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Inversiones que despertaron críticas y reabrieron otra grieta

Alejandro Radonjic 04 noviembre de 2019

Por Alejandro Radonjic

¿Somos el único país del mundo en donde se critica a los empresarios que invierten en el medio de una crisis de proporciones? ¡Somos el único país del mundo en donde se critica a los empresarios que invierten en el medio de una crisis de proporciones!

El miércoles pasado, Alberto Fernández estuvo en la fábrica Kabrilex de la familia Reinhardt, ubicada el municipio de San Martín. Además de Sergio Massa y Gabriel Katopodis, estaba el textil Teddy Karagozian, CEO de TN & Platex. Allí, el textilero anunció que reabrirá una planta en La Rioja, que estuvo parada casi todo 2018 y, dijo, “estaba desahuciada”. El jueves, Alberto se reunió con Rubén Cherñajovsky (CEO del Grupo Newsan) en su cada vez más convocante búnker de la calle México. Según contó el Presidente electo vía Twitter, Newsan comenzará, en febrero de 2020, a producir lavarropas de la marca LG en su planta de Avellaneda. Una planta mítica adonde operaba SIAM, quizás uno de los íconos más entrañables de la industria nacional.

Más inversión privada y creación de empleo en un contexto en el que la economía tiene poco y nada de ambas. ¿Todos contentos? No. La grieta pudo más y las redes sociales, con Twitter a la cabeza, fueron la caja de resonancia de críticas. Una grieta que precede, y por mucho, a la kirchnerista, aunque ésta también la incluya. En efecto, los anuncios de los empresarios, si bien valorados por algunos, fueron criticados por tantos otros. No faltaron, incluso, quienes tildaron a los empresarios de “delincuentes”, “ladrones”, “llora subsidios” o “prebendarios”.

En concreto, se criticó el supuesto regreso de la ropa y los lavarropas caros. El razonamiento es que se limitaría el ingreso de esos items del exterior y que los consumidores estarían condenados a pagar sobreprecios porque la industria nacional es ineficiente, cara y no tendrá incentivos para competir por precio. Esos empresarios volverán a cazar en el zoológico, dicen. ¿La presión impositiva draconiana no tiene nada que ver? Son críticas atendibles que deben ser tenidas en cuentas, sobre todo cuando se trata de insumos para la inversión privada o personal, como las notebooks.

  

Uno de los tantos que arrió esa bandera fue Lucas Llach, hoy número dos del Banco Nación Argentina. Pero está lejos de ser una visión solitaria. En marzo de 2018, el ministro de Producción, Francisco Cabrera, llamó “llorones” a los industriales. Quizás debió haber dicho que los balances de las empresas eran para llorar (y eso que no había arrancado la crisis cambiaria aún). Por ese entonces, los empresarios criticaban el set de políticas en curso. La Historia les dio la razón a ellos.

¡“Qué bueno! Lavarropas nacionales caros! Vamos a ser felices”, dijo el polemista Llach, tras el anuncio de Cherñajovsky. “Amo a la industria nacional. Y porque la amo creo que la economía debe estar más integrada al mundo”, dijo el actual N°2 del Banco Nación Argentina, ante un tuitero que lo acusó de “odiar la industria nacional”. Llach siguió chicaneando: “Adoro ver kirchneristas defender empresarios con mansiones en Barrancas de Martínez compradas con el plus de precio que paga el pueblo por productos populares como celulares, textiles o electrodomésticos. Es uno de mis pasatiempos favoritos”, dijo, luego, en referencia a Cherñajovsky. ¿O será que los “kirchneristas” lo “defienden” porque ofrecen empleo y tratan de sostener cierto tejido industrial?

Todas las voces sensatas quieren un país con una industria eficiente, exportadora y con precios finales bajos. La grieta pasa por el puente necesario para llegar a ese estadio.

Si se tira de la piola de Llach et al., subyace el deseo de una Argentina con miles de Mercado Libre, por poner un ícono, en la que todos trabajen en el sector de los servicios y se importe la industria que fuera necesaria, y no solo la textil o la línea blanca. Algunos, incluso, quieren una Argentina sin terminales automotrices. Es decir, solo autos importados. La industria, arguyen, es ineficiente y deficitaria. Como las empresas de esos sectores, sus trabajadores deberán “reconvertirse”. Es una visión ingenua y peligrosa en el corto plazo. Más allá de que, es cierto, los servicios hoy son los que motorizan el empleo en todo el mundo. También es cierto, sin embargo, que esos servicios, las más de las veces, se vinculan a la industria como piedra basal.

Argentina necesita una estructura productiva diversa y proteger el tejido industrial que aún queda. Es el tercero de América Latina y supo ser el primero hace algunas décadas. Y no por nacionalismo bobo sino para ofrecer oportunidades de empleo a amplios sectores de baja o media calificación. A los de alta, también, desde ya. Además, para sostener ciertos equilibrios territoriales. ¿O vamos a despoblar el interior y agruparnos todos aún más en el AMBA? Incluso hay argumentos para defender la industria más a largo plazo. Más en un país con tendencia a chocar con la restricción externa.

Según Carlos Leyba, más de 60 tienen políticas industriales hoy, y no son los emergentes, precisamente. Lo acaban de ratificar Reda Cherif y Fuad Hasanov (ambos del FMI) en una columna publicada por Project Syndicate. Creen, además, que el Estado tiene un rol clave como garante de demanda final, entre otras tareas, en línea con las ideas de Mariana Mazzucato.

“Muchos estamos de acuerdo en que tal vez necesitas tolerar cierta ineficiencia en sectores como confecciones para generar empleos que otros sectores no te van a dar y, en particular, para trabajadores de bajo o medio-bajo nivel de calificación”, dice Andrés López, presidente del Instituto Interdisciplinario de Economía Política de Buenos Aires (IIEP) ante El Economista. Hasta Marcos Galperin sabe que no es posible. En el 55° Coloquio de IDEA, realizado días atrás, dijo que en Argentina apenas se gradúan 6.000 ingenieros por año.

López aclara, sin embargo, que el costo de esa tolerancia tampoco debe ser infinito. “Hay que trabajar con los empresarios que hay y el desafío es poner reglas de juego en donde las ayudas, subsidios y protecciones tengan alguna contrapartida clara en términos de desempeño esperado de los que las reciben. Hace falta un Estado más inteligente que no caiga preso del puro lobby y que evalúe alternativas, posibles impactos y costo- beneficio de las diversas intervenciones que te podrían ayudar a, alguna vez, a modernizar la estructura productiva sin descuidar la transición y los costos sociales que puede generar si la dejas a la deriva. Por supuesto, se trata de algo mucho más fácil de decir que de hacer pero, como mínimo, podemos arrancar transparentando al máximo los diálogos y negociaciones, sometiéndolos al escrutinio de expertos y de la sociedad civil, estableciendo metas claras y algún horizonte en el cual vas revisando y transformando las intervenciones para no tener rentistas eternos”, agrega López.

En una línea similar se ubica Bernardo Kosacoff (UBA y UTDT). “La implementación de políticas de fomento les permite a las empresas tener un mayor horizonte, superar las dificultades sistemáticas ajenas a la empresa y facilitan que las empresas asuman los riesgos propios de la asignación de recursos”, dice. La alternativa no es conveniente: las empresas adoptan posturas wait and see y “se posicionan en activos financieros que son más flexibles, en lugar de optar por la rigidez de las alternativas productivas”.

“Pero estas políticas deben ser evaluadas en términos de beneficios sociales, para evitar la captura rentista y solo proteger la ineficiencia. Las buenas políticas, que podemos sacar las lecciones de los países de mejor desempeño, tienen que fundarse en una construcción institucional, evaluando antes, durante y posteriormente sus efectos y propender hacia el aumento de la productividad, la creación de empleo, los equilibrios territoriales y la integración con el mundo, entre otros objetivos”, dice Kosacoff.

Otro mito es que Argentina no exporta industria y la que se produce solo abastece el mercado interno. No somos Corea del Sur y gran parte de las piezas usadas para el producto final se importan pero, según el Indec, el país exportó US$ 15.000 millones de Manufacturas de Origen Industrial (MOI) hasta septiembre. “Hay una idea ingenua que dice que sin industria automotriz no habría déficit comercial. Pero es al revés. Habría decenas de miles de empleos menos y miles de millones de dólares de déficit comercial extra porque tendríamos cero exportaciones y mayores importaciones. ¿Cómo se financiaría eso? ¿Con más deuda? ¿De qué trabajarían los despedidos? ¿Todos a hacer delivery?”, manifestó Andrés Tavosnaska ante El Economista en una entrevista reciente.

“Para crear los mercados, que son instituciones sociales, se deben establecer los incentivos y reglas de juego adecuados que fomenten el desarrollo de capacidades competitivas y la dinámica de cambios estructurales, con una participación creciente de capacidades tecnológicas domésticas y calificación del empleo, en base a estrategias integrales que desarrollen nuestro importantes mercado interno y que permitirán viabilizar una dinámica expansión internacional de los negocios. Debemos abandonar los falsos dilemas mercado- políticas; campo-industria y mercado interno-exportaciones que nos llevaron al estancamiento y a la pobreza”, resume Kosacoff.

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