La balanza comercial energética atraviesa una transformación estructural impulsada por el fuerte crecimiento de la producción no convencional. Según nuestras estimaciones y proyecciones que analiza la evolución reciente del sector se proyectan dos escenarios posibles para 2026, ambos con superávit, pero con dinámicas muy diferentes.
El punto de partida es un récord histórico en la producción de hidrocarburos. Durante 2025, la producción de petróleo alcanzó el nivel más alto registrado en el país, superando marcas previas de fines de los años '90.
El motor de ese salto fue el shale, que explica la mayor parte del incremento y consolidó a Vaca Muerta como el eje central del nuevo mapa energético argentino. En paralelo, la producción de gas natural también alcanzó un máximo histórico, con una caída abrupta de las importaciones, que pasaron de ser estructurales a prácticamente marginales.
Este desempeño productivo tuvo un impacto directo sobre el frente externo. Entre enero y octubre, el superávit comercial total del país fue de U$S 6.846 millones, de los cuales el sector energético explicó cerca del 90%. Además, el saldo positivo del rubro mostró un crecimiento interanual significativo, confirmando que la energía dejó de ser un factor de restricción para convertirse en una fuente neta de divisas.

Las exportaciones energéticas crecieron con fuerza, especialmente las de petróleo crudo, donde el aumento de los volúmenes logró compensar la baja de los precios internacionales. Al mismo tiempo, las importaciones siguieron el camino inverso, reflejando el mayor autoabastecimiento logrado a partir del desarrollo del shale y de la ampliación de la capacidad de transporte desde la Cuenca Neuquina.
Sin embargo, se advierte que este proceso convive con tensiones internas. La producción no convencional muestra un alto grado de concentración geográfica, aunque en el último año emergieron nuevas áreas que comenzaron a traccionar el crecimiento, modificando parcialmente el patrón previo.
En contraste, la producción convencional acelera su declino en todas las cuencas, una tendencia asociada a la menor inversión en un contexto de precios internacionales más bajos.
En el caso del gas, el crecimiento reciente estuvo más vinculado al gas asociado al petróleo que a una expansión del shale gas propiamente dicho, mientras que la producción de gas seco mostró una contracción. Aun así, proyectos puntuales permitieron amortiguar la caída del convencional, evitando un deterioro mayor del balance gasífero.
De cara a 2026, se plantean dos escenarios. El escenario tendencial supone la continuidad del crecimiento del no convencional y el actual ritmo de declino del convencional, lo que permitiría elevar el superávit comercial energético a casi U$S 8.900 millones de dólares, impulsado principalmente por mayores exportaciones de crudo.
El escenario ácido, en cambio, contempla una desaceleración del shale oil y un deterioro más acelerado de las cuencas maduras, lo que reduciría el saldo positivo, aunque manteniéndolo en niveles elevados.
Ambos escenarios ponen en evidencia la volatilidad que caracteriza al sector hidrocarburífero, pero también confirman un cambio estructural: incluso en el contexto más adverso, la balanza comercial energética seguiría siendo superavitaria.
En ese marco, el shale aparece no solo como el principal motor productivo, sino como el ancla externa de la economía argentina, en un momento en el que las divisas vuelven a ser un recurso estratégico.