Hace pocos días en una oficina del centro porteño, un ejecutivo enfrentaba una entrevista con un reconocido head hunter de la industria petrolera.
"¿Qué opinión tiene de la empresa?", rompió el hielo el cazatalentos. El aspirante a aquella posición, literalmente, se inventó una respuesta en el momento.
"¿Por qué piensa eso de la empresa?", le repreguntaron con sorpresa. Y aquel profesional se sinceró con humildad explicando que no había tenido tiempo de indagar sobre la compañía, y que se disculpaba por haber respondido sin fundamento. Fue contratado. No por sus habilidades blandas o duras. Fue elegido por honesto, por humilde, por sincero.
Cuando supe de esta historia, desde la empresa me explicaban que, si pretendían la excelencia, necesitaban personas íntegras, capaces de encarnar los valores y pilares fundamentales para hacer de la compañía una realidad de excelencia sostenible en el tiempo.
Es que, en el vertiginoso mundo empresarial actual, las organizaciones enfrentan un desafío crucial: identificar y cultivar las "habilidades profundas" en su talento humano. Estas competencias, que trascienden las tradicionales habilidades duras y blandas, se erigen como el único camino para alcanzar la excelencia y asegurar la sostenibilidad en el mercado.
Las habilidades profundas no son simples destrezas que se adquieren con entrenamiento técnico ni cualidades sociales que se perfeccionan con la práctica. Son elementos arquitectónicos de nuestra personalidad y profesionalidad, integrando hábitos, actitudes y sentimientos que definen cómo actuamos y nos relacionamos en diversos contextos. Entre ellas destacan:
- El pensamiento crítico.
- La mentalidad emprendedora.
- La creatividad.
- La autogestión.
- La profesionalidad.
- El liderazgo.
- El trabajo en equipo.
- El compromiso.
- La comunicación persuasiva.
- La negociación.
- La inteligencia comercial.
- La inteligencia emocional.
En un entorno donde la innovación constante puede llevar a la obsolescencia de conocimientos técnicos en cuestión de meses, estas habilidades profundas proporcionan una base sólida para la adaptación y el crecimiento continuo. Sin embargo, su desarrollo ha sido históricamente relegado.
La fragmentación entre disciplinas como las ciencias sociales, la ética, las humanidades y el management ha generado un vacío que muchas organizaciones todavía no logran llenar.
El desafío comienza con la identificación de estas habilidades en los colaboradores actuales y potenciales. Las entrevistas tradicionales o las pruebas de conocimientos resultan insuficientes para evaluar competencias como el pensamiento crítico o la inteligencia emocional. Por ello, las empresas deben incorporar nuevas metodologías, como evaluaciones situacionales, pruebas de juicio profesional y ejercicios de simulación, que permitan observar cómo los individuos aplican estas competencias en escenarios reales o simulados.
Una vez identificadas, fomentar estas habilidades requiere un compromiso genuino con la formación continua. Esto implica invertir en programas de capacitación que no solo se enfoquen en herramientas específicas, sino que también promuevan un cambio de mentalidad. Por ejemplo, talleres de resolución de problemas complejos pueden enseñar pensamiento crítico, mientras que programas de liderazgo centrados en la empatía y la escucha activa fortalecen la inteligencia emocional.
El trabajo en equipo es otra habilidad profunda que merece especial atención. La colaboración efectiva no se limita a compartir tareas; implica una comprensión profunda de las dinámicas grupales, la capacidad de resolver conflictos de manera constructiva y la disposición para apoyar el crecimiento de otros.
Empresas como Google han demostrado que los equipos más exitosos no son necesariamente los formados por individuos con mayores logros académicos o técnicos, sino aquellos que muestran altos niveles de seguridad psicológica, una característica intrínseca de las habilidades profundas.
Otro ejemplo es la comunicación persuasiva, una competencia esencial para el liderazgo y la negociación. En un mundo interconectado, donde las decisiones suelen requerir la aprobación de múltiples partes interesadas, la capacidad de articular ideas de manera clara, convincente y alineada con los intereses de todos los involucrados es indispensable. Empresas de alto rendimiento capacitan a sus líderes en storytelling y técnicas de influencia, herramientas clave para maximizar esta habilidad.
Las habilidades profundas también tienen un impacto directo en la sostenibilidad organizacional. Un equipo dotado de pensamiento crítico y creatividad está mejor preparado para anticipar cambios en el mercado y desarrollar soluciones innovadoras. La inteligencia emocional, por su parte, fomenta un ambiente laboral más saludable, reduciendo la rotación de personal y mejorando la retención del talento.
En este contexto, surge con urgencia que los sistemas educativos también asuman un rol más activo en el desarrollo de habilidades profundas desde etapas tempranas. Universidades y centros de formación tienen la oportunidad de preparar a los futuros profesionales para convertirse en agentes de cambio dentro de sus industrias. En conclusión, el desarrollo de habilidades profundas no es un lujo ni una tendencia pasajera; es una necesidad estratégica para cualquier organización que aspire a destacar en el competitivo mercado actual. Al reconocer y fomentar estas competencias, las empresas construyen las bases para un futuro más resiliente, innovador y exitoso.
La pregunta no es si debemos invertir en habilidades profundas, sino cómo hacerlo de manera efectiva y sostenida.