Tienen ingresos de al menos $11 millones al mes, un nivel que puede trepar hasta más de $50 millones en las familias con patrimonios superiores a los US$ 30 millones. Entre ellos, hay desde herederos de fortunas con apellidos tradicionales que siguen cultivando el bajo perfil hasta jóvenes inversores en criptomonedas e influencers que disfrutan de exhibir su riqueza. Cerca de la mitad hace yoga o meditación e incorporó suplementos o hizo detox. Casi tres de cada cuatro cree que "si la ves", Argentina ofrece muchas oportunidades.
Estas características describen, al menos parcialmente, a las 2,8 millones de personas que conforman la clase alta en Argentina, un segmento que comprende al 6% de la población y que concentra el 34% de la riqueza del país, según un estudio de la consultora Moiguer.
"En los focus group que hicimos con personas pertenecientes a las clases media y baja surgía en el imaginario que la clase alta estaba conformada solo por herederos con apellidos tradicionales, por los terratenientes", dijo a El Economista Martín Eandi, director del estudio de Moiguer. "Sin embargo, encontramos que más de la mitad de la clase alta no responde a ese perfil, sino que hay un 39% de autoconstruidos, esto es, el puro meritocrático que si bien heredó capital, lo expandió, y hay 17% que llamamos 'fast money', aquellos que construyeron su propio capital", agregó.
Aún en un segmento social muy concentrado, hay claras diferencias en su interior. Por un lado, unas 3.000 personas, que comprenden a 650 familias, acumulan patrimonios familiares superiores a los US$ 30 millones. "De esas familias, hay 350 que tienen más de US$ 100 millones, y yendo más hacia arriba, hay unas 127 con más de US$ 250 millones", dijo Eandi. "Si se sigue achicando la mira, se llega a los 10 o 15 empresarios que tienen más de US$ 500 millones", añadió.
Algo más abajo asoman otras 350.000 personas que tienen un ingreso promedio familiar al mes de US$ 16.000 (unos $22,5 millones), y en el escalón inferior de la clase alta hay otras 2.450.000 personas con ingresos promedio de US$ 7.900 (unos $11 millones) al mes. "Pertenecer a la clase alta resulta relativamente barato en Argentina en comparación con otros países", señaló Eandi. "En Estados Unidos se requieren entre US$ 25.000 y US$ 30.000 de ingresos al mes y en Alemania, entre US$ 18.000 y US$ 20.000; incluso en países de América Latina como México, el nivel mínimo para pertenecer a la punta de la pirámide está arriba de los US$ 11.000", añadió.
Más allá de los números duros con los que se establece el piso mínimo para pertenecer a los más ricos de la sociedad argentina, el estudio de Moiguer revela que en ese segmento se está produciendo una reconfiguración cultural.
El cambio está siendo impulsado en buena parte por el ascenso de quienes no tienen una fortuna asociada a capital heredado ni a apellidos tradicionales, sino que construyeron su propia riqueza. Un rasgo clave de esas 480.000 personas que ascendieron a la clase alta en el último tiempo es que el 79% no completó estudios universitarios.
Esa tendencia coincide con las conclusiones de la primera publicación sobre las elites económicas de 16 países que realizó el consorcio de investigadores World Elite Database. De allí surge que, en promedio, los miembros de la clase alta argentina tienen niveles educativos más bajos que el resto de sus pares en el mundo. Por ejemplo, solo el 5% posee un doctorado.
"Los hombres de negocios que se han hecho a sí mismo revelan la porosidad de la sociedad argentina: gente que logró en una generación hacer mucho dinero gracias a la inestabilidad económica e institucional que nos caracteriza sin necesidad de acumular, en muchos casos, un alto capital cultural", dijo a El Economista Mariana Heredia, investigadora principal en CONICET, directora del equipo en Argentina que forma parte del proyecto World Elite Database y autora del libro "¿El 99% contra el 1%?".
"Ese es un rasgo que releva, por un lado, la poca importancia que tienen las carreras corporativas frente a los muchos empresarios que hicieron fortunas aprovechando circunstancias extraordinarias, y, por el otro, que el Estado argentino no premia tanto los conocimientos, sino los contactos, a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, Alemania o Francia", agregó.
Otra característica clave de ese segmento en rápido ascenso es la tendencia a exhibir el dinero y las propiedades. El 31% de los fast money prefiere vestirse con elementos que muestren marcas, una porción que duplica a la de los ricos herederos. En tanto, el 28% aspira a tener un Rolex, un porcentaje que triplica a los que tienen la misma aspiración entre los emprendedores que incrementaron la fortuna heredada, según el estudio de Moiguer.
Esas tendencias hacia un mayor exhibicionismo son particularmente notorias entre los jóvenes de la clase alta. El 53% de quienes tienen entre 16 y 25 años dijo no tener problema en mostrar cómo gasta la plata; al 49% le genera satisfacción que otros noten lo que tiene o lo que usa; y al 66% le gusta que la marca de los productos que usa comunique éxito y status.
"Los jóvenes de clase alta empiezan a tener la actitud de mostrar más y de no tener problemas en hacerlo", dijo Eandi, de Moiguer. "Si bien no todos encajan en los mismos perfiles, hay muchos que hicieron negocios con inversiones cripto o son influencers, artistas, futbolistas y empresarios que vieron un negocio y pudieron hacerse rico de la noche a la mañana", agregó.
Otro rasgo novedoso es que los ricos del país se vienen desplazando geográficamente. Para eso, el estudio de Moiguer tomó como parámetro los metros cuadrados construidos en barrios privados: mientras en el período 2002-2025 la cantidad de metros creció 120% en el Gran Buenos Aires, en el interior saltó 1.080%. Esa explosión es impulsada por regiones como Neuquén-Plottier (+1.900%) de la mano del desarrollo de Vaca Muerta, y el Gran Córdoba (+1.689%).

Al auxilio de los ricos
El cambio que se viene registrando al interior de la clase alta parece responder, entre otros factores, al clima de época propiciado por el gobierno de Javier Milei. Los mayores incentivos a exhibir la riqueza en lugar de esconderla son una derivación de la retórica oficial que, a diferencia de gobiernos anteriores, valida y aplaude el rol de los ricos en la sociedad. Solo una muestra de eso es el discurso que dio el presidente en la apertura del Coloquio de IDEA en octubre de 2024. "Para nosotros, el que gana dinero no es un malvado. Para nosotros, el que gana dinero es un benefactor social. Es decir, es un héroe. Por lo tanto, nosotros, lejos de perseguirlo, lo vamos a festejar, los vamos a aplaudir", dijo Milei en aquella ocasión.
Esa retórica fue acompañada por hechos. En medio de un fuerte recorte de gastos incluso en partidas sensibles como educación, salud y discapacidad, a mediados de 2024 fue aprobado en el Congreso un proyecto enviado por el Poder Ejecutivo que introdujo modificaciones en el Impuesto a los Bienes Personales, el tributo que grava el patrimonio.
El resultado de la reducción de las alícuotas y la eliminación del trato diferencial entre bienes en el país y en el exterior es una transferencia de ingresos estimada en más de US$ 2.000 millones anuales al segmento social con mayor patrimonio. A eso se agregan otros cambios menos significativos en la reasignación de ingresos fiscales, pero muy relevantes en término de señales, como la eliminación del llamado impuesto al lujo que gravaba a vehículos, embarcaciones y aeronaves, entre otros bienes y servicios.
Ese abrupto cambio de clima, conformado por la suma de beneficios impositivos y un discurso oficial amigable para los segmentos de ingresos y patrimonios más altos, puede ser sintetizado con las andanzas del diputado libertario -ex kirchnerista- Manuel Quintar, quien la semana pasada concurrió al Congreso con un Tesla Cybertruck valuado entre US$ 200.000 y US$ 300.000. Ante las críticas, Milei salió en defensa del diputado por la provincia de Jujuy. "Ojalá yo pudiera comprarme uno, ¿cuál es el problema?", dijo el presidente, además de calificar a las críticas como "un argumento comunista".

"Atado al discurso presidencial de los empresarios como héroes, hay un clima que cambió: antes no era aconsejable exhibirse porque había una idea de que ARCA estaba atrás del rico", dijo Eandi. "Este relajo y las políticas de los últimos dos años llevaron a que la clase alta esté ahora más deshinibida", agregó.
El paisaje social y la retórica oficial presentan similitudes con la década del '90. Sin embargo, este nuevo tiempo tiene rasgos propios que lo distancian de aquellos años en que el menemismo intentó infundir un discurso asociado a la eficiencia como vía para insertarse en el proceso de globalización que recién se iniciaba.
Ahora, la apuesta también pasa por la inserción global, pero el mundo de hoy es distinto, con una tendencia hacia un mayor proteccionismo y con niveles de incertidumbre muy elevados. Ante ese panorama repleto de incógnitas, en la clase alta crece el peso de quienes prefieren vivir -y disfrutar- del presente.
"El heredero mira hacia el pasado en términos de reconocer las aspiraciones familiares, mientras que aquellos que lograron expandir el capital heredado tienen una mirada hacia el futuro porque quieren asegurar el traspaso a sus hijos de lo que construyeron", dijo Eandi. "Esas visiones están quedando atrás, la meritocracia empieza a dejar espacio a quienes dicen que la vieron, fueron astutos, aprovecharon las oportunidades y viven el presente: hoy tienen dinero pero mañana puede que no, así que es mejor disfrutar y exhibir la riqueza", concluyó.