Urbanismo

Por qué Buenos Aires vive de espaldas al río

Una costa que se aleja por la "tierra ganada", un camino de sirga ausente, políticas contradictorias, especulación inmobiliaria y un panorama de barreras e interrupciones dificultan e incluso impiden el acceso de los porteños al río, a pesar de los parques inaugurados en los últimos años por el gobierno de la Ciudad en Costanera Norte.

Por qué Buenos Aires vive de espaldas al río
ElAuditor.info 24 febrero de 2026

Montevideo y Rosario construyeron con sus ríos una relación cotidiana, visible y democrática. En la capital uruguaya la rambla recorre kilómetros continuos de borde costero: se camina, se corre, se nada, se mira el horizonte sin pedir permiso. 

Rosario, sobre el Paraná, convirtió su frente ribereño en una política urbana sostenida: parques públicos, playas urbanas, equipamientos culturales y accesos claros que integran el río a la vida diaria. 

  • En Buenos Aires, en cambio, el vínculo se quebró. Desde mediados de los años setenta, y con especial intensidad en la Costanera Norte, el acceso de la población al Río de la Plata se volvió difícil, fragmentado y, en muchos tramos, directamente imposible.

Esta distancia no es natural ni inevitable. Es el resultado de decisiones urbanas y políticas acumuladas, que privilegiaron infraestructuras duras, rellenos, privatizaciones y usos excluyentes del borde costero por sobre el derecho ciudadano al espacio público. A cincuenta años de la clausura del uso recreativo del río, la pregunta vuelve con fuerza: ¿por qué Buenos Aires no puede tocar su río?



Infraestructuras que separan

Uno de los problemas es el avance de grandes infraestructuras sobre el estuario, que empujaron la línea de costa y consolidaron barreras físicas entre la Ciudad y el agua. La ampliación del Aeroparque es paradigmática: ganarle tierras al río implicó rellenar, extender avenidas y "mover" la costa hacia el este. Indicadores concretos —como la posición actual del Club de Pescadores— muestran cómo el río quedó, literalmente, más lejos. Cada obra sumó metros de distancia y capas de inaccesibilidad.

Para el arquitecto urbanista Marcelo Corti, esta lógica es estructural y de larga duración: desde fines del siglo XIX, Buenos Aires trató al río menos como paisaje y ecosistema que como "oportunidad" para crecer con tierras, instalar equipamientos o habilitar negocios inmobiliarios. El resultado es un frente costero sin continuidad y con fuertes barreras. Corti explica que "la ciudad de Buenos Aires en el año 1900 tenía 190 kilómetros cuadrados de superficie, hoy tiene más de 200. O sea, hay 10, 12 kilómetros cuadrados que se le ocuparon al río."

A diferencia de la rambla montevideana o de los parques rosarinos, la ribera porteña está segmentada. Tramos inconexos, puentes clausurados y accesos interrumpidos impiden recorrer el borde de manera continua. El caso del puente que conecta el Parque de los Niños con Vicente López —cerrado al paso— es ilustrativo: decisiones administrativas opacas definen dónde se puede y dónde no se puede circular. Antolín Magallanes, ex vicepresidente de Acumar y actual miembro del directorio del Instituto de la Vivienda de Buenos Aires, informa sobre la imposibilidad de atravesar la Ciudad hacia el conurbano norte desde el río: "Quise pasar en bicicleta por el puente que une el Parque de los Niños con Vicente López y estaba cerrado".



En el tramo final del gobierno de Horacio Rodríguez Larreta y en el de Jorge Macri se llevaron adelante dos parques públicos más, para complementarse con el Parque de los Niños en la Costanera Norte: Parque Salguero (2023), con una extensión de casi 9 hectáreas, y Parque Costero (2024), enfrente de Aeroparque. No obstante, la continuidad entre parques para recorrer el río sigue obstaculizada. El contraste con municipios vecinos refuerza el diagnóstico: Vicente López o San Isidro, con todas sus contradicciones, lograron frentes ribereños más legibles y accesibles.

Otro aspecto central es la ocupación del frente costero por usos privados o institucionales: clubes deportivos, predios cerrados, instalaciones federales. La consecuencia es un acceso selectivo, mediado por membresías o permisos. El río deja de ser un bien común y se convierte en un paisaje para pocos. Buenos Aires privilegió la vista al río —desde torres y avenidas— por sobre el uso del río. Se mira, pero no se toca. La ciudad gana postal y pierde ciudadanía.

Los proyectos de relleno y desarrollos ribereños proyectados refuerzan esta tendencia. La idea de utilizar tierras extraídas de obras de subte para crear barrios con marinas en la desembocadura del Arroyo Medrano reactualiza una vieja matriz: el río como reservorio de lo que la ciudad no puede resolver en tierra firme. Autopistas, infraestructuras y negocios vuelven a apoyarse sobre el estuario, profundizando la exclusión.



Rosa Aboy, directora de la maestría en Estudios Urbanos y de la Vivienda en América Latina, de la UBA y vicepresidenta de iCiudad, del Instituto de Políticas Públicas para la Nación, apunta a la gestión: "Es una mezcla de miopía con falta de criterio, con un malentendido fomento a la actividad privada. Hay que asociar a la actividad privada a lo que es bueno para todos". La historiadora entiende la ciudad como un ecosistema, donde la naturaleza forma parte del mismo. Entender esta integración sería un beneficio para todos los actores en juego.

costanera norte 2
 

¿Quiénes llegan al río? Accesibilidad social y transporte

En un artículo publicado en El Cohete a la Luna, el historiador Oscar Edelstein y Antolín Magallanes identifican un accionar político desfavorecedor de algunos sectores en su derecho al acceso al río. Aunque existan "ventanas" de acceso, no todos llegan igual. "En la Costanera Norte no se llega caminando; el transporte público es escaso; el automóvil domina. Paradójicamente, muchos usuarios cotidianos —pescadores, por ejemplo— no son porteños: llegan desde la provincia con largas combinaciones. El río deja de ser parte de la vida diaria de la ciudad y se vuelve un destino marginal".



Contaminación y abandono: ¿la coartada perfecta? La contaminación fue un factor real y, a la vez, una coartada. La ordenanza de 1975 que clausuró la "bañabilidad" se apoyó en un problema existente, pero su efecto fue duradero: naturalizó el abandono. Al no ser "usable", el río dejó de ser defendido. Se volvió terreno disponible para rellenos y privatizaciones.

El arquitecto Marcelo Corti afirma que Buenos Aires trató al río como una oportunidad para crecer con tierras

En diálogo con El Auditor.info, Antolín Magallanes recuerda que "las corrientes del Paraná y el Uruguay arrastran sedimentos hacia la costa argentina, complejizando cualquier recuperación sin planificación ambiental de largo plazo". Pero advierte: "la dificultad no puede justificar la renuncia al derecho".



La Constitución y el derecho incumplido

El marco normativo es claro. El artículo 8 de la Constitución de la Ciudad establece que los espacios del contorno ribereño son públicos y de libre acceso y circulación. No es una metáfora. Para la historiadora Rosa Aboy, "el problema no es la ausencia de normas, sino su incumplimiento sistemático. El camino de sirga sigue siendo una promesa".

Desde la política pública, Aboy subraya que el acceso al río mejora la calidad de vida y que ninguna ciudad sensata puede darle la espalda a un recurso estratégico en un contexto de cambio climático. También señala una herramienta posible: "convenios urbanísticos que obliguen a grandes emprendimientos a ceder borde costero como contraprestación".

Hasta mediados de los setenta, el río era baño, recreación y sociabilidad: Costanera Sur, Punta Carrasco y Olivos. Esa memoria persiste, pero sin experiencia directa. "Amor platónico", define Aboy: "el río forma parte de la identidad porteña, pero no se toca; se consume como producto exclusivo".



Acerca de la sociedad porteña y la posibilidad de un despertar, la historiadora sentencia: "Yo creo que hay cuestiones que logran sensibilizar a la ciudadanía, y que cuando la población porteña siente que hay derechos que están afectados y que nos interpelan a los porteños, actúa".

Para Rosa Aboy, ninguna ciudad sensata puede darle la espalda a un recurso estratégico en un contexto de cambio climático.

La recuperación es viable si se asume como política metropolitana de largo plazo. Corti propone frenar rellenos y privatizaciones, revertir lo reversible, mejorar accesos y abandonar la idea del río como territorio vacío. El horizonte —ambicioso pero necesario— es un borde continuo y público, de La Plata a Tigre.



Montevideo y Rosario muestran que no es una quimera. Pero requiere una decisión: pasar del alambrado a la rambla, del privilegio al derecho.

 

El artículo fue publicado originalmente en El Auditor



Logo de Google
Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos.
+ Agregar


Lee también