Una trans minera, una espía por error y Agatha Christie: las 5 joyas de este finde en Netflix, HBO, MUBI y más
Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.
Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix, HBO Max, Paramount Plus y MUBI.
1. Miniserie para ver en Netflix: Agatha Christie: Las 7 esferas
Lo que comenzó como una broma cruel pero inofensiva acaba convirtiéndose en una pesadilla. Un grupo de jóvenes decide gastarle un chiste a Gerald "Gerry" Wade colocando ocho despertadores en su habitación, programados para sonar a distintas horas, aprovechando su fama de dormilón empedernido. El impacto es mayúsculo cuando Gerry aparece muerto, víctima de una sobredosis de somníferos. La duda se impone de inmediato: ¿accidente o suicidio? Para Lady Eileen "Bundle" Brent, que estaba enamorada de él y había hecho planes con Gerry apenas unos días antes, ninguna de las dos hipótesis resulta convincente. Movida por la incredulidad y el afecto, inicia su propia investigación junto a otros jóvenes, un recorrido que pronto los pone en contacto con una misteriosa organización secreta.
El guion -espaciado en 3 episodios- adapta una novela clásica de Agatha Christie, publicada en 1929 bajo el título The Seven Dials Mystery, conocida en español como El último Joker. Escrita en una etapa temprana de la autora, la novela combina el tono ligero de la comedia de intriga con una conspiración más amplia, y se inscribe en ese período en el que Christie experimentaba con protagonistas jóvenes y amateurs, lejos todavía del dominio absoluto de Poirot o Miss Marple.
No es la primera vez que esta historia llega a la pantalla: en 1981 se emitió el telefilme El secreto de los siete relojes. La nueva versión se mantiene bastante fiel al planteo inicial del libro y a las líneas generales del relato. La organización secreta que da título a la obra conserva un peso central, y la mayoría de los personajes reaparecen con funciones similares. La investigación sigue en manos, sobre todo, de civiles que actúan por cuenta propia, mientras que la figura policial del superintendente Battle queda relegada a un papel secundario, entrando en escena cuando la trama ya ha avanzado considerablemente.
Las 7 esferas resultará atractiva para los aficionados al policial clásico, al juego de deducciones y al clima de época. La producción tiene un nivel elevado, tanto en locaciones como en escenografías, y el elenco encabezado por Mia McKenna-Bruce como la aguerrida y encantadora Lady Eileen cumple con sobrada eficacia. Mención especial merece Helena Bonham Carter (a cuatro décadas de su debut cinematográfico en Un amor en Florencia) que aporta en altas dosis la excentricidad necesaria en este tipo de divertimentos.
Recomendada.
2. Miniserie para ver en HBO Max: Stonehouse
Ambientada a mediados de los años 70, cuando todavía se podía arruinar una carrera política sin necesidad de redes sociales, esta sarcástica miniserie en 3 episodios cuenta la improbable trayectoria de John Stonehouse, diputado laborista promovido a ministro más por su aspecto presentable que por sus dotes intelectuales. Enviado a Checoslovaquia para dar lustre internacional al gobierno de Harold Wilson, Stonehouse logra, en su primer viaje oficial, involucrarse en una trampa sexual digna de un manual de espionaje de oferta. Para evitar el escándalo, acepta convertirse en informante en su propio país, una tarea para la que no está ni moral ni técnicamente preparado, inaugurando así una cadena de errores que se encadenan con la precisión de un reloj suizo... roto.
El protagonista es, ante todo, un pusilánime de manual, aunque uno muy británico: no huye por miedo, sino por conveniencia; no conspira por ideología, sino por incomodidad. Stonehouse no cree firmemente en nada, salvo en la necesidad de mantener las apariencias y evitar la confrontación directa. Esa debilidad estructural lo lleva a decir siempre que sí, a aceptar cualquier salida que postergue el desastre unos minutos más. No es un villano ni un genio del mal, sino algo más inquietante: un hombre mediocre con ambiciones superiores a su carácter, cuya cobardía se disfraza de pragmatismo.
Matthew Macfadyen entiende perfectamente este registro y compone a Stonehouse como un primo torpe y menos brillante que su Tom Wambsgans en Succession. Si Tom era la encarnación del arribismo ansioso que aprende, a golpes, a endurecerse, Stonehouse es el ejemplo de quien nunca aprende nada. Macfadyen lo interpreta con una elegancia casi cruel: cada gesto de falsa seguridad, cada discurso mal medido, cada sonrisa tensa subraya que el personaje está siempre un paso por detrás de los acontecimientos. El resultado es un retrato tan ridículo como fascinante, donde la comedia nace de la incapacidad persistente para estar a la altura.
La vida privada del protagonista no ofrece mayor consuelo ni redención. En el ámbito familiar, Stonehouse es un marido y padre ausente, más preocupado por sostener su imagen pública que por atender las grietas domésticas que él mismo provoca. Con su amante, en cambio, despliega una versión apenas más entusiasta de sí mismo, aunque igual de cobarde: promete, improvisa, miente y se enreda, incapaz de elegir entre la seguridad conyugal y la fantasía romántica. Ambas esferas, lejos de equilibrarse, se convierten en nuevos frentes de presión que aceleran su caída, como si la mentira necesitara reproducirse en todos los niveles para no sentirse sola.
Ideológicamente, Stonehouse practica una sátira seca y educada, de esas que no levantan la voz porque saben que no hace falta. La serie -inspirada en hechos reales- no se molesta en explicar grandes contextos históricos ni en juzgar con solemnidad a su protagonista; le basta con exponer, con cortesía letal, la fragilidad del sistema que permite que alguien así llegue al poder. En lugar de héroes o monstruos, ofrece una galería de incompetencias bien peinadas y cargos sostenidos por pura inercia. El resultado es una satira política de sonrisa ladeada, que sugiere, con impecable flema, que a veces el verdadero peligro no es la maldad, sino la pusilanimidad elevada a política de Estado.
Muy recomendada.
3. Película para ver en Netflix: Miss Carbón
El segundo largometraje de Agustina Macri, parte de un argumento poderoso y de alto voltaje: la historia real de Carla Antonella Rodríguez, mujer trans y primera minera en Río Turbio, un territorio regido por supersticiones arcaicas que prohibían la presencia femenina en la mina. El film narra cómo Carlita logra ingresar inicialmente al trabajo minero cuando aún figura legalmente como varón y cómo, tras la Ley de Identidad de Género de 2012, ese mismo reconocimiento legal se vuelve paradójicamente un obstáculo que la expulsa del corazón productivo del pueblo. La película se estructura como un relato de conquista y desposesión, donde cada avance identitario implica una nueva forma de exclusión.
El estilo de Macri se apoya con insistencia en la descripción del medio y del ambiente como fuerzas modeladoras de los cuerpos y las conductas. El pueblo minero aparece como un ecosistema cerrado, aislado, barrido por un clima casi polar y estructurado alrededor de rituales masculinos, religiosos y laborales. La mina no es solo un espacio físico sino un tótem cultural, un centro de gravedad que organiza jerarquías y miedos colectivos. Frente a ella, el *boliche*, las procesiones y los espacios marginales donde circulan las identidades disidentes funcionan como zonas de fuga. La directora filma estos espacios con una mirada cercana, casi táctil, reforzando la sensación de encierro social y la vigilancia permanente sobre el cuerpo de la protagonista.
Dentro de este universo, el film introduce elementos deliberadamente kitsch, sobre todo en la relación de Carlita con la Virgen. Esa devoción excesiva, casi camp, en la que la protagonista se imagina a sí misma como una figura mariana venerada, opera como un gesto ambivalente: por un lado, subraya la necesidad de amparo y legitimación en un entorno hostil; por otro, convierte el icono religioso en una imagen de autoafirmación de género. Macri no ironiza sobre este imaginario, lo abraza con cierta literalidad emocional, lo que refuerza el tono militante del film y, al mismo tiempo, expone uno de sus rasgos más discutibles: la tendencia a subrayar los significados en lugar de dejarlos respirar.
Miss Carbón acierta al mostrar que las formas más duras de discriminación no siempre provienen del núcleo masculino obrero, sino de otras mujeres integradas al sistema administrativo, guardianas de la tradición y la exclusión "por costumbre". Escenas como la del baño negado y la humillación pública de Carlita condensan con eficacia la violencia estructural cotidiana, sin necesidad de diálogo. Sin embargo, el film simplifica los procesos de lucha colectiva y legal que hicieron posible el regreso de Carla a la mina, condensando años de conflicto en unas pocas secuencias triunfales. Esa aceleración narrativa transforma una historia compleja en una curva de progreso demasiado limpia, donde la derrota y el desgaste quedan relegados.
El gran sostén emocional de la película es la labor del elenco, en especial Lux Pascal, cuya interpretación combina fragilidad, deseo y determinación sin caer en el victimismo. Su presencia en pantalla sostiene la apuesta empática del film y justifica la profusión de primeros planos con los que Macri insiste en capturar cada gesto y emoción. La directora demuestra sensibilidad y compromiso político, pero algunas desprolijidades del guion en el tramo final le restan impacto al film.
Recomendada.
4. Miniserie para ver en MUBI: Los años nuevos
El guion parte de un encuentro fortuito y de una asimetría vital evidente. Ella es camarera, con un trabajo inestable y una vida emocional frágil; él es médico, integrado socialmente y con un futuro aparentemente encauzado. Se conocen en Nochevieja, cuando ambos cumplen treinta años, y la atracción es inmediata, aunque no cristaliza en una relación convencional. A lo largo de diez años, la serie vuelve a ellos siempre en el mismo umbral temporal, las 48 horas que rodean el cambio de año, para observar cómo sus vidas se entrelazan, se separan y se reconfiguran, mientras el tiempo impone desvíos, pérdidas y expectativas incumplidas.
La propuesta creativa se inscribe de lleno en la poética del director Rodrigo Sorogoyen (As bestas) y su equipo de guionistas, más interesados en el análisis fino de los vínculos que en el impacto del giro narrativo. La estructura episódica, anclada siempre en el mismo momento del calendario, funciona como un dispositivo de observación emocional que privilegia la elipsis y la selección de instantes significativos. El guion - que abarca 10 episodios- confía en la acumulación de gestos, silencios y decisiones aparentemente menores para construir sentido, evitando la grandilocuencia y apostando por un realismo sostenido, atento a la coherencia psicológica y a la textura de lo cotidiano, ya sea en una cena familiar como en una disputa dentro de un taxi berlinés.
El tono general es sobrio y contenido. No hay crímenes, conspiraciones ni grandes acontecimientos históricos, sino conflictos reconocibles: trabajos que frustran, relaciones que no terminan de definirse, amistades que acompañan o se erosionan con el paso del tiempo. La serie amplía su mirada más allá de la pareja protagonista e incorpora a los personajes del entorno, cada uno con sus propias tensiones, sin que el relato se disperse. El equilibrio entre rutina y drama está cuidadosamente dosificado, de modo que siempre ocurre lo suficiente para sostener el interés sin quebrar la verosimilitud.
El trabajo actoral resulta decisivo para que esa apuesta funcione. Iria del Río compone una Ana vulnerable pero persistente, una mujer que avanza a trompicones y cuya incertidumbre se vuelve fácilmente reconocible. Francesco Carril, en cambio, construye un Óscar contenido, más replegado que seguro de sí mismo, alguien que parece tener el control pero vacila cuando el deseo entra en conflicto con la estabilidad. La química entre ambos, hecha de atracción, incomodidad y silencios compartidos, sostiene el relato incluso en sus momentos más calmos.
La comparación con la miniserie Siempre el mismo día (que comentáramos hace 2 semanas) resulta inevitable y reveladora: ambas utilizan un anclaje temporal fijo para seguir la evolución de una pareja a lo largo de los años, aunque mientras la producción británica privilegia el melodrama romántico, la nostalgia y el golpe emocional, la española opta por un naturalismo austero y observacional. Allí donde Siempre el mismo día enfatiza el destino sentimental, Los años nuevos desplaza el foco hacia el desgaste del tiempo compartido, las decisiones mínimas y las ambigüedades de los vínculos, proponiendo un drama íntimo que, haciendo menos ruido y de manera menos glamorosa, termina diciendo mucho más.
Muy recomendada.
5. Película para ver en Paramount Plus: Predators
Este documental dirigido por David Osit, parte del fenómeno televisivo estadounidense To Catch a Predator, emitido entre 2004 y 2007, para examinar no solo su historia sino su impacto cultural y moral. El punto de partida es un formato híbrido que mezclaba periodismo televisivo, reality show y justicia por mano propia: hombres acusados de intentar abusar de menores eran atraídos mediante señuelos a una casa, confrontados en cámara por el presentador Chris Hansen y luego arrestados por la policía. Lo que parecía un servicio público terminó convirtiéndose en un espectáculo de humillación, donde la captura importaba más que las consecuencias legales y el castigo se ejercía, ante todo, frente a millones de espectadores.
El guion de Osit se distingue por no limitarse a la cronología del programa, sino por interrogar las motivaciones que lo hicieron posible. El documental explora la figura de Hansen como motor creativo del show, alguien convencido de estar llenando un vacío que el sistema judicial no cubría. Esa convicción permitió que muchas de las fallas éticas del programa quedaran eclipsadas: el regodeo en el sufrimiento ajeno, la interferencia con procesos judiciales reales y la conversión de situaciones humanas extremas en entretenimiento masivo. El guion articula estas tensiones sin simplificaciones, mostrando cómo la aparente claridad moral del objetivo ocultaba un entramado mucho más ambiguo.
La puesta en escena y el montaje juegan un papel central en esta reflexión. Osit contrapone imágenes emitidas en televisión con material inédito, donde se percibe un trato mucho más empático hacia los acusados, algunos de ellos al borde del suicidio. El montaje subraya lo que quedó fuera del programa y demuestra que esa exclusión no fue casual: humanizar a los sospechosos habría debilitado el dispositivo narrativo del programa, basado en la exhibición de poder y la vergüenza pública de los "capturados". Así, el documental revela cómo el lenguaje audiovisual puede moldear la percepción moral del espectador mediante decisiones de edición tan invisibles como decisivas.
Predators no busca absolver a los criminales que fueron el blanco del programa, pero sí cuestiona un modelo de castigo que convierte la humillación en espectáculo y confunde justicia con venganza mediática. El documental interpela la comodidad moral del espectador, invitado a ocupar una posición de superioridad ética sin asumir responsabilidades. Lejos de ofrecer respuestas cerradas, la película de Osit propone una reflexión incómoda sobre los límites entre protección social, entretenimiento y abuso de poder, y deja flotando una pregunta inquietante: qué se pierde, como sociedad, cuando se renuncia a ver humanidad incluso allí donde resulta más difícil hacerlo.
Muy recomendada.
Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar