Demoledor

Escuelas desbordadas: 4 de cada 10 jóvenes de barrios populares del AMBA abandonan la secundaria

Un estudio del CIAS y Fundar relevó quince escuelas públicas del conurbano y encuestó a más de 600 adolescentes. El diagnóstico es contundente: deserción récord, salud mental al borde del colapso y un consumo de drogas que atraviesa las aulas.

El estudio muestra que para muchos adolescentes de barrios populares la escuela es una actividad más, no la principal.
El estudio muestra que para muchos adolescentes de barrios populares la escuela es una actividad más, no la principal. EE
19 mayo de 2026

Diana dirige una escuela secundaria en un barrio popular del Área Metropolitana de Buenos Aires. Su día empieza temprano y casi nunca termina como lo planificó. Distribuye alimentos, media en conflictos familiares, consigue turnos médicos, atiende episodios de violencia, llama a juzgados de menores. "Vivimos en una tensión permanente entre la centralidad de la enseñanza y todo lo que hay que atender", resume.

La escena, que se repite todos los días en decenas de escuelas del conurbano, aparece documentada en Escuelas desbordadas. Criar, crecer y educar en barrios populares, el informe que Gonzalo Elizondo y Daniel Hernández publicaron en abril para el Instituto Universitario CIAS y Fundar, dentro de la serie Monitor de barrios populares. El trabajo combina dos encuestas —a 453 hogares con responsables de cuidado en 2023 y a 601 jóvenes en 2024— con cincuenta entrevistas en profundidad a adolescentes, once grupos focales con madres y entrevistas a trabajadores de quince escuelas públicas del AMBA, entre Quilmes, Tres de Febrero, San Miguel, Florencio Varela, Malvinas Argentinas y la Ciudad de Buenos Aires.

Una deserción que ya no se disimula

El primer dato golpea: el 42% de los jóvenes encuestados de entre 19 y 24 años abandonó la escuela. Entre quienes todavía asisten, el 59% tiene sobreedad y un 26% lleva más de dos años de rezago respecto del año que le corresponde. Llamativamente, el 90% de quienes dejaron dice que "algún día" piensa volver. La credencial sigue importando: "Hoy en día te piden un título hasta para limpiar el piso", dice Micaela, de 22 años, en una de las entrevistas.



Escuelas
 

Pero entre la expectativa y la realidad hay un abismo. "Muchos paros, que faltó el profe, que no hay agua, que el caño... siempre hay un pero y no hay clases", se queja Ayelén, de 16. Una directora lo confirma desde el otro lado: "no hay una sola semana que tenga todas las horas cubiertas". Otra madre, en un grupo focal, ofrece una imagen que sintetiza el clima: "Te cambio la asignación por una escuela más segura".

Una pandemia silenciosa de salud mental

El segundo bloque de hallazgos es quizás el más preocupante. El informe describe lo que los autores llaman directamente "una pandemia invisible de salud mental" entre adolescentes de barrios populares. Los números son elocuentes: el 52% de los jóvenes encuestados reportó haber sufrido ansiedad y el 37%, depresión. Los equipos de orientación, que en promedio cuentan con un profesional cada 170 estudiantes —y, en el peor caso documentado, con dos profesionales para 670 alumnos—, describen su trabajo como apagar incendios mientras ven otros empezar a arder.



"Estamos viendo pibes que están muy mal, muy mal. Entonces yo me pregunto ¿en qué momento alguno de nuestros pibes podría hacer algo terrible?", se interroga una orientadora. Otra resume el cambio de su tarea cotidiana: ya no se trata de apoyar "al pibe que le falta un poquito", sino que "siempre estamos con el estudiante de la tragedia, el que tenemos en el aula con problemas psiquiátricos sin ningún tipo de diagnóstico".

El consumo problemático completa el cuadro. El 51% de los jóvenes encuestados reconoce que la mayoría de sus amigos consume drogas y el 15% admite ser o haber sido adicto. Los relatos de autolesiones, agresiones y violencia aparecen en todas las escuelas relevadas.

Trabajan, cuidan y, cuando pueden, estudian

El estudio muestra que para muchos adolescentes de barrios populares la escuela es una actividad más, no la principal. El 79% empezó a trabajar antes de los 18 años y el 36%, antes de los 16. El 43% de los menores de 18 ya aporta ingresos al hogar. A eso se suma la carga del cuidado: el 27% de los jóvenes que faltó a la escuela en las últimas dos semanas lo hizo para cuidar a un familiar. En los hogares monoparentales —el 37% del total relevado—, las madres declaran que los adolescentes son el segundo responsable de cuidado en el 56% de los casos.



"Cuando los chicos entran por esa puerta, no dejan afuera su vida", advierte Emanuel, directivo de una secundaria. Lo que entra con ellos son tramas familiares fracturadas, trabajo temprano, violencia y, muchas veces, soledad. "Los chicos están solos" es la frase que más se repite en boca de los docentes entrevistados.

Educacion
 

Un sistema segmentado por dentro

El informe cierra con una advertencia que excede lo estrictamente educativo: las escuelas que reciben a los jóvenes con más dificultades son, también, las que tienen menos recursos para contenerlos. Algunas seleccionan y, de manera más o menos explícita, desplazan a los más conflictivos; otras incluyen con liderazgos sólidos y proyectos compartidos; y un tercer grupo intenta incluir sin los medios necesarios y termina desbordado, con docentes que se van a otras escuelas en busca de "otra clase de alumnos". "La segmentación no opera sólo entre barrios o entre escuelas públicas y privadas: opera también dentro de las escuelas públicas a las que asisten los jóvenes de barrios populares", sostienen Elizondo y Hernández.



La promesa fundacional de la escuela argentina —que estudiar permite "ser alguien" sin importar el origen social— se erosiona en cada relato. Una docente lo dice de un modo que cuesta olvidar: "La idea de ir a la escuela para aprender y mejorar un futuro se está modificando en los barrios, los chicos no se imaginan un futuro, entienden que, estudien o no estudien, su vida va a ser la misma". Y una profesora de física, al borde del quiebre durante la entrevista, agrega lo que muchos de sus colegas piensan y pocos se animan a decir en voz alta: "a veces hasta siento que, hoy por hoy, esto es una estafa para los pibes, no les estamos dando los insumos que cualquier persona necesita para enfrentar la vida".

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