Etapa dorada

La noche en la que Miguel Ángel Russo se sentó en la mesa de los ídolos de Boca

El entrenador dirigió al "Xeneize" en 129 partidos, con 64 triunfos, 36 empates, 29 derrotas y dos títulos

Russo, el técnico que le devolvió a Boca el alma copera y la sonrisa eterna
Russo, el técnico que le devolvió a Boca el alma copera y la sonrisa eterna
9 octubre de 2025

La noticia de la muerte de Miguel Ángel Russo golpeó con fuerza en todo el mundo del fútbol, pero especialmente en Boca, el club donde su figura quedó grabada para siempre. No se fue solo el técnico que Juan Román Riquelme había elegido para encabezar el nuevo proyecto antes del Mundial de Clubes, sino también un ídolo eterno, el conductor del equipo que levantó la Copa Libertadores 2007, la última hasta hoy en las vitrinas xeneizes.

Su nombre forma parte de la historia grande de Boca junto a Juan Carlos Lorenzo y Carlos Bianchi, los únicos otros entrenadores que también conquistaron la Copa Libertadores con el "Xeneize". No muchos técnicos lograron ganarse la hinchada "xeneize", más allá de no ser del riñón del club

Russo fue el embajador del perfil bajo, de los amores fuertes y de la lucha como estandarte. Su relación con Riquelme trascendió lo deportivo: una amistad sincera que nació en los vestuarios y se consolidó fuera de la cancha. "De las tres Copas que gané, el equipo de Miguel fue el que mejor jugó", dijo alguna vez el propio Román, quien volvió a convocarlo convencido de que nunca debió haberse ido después de la final ante el Milan en 2007.



Aquel Boca campeón de América fue una obra maestra colectiva. Con un Riquelme en estado de gracia, Russo armó un equipo que deslumbró al continente con un juego ofensivo, dinámico y lleno de carácter. 

Desde la base táctica del 4-3-1-2 clásico, supo equilibrar la jerarquía de sus figuras con el sacrificio colectivo. Mauricio Caranta en el arco; Hugo Ibarra, Daniel "Cata" Díaz, Morel Rodríguez y Clemente Rodríguez en el fondo; Ever Banega, Pablo Ledesma y Neri Cardozo en el medio; Riquelme como cerebro; y Martín Palermo junto a Rodrigo Palacio en ataque. Esa formación quedó grabada en la memoria de los hinchas.

Miguel Ángel Russo, en su paso por Boca
Russo, sonriente, con la medalla de campeón de la Copa Libertadores 2007 y sus dirigidos festejando a su lado



La Copa Libertadores 2007 fue el punto más alto de su carrera. Boca compartió el Grupo 7 con Toluca, Cienciano y Bolívar. Tras un arranque irregular -empate 0-0 en La Paz, triunfo 1-0 a Cienciano con gol de Ibarra y caída 0-2 ante Toluca-, el equipo comenzó a encontrar su identidad. En la revancha, derrotó 3-0 a los mexicanos con dos tantos de Riquelme y uno de Jonathan Maidana, y luego aplastó a Bolívar por 7-0 en la Bombonera, con dobletes de Palacio y Marioni, y goles de Palermo, Dátolo y un tanto en contra. Esa goleada selló la clasificación a octavos de final con diez puntos.

En esa instancia, el destino lo cruzó con Vélez, su ex club. El equipo de Russo ganó la ida por 3-0 (Riquelme, Palermo y Clemente Rodríguez) y aunque cayó 3-1 en la vuelta, avanzó por el gol olímpico de Riquelme en Liniers. 

En cuartos de final, Boca eliminó a Libertad de Paraguay (3-1 global) con goles de Riquelme, Palermo y Palacio. Y en semifinales enfrentó al sorprendente Cúcuta Deportivo de Colombia, que lo había goleado 3-1 en la ida. En la Bombonera, bajo una densa niebla que quedó en la historia, Boca dio vuelta la serie con un tiro libre de Román y cabezazos de Palermo y Battaglia. Fue una noche de mística pura.



La final fue una exhibición de fútbol. En la ida, Boca goleó 3-0 a Gremio con goles de Palacio, Riquelme y un tanto en contra del brasileño Patricio. En la revancha, en Porto Alegre, Román volvió a brillar con dos goles -uno de zurda desde el borde del área y otro tras una gran jugada colectiva- para sellar el 5-0 global. El capitán fue elegido mejor jugador y máximo goleador de la copa, con ocho tantos, y levantó el trofeo junto a un Russo emocionado, que había devuelto a Boca a la cima del continente.

"Es el logro más importante de mi carrera. No es fácil ganarla, pero me tocó", diría el entrenador años más tarde. En esa Libertadores, Boca disputó 14 partidos, ganó ocho, empató tres y perdió la mista cantidad, marcando 30 goles y recibiendo solo 12. El equipo brilló por su solidez, su carácter y su fútbol total, que combinó la potencia de Palermo con la magia de Riquelme, la velocidad de Palacio y el temple de Battaglia.



Russo, nacido en Villa Diamante (Lanús), fue un hombre de fútbol en toda la extensión del término: jugador durante una década en Estudiantes, donde se formó bajo la escuela de Carlos Bilardo, y técnico desde 1990, cuando asumió en Lanús. Su llegada a Boca en diciembre de 2006 fue impulsada por Diego Maradona, entonces vicepresidente del fútbol profesional. Russo venía de una gran etapa en Vélez (campeón del Clausura 2005 y semifinalista de la Sudamericana), y aunque heredó un plantel convulsionado tras el paso de Ricardo La Volpe, logró armonizar egos y devolverle identidad al equipo.

A pesar del éxito, su primer ciclo terminó abruptamente tras la derrota con el Milan 4-2 en Yokohama por el Mundial de Clubes. La dirigencia comandada por Mauricio Macri le impuso condiciones -como cambios en su cuerpo técnico- y Russo decidió irse antes de Navidad, dejando una marca indeleble: campeón de América, subcampeón del mundo y un récord de 30 triunfos en una sola temporada. Lo reemplazó Carlos Ischia, pero su figura ya había quedado en la historia.

Su regreso en 2019, ya con Riquelme en la dirigencia, fue otra historia de redención. Bajo su conducción, Boca le arrebató la Superliga 2019/20 a River en la última fecha y ganó la Copa Diego Maradona 2020, consolidando el inicio del ciclo del Consejo de Fútbol. Más tarde, los malos resultados lo alejaron en 2021, pero su respeto y su vínculo con Román jamás se rompieron. Por eso, cuando el club volvió a quedar a la deriva, Román lo llamó una vez más: "Es mi amigo. Esta es su casa, y vamos a ayudarlo en todo lo que podamos", dijo al presentarlo.



Su última etapa, sin embargo, estuvo marcada por los problemas de salud. En septiembre fue internado en el Instituto Fleni por una infección urinaria. Se recuperó, pero sufrió una recaída semanas después y debió volver a ser hospitalizado tras el empate ante Central Córdoba. Desde entonces, Claudio Úbeda y Juvenal Rodríguez quedaron a cargo del equipo, mientras él seguía los partidos desde la clínica, siempre pendiente, siempre cerca.

Los números cuentan solo una parte: 129 partidos dirigidos, 64 triunfos, 36 empates, 29 derrotas y dos títulos. Lo que no se puede medir es su humanidad, su templanza y su forma de entender el fútbol como una extensión de la vida: sin estridencias, con respeto y pasión genuina. Hoy, Boca llora a su último campeón de América, al hombre que hizo de la humildad un estilo y del silencio una bandera.

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Russo y la Copa Libertadores



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