Qué ver en Netflix, Prime Video, Disney Plus y Mercado Play: las mejores series y películas para el fin de semana
Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.
Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix , Prime Video, Disney Plus y Mercado Play.
1. Miniserie para ver en Prime Video: La mejor hermana
Compartieron al mismo padre y, en distintos momentos, al mismo marido. También comparten un hijo. Este enredo, digno de tragedia griega con tintes de telenovela, queda establecido desde el primer episodio (de un total de ocho).
El guion no se demora en exponer sus cartas: una de las hermanas recuerda cómo, a los diez años, su padre le llenaba la taza de café con leche con whisky; la otra, cómo a la misma edad él le enseñaba a torcerle el cuello a los conejos. Trauma para todos los gustos.
Y por si la terapia no alcanzara, el marido aparece asesinado. Alguien tiene que hacerse cargo. Una detective del departamento policial de Long Island —con la obsesión digna de un sabueso maniático— se dedica a perseguir a las dos hermanas, dejando convenientemente de lado a otros posibles sospechosos: los socios turbios de la empresa para la que trabajaba el occiso. El hijo, para incrementar el suspenso, tampoco queda exento de recelo.
Este thriller psicológico con barniz de melodrama se basa en una novela de Alafair Burke y cuenta con un guion sólido que saca buen partido de las tensiones familiares. Pero su mayor acierto reside en el casting y en la forma en que explora la compleja relación entre las hermanas.
Jessica Biel interpreta a Chloe con una frialdad elegante: es una mujer profesional, impecable por fuera, cuya vida personal se deshace bajo la presión de amenazas, secretos y estallidos de violencia. Elizabeth Banks, en cambio, encarna a Nicky, el contrapunto perfecto: recientemente recuperada de sus adicciones, caótica, impulsiva. Su energía vulnerable funciona como válvula de escape frente a la rigidez de la hermana. La química entre ambas actrices es el motor emocional de la serie. Cuando el guion se enfoca en sus enfrentamientos, reconciliaciones y heridas sin cerrar, el relato encuentra sus momentos más genuinos.
El resto del elenco también aporta. Kim Dickens (como la detective Nancy Guidry) ofrece un respiro con su humor cínico y su actitud ligeramente irreverente, que revitaliza escenas que de otro modo pasarían inadvertidas. Matthew Modine (sí, el de Nacido para matar) compone con solvencia un villano de canas de acero y mirada ambigua.
El suspenso se mantiene firme hasta el episodio 6, donde un giro extraordinario revela al asesino de Adam (Corey Stoll). Los dos episodios finales funcionan como una coda que ofrece algunos giros adicionales, muy bien orquestados, pensados para una audiencia adicta a este tipo de productos: sólidos, bien actuados y ambientados con esmero.
¿Se trata de una obra maestra? No. ¿Vale la pena? Sin duda. Es un entretenimiento efectivo, con personajes potentes y una trama que se las ingenia para sorprender sin perder el control.
Muy recomendada.
2.Miniserie para ver en Netflix: Caso no resuelto: Los asesinatos del Tylenol
Esta serie documental de tres episodios se presenta como una crónica criminal que revisita uno de los episodios más inquietantes y traumáticos en la historia reciente de Chicago: el envenenamiento masivo con cápsulas de Tylenol, el analgésico más vendido en Estados Unidos, adulteradas con cianuro en 1982. El caso, que provocó la muerte de siete personas y continúa sin resolución cuatro décadas después, es reconstruido mediante una producción que articula entrevistas, material de archivo y recursos gráficos explicativos.
Desde el primer episodio, la serie logra construir una atmósfera de tensión sostenida gracias al uso eficaz de imágenes de archivo y testimonios de investigadores, periodistas y familiares de las víctimas. Entre estos recursos, sobresale una entrevista inédita con James Lewis, principal sospechoso del caso. Su figura en pantalla, marcada por la siniestra apariencia, una actitud provocadora y una cooperación ambigua, introduce un elemento perturbador que funciona como eje narrativo: mantiene el interés del espectador y acentúa la tensión entre la versión oficial y la ambigüedad que aún rodea el caso.
El principal acierto del guion reside en la representación precisa del clima de incertidumbre y pánico que se apoderó de la ciudad. La narración recupera momentos clave, como la reacción inmediata de las autoridades —entre ellas, la entonces alcaldesa Jane Byrne, quien ordenó la retirada urgente de todos los productos Tylenol— y el papel de los medios en amplificar la alarma colectiva.
Narrativamente, la serie no se limita a relatar el expediente policial. Se detiene con cuidado en los perfiles de quienes se vieron implicados, tanto sospechosos como víctimas colaterales. Entre ellos, Stanley y Teresa Janus, cuya historia personal resuena como una de las más trágicas del caso, o Roger Arnold, erróneamente acusado y arrastrado a un episodio de violencia derivado del caos informativo. Estos retratos humanos evitan que la miniserie se convierta en un simple recuento de hechos y le confieren densidad emocional y contexto social.
Una omisión llamativa —y significativa— es la virtual ausencia de voces oficiales de Johnson & Johnson, la empresa responsable de Tylenol. Su silencio, presumiblemente condicionado por acuerdos de confidencialidad firmados en los años '80, deja un vacío importante en la narrativa. La falta de participación de ex empleados o voceros impide una mirada más compleja y equilibrada sobre la dimensión industrial y mediática del caso.
No obstante, la serie tiene el mérito de contextualizar el impacto estructural que el incidente provocó. Se subraya con claridad cómo el caso Tylenol marcó un antes y un después en la industria farmacéutica: hasta entonces, los medicamentos no incluían sellos de seguridad, y esta tragedia impulsó el desarrollo del triple sello protector, un estándar que permanece vigente y que reformuló para siempre la relación de confianza entre el consumidor y los laboratorios.
En última instancia, lo que deja esta serie es la sensación de una justicia irresuelta. La tensión entre los agentes del FBI que aún sostienen la culpabilidad de Lewis y los policías locales que lo descartan como autor del crimen refleja una fractura institucional que se proyecta al espectador. Esa ambigüedad —propia de este tipo de productos— funciona como motor final de la narración: lo que se reconstruye aquí no es solo un caso, sino la fragilidad misma de la verdad y el deseo, siempre frustrado, de resolución.
Muy recomendada.
3. Serie para ver en Netflix: Departamento Q
Carl Mørck, detective londinense afincado en Edimburgo, sobrevive a un tiroteo durante una investigación junto a dos colegas. El trauma no lo deja ileso: se vuelve aún más hosco, agresivo y cínico de lo habitual. Como castigo (o quizás en busca de un milagro), su jefa lo envía al sótano, donde debe fundar la enigmática División Q. Allí se rodea de otros inadaptados: Rose, una secretaria con tendencias suicidas, y Akram, un sirio encargado de limpiar la imagen institucional de la policía. Juntos se dedican a investigar casos sin resolver.
El primero de ellos: la desaparición de una fiscal, una supuesta suicida tras saltar de un ferry cuatro años atrás. Mørck no se traga esa versión. Y con razón. Pronto, el espectador descubre que la mujer sigue viva, confinada en una inmensa cámara de descompresión. Ignora quién la retiene ni dónde está exactamente, y su eventual escape se vuelve casi imposible debido a los letales efectos de la diferencia de presión del aire.
Esta es la nueva propuesta de Scott Frank, creador de Gambito de dama. La primera temporada se inspira en La mujer enjaulada, novela policial del danés Jussi Adler-Olsen. La serie abunda en diálogos ingeniosos y tiene buenos momentos de tensión sostenida, aunque la resolución del caso se extiende innecesariamente durante nueve episodios de una hora: una densidad narrativa que bien podría haberse resuelto en cuatro. A medida que el espectador acumula pistas, emergen subtramas y se despliega un verdadero archipiélago de personajes y situaciones que, hacia el tramo final, confluyen en una mezcla algo enmarañada y difícil de seguir.
Aun así, Departamento Q tiene varios puntos a favor, empezando por su protagonista. Carl Mørck se impone como figura central gracias a la interpretación de Matthew Goode, un actor habituado a roles secundarios que aquí encuentra una plataforma ideal. Su capacidad para detectar lo que otros pasan por alto, sumada a su desastrosa inteligencia emocional —las escenas con su hijastro, su psicóloga o el inquilino indio con quien comparte vivienda son de lo más agudas— hacen del personaje un imán narrativo. Goode construye una actuación matizada, capaz de capturar registros únicos de ira contenida y frustración. Incluso cuando resulta insoportable para todos a su alrededor, logra proyectar una calidez contradictoria que humaniza el relato.
El verdadero hallazgo, sin embargo, es Alexej Manvelov, quien compone con aplomo al policía inmigrante. Con un autocontrol casi silencioso, Manvelov transmite las huellas de un pasado violento en su Siria natal y una dolorosa toma de conciencia: al mundo no le importan sus heridas. Es un rol exigente, que requiere sutileza y contención, y donde sobresale con creces.
También es destacable el trabajo de Kelly Macdonald como la psicóloga, aportando su ya habitual mezcla de calidez e ironía. Desde su debut en Trainspotting (1996), Macdonald ha sabido imprimir ternura a sus personajes, y en este caso le toca lidiar con un hombre emocionalmente cerrado, volátil y difícil de manejar. Su presencia aporta equilibrio y una cuota de humanidad al entorno sombrío de la serie.
En síntesis, Departamento Q es ideal para quienes disfrutan de investigaciones detalladas, giros lentos y una construcción de personajes más cercana al drama que al policial convencional. Se avecinan más temporadas, y queda claro que el interés estará tanto en los crímenes como en quienes los investigan. Eso sí: no es una serie para ver con sueño ni en modo automático. Más que un simple entretenimiento, se trata de un estudio psicológico cuidadosamente calibrado.
Recomendada.
4. Película para ver en Disney Plus: Mascotas
Dirigido por la actriz Bryce Dallas Howard, Mascotas es un documental singular dentro del catálogo familiar de Disney Plus. Lejos de limitarse a los animales como objeto de observación, el film desplaza el foco hacia el vínculo emocional que los niños establecen con sus mascotas, explorando con sensibilidad y calidez una relación cotidiana que rara vez ocupa el centro del documental tradicional. A diferencia de los formatos más convencionales centrados en la vida salvaje o en relatos dirigidos exclusivamente al público adulto, aquí se apuesta por una mirada accesible, tierna y cercana a la experiencia infantil.
El documental adopta una estructura segmentada y dinámica, compuesta por entrevistas con niños que relatan sus vivencias junto a sus animales, material de archivo y videos caseros que capturan momentos entrañables, y pequeños perfiles de adultos comprometidos con el rescate y cuidado de animales en situación de vulnerabilidad. Entre ellos, destacan figuras como Sterling "TrapKing" Davis, un rapero apasionado por los gatos; Rodney Stotts, maestro de cetrería que trabaja con niños para transmitirles su amor por las aves rapaces; y Shinobu Takahashi, fundadora de un refugio sin eutanasia en Japón.
Uno de los mayores aciertos de Mascotas reside en su capacidad para conectar con la sensibilidad infantil sin subestimarla. El film logra transmitir el placer de compartir la vida con una mascota, pero también despierta empatía por aquellos animales que sufren abandono o maltrato. Este mensaje sobre la importancia del rescate animal se integra de forma natural, sin didactismos forzados ni exceso de moralina, lo que refuerza su impacto emocional.
La fragmentación del relato y su mezcla de formatos —entre la entrevista, el diario íntimo visual y la cápsula informativa— mantienen el ritmo ágil y la atención activa del público joven, ofreciendo una experiencia tan educativa como entrañable.
Una propuesta que no solo entretiene, sino que siembra una semilla de compromiso y ternura en los espectadores más pequeños.
Recomendada.
5. Película para ver en Mercado Play: Maratón de la muerte
En una década marcada por la desintegración de las certidumbres políticas y morales en el cine estadounidense, Maratón de la muerte (1976) emerge como una pieza clave del thriller conspirativo de los años 70. Dirigida por John Schlesinger —cuya versatilidad narrativa lo llevó del realismo británico de Billy Liar (1963) a los márgenes urbanos de Perdidos en la noche (1969)— esta adaptación del best seller de William Goldman mezcla ingredientes de paranoia institucional, trauma histórico y violencia física con gran versatilidad.
En su superficie, el relato parece obedecer a los códigos del thriller: Thomas "Babe" Levy (Dustin Hoffman), un estudiante universitario solitario, se ve involuntariamente atrapado en una trama de espionaje internacional vinculada a crímenes nazis, tortura dental y diamantes robados. Pero bajo esta fachada genérica se despliega una tensión más profunda: el colapso de la confianza en el Estado, en la familia, e incluso en la propia corporalidad.
La puesta en escena, captada con precisión por el director de fotografía Conrad Hall (A sangre fría, Butch Cassidy), contribuye decisivamente a esa atmósfera opresiva. Hall opta por un tipo de iluminación que acentúa los contrastes y rehúye la estilización glamorosa: los interiores están frecuentemente sumidos en sombras terrosas, y los exteriores neoyorquinos adquieren una cualidad gélida, casi documental. Esta visualidad austera no sólo refuerza el estado emocional de Babe, sino que proyecta la ciudad como una extensión de su ansiedad: una topografía física y psicológica marcada por la desconfianza y el aislamiento.
El montaje, a cargo de Jim Clark, despliega un ritmo tenso y orgánico que alterna entre largas secuencias de acumulación de indicios psicológicos y estallidos súbitos de violencia. La estructura narrativa, lejos de ser lineal, sigue una lógica fragmentada que mantiene al espectador en estado de alerta constante, compartiendo con Babe su desorientación progresiva. Esto se ve reforzado por la banda sonora de Michael Small, cuyas disonancias y motivos inacabados sustituyen el acompañamiento emocional tradicional por una textura auditiva inquietante, que parece surgir más de una zona liminal entre el ruido urbano y la percepción subjetiva del protagonista que de una partitura reconocible.
El diseño de sonido es, en efecto, uno de los aspectos más innovadores del film. La ya célebre escena de tortura en el consultorio odontológico, por ejemplo, se sostiene no tanto por lo visual como por lo acústico: el zumbido del torno, los jadeos contenidos, los crujidos dentales amplificados, conforman una experiencia sensorial que subvierte la expectativa genérica del dolor físico. En Maratón de la muerte el horror no es visual —como en el thriller tradicional— sino somático.
El trabajo actoral es otro de los pilares del film. Hoffman, en plena forma y aún bajo el influjo del Método Stanislavsky, encarna a Babe no como héroe sino como sobreviviente: sus temblores, su sudoración constante, su respiración entrecortada construyen un personaje que reacciona desde la vulnerabilidad antes que desde la estrategia. Laurence Olivier, por su parte, despliega un minimalismo inquietante: Szell es memorable no por su sadismo explícito, sino por la frialdad clínica con la que lo administra. La fisicidad de Olivier, contenida, casi escultórica, contrasta con el desborde emocional de Hoffman, configurando una confrontación no sólo entre personajes sino entre escuelas actorales, entre el teatro británico clásico y el realismo emocional norteamericano. Roy Scheider, como el hermano espía, aporta una nota de ambigüedad ética que refuerza la inestabilidad moral de todo el relato.
Desde un punto de vista temático, Maratón de la muerte dialoga directamente con obras como Asesinos S.A. (Alan J. Pakula, 1974) o Los tres días del cóndor (Sydney Pollack, 1975), pero lo hace desde una sensibilidad más intimista. Mientras aquellos films se articulan sobre arquitecturas del poder, Schlesinger se interesa por los efectos subjetivos del trauma y la violencia. Aquí, la conspiración no es solo estructural: es familiar, corporal, íntima.
Críticos contemporáneos como Vincent Canby subrayaron la "cruel eficacia emocional" del film, mientras que voces más escépticas, como Pauline Kael, observaron cierto artificio en la progresión narrativa. Sin embargo, el consenso crítico más duradero ha destacado su resonancia atmosférica y su capacidad para encapsular un clima de época en descomposición.
En retrospectiva, Maratón de la muerte se inscribe como una meditación inquietante sobre el fin de la inocencia en el cine estadounidense. No hay redención, ni catarsis moral. Solo cuerpos que corren —literalmente— en busca de sentido, mientras el suelo firme de las certezas culturales se desvanece bajo sus pies. Su sofisticación técnica no es mero virtuosismo: es parte esencial del modo en que esta obra se inscribe en el canon del thriller psicológico.
Muy recomendada.
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