52 hombres la violaron: nadie dijo nada
Hay algo en el caso de Gisèle Pelicot que incomoda más allá del horror. No es solo la violencia. No es solo la traición. No es solo el sadismo meticuloso de un marido que durante casi una década drogó a su esposa para violarla y ofrecer su cuerpo inconsciente a otros hombres. Lo verdaderamente perturbador es un número: 52.
52 hombres participaron en las violaciones de una mujer sedada, inmóvil, sin posibilidad de consentimiento. 52 hombres atravesaron la puerta de una casa, vieron un cuerpo inconsciente en una cama, y decidieron avanzar. Ninguno dijo que no.
El caso salió a la luz en 2020, cuando la policía francesa detuvo a Dominique Pelicot por un hecho menor y, al analizar su computadora, encontró un archivo meticulosamente organizado con más de 200 grabaciones de abusos cometidos contra su propia esposa. Durante casi 10 años, la había drogado con ansiolíticos y relajantes musculares mezclados en su comida para dejarla inconsciente y permitir que otros hombres la violaran en su propia casa.
El esposo, que no solo disfrutó económicamente esta tortura sino que también la registró, fue condenado a 20 años de prisión. Otros hombres también recibieron condenas. Algunos todavía no fueron identificados. La dimensión judicial está en curso. Pero el problema que expone este caso es más profundo que un castigo penal. Porque si reducimos lo ocurrido a la figura de un "monstruo", tranquilizamos nuestra conciencia colectiva. Nos convencemos de que se trata de una anomalía, de un individuo patológico. Pero el caso Pelicot no es la historia de un hombre: es la historia de una red.
Los acusados fueron descritos por la prensa francesa como Monsieur Tout Le Monde: el señor cualquiera. Trabajadores, padres, abuelos. Hombres sin antecedentes, insertos en la vida cotidiana. Hombres que, tras violar a una mujer inconsciente, regresaban a sus casas y continuaban normalmente con su vida. Eso es lo que obliga a pensar en términos estructurales: ¿qué tipo de cultura produce 52 hombres capaces de no reconocer la violencia cuando la tienen frente a los ojos?
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Durante el juicio, varios alegaron que "creían que ella consentía", que el marido les había asegurado que era una práctica aceptada por la pareja. El consentimiento, en ese razonamiento, se vuelve delegable, negociable, incluso sustituible por la palabra de un tercero. Pero Gisèle Pelicot estaba siempre inconsciente. Sedada. Incapaz de hablar, de mirar, de asentir o rechazar. No había un "sí" que pudiera confundirse, ni un gesto que interpretar. La otra pregunta, inevitable, es: ¿realmente creían que consentía o necesitaban convencerse de eso para poder avanzar? Porque cuando el consentimiento se inventa en ausencia de conciencia, ya no estamos ante un malentendido. Estamos ante una decisión. Pero el consentimiento no es un contrato abstracto. Es presencia. Es voluntad.
El argumento defensivo no es solo una estrategia jurídica: es un síntoma cultural. Expone hasta qué punto la autonomía femenina puede diluirse en imaginarios masculinos que consideran el cuerpo de la mujer como territorio disponible si existe algún tipo de autorización simbólica. La figura del marido que "autoriza" a otros hombres no surge en el vacío. Se apoya en una tradición histórica donde el cuerpo femenino fue concebido como extensión del poder masculino.
Pero hay otro nivel más inquietante: Dominique Pelicot no operó en un submundo clandestino inaccesible. Encontró hombres en internet dispuestos a participar. Coordinó encuentros. Filmó más de 200 agresiones. El archivo estaba ordenado, sistematizado. No hubo improvisación ni caos: hubo logística.
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Eso exige preguntarse por el ecosistema que lo hizo posible.
El caso Pelicot muestra la convergencia entre esa cultura visual, la desigualdad estructural de género y la impunidad histórica frente a la violencia contra las mujeres. Porque si algo queda claro es que la violencia sexual rara vez es solo sexual: es afirmación jerárquica.
Cuando Hannah Arendt habló de la banalidad del mal, se refería a la capacidad de individuos ordinarios de participar en sistemas atroces sin percibirse a sí mismos como monstruos. No es una equivalencia directa, pero el caso Pelicot interpela en esa misma dirección: la violencia no siempre adopta la forma del psicópata aislado; a veces se distribuye entre hombres comunes que suspenden su juicio moral porque el contexto lo permite.
La pregunta entonces no es solo cómo pudo un marido cometer estos actos durante 10 años. La pregunta es cómo 52 hombres no encontraron dentro de sí un límite. La respuesta tiene que ser social.
Tiene que ver con la educación afectiva y sexual. Con los mensajes que reciben los varones sobre deseo y poder. Con la persistencia de narrativas que relativizan la autonomía femenina. Con sistemas judiciales que históricamente han exigido a las víctimas probar su inocencia. Con una cultura que todavía discute si una mujer "provocó" o "exageró".
También tiene que ver con la reacción posterior. Durante el juicio, varias parejas de los acusados los acompañaron. Algunas se retiraron cuando se exhibieron los videos. La negación es un mecanismo comprensible, pero también es parte del entramado que permite que la violencia persista: si el agresor es "un buen padre", "un buen vecino", entonces lo ocurrido debe ser un malentendido.
Sin embargo, lo que pasó no admite ambigüedades. No es una zona gris. Lo que a esta mujer le pasó no es un caso aislado, es un caso viral. Como este, hay muchos. Lo que está en juego no es solo el castigo a individuos concretos, sino la posibilidad de revisar las condiciones que hicieron posible que 52 hombres no vieran el mal donde era evidente.
Si el problema fuera un monstruo, bastaría con encerrarlo. Pero cuando el problema son 52 hombres ordinarios, la pregunta se vuelve más incómoda: ¿qué estamos produciendo como sociedad? Mientras no enfrentemos esa dimensión estructural -cultural, educativa, institucional- el número puede cambiar, pero la lógica persistirá. Y eso es lo verdaderamente alarmante.
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