"No tenemos que producir todo, pero no nos alcanza solo con los recursos naturales"
Entre elogios al ordenamiento macroeconómico, por un lado, y reclamos de medidas que nivelen la cancha frente a la apertura importadora, por el otro, la Unión Industrial Argentina (UIA) ha venido recorriendo un camino tan estrecho como sinuoso en los 21 meses que transcurrieron del Gobierno de Javier Milei. Con el objetivo de evitar cruces directos con la Casa Rosada, los industriales vienen apuntando a instalar una agenda alejada de la coyuntura y que interpele a toda la dirigencia política. En esa línea, el martes pasado, durante la celebración del Día de la Industria, Martín Rappallini, titular de la UIA, presentó en Córdoba un decálogo de un "Nuevo Contrato Productivo".
En ese documento, los industriales plantean como ejes prioritarios cuestiones que van desde el orden macroeconómico y la competitividad sistémica hasta la modernización laboral, el financiamiento productivo y la inversión en infraestructura y logística. Si bien esas propuestas buscan ser parte de una agenda consensuada con el estado y la sociedad para ser desarrollada en los próximos años, son justamente esos temas los que hoy afectan el día a día de las empresas industriales.
En ese marco, la mirada de Diego Coatz, Director Ejecutivo y economista jefe de la UIA, ayuda a trazar un panorama general sobre la marcha del sector. "Hoy estamos en una etapa de transición", dijo a El Economista. "Vienen dos meses difíciles marcados por la volatilidad, pero la expectativa es que después (de las elecciones) pueda haber una baja de tasas y un reordenamiento que permita retomar la senda del crecimiento", agregó.
Según el último Informe de Actualidad Industrial de la UIA, la producción industrial del primer semestre del año registra todavía una caída cercana al 10% con respecto al mismo período de 2023. ¿Qué factores están impidiendo una recuperación más acelerada?
-Argentina venía con un desorden macroeconómico importante. En ese contexto, el proceso de ordenamiento implicó una fuerte caída de la actividad el año pasado, sobre todo hasta el segundo trimestre. A partir de julio de 2024 la actividad empezó a rebotar en forma importante pero de manera heterogénea. El sector automotriz, cierta producción de motos, algunos elementos de línea blanca y segmentos de alimentos lograron recuperar casi en su totalidad los niveles previos. En cambio, otros sectores vinculados a la construcción, actividad textil, indumentaria, calzado y parte de la metalmecánica registraron un rebote menor y todavía siguen 20% por debajo de los niveles de 2023. En los últimos meses esa recuperación heterogénea empezó a amesetarse producto del aumento del costo de capital de trabajo para las pymes ante la suba en la tasa de interés. El empleo en la industria también, luego de un rebote, se estancó. Hay que esperar a que la situación se normalice después de las elecciones.
¿Qué pasaría si eso no ocurriera? ¿La industria puede sobrevivir con este nivel de tasas durante un período prolongado?
-La industria es un sector muy grande y diverso, pero en un contexto en que se prolongue el actual nivel de tasas, la falta de dinamismo de la economía y que no se avance con las reformas para dar mayor competitividad, hay segmentos que van a estar muy complicados. En ese caso, habrá que monitorear muy de cerca la dinámica de ciertos sectores y el nivel de empleo para tomar medidas paliativas. Hoy, por ejemplo, el 80% de las exportaciones de manufacturas de origen industrial siguen teniendo retenciones en un contexto en que el mundo está subiendo aranceles. Además, aún con estas tasas, hay demoras en la devolución de reintegros, hay saldos de Ingresos Brutos acumulados en todas las provincias a favor del fisco que no los devuelven a las empresas. En este contexto de tasas, los fiscos deberían tener un clearing mucho más automático. Por último, otra clave es defender a la industria frente a la competencia desleal. Hoy hay dos competencias desleales: por un lado, la que viene de Asia con precios muy por debajo de los valores de referencia; por el otro, el contrabando y la informalidad en Argentina.
Durante el primer semestre del año las importaciones de bienes de consumo crecieron 32% con respecto al mismo período de 2023, mientras que los bienes despachados mediante servicios de courier saltaron más del 40%. ¿Argentina no corre el riesgo de ir a contramano de lo que está pasando hoy en el mundo?
-Este nivel de apertura, pero con crecimiento económico, tasas de interés más razonables y mejoras en materia de competitividad, es una cosa. Ahora, si la economía no recupera cierto vigor, las tasas de interés siguen altas y no se avanza en los temas tributarios, de infraestructura y productividad laboral, claramente este nivel de apertura va a perjudicar a algunos sectores. Argentina todavía tiene el arancel externo común y algunos otros instrumentos que sigue utilizando, pero el antidumping como elemento central contra la competencia desleal de productos asiáticos, el combate a la informalidad y pensar algunos valores de referencia para los precios que vienen por debajo de lo que corresponden es central, sobre todo si las tasas de interés no bajan y la actividad no repunta. Hoy hay récord de importaciones en algunos rubros donde hay producción nacional y eso se ve en los números de empleo. La industria perdió cerca de 40.000 puestos de trabajo el año pasado. La secuencialidad de las políticas es clave.
¿La secuencialidad diseñada por el Gobierno ha sido equivocada?
-No. Es difícil tener el timming exacto. Es un contexto internacional complicado en el que hay muchos desvíos de comercio, y veníamos de una economía a la que le faltaban dólares y había que normalizar el comercio exterior. En esa sintonía fina quizás se podría hacer sido un poco más quirúrgico. Hay que mirar hacia adelante y la palabra clave es pragmatismo. Hay que entender que hay que trabajar con las cadenas y con los sectores para que no haya un daño estructural en el tejido productivo. Y repensar con una agenda de competitividad la industria del futuro.
En las industrias tradicionales, como la textil, la indumentaria, la del mueble y parte de la metalmecánica tenemos un montón de oportunidades y hay que ver cómo se aprovecha el contexto en esas cadenas. Ni hablar de alimentos, agroindustria y en los sectores más vinculados al conocimiento como el tecnológico y el farmacéutico, donde hay múltiples empresas que se pueden insertar en el mundo y generar valor. Y, por supuesto, hay grandes oportunidades en petróleo y gas natural, minería -sobre todo en litio y cobre-, alimentos y en celulosa y papel. Allí hay que generar cadenas de valor. No tenemos que producir todo, pero no nos alcanza solo con los recursos naturales. Necesitamos un entramado industrial y de servicios con valor agregado potente para generar empleo formal y de mayor calificación. Es el gran desafío que tiene Argentina como país.
¿Ve al Gobierno interesado en esa agenda?
-El Gobierno tiene la prioridad en el eje macro, pero la macro dialoga con la micro. Argentina necesita inversión que en gran parte la hace el sector productivo nacional. Si hay inversión, hay empleo y divisas. El Gobierno monitorea esas variables, y si las importaciones empiezan a afectar el superávit comercial, confío en que primará el pragmatismo. Es lo que están haciendo todos los países. Hoy el mundo no te regala ni empleo ni divisas. Hasta Estados Unidos, que tiene moneda de reserva de valor, está viendo cómo ir normalizando sus cuentas comerciales.
El Gobierno decidió que las funciones de la Secretaría de Industria y Comercio, y de la Secretaría Pyme, Emprendedores y Economía del Conocimiento sean absorbidas por el Ministerio de Economía. ¿La degradación a subsecretarías puede leerse como una señal?
-Lo que importan son los instrumentos más allá de que haya una secretaría o una subsecretaría. La clave para las pymes es que haya políticas de crédito y que se piensen nuevos instrumentos si la tasa de interés se mantiene alta por mucho tiempo. La clave también pasa por un plan nacional contra el contrabando, ir bajando algunos impuestos distorsivos, poner en funcionamiento la capacidad tecnológica que tiene el sector privado.
En esa línea, ¿la reforma tributaria es clave?
-Sí. Hoy el esquema conformado por el Impuesto al Cheque, las retenciones, los saldos acumulados, Ingresos Brutos a nivel provincial y las tasas municipales penalizan el agregado de valor. Si una empresa quiere transformar el maíz o la soja en alimento elaborado, o el gas natural en autopartes plásticas de exportación, el sistema impositivo fomenta que se quede en bienes de menor valor agregado. Hay que reordenar el sistema para que incentive la inversión en agregación de valor. Es clave que la reforma tributaria salga lo más rápido posible. Y si no sale tan rápido, que por lo menos las provincias con Ingresos Brutos y la Nación con el Impuesto al Cheque vayan mostrando algún tipo de alivio para el sector formal de la economía. La industria representa entre el 16 y el 19% del PBI dependiendo el año, pero aporta casi el 30% de la recaudación. Lo ideal sería que los sectores aporten a la recaudación aproximadamente lo que aportan al PBI.
¿El tipo de cambio está atrasado?
-La clave del tipo de cambio es que sea estable y previsible. Lo peor para la industria es que haya un proceso de ancla cambiaria como efectivamente hubo en la primera parte del año, pero tampoco sirve que salte porque se disparan los costos. Argentina necesita encontrar un tipo de cambio que sea previsible. Desde la UIA venimos planteando mejoras genuinas de la competitividad. Si se eliminan los derechos que tiene la industria que son casi 4,5% y se pagan en tiempo y forma los reintegros, habría una mejora del tipo de cambio efectivo que puede estar entre el 10% y 15% sin tener que depreciar la moneda. El partido se juega en la agenda de la competitividad.
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