Ingresos

Cómo funciona la economía del tenis profesional

El tercer deporte más visto del mundo mueve miles de millones, pero solo algunas personas pueden vivir de él
El tenis es un deporte global que económicamente solo sostiene a una minoría
12-01-2026
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El tenis es uno de los deportes más vistos y practicados del mundo, pero también uno de los más desiguales y económicamente injustos. A diferencia del fútbol, la NBA o la NFL, donde existen contratos garantizados y sistemas de reparto colectivo de ingresos, en esta disciplina cada jugador es una empresa individual: solo cobra si gana y debe financiar absolutamente todos los costos de su actividad. El resultado es un sistema extractivo, en el que unos pocos ganan fortunas mientras una base gigantesca compite perdiendo dinero.

Hoy, solo unas 300 personas en todo el mundo -aproximadamente 150 hombres y 150 mujeres- pueden vivir realmente del tenis, dentro de un deporte que practican millones y que mueve miles de millones en derechos de TV, apuestas, sponsors y entradas. Es una anomalía histórica: un deporte global que económicamente solo sostiene a una minoría.

Los ingresos de un tenista profesional provienen de cuatro fuentes. La primera es el prize money, los premios de los torneos. En un Grand Slam, el campeón puede cobrar entre US$ 3 y 5 millones, mientras que un jugador que pierde en primera ronda se lleva entre US$ 60.000 y US$ 110.000. Parece mucho, hasta que se entiende que ese dinero es bruto, antes de impuestos, vuelos, hoteles, entrenador, fisioterapeuta, cuerdas, comisiones y equipo.

La segunda fuente son los patrocinios, que para las grandes figuras son la verdadera mina de oro. Jannik Sinner (2°), por ejemplo, tiene acuerdos con Nike, Rolex, Gucci, Alfa Romeo, Head y MSC Cruises, entre otros. Solo Nike le paga alrededor de US$ 15 millones por año, y el total de sponsors lo lleva a unos US$ 30 a 35 millones anuales, sin contar lo que gana en la cancha. Carlos Alcaraz (1°) y Novak Djokovic (4°) están en cifras similares. 

La tercera fuente son las exhibiciones, especialmente en Medio Oriente y Asia, donde una estrella puede cobrar entre US$ 1,5 y US$ 2 millones por partido. Sinner ganó el Six Kings Slam en Arabia Saudita y solo por tres partidos se llevó US$ 6 millones.

Sinner levantando el trofeo de la Six Kings Slam

La cuarta son los bonos de la ATP, como el "Bonus Pool", que reparte dinero adicional a los jugadores que más puntos suman en torneos grandes. En 2025 la ATP entregó US$ 21 millones solo por Masters 1000 y ATP Finals (US$ 3,8 millones para el primero del ranking anual, US$ 1,9 millones para el segundo, y así hasta el puesto 30). En los ATP 500, otros US$ 3 millones se dividen entre los seis mejores del año. Pero ahí está la trampa: todo ese dinero extra va solo a los mejores. El resto compite por las migajas.

Mientras tanto, los gastos son fijos y no perdonan. Un jugador del top 50 gasta entre US$ 300.000 y US$ 600.000 por año. Uno del top 200 no baja de US$ 150.000 a US$ 250.000. Y fuera del top 300 la mayoría pierde plata. Entrenador, vuelos intercontinentales, hoteles, comidas, cuerdas, visas, impuestos, preparadores físicos y kinesiólogos salen del bolsillo del jugador. Un tenista alrededor del puesto 300 suele ganar entre US$ 40.000 y US$ 60.000 al año en premios, es decir, menos de lo que cuesta viajar por el circuito. Por eso muchos dependen de padres, federaciones o sponsors chicos, y miles abandonan.

La desigualdad es estructural: el top 100 se queda con más del 50% de todo el dinero del circuito y el top 20 con casi el 30%. Un jugador ubicado 80° del mundo puede ganar US$ 1 o 2 millones por año. Uno en el puesto 180 puede estar al borde de la quiebra. Además, los cuatro Grand Slams generan más del 70% de todos los ingresos del tenis mundial. Jugar solo cuatro primeras rondas en una temporada ya asegura cerca de US$ 400.000, lo que permite planear un año completo. El resto del circuito no tiene ese colchón.

La edición 2026 del Abierto de Australia repartirá unos US$ 75 millones, un 16% más que en 2025, consolidándose como uno de los torneos más atractivos y mejor remunerados del circuito profesional.

La temporada 2025 dejó esta desigualdad en evidencia de manera brutal. Alcaraz ganó US$ 21.354.778 solo en premios, la segunda cifra más alta de la historia en una sola temporada, apenas por debajo del récord de Djokovic en 2015. A los 22 años ya superó los US$ 60 millones acumulados en su carrera y se convirtió en el quinto jugador que más dinero ganó en la historia, detrás de Djokovic, Rafael Nadal, Roger Federer y Andy Murray. Ganó Roland Garros y el US Open, fue finalista de Wimbledon y sumó ocho títulos. 

Sinner terminó segundo en premios con US$ 19.120.641, pese a haberse perdido torneos por una sanción de doping, y se convirtió en el primer jugador en superar US$ 19 millones en dos años distintos. Ganó el Australian Open y Wimbledon, fue finalista en Roland Garros y el US Open y levantó además París, Viena, Pekín y las ATP Finals. Si se contaran las exhibiciones, Sinner habría sido el verdadero líder económico del año.

Detrás de ellos el vacío es enorme. Alexander Zverev (3°) fue tercero con US$ 7,46 millones, menos de la mitad de Sinner y apenas un tercio de Alcaraz. Completaron el top ten Álex De Miñaur (US$ 6,66 M), Lorenzo Musetti (US$ 6,34 M), Taylor Fritz (US$ 5,93 M), Félix Auger-Aliassime (US$ 5,82 M), Ben Shelton (US$ 5,67 M), Djokovic (US$ 5,14 M) y Casper Ruud (US$ 3,97 M). Que Djokovic, el jugador más ganador de la historia, haya terminado noveno ilustra la concentración de ingresos en dos nombres.

En Argentina, Francisco Cerúndolo fue el que más ganó, con US$ 2,68 millones, ubicándose 21° en el ranking mundial de premios. Detrás quedaron Horacio Zeballos (US$ 1,52 millones en dobles), Tomás Etcheverry (US$ 1,46 millones), Báez (US$ 1,45 millones), Camilo Ugo Carabelli (US$ 1,19 millones) y Mariano Navone (US$ 1,02 millones). Pero un jugador entre el puesto 200 y 300 suele ganar apenas US$ 40.000 a US$ 70.000 al año, cuando solo viajar por el circuito cuesta más que eso.

Francisco Cerúndolo, la mejor raqueta argentina en la actualidad

En el circuito femenino la brecha es igual de fuerte. En 2025 Aryna Sabalenka, la número 1 del mundo, ganó US$ 15 millones, más que cualquier hombre salvo Alcaraz y Sinner. Iga Swiatek (2°), Elena Rybakina (5°) y Coco Gauff (3°) también superaron a casi todo el ATP Tour. 

Según los datos oficiales, 153 tenistas cerraron el año con al menos US$ 1 millón en premios, 88 hombres y 65 mujeres, una cifra que parece alta pero es mínima frente a la masa de profesionales que quedan afuera.

El sistema muestra su crudeza cuando se baja de nivel. Un mismo jugador puede cobrar US$ 110.000 por perder en primera ronda de un Grand Slam y apenas US$ 1.500 por ganar un Challenger. Incluso existen torneos por fuera del ATP, en Suiza, Francia, Italia o México, que pagan US$ 5.000 o US$ 6.000 al campeón, más que muchos Challengers, pero no dan puntos. Algunos jugadores sin ranking ganan US$ 70.000 u 80.000 al año jugando por fuera del circuito, más que muchos profesionales ATP.

El tenis, entonces, tiene dinero de sobra, pero está mal distribuido. La ATP construyó un producto alrededor de 10 o 15 figuras globales y dejó al resto sin visibilidad. Si un jugador 40 del mundo enfrenta a uno 60, casi nadie sabe quiénes son, no venden entradas ni atraen sponsors, aunque estén entre los 100 mejores del planeta. Por eso hoy muchos sobreviven gracias a YouTube, TikTok, Instagram o interclubes: la visibilidad vale más que el ranking.

El tenis funciona como una pirámide económica extrema: en la cima hay apenas 20 o 30 jugadores millonarios, en un segundo escalón unos 100 que logran vivir bien del circuito, y por debajo miles de profesionales que pagan para competir dentro de lo que paradójicamente es el tercer deporte más visto del mundo.

Aryna Sabalenka ganó cuatro trofeos en total y registró 63 victorias a lo largo de la temporada 2025

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