Por Guido Lorenzo
Argentina ha entrado en una etapa donde la incertidumbre lleva a la fragilidad de la economía que puede desestructurar todo el metabolismo social y dar pie no solo una crisis económica sino una megacrisis de esas que dejan marcas para la sociedad en su conjunto. Dentro de este embrollo hay contradicciones que en algún momento habría que saldar.
Algunas de ellas nos acompañan desde hace mucho y se fueron resolviendo con el tiempo: “campo versus industria” terminó siendo un falso debate. Ambos sectores eran complementarios más que sustitutos, y había que discutir cómo integrar al sector servicios en tal caso. Otras nos acompañan hace tiempo y va a haber que afrontar hacia delante como, por ejemplo, la de “tipo de cambio alto versus apreciación”. En estos tiempos nos interpelan, además, las respuestas a las siguientes tres.
Restricción presupuestaria versus restricción social. La constante en nuestro país en la historia reciente es la de un Estado que gasta por encima de lo que recauda. Un Estado que luego administró mal y generó distorsiones. Corregir la cuestión fiscal implica ajustarse el cinturón. La sociedad no toma dimensión de ello quizás porque ha salido de crisis en formas no tradicionales pero muy costosas, es por eso que los tiempos que requiere corregir la cuestión fiscal no parecen ser compatibles con los que tolera la mayoría de la sociedad. De esto surge otro 'versus'.
El mercado versus la gente. Muchos que apoyaron a la oposición actual están de acuerdo con que el Gobierno le habla al mercado y no a la gente. Como si el mercado fuera un ente aislado de la sociedad. Los ahorros de los argentinos forman parte del mercado y la posibilidad de ordenar la cuestión fiscal ajustando un poco más suave el cinturón es justamente accediendo al ahorro que se capta en este lugar: el mercado. Al mismo tiempo que el país se endeuda, se ajusta y sino el ajuste debería ser mayor. Esta crítica le cabe a la clase política. El populismo de hablarle “a la gente” prescindiendo del mercado es tan irresponsable y peligroso como el de la soberbia de pensar que la sociedad es tolerante para que se la margine y se complazca “al mercado” sin perder la legitimidad de la política económica. Al final del día, todos tienen los mismos intereses, que los contratos sean cumplidos. De esa contradicción, llegamos al plazo más corto que se plantea la clase política hoy en día.
Una transición ordenada versus una pelea a muerte. Este es quizás el debate actual, el que más preocupa de aquí a diciembre. Ambos partidos tienen necesidad de no caer en una tragedia, pero el Gobierno tiene, además, la responsabilidad de no seguir asustando al público con el regreso de un Gobierno peronista Las chances aquí parecen bajas y parece que no hay conciencia, todavía, de lo que significa en términos de empleo y pobreza atravesar un episodio traumático como los que ya son familiares en nuestra historia. Quizás los principales responsables aún no se dieron cuenta del riesgo que se está corriendo al dejar que la incertidumbre continúe. Por ahora el dólar sube con poco volumen, pero ese escaso volumen no significa que no haya liquidez suficiente para emprender un proceso de espiral con tipo de cambio y precios en el centro de la escena. El desarme de plazos fijos da lugar a la caída del stock de Leliq, lo que puede complicar a la economía en los meses siguientes.
En este contexto, se vuelve necesario transmitir tranquilidad y el diálogo entre los dos partidos que sacaron más votos, e incluso sumando a la tercera fuerza. La trampa del no diálogo puede llevar a que el Gobierno actual no logre irse con la frente en alto y que el entrante no ingrese con “el trabajo sucio hecho”, sino que tendría que domar una situación compleja.
El punto de apoyo no ayuda. En algo la sociedad parece estar de acuerdo y es que necesita que la política la ordene. Viendo experiencias de otros países, incluso desarrollados como España o Italia, es evidente que la economía y la política no se encuentran tan fuertemente conectadas. En algunos casos actuales existen dificultades políticas que impiden formar gobierno y, sin embargo, sus economías funcionan: España e Italia han sido ejemplos de ello.
En Argentina, la historia parece castigarnos e impide esa separación. Por otro lado, hay una demanda de la sociedad de una socialdemocracia enmarcada en un presidencialismo casi mesiánico que no termina de encajar con el nivel de debate político ni con el primer “versus” mencionado.