Lo nuevo de Sorrentino, un caso real inquietante y Al Pacino: qué ver en streaming y cines
Una selección especial con las mejores series y películas, que incluye también estrenos en salas de cine.
Estas son las series y películas para ver en el fin de semana en Netflix, HBO Max, Prime Video, Paramount Plus y cines.
1. Película para ver en el cine: La gracia
El nuevo film de Paolo Sorrentino, parte de un argumento que combina intriga política con reflexión existencial, siguiendo al ficticio presidente de la República italiana, Mariano De Santis, interpretado por Toni Servillo, quien se enfrenta a una decisión histórica: firmar o vetar una ley que autoriza la eutanasia. La trama se desarrolla en los días previos a esa resolución, mientras el mandatario se mueve entre reuniones políticas, conversaciones privadas y recuerdos personales. La presión institucional, la opinión pública y la propia conciencia del presidente se entrecruzan en un relato que avanza menos como un drama parlamentario que como un proceso interior. Sorrentino construye así un escenario donde la decisión política se convierte en un interrogante sobre el sentido de la vida, el dolor y la responsabilidad moral.
Uno de los aspectos más interesantes del film es el modo en que aborda la eutanasia. Lejos del tono militante o del melodrama lacrimógeno, la película la presenta como un dilema ético que no admite soluciones simples. La ley aparece como una carga más que como un triunfo progresista o una amenaza moral. El presidente resume esa tensión en una frase que condensa la lógica del film: si no firma la ley, se siente responsable de prolongar el sufrimiento; si la firma, teme convertirse en cómplice de una muerte deliberada. Sorrentino propone así una reflexión donde la "gracia" del título no se relaciona con una respuesta definitiva sino con la aceptación de la duda. La incertidumbre se convierte en una forma de lucidez frente a los discursos que pretenden resolver el problema desde la religión, la ideología o la legalidad.
La encrucijada del presidente se vuelve aún más compleja porque el film vincula esa decisión pública con su vida privada. El recuerdo de su esposa fallecida y un antiguo episodio de infidelidad revelan un hombre marcado por la culpa y la pérdida. De ese modo, el decreto sobre la muerte digna deja de ser una abstracción jurídica para convertirse en algo íntimo. Una de las escenas más significativas muestra al presidente enfrentado a un caballo agonizante de su propiedad: incapaz de ordenar que lo sacrifiquen, De Santis se confronta con la dimensión irracional del apego a la vida, incluso cuando esta se vuelve sufrimiento. Esa imagen funciona como una metáfora silenciosa del conflicto central del film. La decisión política se transforma en un espejo de la propia fragilidad humana.
La dimensión espiritual también aparece en la película, aunque de forma ambigua. Los encuentros del presidente con el Papa no ofrecen respuestas doctrinales sino nuevas preguntas. En lugar de imponer una guía moral, la Iglesia se presenta como un espacio de contemplación del misterio. Desde esta perspectiva, la eutanasia aparece casi como un rito contemporáneo que la sociedad aún no sabe procesar: una práctica situada entre el respeto casi sagrado por la vida y la frialdad administrativa del Estado moderno. Sorrentino observa ese territorio con una mirada casi antropológica, subrayando cómo las instituciones intentan legislar algo que pertenece a la esfera más íntima del sufrimiento.
En términos estilísticos, La gracia muestra a un Sorrentino algo distinto del barroquismo exuberante de otras obras suyas. La elegancia visual sigue presente, pero aquí parece puesta al servicio de la introspección. Los espacios del poder —palacios, despachos, jardines silenciosos— se convierten en escenarios solitarios, y la cámara suele detenerse en gestos mínimos, silencios o miradas que revelan la tensión interior del personaje. La puesta en escena mantiene la sofisticación habitual del director, pero adopta un tono más contenido y meditativo.
En conjunto, la película funciona como una reflexión filosófica sobre el poder y la fragilidad humana. Para Paolo Sorrentino, la verdadera "gracia" no consiste en encontrar una verdad definitiva, sino en aceptar la complejidad de decidir en medio de la incertidumbre. Al colocar a un jefe de Estado frente a la cuestión de la eutanasia, el film transforma un debate político en una meditación sobre la libertad y la responsabilidad. La belleza de la duda, como sugiere uno de los personajes, se convierte así en el centro moral de la película: un recordatorio de que, incluso en la cima del poder, las decisiones más importantes siguen siendo profundamente humanas.
Muy recomendada.
2. Serie para ver en Prime Video: Scarpetta
Esta serie, adaptación de las novelas policiales de Patricia Cornwell, construye su relato a partir de dos líneas temporales separadas por décadas. La historia sigue a la médica forense Kay Scarpetta, quien regresa en el presente a Richmond para retomar el cargo de jefa del departamento forense que había abandonado años atrás. Paralelamente, la serie reconstruye un caso de asesinatos de mujeres ocurrido en 1998, cuyas consecuencias continúan reverberando en el presente. La investigación conecta crímenes brutales con conspiraciones institucionales, espionaje y hasta una empresa que experimenta con la impresión tridimensional de órganos humanos.
El principal atractivo de la producción radica en su reparto de alto perfil. Nicole Kidman interpreta a la Scarpetta adulta, marcada por una intensidad obsesiva y un talento para lo forense casi legendario, mientras que Jamie Lee Curtis encarna a su hermana mayor Dorothy, una figura provocadora y conflictiva cuya relación con la protagonista funciona como uno de los motores dramáticos de la serie. El elenco se completa con Simon Baker como el agente del FBI Benton Wesley, Bobby Cannavale como el policía Pete Marino, y Ariana DeBose como Lucy, la sobrina de Scarpetta y experta en informática. En la línea temporal de los años noventa, versiones más jóvenes de los personajes son interpretadas por actores como Rosy McEwen (excelente) y Jacob Lumet Cannavale (el hijo interpretando al padre en versión 1998), lo que refuerza el dispositivo narrativo de duplicación temporal.
Entre las fortalezas de la serie se encuentra su intento de articular dos épocas distintas del universo narrativo de Cornwell. La primera temporada mezcla elementos del primer libro de la saga, Postmortem (1990), con aspectos de la novela más reciente, Autopsy (2021), creando una especie de collage narrativo que permite contrastar la investigación criminal anterior a la revolución tecnológica con las herramientas forenses contemporáneas. La atmósfera oscura del primer episodio, dirigido por David Gordon Green, y el esfuerzo por construir un drama criminal con resonancias psicológicas recuerdan por momentos a modelos prestigiosos del género televisivo reciente.
Sin embargo, la serie también presenta debilidades notorias. La mezcla de intriga criminal, drama familiar y conspiración institucional termina generando una narración irregular que tarda demasiado en generar suspenso. A lo largo de sus ocho episodios, la investigación avanza entre discusiones familiares, secretos del pasado y subtramas que dispersan la tensión narrativa. El tono tampoco siempre encuentra equilibrio: el humor ácido y esperpéntico del personaje de Curtis convive con imágenes extremadamente explícitas de violencia contra las víctimas, lo que produce una combinación a veces desconcertante entre thriller policial y horror gráfico.
En conjunto, Scarpetta queda lejos de alcanzar el nivel de grandes referentes contemporáneos del policial televisivo como Mare of Easttown o Broadchurch. Aun así, la serie ofrece un entretenimiento criminal correcto sostenido principalmente por la presencia de sus estrellas y por la popularidad del material original. Tal vez lo que hoy ocupa ocho episodios habría funcionado con mayor eficacia como un thriller cinematográfico compacto, pero para los seguidores de Cornwell la adaptación televisiva sigue siendo, al menos, una aproximación digna a su célebre forense.
Recomendada.
3. Miniserie para ver en Netflix: Una amistad, un asesinato
Este documental danés reconstruye el caso de Philip, un hombre que durante años llevó una vida aparentemente normal mientras cometía una serie de violaciones y asesinatos de adolescentes. A lo largo de tres episodios, el relato aborda los crímenes y su descubrimiento, pero lo hace desde un ángulo particular: el punto de vista de quienes fueron sus amigos más cercanos. La propuesta intenta mostrar cómo alguien capaz de atrocidades pudo, al mismo tiempo, integrarse sin dificultad en un círculo social que jamás sospechó de su verdadera naturaleza.
La serie se centra especialmente en las experiencias de tres personas del entorno del criminal, Amanda, Nichlas y Kiri, quienes deben enfrentarse al shock de descubrir que alguien en quien confiaban era responsable de actos monstruosos. El dispositivo narrativo recuerda a otros documentales como Mi padre, el asesino BTK, donde el relato también se articula desde la perspectiva de alguien cercano al victimario. Aquí, la revelación obliga a los entrevistados a replantear sus propios recuerdos de la amistad y a preguntarse cómo fue posible no advertir señales de violencia o desequilibrio.
Ese interrogante constituye el núcleo más interesante del documental. La figura de Philip aparece descrita por quienes lo conocieron como la de un hombre atento, generoso y siempre dispuesto a ayudar, lo que abre una inquietante paradoja: ¿puede una persona ser al mismo tiempo un amigo ejemplar y un asesino? A partir de esa tensión, la serie reflexiona sobre los límites del conocimiento que tenemos de los demás y sobre la posible responsabilidad moral que surge cuando alguien cercano resulta ser el autor de crímenes tan extremos.
Las recreaciones dramatizadas, la música insistente y el énfasis en provocar impacto emocional refuerzan un tono cercano al voyeurismo, explotando el horror de los crímenes más que analizándolo con profundidad. A esto se suma que algunos testimonios, en particular hacia el final, tienden a desplazar la atención hacia el drama personal de los amigos del asesino, lo que genera momentos de gran exposición que resultan incómodos y restan gravedad al tema. El resultado es un documental que plantea preguntas interesantes, pero cuya forma narrativa termina siendo más problemática que reveladora.
Recomendada.
4. Miniserie para ver en Paramount Plus: Madison
La tragedia irrumpe como un relámpago en la sofisticada vida de los Clyburn, una familia acomodada de Nueva York que, tras un golpe devastador, se repliega hacia su casa rural en el valle del río Madison, en Montana. A partir de este desplazamiento, la serie articula su núcleo dramático: no tanto la catástrofe inicial como sus reverberaciones. El argumento avanza como un proceso de sedimentación emocional, donde cada episodio añade capas al duelo y a la reconstrucción de los vínculos, en un tránsito que va del desarraigo urbano a una forma de pertenencia más áspera, más elemental. En ese sentido, el relato adopta la cadencia de un neo-western introspectivo, donde el conflicto no se dirime en duelos a pistola sino en silencios compartidos y en la lenta reconfiguración de la familia.
En el centro de este dispositivo se encuentra Michelle Pfeiffer, cuya interpretación funciona como eje gravitacional de la serie. En su rol de matriarca, Pfeiffer despliega una actuación de gran precisión emocional, donde el duelo no siempre se expresa mediante estallidos sino a través de fisuras casi imperceptibles. Su presencia evoca la elegancia contenida de La edad de la inocencia y la complejidad afectiva de Las relaciones peligrosas, pero aquí depurada hasta un minimalismo expresivo que potencia cada gesto. La actriz no solo sostiene el peso dramático, sino que modula el tono general, convirtiendo el dolor en una materia maleable que, lentamente, se transforma en resiliencia.
A su lado, Kurt Russell aporta una corporeidad marcada por su propia historia cinematográfica. Su personaje dialoga con los arquetipos que Russell ha encarnado a lo largo de su carrera, desde el adolescente de las películas Disney de los años 70, como el héroe de acción a las órdenes del maestro John Carpenter, hasta el vaquero crepuscular de Los 8 más odiados, el western crepuscular de Quentin Tarantino. Aquí, sin embargo, esa fisicidad se vuelve más vulnerable, más erosionada, como si el actor reinterpretara su propio legado en clave íntima. La interacción entre Russell y Pfeiffer genera un campo magnético donde el afecto, la frustración y el recuerdo chocan y se reconfiguran constantemente.
La escritura y concepción de la serie llevan la impronta de Taylor Sheridan, cuya fascinación por los espacios geográficos y las conductas humanas encuentra aquí una variación más contemplativa. Si proyectos como Yellowstone o The Landman destilan el olor a sudor y tabaco de sus protagonistas masculinos, en Madison el personaje de Pfeiffer destila la fragancia de la lavanda, impregnando sus ropas de melancolía. No es una serie que deje de lado a los varones: una de sus hijas -la más joven- siempre encuentra una excusa para exponer su cuerpo al natural: atacada por las avispas posa con las nalgas al aire un buen rato en el episodio 2. Sheridan apuesta a valores muy tradicionales para los tiempos que corren, con su excesiva idealización del mundo rural como espacio de sanación (frente al caos neoyorquino) y la familia como unidad de contención ante los desafíos que la vida plantea. Y si bien se observa cierto empoderamiento en el personaje de Pfeiffer, también se le endosan comportamientos añejos como los roles de cuidadora, mediadora emocional y figura sacrificial.
Finalmente, los paisajes de Montana emergen como un protagonista silencioso pero determinante. Las montañas, los cielos abiertos y la vastedad casi abrumadora del entorno no solo ofrecen un espectáculo visual de gran belleza, sino que operan como espejo del proceso emocional de los personajes. Hay en esas imágenes una tristeza serena, como si la naturaleza contemplara, impasible, los esfuerzos humanos por recomponerse. La serie explota este contraste entre el lujo neoyorquino abandonado y la rudeza del entorno rural, generando momentos donde lo sublime y lo doméstico se entrelazan: aprender a vivir sin comodidades, cultivar la tierra, habitar el tiempo de otro modo. En ese cruce, Madison encuentra su identidad más poderosa: la de un relato sobre el duelo que, sin renunciar a la herida, se permite también respirar. (Se han estrenado 4 de los 6 episodios)
Muy recomendada.
5. Película para ver en HBO Max: Encrucijada
Tal el título que le endosaron a la polémica Cruising (1980), estrenada en nuestro país durante la última dictadura militar con numerosos cortes que dificultaban su comprensión. Dirigido por William Friedkin (Contacto en Francia, El exorcista), es un oscuro thriller policial ambientado en los márgenes más inquietantes del Nueva York nocturno. El guion sigue a Steve Burns, un joven policía interpretado por Al Pacino, que es enviado de incógnito a infiltrarse en la escena sadomasoquista gay del barrio de Greenwich Village. Su misión consiste en atrapar a un asesino serial que está matando a hombres homosexuales en clubes clandestinos. A medida que el agente se sumerge en ese mundo de bares leather, rituales sexuales y códigos subterráneos, la investigación empieza a afectar su identidad y su estabilidad psicológica, borrando progresivamente la frontera entre el papel que interpreta y su propia personalidad.
Desde el punto de vista narrativo, la película construye atmósferas texturadas más que resoluciones concretas. Friedkin, se concentra menos en satisfacer el enigma propio de un policial que en explorar la experiencia subjetiva del protagonista dentro de un ambiente cargado de tensión sexual, violencia y anonimato. Pacino compone un personaje ambiguo, cuya mirada inquieta y ansiosa transmite una creciente desorientación moral. A su alrededor se despliega un paisaje humano dominado por figuras huidizas, cuerpos anónimos sudorosos y espacios cerrados donde la identidad se vuelve una máscara más.
La producción de Cruising estuvo rodeada de una enorme controversia desde el inicio del rodaje. Diversas organizaciones de derechos homosexuales protestaron activamente contra la película, acusándola de reforzar estereotipos negativos sobre la comunidad gay al asociarla con la violencia y la perversión. Durante las filmaciones en Nueva York se organizaron manifestaciones que incluso intentaron sabotear el rodaje con ruidos y luces para arruinar las tomas nocturnas. El clima de confrontación convirtió al film en uno de los proyectos más polémicos del cine estadounidense de su época, anticipando debates que hoy se leerían en el marco de la representación cultural y la política de las identidades.
Otro elemento que alimentó la fama escandalosa de la película fue la inclusión, en determinadas escenas dentro de los clubes de encuentro y durante los homicidios, de breves fotogramas provenientes de material pornográfico. Estos insertos, casi subliminales, aparecen mezclados por el montaje para intensificar las sensaciones en ese universo clandestino y sexualmente explícito. Aunque muchas de esas imágenes fueron recortadas o suavizadas en distintas versiones para evitar problemas con la censura, su presencia contribuyó a construir la reputación del film como una obra transgresora y provocativa dentro del cine comercial de Hollywood.
Más allá del escándalo, la película posee un notable valor estético y cultural. Friedkin retrata un Nueva York previo a la gentrificación, sucio, nocturno y peligroso, donde la ciudad se vuelve un laberinto de sombras, luces de neón y música industrial. La fotografía sombría y la banda sonora dominada por ritmos electrónicos crean una atmósfera hipnótica que convierte los clubes y callejones en espacios casi pesadillescos. En ese sentido, Cruising funciona tanto como thriller psicológico como documento involuntario de una subcultura urbana que desaparecería en gran parte pocos años después con la crisis del Sida.
Por todas estas razones, la película merece ser revisitada hoy desde una perspectiva histórica. Más que un simple policial provocador, Cruising se ha convertido en un objeto cinematográfico complejo: un film incómodo que refleja las tensiones culturales de su tiempo y que explora la fragilidad de la identidad masculina dentro de un universo de deseos prohibidos y violencia. Vista desde el presente, su ambigüedad narrativa, su audacia visual y la intensidad de la actuación de Pacino la transforman en una obra fascinante y morbosa, imperfecta pero imprescindible para comprender ciertos límites del cine estadounidense de finales del siglo XX.
Recomendada.
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