La Argentina libertaria actual se imaginó hace más de setenta años. Nació en reductos exclusivos donde se reunían economistas austríacos, millonarios norteamericanos y empresarios latinoamericanos, decididos a apoyar la causa del libre mercado frente a un mundo que creían amenazado por los colectivismos, el estatismo, el socialismo.
Desde aquellos círculos formados alrededor de los economistas Ludwig von Mises, Friedrich Hayek y sus discípulos, se impulsaron conferencias de adoctrinamiento en varios países, incluida la Argentina, durante los 50, 60 y 70, y hasta visitas protocolares a los presidentes de facto Aramburu y Videla. Y fue un argentino quien en los 80, cuando Reagan y Thatcher gobernaban profesando su fe austríaca, activó desde Atlas Network —la organización más conocida— la maquinaria de sponsors para formar cuadros políticos y el apoyo internacional a proyectos de derecha conservadora en América latina.

Los dueños de la libertad, elnuevo libro de Soledad Vallejos publicado por Sudamericana, desanda de manera reveladora el camino que lleva de Javier Milei a aquel grupo que en plena Guerra Fría se embarcó en una misión: la batalla cultural que se libra desde entonces.
A continuación un anticipo de "Un millón de amigos", el primer capítulo del libro:
"Nadie es dueño del liberalismo —se ha dicho con escaso sentido de la oportunidad—, pero tampoco se puede llamar liberalismo a cualquier cosa".
Pedro Benegas, 1999.
Buenos Aires, septiembre de 2024. El hombre de cabello blanco y bigotes es un imán. No registra las miradas ajenas. Alto, de pie en medio del lobby, solo presta atención a su teléfono celular.
Durante casi cuarenta años este argentino ha sido clave para el funcionamiento de una organización cuya mención, en particular fuera del mundillo liberal, despierta suspicacias: Atlas Network. Primero voluntario (ad honorem), luego director de asuntos latinoamericanos, tiempo después CEO, finalmente presidente. Entre 1981 y 2018 recorrió —y ayudó a crear— el espinel que alentó la siembra de think tanks y fundaciones hoy conocidas y relacionadas globalmente, incluso, con líderes políticos fulgurantes, en la vida no virtual y en las redes sociales.

Sobre esos vínculos se ha publicado bastante y sospechado mucho. A la mención de Atlas y organizaciones similares tradicionalmente se la acompaña con palabras como "lobby", "ultraliberal", "ultracapitalista", "oscura". Se las refiere como responsables del ascenso de la derecha, en particular en Latinoamérica. También con insinuaciones sobre fondos millonarios que presuntamente ponen en circulación, y preguntas retóricas sobre su origen.
"Es ridículo", me diría él dentro de meses. Pero para eso falta. Alejandro Chafuen todavía no confía lo suficiente como para darme una entrevista.
Es el primer día del Foro Madrid, las jornadas organizadas en Buenos Aires por la Fundación Disenso, brazo social del partido Vox ("la voz de la España viva"). Circulan decenas de personas.
Hoy está aquí, en el lobby, ajeno al entorno inmediato y con el halo de su historia a cuestas. Marcó hitos. Suya fue la intuición sobre cómo detectar, entrenar y fomentar nuevas generaciones de cuadros liberales en toda América, del Sur, del Norte y del Centro. Suya, la idea del primer workshop de Atlas en la región, en la década de 1980, al que invitó a algunos argentinos. Fue en Montego Bay, Jamaica, e incluyó una sesión sobre cómo el uso de computadoras podía facilitar la circulación de información. Tal vez haya sido la primera vez que una organización promovió el uso de la rudimentaria internet de entonces.

Chafuen empezó veinteañero. Los gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan batallaban en el Reino Unido y en los Estados Unidos contra el Estado de bienestar y estrenaban mote: "neoliberalismo". Era un adulto muy joven cuando conoció a Antony Fisher, el empresario británico que dedicó su fortuna al primer gran think tank inglés y a la primera generación de think tanks norteamericanos abocados a fomentar "la sociedad libre", y cuyo nombre reverenció la propia Thatcher. Fisher lo escuchó. Aclaró que no podía pagarle, pero abrió la puerta a ese sudamericano entusiasta. Creyó en su potencia para hacer crecer redes. No se equivocó. En 1985, Fisher —un hombre tan británico que se atrevería a fallecer, en 1988, solo después de ser condecorado caballero por la reina Elizabeth II— escribió una breve carta a Friedrich Hayek. Él y el austríaco apóstol de la escuela austríaca de economía, discípulo dilecto de otro pope de esa perspectiva, Ludwig von Mises —heredero, a su vez, del legado intelectual del fundador, Carl Menger—, se conocían hacía décadas. Puntualmente, desde el momento en que Fisher le pidió consejo acerca del mejor modo de cambiar el mundo, y Hayek, claro, se lo brindó. Con el tiempo, a pesar de las alternativas de la vida de cada uno, de los cambios del mundo, de la pos-guerra, de la Guerra Fría, de las distancias, de los divorcios, de los viajes, a pesar de todo, nunca abandonaron su amistad ni sus planes.
El texto tiene tres párrafos, o mejor dicho, dos frases y un párrafo. En la primera línea lamenta saber que su carteado, un Hayek de 85 años, estaba algo enfermo; en la segunda le advierte: "También te escribo porque creo que te dará fuerza una noticia que tengo para darte". El párrafo dice: "He comenzado a trabajar en la organización de una gran conferencia [...], espero que podamos invitar a todos los interesados en establecer o llevar adelante institutos en los países de América Central o del Sur. Hay muchos inconvenientes para disponer los arreglos, pero la única manera de lograrlo es intentándolo. Se me acaba de sumar como voluntario un joven, Alejandro Chafuen, nacido en Buenos Aires. Se convirtió en miembro de la Mont Pèlerin Society en el encuentro de Stanford [el miembro más joven en el momento], tiene un doctorado de una universidad de California y conoce a la mayoría de mis contactos en América Central y del Sur. Tiene muchos más por su cuenta. Espera obtener un trabajo en el área de San Francisco y desea, de manera voluntaria y part-time, trabajar en la organización de esta conferencia".
Chafuen me dirá más adelante que su único activo era ser "sangre nueva". Durante décadas, suya fue la mano que orientó el dinero de donantes, en pequeñas sumas, por aquí y por allá, para pulir posibles nuevas voces en la escena pública. Suya la decisión de abrir talleres de formación para quienes creyeran en las ideas, la expresión usual en este universo para referirse a las nociones del libertarianismo. La historia grande del liberalismo se escribe con las pequeñas —y no tanto— tareas labradas en las sombras.
Él estuvo en esas sombras, pero hoy —que Atlas es famosa y lleva como lema "fortaleciendo el movimiento de la libertad en todo el mundo"— ya no está ahí, sino en otros —muchos— directorios. "Corté toda relación", me dirá. Desde hace unos años preside el Acton Institute, un think tank norteamericano cuyo nombre completo explica su razón de ser: "Estudio de la Religión y la Libertad", es decir que tiene la misión de "promover una sociedad virtuosa caracterizada por la libertad individual y sustentada por principios religiosos", en la que la libre empresa y el impulso liberal pesen.

En el lobby se agita un mar de veinteañeros con trajes flamantes y peinado a la gomina. El outfit básico del joven libertario se replica, con las diferencias de género del caso, en las mujeres que asoman aquí y allá, casi como excepción. Ellas, como ellos, son militantes, aunque unas y otros detesten la palabra. Algunos son rasos; otros están en proceso de promoción, y otros ya han sido ascendidos a funcionarios del Estado nacional, aunque en segundas, terceras líneas. Los últimos se muestran más confiados. Algunos acompañan a funcionarios treintañeros cuyo rostro es figurita repetida en canales de stream y, a veces, hasta en diarios. Visten de manera muy parecida, pero no ocupan el centro, no inician las conversaciones, caminan uno o dos pasos más atrás. Los rangos se respetan.
En la pirámide siguen —ya lejanos— los políticos locales con experiencia, y cuyos nombres cualquier persona informada ha escuchado alguna vez. En el casillero siguiente se ubican los rostros reconocibles en la esfera internacional. Esos directamente no circulan por el lobby, salvo para una breve sesión de fotos o alguna entrevista, ya pautada, ante banners con el logo del evento. Ningún desconocido se acercaría así nomás a los más encumbrados de la pirámide, aunque en los hechos no hay custodia o empleado de seguridad que lo impidan. En los grandes eventos del movimiento conservador y liberal, el roce acata una etiqueta no escrita.
La distancia física es impuesta por los años de batalla en el terreno de las ideas. Lo reflejan las ubicaciones en las 1900 butacas de la Ballena Azul, el auditorio por donde circulan hoy las tribus del espectro liberal conservador.
A unos metros del lobby, Santiago Abascal se dirige al ascensor protegido por una nube de señores trajeados. El hombre fuerte del partido español Vox, el bilbaíno que convirtió su barba en estética política registrada —a tal punto que llegó a presentar a su barbero en redes sociales—, el mismo que logró hacerse conocido por sus bravatas en la arena pública, dio la bienvenida al evento hace solo unas horas. Su presencia en el escenario prologó el discurso de la nueva estrella de la derecha global, el argentino Javier Milei. Entró bañado por luces azules, con el resto de la sala a oscuras. El primer auto-definido anarcocapitalista en llegar a la presidencia de un país, un economista completamente desconocido por el liberalismo una década atrás y transformado en corazón de las esperanzas libertarias a fuerza de batacazo electoral, fue el hit de la primera jornada. Habló de "los tres derechos fundamentales del ser humano: el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad"; agradeció al organizador y subrayó que "el empresario que arriesga capital en pos de una ganancia es un benefactor social, no un villano que gana a costa de los que más pierden, como nos quieren hacer creer los resentidos de la izquierda".
Agregó: "Santiago [Abascal] con mucha generosidad describía el impacto internacional, que se está generando, a partir de lo que hacemos en Argentina y, obviamente —como líder de este movimiento— me toca estar en la primera fila y tener un nivel importante de exposición y, obviamente, que a las ratas inmundas, fracasadas y liliputienses domésticas les molesta profundamente. Y eso va desde críticas por los viajes a críticas de imbéciles que dicen que se me vota para gobernar y no para ser popular. [...] No solo estoy poniendo a la Argentina al tope mundial, siendo uno de los dos políticos más conocidos del mundo —junto a Donald Trump—, sino que, además, estoy haciendo el mejor gobierno de la historia argentina".

Por unos instantes, todo fue euforia. Pero la adrenalina dio paso a paneles de contenido más bien ideológico, en plan de nutrir con argumentos y herramientas retóricas a la militancia. En las butacas, la ocupación fue inversamente proporcional a la complejidad de contenido que prometían los títulos de los paneles: "Venezuela en libertad", "El camino correcto es hacia la libertad", "Diez meses de gestión de Milei: libertad y prosperidad", "La derrota política y cultural de la izquierda". Ahora, promediando el día, solo un cuarto del auditorio está ocupado. No hay ni un murmullo. Apenas algo de público salpicado por aquí y por allá mientras transcurre "Los enemigos comunes de Israel e Iberoamérica: enemigos de Occidente".
Chafuen vuelve a aparecer en el lobby. Tiene el teléfono celular siempre en la mano. Lleva camisa blanca, saco azul, pantalón gris, mocasines. Se ríe cuando pregunto de quién es el rostro que se multiplica en la estampa de su corbata.
—Es Alberdi.
Emergió hace minutos por un lateral de la sala, una aparición repentina, materializada a través del telón pesado que silencia la conexión entre el mundo y la cocina del evento. No le apuntan reflectores, pero es inevitable: orador que pasa a su lado, orador que se detiene aunque sea un instante a intercambiar alguna palabra con él. Está radicado en los Estados Unidos hace décadas y, aunque viaja seguido por trabajo, esta vez aterriza en Buenos Aires con un objetivo más prosaico. No se cumplen 70 todos los años. El festejo será importante. Por el tono en que se comenta, recibir la invitación es una señal: de ser alguien y pertenecer. Son los atributos que abren puertas.
La celebración será en unos días. De todos modos, dice, no tiene tiempo. Quiere ir a remar, tiene reuniones, una agenda jaqueada por compromisos. Escribime y vemos, agrega. Y pierdo su atención.
Hace meses que leo sobre él. Sé que puede hablar de cuatro o cinco temas a la vez. Por las pocas entrevistas y algunas conferencias que encontré online le conozco la voz, casi cantarina cuando se entusiasma y el ritmo levanta vuelo; también, las pausas cuando navega entre el inglés y el español buscando una palabra. Sé que no habla tan seguido en eventos abiertos. Repasé reportajes sobre su trabajo y el universo invisible que delineó gente como él y que —dicen— está detrás de la oleada liberal —neoliberal, libertaria, libertariana; no hay acuerdo en el término— que recorre el mundo con fuerza, particularmente, desde la pandemia de COVID-19. Diría que lo reconozco por fotos publicadas aquí y allá, pero en realidad es por el influjo que ejerce sobre los demás. Chafuen es el vórtice de un remolino.
Cuatro meses atrás le pedí por correo electrónico una entrevista, y me respondió al minuto: "Mandame tu CV o bio, necesito saber quién sos". Se lo envié. No supe más nada de él.
"No le interesó", especuló el filósofo Gabriel Zanotti en la cafetería de la Universidad del Centro de Estudios Macroeconómicos de Argentina (CEMA), corazón contemporáneo de la academia liberal argentina, donde es profesor full-time. El suyo también es uno de los nombres recurrentes en este universo, y no solamente en este país. Dirige la versión local del Acton Institute. Es director ejecutivo del Centro Hayek Friedman, de la Universidad del CEMA (UCEMA). Antes de cumplir 20 fue la joven promesa de la filosofía libertaria local. Ha estado entre los fundadores de la Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas (ESEADE), participado en la Fundación Friedrich Hayek. Conoce bien el paño. Dice: "Por los despelotes internos, por las malas experiencias, por la ideologización, por el fanatismo, por los personalismos, llegué prácticamente a quedarme en la calle por culpa de dar mi vida por las instituciones liberales en la Argentina". No abunda porque el tema todavía es sensible, y porque de alguna manera —de varias— la presidencia de Milei ha resquebrajado el terreno de una manera inédita, insólita.

Me lo repetirán varios durante los meses siguientes: esta victoria libertaria es un antes y un después. Donde se abrieron brechas, hay abismos. Las disidencias se han vuelto ofensas y son graves. Gente que se conoce de toda la vida está enfrentada como nunca; algunos vínculos no podrán recomponerse.
Décadas de historia pierden peso al calor de la coyuntura. Parado en la orilla crítica, Zanotti mira de lejos, incrédulo, el entusiasmo. Tampoco se emociona con otras cosas mundanas.
Por ejemplo, en unos meses, a miles de kilómetros de distancia, voy a encontrar un ejemplar de su primer libro, Introducción a la escuela austríaca de economía. El volumen está en la que supo ser la biblioteca personal del economista Murray Rothbard, y que actualmente es patrimonio del Ludwig von Mises Institute, en Auburn, Alabama. Cuando se lo cuente, con foto incluida, se va a extrañar un poco, pero sin exagerar. Tiene una hipótesis: a ese libro, editado en 1981 en la Argentina por el Centro de Estudios sobre la Libertad, tiene que haberlo hecho llegar allí Alberto Benegas Lynch padre, alma del intento de institucionalización más duradero de los austríacos argentinos.
—¿Parecía leído? —me preguntará.
—Parecía nuevo. Pero estaba ahí.
—Debe ser eso que te digo, entonces.