La historia de José Balatti no se explica desde su actualidad como vecino del barrio de Palermo, ni se resume en su cargo actual como administrador de una medicina prepaga. Para entender el alivio que hoy siente al caminar por la calle México al 2100, en Balvanera, hay que retroceder casi cuarenta años. Hay que viajar a Necochea, de donde José partió a los 19 años.
Nacido en aquella ciudad costera, como muchos jóvenes del país llegó a la ciudad de Buenos Aires a estudiar y se quedó. "Si tengo que definirme, te digo que trabajo mucho, demasiado", explica José con la sencillez del hombre que no conoce otra forma de vida.
Ese esfuerzo convirtió cada peso ganado en una inversión para sus hijas. En 2017, esa inversión tomó forma de ladrillo en dos zonas clave: Balvanera y La Boca. Sin embargo, lo que debió ser un legado familiar nació herido: ambas propiedades estaban usurpadas. La de la calle México, particularmente, cargaba con una historia de una década de intrusión y un avanzado riesgo de derrumbe.
Un sueño truncado, pero que ahora empieza a cobrar forma de una manera diferente tras recuperar sus propiedades. "Yo siempre sabía que las iba a recuperar, pero la recuperación fue en tiempo récord, eso no lo pensaba", cuenta el vecino de 57 años.
Balvanera: un barrio en recuperación
El caso de José no es aislado. Se inscribe en una estadística que marca un cambio de época para la zona: Balvanera es hoy el barrio porteño donde más casas usurpadas fueron devueltas a sus dueños, liderando el ranking con más de un centenar de operativos realizados.
Las cifras son contundentes: ya son 830 las propiedades liberadas durante la presente administración del PRO, manteniendo un promedio de una propiedad recuperada por cada día hábil. Detrás de Balvanera (más de 100 operativos), se ubican La Boca (51), Constitución (44) y Almagro (43). Para propietarios como José, estas cifras no son solo números, sino el fin de una sensación de "invasión" constante.
El proceso fue un desgaste de años. José había intentado la vía del diálogo, el acuerdo personal, y hasta había confiado en la promesa de desalojos voluntarios que nunca llegaban. "Como yo tengo mucha actividad, uno sigue con lo suyo, pero la herida siempre estaba ahí", comenta. A pesar de todo, José nunca perdió la fe en el sistema, aunque su paciencia fue puesta a prueba.
"Sentís una violación a lo tuyo", confiesa, describiendo esa mezcla de impotencia y frustración que lo acompañó casi una década. Y añade: "Saber que hay gente involucrada, incluso abogados que lucran con algo que no es de ellos mientras uno sigue peleando todos los días para sostener lo que es de uno".

El día que volvió a ingresar a su propiedad
Cuando finalmente se concretó el operativo en México 2184, llevado adelante por la Policía de la Ciudad y personal de la Red de Atención, José enfrentó la realidad del abandono. Lo que encontró fue el reverso de su cultura del trabajo: un inmueble degradado por conexiones ilegales, hacinamiento y precariedad extrema.
"La realidad es que, como me dejaron la propiedad, no sirve para nada, eso es lo más grave", relata con desazón. Al ingresar, vio cómo se había arruinado la estructura de la vivienda: baños instalados afuera, construcciones precarias y la ausencia de bachas y otras instalaciones. "Para que alguien viva ahí hoy, hay que tirar todo abajo y hacerlo de nuevo", concluye Balatti.
Este escenario era la norma en la zona. Operativos similares, como el de Pasco 598, revelaron aguantaderos donde se acumulaba chatarra y basura incluso en las terrazas, generando focos de violencia y ruidos molestos que torturaron a los vecinos linderos por más de 11 años.
Incluso José llegó a hablar con los vecinos de enfrente y estaban muy agradecidos ya que esa propiedad era un foco de conflicto constante. Allí, una señora y un abogado la usufructuaban cobrando alquileres en condiciones deplorables. "Verla recuperada le devolvió la tranquilidad al barrio", explica Balatti tras el diálogo.
Una nueva visión
Durante la recuperación de su casa, José conversó con el Jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri. En esa charla de veinte minutos, el propietario y el funcionario coincidieron en un punto fundamental: la recuperación del orden es, ante todo, una recuperación del respeto por el esfuerzo.
"Durante años en Balvanera, el caos se convirtió en la norma y nos hicieron creer que era normal convivir con el abandono y el miedo", sostuvo Jorge Macri frente a la propiedad de la calle México. El objetivo final va más allá del desalojo: se busca transformar esos focos de conflicto en motores de desarrollo.
Para José, esa visión conecta con su propia historia. Él, que alguna vez fue un recién llegado buscando un horizonte, ahora ve en sus terrenos la oportunidad de ofrecer una solución habitacional. La Ciudad ya está dando ejemplos de esta transformación como con las propiedades recuperadas en Av. La Plata 2253, que se destinarán a edificios para la clase media y policías, utilizando fondos del Instituto de la Vivienda y créditos del Banco Ciudad.

El alivio del círculo cerrado
Durante años, su agenda estuvo tan desbordada de responsabilidades que el tema de las casas quedaba relegado a un segundo plano, pero nunca desaparecía de su mente. "Sabía que las iba a recuperar; justicia lenta, pero justicia al fin", afirma con la templanza de quien sabe esperar.
Ahora, con las llaves en mano y el apoyo de los operativos de la Ciudad, el proyecto vuelve a cambiar de piel. De ser una herencia pasiva para sus hijas, ahora visualiza edificios de viviendas o consultorios médicos frente al Argerich. Su objetivo es que esos espacios, que durante años fueron focos de precariedad y conflicto, se conviertan en lugares habitables para quienes, como él hace décadas, vienen a la Ciudad a trabajar.
Hoy, las propiedades de José están tapiadas por seguridad, pero su ánimo es otro. El peso en la espalda desapareció. El hombre que vino de Necochea para construir un futuro se prepara ahora para la "etapa agradable": sentarse con arquitectos, medir los terrenos y planificar. "Recuperarlas es una sensación de alivio muy importante y uno se entusiasma cuando ve que puede cerrar el círculo", concluye. José Balatti ya no es aquel joven de 19 años, pero conserva la misma voracidad por el progreso. La diferencia es que ahora, tras casi diez años de espera, sus hijas saben que el esfuerzo de su padre finalmente volvió a sus manos y sigue teniendo, aunque con otros destinos, una proyección a futuro.