presidencias consecutivas. Lo llamó "reconciliación con los proyectos de largo plazo". Y ahí, justo ahí, el castillo de naipes empieza a temblar.

Porque ese consenso no existe. Nunca existió. Argentina lleva décadas alternando modelos económicos con la regularidad de un péndulo, donde cada administración dedica sus primeros dos años a deshacer lo que hizo la anterior. No es un problema de recursos. Es un problema de persistencia. Y la persistencia no se extrae de un pozo ni se cosecha en la pampa húmeda. Se construye, o no se construye, en el barro de la política.

Lo que el metro cuadrado dice en voz baja

Hay una variable que mide la persistencia mejor que cualquier discurso. Una variable obstinada, silenciosa, que el mercado inmobiliario viene registrando hace décadas sin pedir permiso: el valor del metro cuadrado.



Comparemos. Buenos Aires, en sus barrios consolidados como Palermo o Belgrano, cotiza entre US$ 2.300 y US$ 2.600 el metro cuadrado. Santiago de Chile, en zonas equivalentes como Providencia o Las Condes, se mueve entre US$ 3.000 y US$ 3.800. Montevideo, en Pocitos o Punta Carretas, entre US$ 2.600 y US$ 3.200.

¿Qué tienen Chile y Uruguay que no tenga Argentina? Gas a gran escala, no. Tampoco la extensión infinita de nuestra pampa húmeda, ni la diversidad extrema de climas, ni la masa crítica de talento en escala, ni el tamaño de nuestro mercado interno. Argentina los supera ampliamente en la dotación total de sus recursos. Y sin embargo, su ciudad más emblemática vale hasta un cuarenta por ciento menos que Santiago y compite de igual a igual con Montevideo, una capital que está ahí nomás, cruzando el río, en un país sin Vaca Muerta, sin nuestra escala y sin la mitad de nuestras ventajas.

Uruguay no tiene hidrocarburos significativos. Chile importa la gran mayoría del gas que consume. Ninguno de los dos cuenta con el abanico colosal de recursos que Montamat describe. 



Pero ambos construyeron algo que el mercado inmobiliario premia con creces: previsibilidad. Un departamento en Pocitos o en Las Condes no vale más por sus ladrillos ni por su vista. Vale más porque quien compra sabe, con razonable certeza, que las reglas del juego no van a cambiar con cada elección.

El riesgo país expresado en ladrillos

Con el riesgo país en torno a los 500 puntos, Argentina paga un sobrecosto por cada dólar que ingresa. Ese número no mide recursos naturales. Mide confianza. Mide la probabilidad percibida de que un proyecto de largo plazo sea alterado por un giro político, un cepo, una pesificación compulsiva o una renegociación contractual hostil.

El metro cuadrado es el riesgo país expresado en ladrillos. Es la destilación de todas las dudas que el inversor no dice en voz alta pero refleja en el precio que está dispuesto a pagar. ¿Para qué pagar 3.500 dólares el metro en Buenos Aires si puedo pagarlos en Montevideo, donde el marco jurídico no se discute cada dos años? ¿Para qué apostar por un país que cada cuatro años se pregunta si va a honrar sus contratos?



Montamat tiene razón en lo geopolítico. Su lectura del tablero global es impecable. Pero su propia tesis requiere, por confesión propia, que la política no malogre la oportunidad. El metro cuadrado sugiere que, hasta ahora, la política la malogró. Buenos Aires debería ser la ciudad más cara de la región. Tiene el PBI per cápita histórico, la infraestructura, la masa crítica de talento, la vida cultural. Si vale menos que Santiago y apenas compite con Montevideo, es porque el mercado descuenta —literalmente— la posibilidad de que el péndulo vuelva a girar.

Hay una imagen que resume todo esto mejor que cualquier argumento. En 1913, Buenos Aires inauguró su primer subterráneo. Fue la primera capital de Sudamérica en tener metro y una de las primeras del mundo. Adelantada a Madrid, a Moscú, a Tokio. Más de un siglo después, Santiago de Chile tiene 143 km y 163 estaciones. Buenos Aires, 56,6 km y 90 estaciones. La ciudad que llegó primero hoy tiene casi un tercio.

Eso no se explica por falta de recursos. Se explica por falta de persistencia.



El espejo retrovisor

Aquí hay que hacer una pausa y mirarnos al espejo. La economía no es una fuerza de la naturaleza que nos cae encima. La economía es un hecho social. Es lo que hacemos entre todos, todos los días. Si la mayoría opera con el rumbo que Montamat propone, el 7,2% es perfectamente alcanzable. Pero si la mayoría sigue pensando que el péndulo va a volver, que esto no dura, que en cualquier momento cambia todo de nuevo, entonces nada va a pasar. No por falta de recursos, no por falta de oportunidad geopolítica, no porque el mundo no nos necesite. Nada va a pasar porque nosotros mismos no vamos a hacer lo que hay que hacer para que pase.

Es una profecía autocumplida. Si dos tercios de los argentinos nos convencemos de que el rumbo puede durar, el rumbo dura. Si dos tercios dudamos, el péndulo vuelve. Es comportamiento colectivo.

Y ya lo hicimos una vez. En 2022, un equipo entero se propuso que Messi saliera campeón del mundo. Se alinearon los egos, las estrategias, los sacrificios individuales. Todo se subordinó a un objetivo más grande que cada uno. Las discusiones internas quedaron para otro momento; las diferencias también. Lo único que importaba era la Copa. Y salimos campeones del mundo. Lo que parecía imposible para una selección que venía de años de frustraciones se hizo realidad porque un grupo de personas decidió operar como si el objetivo fuera viable.



Si pudimos hacer eso en la cancha, ¿no podemos hacerlo con nuestro PBI? ¿No podemos alinear la estrategia, subordinar las diferencias, dejar de discutir lo accesorio y ponernos todos detrás de un país que crece al 7,2%? En definitiva, los chilenos y los uruguayos no son más inteligentes que nosotros. Simplemente se comportan como si sus reglas de juego fueran a mantenerse. Y al comportarse así, las reglas se mantienen.

La pregunta que le falta al 7,2% no es si tenemos los recursos. No es si el mundo nos necesita. Ambas respuestas son afirmativas. La pregunta es cuántos argentinos van a despertarse mañana dispuestos a operar como si el país hubiera entrado en un camino de veinte años sin atajos ni vueltas atrás. Como si de verdad nos hubiéramos reconciliado con los proyectos de largo plazo.

Cuando el metro cuadrado de Palermo refleje el valor de esa convicción, cuando Buenos Aires retome la expansión de sus subtes, cuando el inversor deje de mirar el calendario electoral antes de firmar un contrato, el riesgo país no será un número que nos define. Y el 7,2% no será una proyección. Será lo que hagamos entre todos.



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