Este martes, el Jockey Club define su futuro. Se vota presidente y también el recambio de la mitad de la Comisión Directiva. Pero lo que está en juego va más allá de los nombres: es una pulseada entre continuidad y cambio, tradición y modernización.
De un lado está Unidad, la lista oficialista que gobierna el club hace más de una década. La encabeza Juan Mariano Villar Urquiza, actual presidente y empresario. Del otro, Siglo XXI, una agrupación opositora que propone profesionalizar la administración. Su candidato es Miguel Ángel Martínez Beccar Varela, consultor y sin experiencia previa en la gestión del club.
¿Qué quiere cambiar la oposición?
La propuesta central de Siglo XXI, según una nota de La Nación, es romper con el modelo de gestión ad honorem. Plantean armar un equipo ejecutivo profesional, con sueldos, que se encargue del día a día. Y que la Comisión Directiva pase a funcionar como un directorio moderno, con mirada estratégica. No es menor: sería un giro histórico en un club que en 143 años se manejó exclusivamente con socios voluntarios.
Del otro lado, los defensores del status quo lo ven como una amenaza a la esencia del club. Sostienen que la dirección debe estar en manos de socios con más de 10 años de antigüedad, que trabajen sin cobrar y con sentido de pertenencia.
¿Se venden las sedes?
En plena campaña circularon versiones de que la oposición buscaba vender el palacio de la avenida Alvear o parte de los terrenos de San Isidro. Desde Siglo XXI lo desmintieron categóricamente: no hay venta de activos en su plan de gestión.
¿Quién puede entrar al Jockey?
El club tiene hoy unos 7.000 socios. Es un número bajo si se tiene en cuenta que la sede de San Isidro ocupa el mismo terreno que Central Park de Nueva York. Parte del problema es la estructura cerrada: para ingresar sin vínculos familiares se deben pagar cerca de US$80.000. Hijos o nietos de socios tienen precios diferenciados —entre $300.000 y $800.000—, según la antigüedad del familiar.

En 2021, los socios vitalicios —que no pagan cuota— llegaron a ser el 37%. Para frenar ese envejecimiento demográfico, la gestión oficialista impulsó una política de apertura parcial: permitir el ingreso gratuito de hijos y nietos menores de 25 años.
El tema ausente: las mujeres
A diferencia de otros clubes tradicionales, como CUBA, el Jockey Club sigue sin admitir socias mujeres. Pueden usar instalaciones, pero no votar ni participar formalmente. En la sede de Retiro, directamente no pueden entrar como titulares y continúan accediendo a la sede San Isidro como "mujer de socio", "hija de socio" o "viuda de socio".
Ni Unidad ni Siglo XXI propusieron cambiar esto.
La elección de este martes no define solo un presidente. Define qué tipo de club quiere ser el Jockey: uno más profesional y abierto, o uno que preserve la exclusividad, los ritos y las formas de siempre.

10 Datos Curiosos del Jockey Club Argentino que NO SABÍAS
1. El Chispazo Parisino: La Comida que Encendió la Idea del Club Más Exclusivo
Pocas instituciones pueden rastrear su origen a un momento tan específico y evocador como el Jockey Club. La idea germinó en París, epicentro cultural y faro de las élites latinoamericanas de la época. Fue durante un almuerzo en 1876, según relatan las crónicas, cuando Carlos Pellegrini, futuro presidente de Argentina, junto a un distinguido grupo de compatriotas que incluía a Miguel Cané -más tarde célebre autor de Juvenilia-, Pedro y Enrique Acébal, y Remigio González Moreno, se sintieron inspirados por la elegancia y la tradición del Derby de Chantilly, una de las carreras de caballos más prestigiosas de Francia. Aquel encuentro en la Ciudad Luz fue el catalizador.
Pellegrini no solo visualizó una entidad que regulara y elevara la actividad hípica en Argentina, sino que soñó con un club social de la más alta categoría, un espacio de encuentro exclusivo para la aristocracia, similar a los selectos círculos que él mismo frecuentaba en sus viajes por Europa. Aunque la fundación formal del Jockey Club de Buenos Aires se concretaría unos años después, en 1882 , aquella comida parisina sembró la semilla. Este origen transatlántico es profundamente simbólico: la élite argentina de fines del siglo XIX no solo importaba capitales y bienes manufacturados, sino que también buscaba activamente modelos culturales y estructuras sociales europeas para moldear su propio estilo de vida y afirmar su distinción en una sociedad en plena transformación.
El Jockey Club, por tanto, nació con una vocación cosmopolita, como un proyecto de importación cultural destinado a cimentar una identidad de clase que miraba hacia Europa como su principal referente.
2. Votaciones de Alto Vuelo: Cuando la Elección del Presidente del Club Involucraba al Presidente de la Nación
Lejos de ser un mero trámite interno, la elección del presidente del Jockey Club a principios del siglo XX se había transformado, según crónicas de la época, en una "cuestión casi nacional". Este fenómeno ilustra de manera elocuente la simbiosis entre la élite social, económica y política del país. Un episodio particularmente revelador ocurrió durante los comicios de 1902: el entonces presidente de la Nación, Julio Argentino Roca, se involucró personalmente para asegurar el triunfo de su candidato.
Se cuenta que Roca no escatimó esfuerzos, haciendo traer socios desde el interior del país e incluso, en un gesto que denota la intensidad de la contienda, ordenando que se levantara a miembros enfermos de sus lechos para que emitieran su voto. La expectación era tal que los resultados finales no se conocían sino hasta la una de la madrugada.

La magnitud de esta movilización y la directa participación del primer mandatario del país en la elección de la máxima autoridad de un club social pueden parecer extraordinarias hoy en día. Sin embargo, en aquel contexto, el liderazgo del Jockey Club era percibido como un puesto de considerable influencia estratégica, un bastión de poder cuyo control era codiciado. La presidencia del club no solo confería un inmenso prestigio social, sino que abría las puertas a una influyente red de contactos que trascendía con creces los salones y las pistas de carrera.
El Jockey Club funcionaba, en efecto, como un termómetro de las relaciones de poder dentro de la oligarquía argentina, un espacio donde se tejían alianzas, se medían fuerzas y se dirimían disputas. Que su elección presidencial alcanzara tal resonancia nacional no era, por lo tanto, una exageración, sino un claro indicativo de su centralidad en el entramado de poder de la Argentina de la Belle Époque.
3. El Poder de la "Bolilla Negra": El Secreto Rito de Admisión que Marcaba Destinos
El ingreso al selecto círculo del Jockey Club estaba, y en gran medida sigue estando, regido por un ritual de admisión que ha devenido legendario: el sistema de la "bolilla negra". Cuando la Comisión Directiva se reunía para considerar la solicitud de un nuevo aspirante, cada miembro introducía de manera secreta una bolilla blanca (aprobación) o negra (rechazo) en un bolillero.
El veredicto era inapelable: la aparición de dos bolillas negras significaba el rechazo automático del candidato, quien además quedaba inhabilitado para volver a presentarse durante un lapso de dos años. Si solo una bolilla negra aparecía, el caso se posponía para una nueva votación en la siguiente reunión. No es de extrañar que la expresión "dar bolilla negra" se popularizara como sinónimo de exclusión y fuera temida entre quienes anhelaban pertenecer a la aristocracia porteña.

Este mecanismo, más que un simple procedimiento de votación, operaba como una poderosa herramienta de cohesión y control social, diseñada para preservar la homogeneidad ideológica, social y cultural de la élite. Aseguraba que solo aquellos individuos considerados "adecuados" por el consenso tácito de sus pares pudieran franquear sus puertas.
Una anécdota, recogida en crónicas de la época, ilustra tanto las barreras existentes como las fisuras ocasionales en este hermético sistema.
Se cuenta que el General Julio A. Roca, durante un viaje a su estancia, se sintió indispuesto y fue atendido solícitamente por un médico pasajero de origen judío, el Dr. F... Como único honorario por sus servicios, el galeno pidió a Roca que intercediera para facilitarle el ingreso al Jockey Club. Roca accedió, y el Dr. F... se convirtió así en uno de los primeros socios judíos de la institución, un hecho que, según los relatos, generó un considerable disgusto entre algunos de sus miembros más tradicionales.
Este episodio es revelador: muestra el choque entre la gratitud personal de una figura influyente y las normas no escritas de exclusividad del club, que a menudo incluían barreras de discriminación étnicas o religiosas. El malestar generado subraya la rigidez de estas convenciones y la resistencia a cualquier alteración del statu quo.
La "bolilla negra", en definitiva, era el símbolo tangible del poder de la élite para definir, de manera implacable, quién pertenecía y quién quedaba fuera de su círculo más íntimo.
4. Del Esplendor a las Cenizas (y Renacimiento): La Trágica Noche de Fuego de 1953 y la Pérdida de un Tesoro Artístico Invaluable
La noche del 15 de abril de 1953 quedó grabada a fuego en la historia del Jockey Club y en la memoria colectiva argentina. Aquella jornada, la imponente sede de la calle Florida, orgullo de la institución e ícono arquitectónico de la Buenos Aires de la Belle Époque, fue consumida por las llamas. El incendio no fue un accidente fortuito, sino un acto de violencia política enmarcado en la profunda polarización que vivía el país. Ocurrió como represalia tras un atentado con bombas perpetrado durante un acto peronista en la Plaza de Mayo.
El Jockey Club, rotulado por el gobierno de entonces como un "lugar de oligarcas" y símbolo de la oposición antiperonista, se convirtió en uno de los blancos de la furia desatada.
Las consecuencias fueron devastadoras. El fuego no solo redujo a escombros gran parte del suntuoso edificio, sino que aniquiló un patrimonio artístico de valor incalculable. Se perdieron para siempre obras maestras de la pintura universal y argentina; crónicas de la época mencionan la destrucción de dos lienzos de Goya, además de pinturas de Monet, Sorolla, Bouguereau, Favretto, y de destacados artistas nacionales como Quinquela Martín, Fader y Aquiles Badi. La valiosísima biblioteca, con sus miles de volúmenes, también sufrió daños irreparables, y la emblemática escultura de la Diana Cazadora, obra de Falguière que presidía la escalinata principal, fue vandalizada y destrozada. La "actitud pasiva de los bomberos y policías" durante el siniestro, como señalan algunos testimonios , sugiere, como mínimo, una incapacidad del Estado para proteger el lugar, o incluso una anuencia tácita con su destrucción en aquel convulso momento político.
A continuación, una tabla que resume algunos de los tesoros artísticos más significativos que se perdieron o dañaron severamente en el incendio:
Tesoros Perdidos en el Incendio de 1953

Tras el incendio, el Jockey Club fue incluso declarado disuelto por ley del Congreso. Sin embargo, cual ave fénix, la institución resurgió de sus cenizas tras la caída del gobierno de Perón en 1955. Se instaló provisoriamente en una casona de la calle Cerrito para, finalmente, adquirir en 1966 su actual y suntuosa sede en la Avenida Alvear 1345, una antigua mansión de la familia Unzué. El incendio de 1953 no fue solo la destrucción de un edificio; fue un ataque al corazón simbólico de una clase social y una herida profunda al patrimonio cultural argentino. Su posterior renacimiento es testimonio de la resiliencia y la persistente influencia de la élite que lo conformaba.
5. Un Beso de Rodin para un Esgrimista: La Historia del Encargo Escultórico Más Famoso del Club
En una clara demostración de su poderío económico y su sofisticación cultural, el Jockey Club de Buenos Aires se posicionó como un notable mecenas de las artes a principios del siglo XX. Uno de los encargos más resonantes y curiosos fue la adquisición de una versión de la célebre escultura "El Beso" del maestro francés Auguste Rodin, en 1904. Esta pieza no estaba destinada a adornar un salón principal de acceso público, sino que fue concebida como un exclusivo regalo de bodas. Los agasajados fueron el destacado esgrimista francés Lucien Mérignac, quien en ese entonces dirigía la Sala de Armas del club, y su flamante esposa argentina, Christina Ruiz de Castillo, perteneciente a una encumbrada familia de la alta sociedad porteña.

La escultura, un bronce de aproximadamente 60 centímetros de altura, llevaba grabada la dedicatoria: "A los admiradores de la esgrima francesa / a Lucien Mérignac / Buenos Aires 1904". Su valor era excepcional, no solo por la firma de Rodin, sino porque se trataba de una de las tres primeras fundiciones de "El Beso" en ese tamaño (conocida como la segunda reducción), realizada en vida del artista entre julio y septiembre de 1904. La obra permaneció en dominio privado durante décadas, exhibida por Mérignac en su sala de armas, y fue redescubierta y subastada recientemente en Francia por la asombrosa cifra de 1.437.500 euros, superando con creces su estimación inicial.
Este encargo a Rodin, una de las figuras más prominentes del arte mundial en aquel momento, no solo evidencia la capacidad financiera del Jockey Club, sino también su ambición de alinearse con los grandes centros culturales europeos. La elección de un regalo tan significativo para su maestro de esgrima también resalta la importancia que se le otorgaba a las actividades deportivas y sociales dentro de la vida del club, tejiendo lazos entre el mecenazgo artístico, el deporte de élite y las conexiones personales de sus miembros con figuras internacionales.
La historia de esta escultura, desde su comisión hasta su reaparición en el mercado del arte, añade un fascinante capítulo al legado cultural del club.
6. "Lunático" y Gardel: El Vínculo del Zorzal Criollo con el Turf del Jockey
El turf, pasión argentina por excelencia, supo tender puentes entre mundos aparentemente distantes. Uno de los ejemplos más emblemáticos de esta confluencia es la relación de Carlos Gardel, el Zorzal Criollo e ícono máximo del tango, con el Hipódromo Argentino de Palermo, cuya administración recaía en el Jockey Club desde 1883. Gardel no era solo un espectador entusiasta de las carreras; era propietario de un caballo de pura sangre llamado "Lunático". Este alazán, que despertaba pasiones entre los aficionados, era frecuentemente montado por el legendario jockey uruguayo Irineo Leguisamo, una de las figuras más célebres en la historia del turf sudamericano.

La conexión entre Gardel, "Lunático" y Leguisamo trascendió las pistas y se inmortalizó en la cultura popular. El Morocho del Abasto dedicó uno de sus tangos más conocidos, "Leguisamo solo", a las hazañas del jinete sobre su querido caballo.
Esta composición no solo celebra la destreza del jockey y la nobleza del animal, sino que también lleva el ambiente vibrante y la jerga del hipódromo al corazón del cancionero popular argentino. La presencia de Gardel, una figura de extracción humilde y adorada por las masas, en los palcos y pistas del Hipódromo de Palermo -un espacio tradicionalmente asociado a la élite del Jockey Club- ilustra de manera vívida cómo el espectáculo de las carreras de caballos lograba congregar a diferentes estratos sociales.
Aunque la estructura de poder y la propiedad de los mejores ejemplares seguían firmemente en manos de la aristocracia , la emoción del turf y el estrellato de figuras como Leguisamo y caballos como "Lunático" generaban un fervor que trascendía las barreras de clase, convirtiendo al hipódromo en un crisol donde, al menos por unas horas, las diferencias sociales parecían difuminarse ante la pasión compartida.
7. Campeón a los 11 Años: La Increíble Hazaña de un Jockey Niño en el Gran Premio Nacional
Los anales del turf argentino guardan historias que hoy resultarían inverosímiles, testimonios de una época donde el deporte hípico, aunque aspiraba a la sofisticación europea, aún conservaba rasgos de una práctica más rudimentaria y popular. Una de estas anécdotas sorprendentes tuvo lugar en el Hipódromo Argentino de Palermo, bajo la administración del Jockey Club.
En 1884, según un relato (otras fuentes indican 1885 para el Gran Premio Nacional ), un jockey de tan solo 11 años llamado José Viera (o un anónimo jinete uruguayo de la misma edad, según la fuente ) se consagró ganador de una de las carreras más importantes, posiblemente el Gran Premio Nacional montando a Souvenir.
Este hecho, la victoria de un niño en una competencia de tal envergadura, resulta chocante para los estándares actuales de profesionalismo deportivo. Sin embargo, es profundamente revelador del carácter que tenían las carreras en sus inicios en Argentina. El Jockey Club había sido fundado, entre otros fines, para "mejorar la raza caballar" y organizar la actividad hípica nacional con una impronta de seriedad y elegancia.
- Se aspiraba a forjar un turf "más competitivo, pero también más elegante y sofisticado, capaz de asemejarse al de las grandes capitales europeas".
No obstante, la hazaña del joven Viera, ocurrida apenas un par de años después de que el club asumiera la gestión del hipódromo, evidencia que la formalización y el control del turf eran todavía incipientes. Las prácticas locales, quizás más laxas en cuanto a regulaciones sobre la edad o la formación de los jockeys, aún tenían un peso considerable.
Este episodio pinta un cuadro de transición, donde el "hipódromo elitista era sólo un proyecto" y las "disputas personales y resultados inesperados, desorden y desafío a las jerarquías sociales" aún podían manifestarse en la pista, ofreciendo un vívido contraste con la imagen de orden y exclusividad que el Jockey Club buscaba proyectar.
8. Golf de Autor en la Pampa: Cómo Alister Mackenzie Transformó Terrenos Llanos en Campos de Leyenda
Si bien el Jockey Club es indisociablemente ligado al mundo del turf, su incursión en otros deportes de élite también dejó una marca indeleble. Un ejemplo sobresaliente es la creación de sus dos magníficos campos de golf en San Isidro: la Cancha Colorada y la Cancha Azul. Para este ambicioso proyecto, acometido en la década de 1920, el club no recurrió a un diseñador cualquiera, sino que convocó a una verdadera leyenda de la arquitectura de golf: el escocés Alister Mackenzie.
Mackenzie, cuya fama ya era global gracias a obras maestras como Cypress Point en California y Royal Melbourne en Australia, llegó a Buenos Aires a principios de 1930 y dedicó su genio y atención personal a la transformación de un terreno de 315 hectáreas adquirido por el club en 1925, que era, en sus propias palabras, "completamente llano".
El desafío era considerable, pero Mackenzie, junto al experto en construcción Luther Koontz, logró una proeza. Inspirándose en los principios estratégicos y la apariencia natural del mítico Old Course de St. Andrews, modelaron el paisaje creando sutiles ondulaciones, montículos y depresiones que no solo mejoraron el drenaje y proveyeron material para los greens, sino que dotaron a los campos de un carácter visual y golfístico único.
Mackenzie estaba tan satisfecho con el resultado que llegó a afirmar que la Cancha Colorada "tenía un mayor parecido no solo en apariencia sino en el carácter de su golf al Old Course de St. Andrews que cualquier otro campo de interior" que conociera.
La variedad de sus greens y la filosofía de diseño de Mackenzie, enfocada en crear un golf estratégico, placentero y emocionante, más que meramente punitivo, consolidaron a estos campos como joyas del diseño deportivo. La contratación de una figura de la talla de Mackenzie para superar las limitaciones de un terreno desfavorable subraya la ambición del Jockey Club de alcanzar la excelencia internacional en todas sus empresas, diversificando su prestigio más allá de las carreras de caballos y legando al país dos recorridos que siguen siendo referencia obligada para los aficionados al golf.
La subcomisión de golf del club, incluso en décadas recientes, ha trabajado en la recuperación de la fisonomía original concebida por el legendario diseñador.
9. Una Biblioteca de Tesoros: De la Visión de Pellegrini a la Colección de Castelar y los Libros de San Martín
Desde sus mismos orígenes en 1882, la cultura y el conocimiento ocuparon un lugar destacado en la concepción del Jockey Club. Su biblioteca, que comenzó como un modesto gabinete de lectura provisto principalmente de periódicos y revistas, evolucionó hasta convertirse en una de las colecciones privadas más importantes y ricas del país. Figuras fundacionales como Carlos Pellegrini y Miguel Cané, con la colaboración del erudito Paul Groussac, se preocuparon personalmente por su desarrollo inicial, entendiendo que un club de la jerarquía pretendida debía ser también un centro intelectual.

El crecimiento de la biblioteca fue impulsado por adquisiciones notables que revelan una clara ambición por construir un acervo de gran valor. Entre ellas destacan la compra de la selecta colección americanista de Santiago Priano, compuesta por unos 3.500 volúmenes, y la biblioteca completa del influyente político y orador español Emilio Castelar, que sumó alrededor de 6.450 volúmenes al patrimonio del club. Bajo la supervisión de Carlos Ibarguren, ya en el siglo XX, se creó la Sección Argentina, un apartado que se vio extraordinariamente enriquecido con la incorporación de libros que habían pertenecido al General José de San Martín, el Libertador de América, confiriéndole un valor histórico y simbólico inconmensurable. Para 1928, la biblioteca ya atesoraba unos 34.000 volúmenes, cifra que ascendió a la impresionante cantidad de 55.000 para 1953. Otra fuente menciona que la biblioteca ubicada en el primer piso de la sede de la calle Florida llegó a contar con 62.000 volúmenes.
La biblioteca no solo servía a sus socios; se abrió a investigadores invitados y fue sede de ciclos de conferencias con destacadas figuras intelectuales, consolidándose como un actor cultural activo. Milagrosamente, a pesar de que la hemeroteca fue destruida en el trágico incendio de 1953, la mayor parte de la colección de libros logró salvarse, preservando para la posteridad este invaluable tesoro bibliográfico.
10. Borges en el Jockey (de Rosario): Las Visitas del Genio Literario al Club Hermano
La influencia y el prestigio de los Jockey Clubs como centros culturales no se limitaron a la capital argentina. Un claro ejemplo es el Jockey Club de Rosario, que a lo largo de su historia también se erigió como un importante foro para la difusión de la cultura y el pensamiento, convocando a figuras de primer nivel. Entre sus visitantes más ilustres se cuenta nada menos que Jorge Luis Borges, el escritor argentino de mayor trascendencia universal.
El autor de Ficciones visitó la sede rosarina en más de una oportunidad para ofrecer charlas y conferencias que congregaron a un público ávido. En mayo de 1968, por ejemplo, disertó sobre "La Poesía Gauchesca" ante una sala repleta, según consta en las memorias del club.
Regresaría en 1983, ya casi completamente ciego pero con su lucidez y magnetismo intactos, en dos ocasiones: una en abril, junto a su amiga y colaboradora María Esther Vázquez, y otra en noviembre, para hablar sobre su vida y diversos aspectos de su vasta obra literaria ante una multitud que colmó el Salón Carlos Pellegrini. Otras personalidades de la talla de Victoria Ocampo y el filósofo español Julián Marías también engalanaron con su presencia y sus palabras los salones del Jockey Club de Rosario.
Si bien la información disponible no detalla con la misma claridad conferencias específicas de Borges en la sede porteña del Jockey Club (una fuente indica que no hay datos disponibles sobre ello , mientras otra lista una charla en un "Centro Cultural" de San Isidro, sin especificar si era el Jockey Club , y otra más menciona una visita al Jockey Club de San Francisco, en Córdoba ), el caso de Rosario es sumamente elocuente.
Demuestra el tipo de atmósfera intelectual que estas instituciones aspiraban a cultivar y su capacidad para atraer a los más grandes exponentes de la cultura. La presencia de Borges en el Jockey Club de Rosario subraya cómo estos espacios, más allá de su rol social o deportivo, funcionaban como importantes centros de legitimación cultural y puntos de encuentro entre la élite y el mundo de las ideas.
Más que un Club, un Legado de Historias Singulares
Las diez pinceladas curiosas que hemos recorrido apenas rozan la superficie de la vasta y compleja historia del Jockey Club Argentino. Sin embargo, son suficientes para revelar que esta institución es mucho más que su imagen monolítica de exclusividad y tradición. Desde su gestación en un café parisino hasta las hazañas deportivas en sus hipódromos y canchas de golf, pasando por los dramas políticos que marcaron su existencia y los tesoros culturales que albergó (y en parte perdió), el Jockey Club se erige como un microcosmos de la Argentina misma.
Ha sido actor y testigo privilegiado de más de un siglo de transformaciones, reflejando en su seno las ambiciones, tensiones, vaivenes y particularidades de la nación. Cada anécdota -la elección presidencial que movilizaba al poder político, el rito de la "bolilla negra", el mecenazgo de obras de Rodin, la pasión popular de Gardel por el turf, la sorprendente victoria de un jockey niño, la visión de crear campos de golf de talla mundial o la formación de una biblioteca de calibre internacional- añade una capa de profundidad a su retrato.
Estas "joyas ocultas" demuestran que el Jockey Club no es una reliquia estática del pasado, sino una entidad dinámica cuya trayectoria está íntimamente tejida con los hilos de la política, la cultura, el deporte y las mutaciones sociales del país.
Su capacidad de adaptación ante circunstancias adversas, como el devastador incendio de 1953 y los drásticos cambios políticos , así como su continua (aunque transformada) relevancia, hablan de la perdurabilidad de ciertas estructuras de poder y prestigio, pero también de una historia rica en matices que invita a una mirada más allá del mito.
El legado del Jockey Club, en definitiva, no reside solo en su exclusividad, sino en su compleja y fascinante interacción con la historia viva de Argentina.