Apenas cuatro días después de haber conseguido su primer y único título con Rosario Central, Miguel Ángel Russo protagonizó un gesto que hoy conmueve todavía más. El entrenador visitó el Hospital de Niños Víctor J. Vilela, en Rosario —centro pediátrico de mediana y alta complejidad fundado en 1930— para llevar regalos, sonrisas y palabras de aliento a los chicos que atravesaban tratamientos oncológicos. Lo hizo en silencio, sin prensa, sin protocolo. Solo con su humanidad.
La visita ocurrió el 20 de diciembre de 2023, poco después de que Rosario Central se consagrara campeón de la Copa de la Liga Profesional tras vencer 1-0 a Platense. Lejos de los festejos y las luces, Russo eligió compartir su tiempo con quienes más necesitaban ánimo.
Con la triste noticia de su fallecimiento este miércoles, a los 69 años, Russo -que luchaba contra un cáncer de próstata diagnosticado en 2018- es recordado no solo por su carrera y sus títulos, sino también por su humildad y empatía. Quienes lo conocieron lo describen como un hombre de palabra amable, sonrisa serena y una capacidad enorme para ponerse en el lugar del otro.
Habiendo superado él mismo un cáncer años atrás, sabía como pocos lo que significaba enfrentar esa enfermedad. En aquella jornada, repartió juguetes, camisetas canallas y, sobre todo, presencia y ternura. Durante casi dos horas, habló con los chicos, firmó autógrafos, se sacó fotos y hasta bromeó con pequeños hinchas de otros equipos.
Las emociones no faltaron. En una de las salas, Russo se sentó junto a un niño que aún usaba mamadera. El pequeño dejó sus lápices de colores para conversar con él. "Fue un momento simple, pero cargado de sentido", recordaron los voluntarios.
Médicos, enfermeros y empleados del hospital lo recuerdan como un visitante frecuente, siempre con la misma calma y atención por cada detalle. "Se ponía al lado de cada cama, entraba a cada habitación sin apuro. Conversaba, preguntaba cómo estaban, se tomaba el tiempo de escuchar. Eso no se olvida", contó Cecilia Formiglia, integrante del voluntariado, en Radio 2.
Antes de irse, pasó por la sala de afecciones respiratorias y fue despedido con una ovación espontánea del personal médico y de enfermería, agradecidos por un gesto tan noble como silencioso. "Lo quiero hacer anónimo, pero es muy difícil. Cada vez que puedo estar presente, lo hago con ayuda de todos, como me ayudaron a mí. Es la vida; gracias a Dios puedo ayudar", había dicho entonces Russo, sin imaginar que ese acto quedaría grabado para siempre.
La médica residente Brenda Murray recordó en Rosario3 un detalle revelador: "Le pedimos que se lavara las manos antes de entrar a una sala y él respondió con humildad: 'Conozco del tema, no se preocupen'. Lo decía con la serenidad de quien ya había pasado por eso".
Daniela Lucca, otra voluntaria, contó que hasta agosto pasado Russo seguía colaborando con el hospital. "Siempre estaba pendiente de las necesidades del lugar. La primera vez llegó con juguetes, pero le decíamos que su presencia ya era el mejor regalo. Pasaba cama por cama, hablando con los chicos y las familias, dejando palabras de aliento, besos y abrazos. Fueron tardes muy emocionantes", relató en Radio Mitre.
Sobre aquella última visita, Lucca recordó con tristeza: "Se notaba que estaba un poco mal, pero con una fuerza admirable. Solo se quebró un instante cuando entró en oncología".
Así era Russo: un hombre que, aun en medio de su propia batalla, eligió acompañar la de los demás. Un técnico que enseñó que la verdadera victoria no está en levantar una copa, sino en levantar el ánimo de quienes más lo necesitan.