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UE-Mercosur: no es lo que exportamos, es lo que podemos producir y exportar

La Unión Europea ya es el principal inversor en Argentina, con cerca del 40% del stock de inversión extranjera directa.

Javier Milei, Ian Sielecki (embajador en Francia) y el canciller Pablo Quirno
Javier Milei, Ian Sielecki (embajador en Francia) y el canciller Pablo Quirno EE

Este 1° de mayo empezó a aplicarse de forma provisional el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur. Después de más de 25 años de negociación, deja de ser una promesa diplomática y pasa a ser un dato económico concreto, con efectos desde ahora: empiezan a bajar aranceles, se simplifican barreras y se establece un marco más estable para comerciar e invertir.

El dato más repetido es que Argentina exportó a la Unión Europea unos US$ 8.600 millones en 2025 y que podría duplicar ese número en los próximos años. Es cierto. Distintas estimaciones proyectan exportaciones en torno a US$ 15.000 millones hacia 2030 y cerca de US$ 19.000 millones a diez años.

Pero si la discusión se queda ahí, se está mirando el acuerdo con lógica estática. Porque este no es, principalmente, un acuerdo para vender más de lo mismo. Es un acuerdo que cambia los incentivos de cómo y dónde se produce.



Ahí entra la dimensión clave —y bastante subestimada—: la posibilidad de que Europa invierta en Argentina para integrar producción y aprovechar las preferencias arancelarias. Dicho en criollo: no se trata solo de qué podemos exportar hoy, sino de qué se va a empezar a producir acá porque el acuerdo existe.

La Unión Europea no es solo un mercado de más de 450 millones de personas de alto poder adquisitivo. Es uno de los principales inversores globales y, sobre todo, un actor central en la reorganización de las cadenas productivas en un contexto de tensiones geopolíticas, transición energética y necesidad de diversificar proveedores.

Europa necesita alimentos, energía y minerales críticos. Pero además necesita reducir riesgos, asegurar abastecimiento y ganar previsibilidad. El acuerdo con Mercosur encaja exactamente en ese movimiento.



En ese marco, Argentina no entra solo como exportador. Entra como potencial nodo de producción. Y eso cambia todo, porque a partir de ahora aparece una ecuación nueva para las empresas europeas: invertir para producir en Argentina —con recursos locales, empleo local, proveedores locales para exportar a Europa aprovechando las preferencias arancelarias. 

Eso es integración productiva. Y no es una hipótesis teórica ni alocada. Es exactamente lo que ya ocurrió dentro de la propia Unión Europea.

A modo de ejemplo: cuando países como España, Portugal o Polonia se sumaron a la Unión Europea, no tenían una gran oferta exportable que ofrecer a mercados como el alemán, no eran grandes exportadores industriales. No tenían una oferta exportable sofisticada ni competitiva en muchos sectores.



Lo que ocurrió fue otra cosa. Empresas alemanas —y de otros países centrales— invirtieron en esos territorios, integraron cadenas de valor, relocalizaron etapas productivas y, con el tiempo, empezaron a importar desde allí bienes - si, incluso industrializador - que antes no existían o no eran competitivos.

No fue un fenómeno de "más exportaciones de lo mismo". Fue un proceso de transformación productiva. Ahí es donde aparecen dos conceptos clásicos, pero que en este caso vuelven a cobrar relevancia: creación y desvío de comercio.

Creación, porque empiezan a existir flujos comerciales nuevos, que antes no eran viables.Desvío, porque parte de la producción se relocaliza hacia donde hay ventajas relativas —en este caso, acceso preferencial, costos y recursos— desplazando a otros proveedores.



Eso es lo que está en juego con el acuerdo UE-Mercosur.

Y eso explica por qué las proyecciones de inversión son, en realidad, más relevantes que las de exportaciones. La Unión Europea ya es el principal inversor en Argentina, con cerca del 40% del stock de inversión extranjera directa. El acuerdo no parte de cero: amplifica una presencia que ya existe y le da un nuevo sentido económico.

Ese movimiento tiene lógica sectorial bastante clara, alineada con las prioridades estratégicas europeas.


  1. Primero, alimentos. Europa importa buena parte de lo que consume y lo hace bajo estándares exigentes. El acuerdo reduce aranceles de manera significativa, pero lo interesante es el efecto dinámico: más procesamiento en origen, más integración en cadenas alimentarias, más inversión para cumplir estándares y capturar valor.
  2. Segundo, energía. En plena transición, Europa necesita seguridad energética. Ahí aparecen dos vectores: el gas —con Vaca Muerta como activo estratégico— y las nuevas energías, donde Argentina tiene potencial en renovables e hidrógeno. El acuerdo no exporta energía por sí solo, pero mejora el marco para inversiones que hagan viable esa ecuación.
  3. Tercero, minerales críticos. Litio, cobre y otros insumos clave para la electrificación. Europa los necesita y busca proveedores estables. Pero no solo proveedores: socios productivos. El acuerdo aporta algo clave en minería: previsibilidad regulatoria para inversiones de largo plazo.

Incluso en sectores tradicionales esto se vuelve evidente. La apicultura, por ejemplo: Argentina es el cuarto exportador mundial de miel y más del 90% de su producción se exporta. Hoy paga un arancel del 17,3% para entrar a Europa, que con el acuerdo tiende a cero.

La lectura clásica diría: más competitividad. La lectura interesante es otra: ¿qué pasa si esa cadena empieza a integrarse más desde origen? ¿Qué inversiones aparecen alrededor? ¿Qué valor adicional se puede capturar?

Ese es el tipo de preguntas que habilita el acuerdo.



Nada de esto ocurre automáticamente. El factor clave es la previsibilidad. El acuerdo introduce reglas más estables, desacopladas —al menos parcialmente— de la volatilidad local. No elimina el riesgo, pero lo acota. Y eso, para decisiones de inversión, es determinante.

La experiencia internacional es clara: tras acuerdos con la Unión Europea, países como Chile, Costa Rica o México no solo exportaron más, sino que multiplicaron la inversión europea en magnitudes muy significativas.

Por supuesto, hay tensiones. Sectores sensibles enfrentan competencia. Pero el acuerdo contempla plazos de desgravación de entre 10 y 15 años. No es un shock, es una transición.



La diferencia es que esta vez hay horizonte. El acuerdo crea un mercado ampliado de más de 700 millones de personas y reconfigura incentivos en un mundo donde las cadenas globales se están rediseñando.

Después de 25 años, el problema dejó de ser el acceso. Ahora el desafío es bastante más incómodo —y bastante más interesante—: si Argentina puede dejar de pensarse como exportador de lo que ya tiene y empezar a posicionarse como un lugar donde tiene sentido producir para abastecer a la Union Europea y porque no al mundo.

Porque si eso pasa, el impacto no se mide en toneladas exportadas. Se mide en inversión, empleo y complejidad económica. Y ahí es donde este acuerdo - a mi modo de entender - se juega de verdad.



 

Pereira es Investigador senior del Centro de Estrategias Internacionales de Gobiernos y Organizaciones (CIG) de la Universidad Austral

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