Lorenzo Sigaut Gravina: "Milei busca que los salarios se alineen con su inflación proyectada, no con la inflación real"
"Rutas destruidas no son eficiencia", advierte el economista Lorenzo Sigaut Gravina, director de Análisis Macroeconómico de la consultora Equilibra. Formado en Economía en la Universidad Torcuato Di Tella y con una tesis de maestría bajo la dirección del reconocido profesor Roberto Frenkel, aprendió desde temprano a combinar conocimiento técnico y sensibilidad realista, aquella que surge de quien ha compartido largas charlas con hombres de Estado como Roberto Lavagna.
En esta entrevista con El Economista, Sigaut Gravina alerta sobre los riesgos concretos que el país enfrenta en materia económica y respecto de decidir el resguardo actual para una inversión advierte: "Si alguien no se cubre con dólares futuros, puede estar haciendo una muy mala inversión".
Aunque la advertencia va más allá del universo de la economía: Sigaut Gravina considera que el debate económico actual también es político. "La hipótesis que maneja el gobierno de Milei es que si logra reducir la percepción de un eventual retorno del kirchnerismo, gracias a una victoria electoral contundente, eso por sí solo mejora el riesgo país", señala. Y agrega: "Sin Milei, el kirchnerismo no se habría visto obligado a hablar de eficiencia".
La trayectoria de Lorenzo Sigaut Gravina —quien pasó 15 años en Ecolatina, la consultora de Roberto Lavagna, antes de fundar Equilibra en 2021 junto a Martín Rapetti, Diego Bossio, Gabriel Delgado y Lorena Giorgio— está marcada por un enfoque pragmático de la economía. No sorprende, entonces, que admire a sus mentores, "los dos Robertos", Lavagna y Frenkel, ambos conocidos por su capacidad de llevar la teoría económica al terreno concreto y cotidiano del ciudadano común.
Con tanta contundencia como valentía, Sigaut Gravina conversa con la fuerza de quien ha venido pensando en la coyuntura actual y no teme decir las cosas como son. Porque el primer paso siempre es asumir algún riesgo personal. Anticipa en este mano a mano con El Economista las tensiones que enfrentarán los precios y el dólar hacia la primavera, y subraya la importancia de entender la dinámica estacional y cambiaria para tomar decisiones de inversión acertadas.
—¿Cuáles son los principales problemas que observa en la dinámica cambiaria actual?
—Las crisis económicas y financieras en Argentina suelen estar vinculadas con problemas de déficit gemelos: el déficit fiscal y el déficit externo. Las situaciones más críticas ocurren cuando ambos déficits se conjugan en simultáneo. Por ejemplo, si aparece un problema de caja y se recurre al endeudamiento en dólares con dinero proveniente del exterior, se genera un déficit en la cuenta corriente.
Mi argumento central es que, para lograr estabilidad macroeconómica en Argentina, es indispensable evitar estos desequilibrios. Y para evitar dichos desequilibrios no basta con abordar sólo el fiscal o solamente el externo, sino que se necesita tener superávit gemelos. Está comprobado históricamente: la salida de la convertibilidad con superávit gemelos fue el último período prolongado y sostenido de crecimiento económico, en el que se redujo la pobreza, cayó el desempleo y aumentó la inversión.
Reconozco positivamente que este gobierno haya avanzado en la tarea fiscal. Sin embargo, considero que en una economía bimonetaria tan particular como la argentina, con su singular relación con el dólar, es fundamental ser extremadamente cuidadoso con el sector externo. Tener superávit fiscal es una condición necesaria, aunque no suficiente.
Es evidente que, por priorizar la reducción de la inflación, el gobierno se embarcó en una política cambiaria compleja. Un ejemplo claro de esto es el crawling peg al 1 %. Si el gobierno no hubiese tenido el acuerdo con el Fondo, esta estrategia no hubiese terminado bien. Ahora, gracias al acuerdo con el FMI, que implica más deuda y algo más de reservas, logró salir de esa encerrona en la que se encontraba. Sin embargo, esto constituye una señal de alerta.
En particular, cuando se analiza la situación argentina actual, se observa que la deuda es elevada. La deuda del sector público es alta, especialmente la deuda denominada en moneda dura. Al examinar las reservas, se constata que son muy bajas.
Se observa claramente que la economía entró en un déficit de cuenta corriente cada vez más palpable.
—¿Cómo analiza la situación actual del balance cambiario y qué perspectivas observa en el futuro?
—En la actualidad, el balance cambiario refleja un déficit mensual en servicios superior a los US$1000 millones. Si a esto se suma que el superávit comercial se ha reducido considerablemente el resultado es un intercambio de bienes y servicios deficitario.
Cabe considerar que el Banco Central cuenta con la ventaja de que la cuenta corriente no es tan deficitaria actualmente porque aún no se giran utilidades. Las utilidades generadas este año recién se podrán girar al exterior el año próximo.
En síntesis, lo que observo es que el tipo de cambio actual no resulta sostenible con estos fundamentals, que insisto, son elevados pasivos en dólares del sector público, reservas netas negativas en el Banco Central, y un tipo de cambio real que ya se empieza a percibir como atrasado incluso desde el punto de vista productivo. Además, se registra un déficit de cuenta corriente. Quizás cuando se difundan los resultados de mayo no se registre déficit de cuenta corriente, y tal vez tampoco en junio, porque son los meses posteriores a la salida de la cosecha gruesa, pero en promedio anual seguramente se tendrá un déficit que pondrá al país en una situación compleja.
—¿Qué riesgos advierte en la estrategia del gobierno de mantener estable el tipo de cambio hasta las elecciones para contener la inflación?
—La situación es compleja porque se supone que el dólar está flotando, pero en realidad, claramente lo que busca el gobierno es llegar con el tipo de cambio lo más estable posible a las elecciones para seguir bajando la inflación.
Todos los gobiernos, en mayor o menor medida, utilizan políticamente el tipo de cambio: hacen populismo cambiario. En el sentido de procurar que el dólar se mueva lo menos posible durante los años electorales, con el fin de contener la inflación.
La segunda mitad del año pasado comenzaba a mostrar un escenario más complejo, porque se tenían que afrontar pagos de deuda, y el gobierno, mediante el blanqueo, logró obtener un flujo adicional de divisas. Ahora, con el acuerdo con el FMI, también consiguió cierto margen, aunque todo lo que hace apunta a posponer una corrección inevitable.
Así vienen postergando, con el clásico objetivo de llegar a las elecciones. Sin embargo, incluso si el gobierno logra llegar relativamente estable a ese momento, insisto en que habrá unos meses complicados, con presiones significativas. De hecho, el gobierno ya tuvo que intervenir indirectamente en el mercado cambiario, mediante futuros y otros mecanismos. Pero se aproximan dos o tres meses difíciles, posiblemente desde mediados de agosto hasta octubre, cuando estacionalmente habrá menos oferta de agrodivisas, un incremento en la demanda por turismo, y un mayor nivel de formación de activos externos por la incertidumbre electoral.
El acuerdo con el Fondo Monetario Internacional establecía claramente que el gobierno debía acumular reservas—comprando dentro de las bandas fijadas por el Banco Central—durante la temporada alta de liquidación de la cosecha. El gobierno, sin embargo, no está cumpliendo ni va a cumplir esa parte del acuerdo, precisamente para evitar presiones sobre el tipo de cambio y lograr que éste se mantenga lo más bajo posible, facilitando así una reducción rápida de la inflación.
—¿La acumulación de reservas es irreconciliable con la reducción de la inflación? ¿No es posible acumular reservas y bajar la inflación al mismo tiempo?
—Sí, es posible, pero eso implica convalidar un tipo de cambio real más alto. Lo que decidió hacer el gobierno fue aprovechar la exigencia del FMI de implementar una flotación cambiaria dentro de ciertas bandas, pero colocándose siempre cerca del piso de esa banda. Ése no era el espíritu original del acuerdo, que estipulaba con absoluta claridad que en épocas de "vacas gordas" —como ahora hasta julio, durante la liquidación de la cosecha gruesa— debían acumularse reservas. Esto tiene toda la lógica económica: si un inversor internacional observa que Argentina no acumula reservas ahora, entiende inmediatamente que tampoco las va a acumular en verano por las presiones del turismo, y que recién volverá a hacerlo en la próxima cosecha gruesa, en el segundo trimestre de 2026. Por lo tanto, esta conducta constituye un incumplimiento a la letra original del acuerdo con el FMI.
—Con respecto a la cuenta corriente, algunos economistas sostienen que los dólares que ingresan por Vaca Muerta y el sector agropecuario no llegarán a compensar la salida de divisas por turismo y otros rubros. ¿Cómo evaluás este escenario?
—Soy cauteloso respecto al tema de Vaca Muerta y la minería. Con minería, además, siempre se habla de un potencial muy grande, pero nunca es algo inmediato.
Lo cierto es que, con la caída del precio del petróleo —que fue muy significativa a principios de este año— si se observa el dato del INDEC de abril, el saldo energético resultó menor en abril de este año respecto al mismo mes del año pasado.
Al haber una gran reinversión de utilidades en la actividad hidrocarburífera, una caída en el precio del petróleo afecta inmediatamente los ingresos por la vía de precios. Por eso existe un escenario negativo en el que el superávit podría caer a US$ 5.200 millones. Si el barril de petróleo permanece en torno a US$60 durante un período prolongado, las inversiones empiezan a frenarse completamente. Es un recurso no renovable, entonces muchas empresas optan por esperar otro momento más favorable. Se espera incluso que en Texas, que es una región mucho más productiva que Argentina, comiencen a parar equipos. Porque con un precio del petróleo en US$60 se vuelve poco rentable extraer, y es preferible esperar.
Este escenario podría perfectamente materializarse aquí también, con un superávit energético de solo US$5.200 millones. Hoy nos estamos preguntando directamente si el sector energético va a sumar alguna divisa más o no.
—Si el gobierno consigue llevar la inflación al 1 % y estabilizarla en ese nivel, ¿cuáles serán las nuevas demandas exigidas por la ciudadanía?
—Desde Equilibra, incluso en nuestro escenario más optimista, no vemos que este año se alcance una inflación del 1% o menos del 1% mensual.
Imagino que, si efectivamente se lograra esa meta, y además existiera una percepción de estabilidad, se abriría otro escenario. Porque una cosa es llegar al 1%, y otra muy diferente es lograrlo con los precios relativos bien alineados, algo que actualmente no sucede porque siguen bastante desacomodados. Pero creo que, en caso de lograrse esa estabilidad, después vendrán demandas vinculadas al progreso económico. Me refiero a crecimiento sostenido y generación de puestos de trabajo de calidad.
Si se consigue alcanzar y sostener esa situación, es muy probable que el gobierno sea reelecto, porque estaría consiguiendo algo que no se logra hace muchos años. Habría que retroceder al menos 20 años para encontrar algo similar; quizás 2003, 2004, 2005, cuando hubo algunos años con cierta estabilidad de precios.
—¿Qué diagnóstico harías del mercado de trabajo actual? Martín Redrado habla de un "ancla salarial" y Cristina se refirió a la existencia de un "cepo al salario".
—Respecto del objetivo del gobierno de bajar rápidamente la inflación, está claro que ha tomado varias medidas y una variable esencial que trataron de controlar, tanto al inicio de la gestión como ahora, fue orientar las paritarias hacia adelante, es decir, que fueran forward-looking. En otras palabras, buscaron que las negociaciones salariales no miraran la inflación pasada sino que se alinearan a la expectativa futura de inflación que planteaba el gobierno.
El gobierno lleva tiempo anunciando que la inflación va a perforar el 2% mensual, y bajo esa premisa les dijo a los gremios que no deberían pedir aumentos por encima de ese porcentaje. El gobierno entiende que los sindicatos deberían alinearse a la expectativa inflacionaria futura, porque desde su perspectiva se están haciendo todos los esfuerzos para lograrlo. De hecho, hubo paritarias como Camioneros en su momento, y ahora las de Comercio o Bancarios, donde el gobierno nacional no homologó aumentos salariales ya acordados entre empresarios y gremios. Esto resulta extraño, porque se supone que esas negociaciones son libres, y si las dos partes involucradas están de acuerdo, el gobierno no debería interferir.
Sin embargo, la realidad mostró que la inflación se aceleró fuertemente en marzo y abril. Durante ese bimestre, la inflación promedio fue algo superior al 3%, con la inflación núcleo en torno al 3,2%, mientras que los salarios aumentaron menos del 2%.
Si hacia adelante el gobierno no recompone esa pérdida y los salarios siguen aumentando por debajo del 2 %, este año los salarios reales sufrirán un golpe importante. Incluso en el mejor de los escenarios, se recuperarán gradualmente, solo cuando la inflación logre perforar ese 2 %. Pero mientras el gobierno no permita a los gremios cerrar aumentos salariales superiores al 2 %, hasta que la inflación no descienda por debajo de ese nivel, los salarios reales continuarán perdiendo poder adquisitivo.
—¿Cuáles son las proyecciones que maneja el equipo de Equilibra sobre la inflación? ¿En cuánto la estiman?
—Estimamos 2% en mayo aunque es una posibilidad que finalmente comience con el número "1", pero en el fondo llegando casi al 2 %. Y vemos que puede haber algunos meses —sobre todo hasta septiembre— cuando la inflación se mantenga contenida. A partir de la primavera, estacionalmente, los precios tienden a complicarse un poco más.
En ese contexto, vemos posible que haya un par de meses con inflación por debajo del 2%. Ya en septiembre y octubre podría volver al 2% por cuestiones estacionales. No necesariamente porque haya un salto fuerte del tipo de cambio, pero sí una presión. Y eso podría llevar el dólar a $1.300.
—¿Qué reflexiones podés agregar sobre el empleo?
—Un punto importante sobre el empleo tiene que ver con la calidad. Lo que estamos observando es que, efectivamente, no se están creando empleos de calidad. De hecho, a diferencia de la actividad económica, que se recuperó en forma de V, el empleo asalariado formal no tuvo esa misma recuperación.
En el sector privado también hubo una caída, especialmente en los primeros meses del gobierno de Milei. Me refiero al empleo privado asalariado. Después de esa caída inicial, el empleo privado formal no se recuperó como la actividad económica, sino que quedó estancado.
Lo que sí se nota con claridad es un fuerte crecimiento del cuentapropismo. De hecho, prácticamente lo único que se crea hoy en términos de empleo es trabajo por cuenta propia.
El problema central radica en que estos puestos no son empleos de calidad. Esto nos habla claramente de un problema en el mercado laboral vinculado no tanto al desempleo, sino a la calidad del empleo disponible. Muchas personas se ven obligadas a complementar sus ingresos trabajando los fines de semana haciendo repartos.
En definitiva, lo que realmente cayó es el salario real, o en otros casos, las personas están poniendo capital propio —como un auto— para sostener su nivel de vida.
—Con respecto al bono lanzado por el gobierno con vencimiento en 2030, ¿sirve para hacer carry trade? Porque, si el tipo de cambio se mantiene fijo y se garantiza una ganancia en pesos del 30%, se podría tomar esa ganancia, convertirla en dólares y terminar obteniendo un rendimiento del 30% en dólares.
—Actualmente no existe el carry trade clásico como ocurría con el crawling peg al 2% o al 1% mensual. Meses atrás, había una tasa en pesos en torno al 2% mensual y el BCRA aseguraba que el dólar oficial se iba a mover al 1% mensual, y como cumplía se concretaba una ganancia en dólares del 1% mensual. Ahora no hay previsibilidad cambiaria por el esquema de flotación entre bandas: en un par de días puede subir 5% y después bajar, por ende la única forma cierta de concretar una ganancia en dólares es comprando futuros, aprovechando especialmente cuando están baratos porque el gobierno los ofrece para contener la presión en el mercado oficial.
El esquema actual es más volátil: un día el dólar puede subir y otro día puede bajar. Además, hay cierta presión para que suba una vez que termine la cosecha gruesa. En este contexto, quien no se cubra con contratos de futuros puede estar haciendo una muy mala inversión.
—Pareciera que la economía está "fría". Lejos del boom del consumo, cada vez más se planifica la compra para el día del descuento. ¿Cómo evaluás este comportamiento de consumo, tanto en bienes durables como no durables?
—La dicotomía real no es sólo entre durables y no durables, sino también entre bienes nacionales e importados. Puede parecer que se trata de una dinámica entre bienes no durables o consumo masivo versus los durables. Pero es que ni siquiera se trata de esa dicotomía porque el punto es si son importados o no. Dos ejemplos: por un lado, los volúmenes de importación de bienes de consumo final —que no son durables— están en niveles récord; por el otro, el turismo en el exterior —que es un servicio y por definición no es durable— también está en niveles récord. Y dentro de los importados están muchos de los durables, porque la mayoría —salvo los inmuebles— son, de alguna manera, bienes del exterior. Y los inmuebles, aunque locales, se pagan en dólares, así que también funcionan como si fueran importados en términos de valor.
—En los últimos días, Cristina Fernández de Kirchner anunció su candidatura a diputada provincial por la tercera sección electoral. ¿Qué implicancias económicas puede tener este regreso a la escena electoral?
—Hay un dilema que, de alguna manera, se refleja en el hecho de que el riesgo país no baja más. Es cierto que, tras un acuerdo tan significativo con el Fondo Monetario, hubo una baja, aunque se sigue con un riesgo país por encima de los 600 puntos. La dicotomía es la siguiente: ¿Qué pesa más, acumular reservas y mostrar que el Banco Central está comprando, o enfocarse en fortalecer políticamente al gobierno?
Si se apuesta a acumular reservas, el gobierno va a tener un tipo de cambio un poco más alto, un poco más de inflación, pero le va a poder mostrar al mundo que cada vez que el Banco Central compra, aumenta la probabilidad de que el país repague su deuda en moneda dura. En cambio, el gobierno prefiere anotarse triunfos políticos: ganó en la Ciudad de Buenos Aires y ahora apuesta a la elección provincial.
Si Cristina gana en su sección, pero el peronismo pierde la provincia, ella conserva su núcleo duro, su rating alto, mientras el Gobierno nacional puede mostrar que le ganó al kirchnerismo en la provincia más simbólica. Y ésa es la apuesta: poder decir que se consolidó como una fuerza con gobernabilidad, apoyo y legitimidad.
Ahí aparece la duda clave: ¿qué valoran más los mercados? ¿Que se reduzca el riesgo de un eventual retorno del kirchnerismo, en caso de que el oficialismo gane la provincia? ¿O que el Banco Central acumule reservas?
Ése es el dilema que el gobierno parece tener claro. Para ellos, lo prioritario es que baje la inflación, hacer una muy buena elección, y dejar la acumulación de reservas para más adelante. La hipótesis que manejan es que, si logran reducir la percepción de un eventual retorno del kirchnerismo gracias a una victoria electoral contundente, eso por sí solo mejora el riesgo país.
—Cristina planteó que ya no se trata solo de tener un Estado presente, sino un Estado eficiente. Y esa idea del "Estado eficiente" empezó a ganar fuerza, con ejemplos muy visibles como la defensa de la UBA o del Hospital Garrahan. ¿Cómo se puede extender esa lógica al resto del Estado?
—Milei fue disruptivo. Porque, si no, hoy no estaríamos hablando de un Estado eficiente.
Sin Milei, el kirchnerismo no se habría visto obligado a hablar de eficiencia. Había una presión tributaria enorme para financiar servicios públicos que muchas veces eran de baja calidad. Y eso tiene un impacto directo. Recaudar lo justo y necesario para ofrecer servicios buenos: ésa es la lógica escandinava.
Asimismo, este gobierno entendió que la AUH, por ejemplo, debía mantenerse: de hecho, hoy está en términos reales por encima de lo que se pagaba en los gobiernos anteriores. Todo lo que sea transferencia directa a familias realmente pobres sigue vigente. Pero lo otro, lo que tiene intermediarios, estructuras paralelas: eso no.
Otro punto central es el gasto de capital. Macri, quizá por ser ingeniero, tenía claro que lo bajaba, pero lo intentó compensar con las iniciativas de participación público-privada (las PPP), que no funcionaron porque subió el riesgo país y llegó la crisis cambiaria. En el caso de Milei, directamente se ajustó el gasto de capital y no hay un esquema alternativo. Se dice que el sector privado lo va a reemplazar, pero en la práctica, los privados no hacen grandes obras de infraestructura, salvo en petróleo, donde hay mucha inversión porque bajan los costos logísticos.
Desde la segunda mitad del gobierno de Macri que venimos con ajuste en el gasto de capital. Alberto Fernández, quizá, lo hubiese subido, pero llegó la pandemia y se destinó al IFE y a otras transferencias. Y así pasaron cuatro años. Y si se suman los dos años de Milei son en total ocho años sin una estrategia clara de inversión pública. Es alarmante porque un Estado que no invierte en rutas o en mantenimiento genera costos enormes para el aparato productivo. Rutas destruidas no son eficiencia.