"La relación entre Milei y Macri es irreconciliable". "Cristina y Sergio Massa van a ser candidatos a diputados provinciales para controlar la Legislatura bonaerense". Son las palabras del analista político Raúl Timerman, quien lanza con agudeza diagnósticos de este presente. El próximo domingo 18 de mayo son las elecciones en CABA. Junto con las que vienen sucediendo en otros distritos, delinean el escenario de este 2025 atravesado tanto por el impacto de las medidas económicas como por los resultados del calendario electoral legislativo. Timerman comparte, con El Economista, sus visiones sobre este momento crucial.
Raúl Timerman es una figura destacada en el ámbito de la comunicación política y empresarial argentina y, al mismo tiempo, forma parte de una familia en la que la política y el periodismo han convivido intensamente. Su vida, su carrera, la historia de su familia y la historia de la Argentina están íntimamente entrelazadas.
Es hijo de José Timerman, quien comenzó su carrera como soldador y llegó a presidente de Conarco, una empresa líder en Argentina especializada en productos para soldadura, y de Lea Braslavski, modista y ama de casa. Durante su infancia, sus padres, miembros del Partido Comunista, vivieron en la clandestinidad entre 1952 y 1957, utilizaron otro apellido y residieron discretamente en un departamento en Martínez. Años más tarde descubriría que allí se elaboraban documentos falsos como cédulas y pasaportes para miembros del partido que necesitaban viajar.
Su padre José compartió la infancia con un hermano menor, quien se convertiría en una figura clave del periodismo argentino: Jacobo Timerman. Jacobo, fundador del emblemático diario La Opinión, comenzó a hacerse conocido en los años sesenta con programas radiales y televisivos como "Versiones Fidedignas" y "Mesa de Periodistas", y así estableció una presencia influyente en la opinión pública argentina. De este linaje familiar, también son parte su primo Héctor Timerman, ex canciller argentino, y Javier Timerman, especialista en finanzas de Wall Street.
Raúl inició su camino académico en 1964 en la Facultad de Ciencias Exactas, donde cursó la Licenciatura en Ciencias Químicas. Un dramático punto de inflexión ocurrió dos años después, durante la "noche de los Bastones Largos", cuando fue golpeado y detenido en la comisaría 22. Este episodio marcó un quiebre: con la facultad clausurada, comenzó a trabajar en la fábrica de electrodos para soldadura eléctrica en la cual su padre tenía una pequeña participación accionaria.
Cuando Exactas reabrió, continuó trabajando medio día mientras avanzaba en sus estudios, hasta recibirse finalmente en 1973. Para entonces, la empresa familiar ya había sido adquirida por la suiza Electrodos Oerlikon. Allí, Raúl Timerman ascendió con rapidez: pasó de jefe de laboratorio de control de calidad a gerente técnico.

La carrera de Timerman tomó impulso en 1975, cuando Electrodos Oerlikon se fusionó con Marathon —empresa del grupo Acindar de la familia Acevedo— creando Conarco Alambres y Soldaduras. Bajo su gerencia de tecnología, Conarco consolidó su liderazgo en el mercado argentino, e impulsó además la creación de la Fundación Latinoamericana de Soldadura.
En 1990, los Acevedo, reconociendo el liderazgo técnico de Timerman, le ofrecieron la presidencia de Conarco. "Yo les dije que había una cantidad de temas que no manejaba, en especial, en administración y management. Todo el área técnica, sí. Les dije que aceptaría si me daban la posibilidad de capacitarme. Me dieron carta blanca: 'Andá al lugar del mundo que elijas'", recuerda Timerman con El Economista. Se capacitó, entonces, en prestigiosas instituciones como el Institute for Management Development (IMD) en Suiza; realizó un curso en el Levinson Institute de Boston; y asistió al último seminario dictado por Edward Deming, reconocido teórico estadounidense experto en gestión de calidad en Los Ángeles.
Su fascinación por el management lo llevó a profundizar en la teoría de Elliott Jaques, autor de La organización requerida. Trajo a Jaques a la Argentina para dictar cursos y, luego, lo acompañó en una misión encargada por Janet Reno, secretaria de Justicia de Bill Clinton, para reformar la organización de 16 mil departamentos policiales en Estados Unidos. Este entusiasmo lo llevó a crear y dictar durante diez años la cátedra Elliott Jaques en Recursos Humanos en la Universidad del Salvador.
El año 1996 marcó otra transición: Conarco fue adquirida por el grupo sueco ESAB, y Timerman, tras negociar su salida representado por el abogado Luis Moreno Ocampo, cerró el capítulo metalúrgico de su vida. "Cuando compraron los suecos, me pidieron que me retirara. Querían tomar el control y yo era una figura muy fuerte", explica.
Ése fue el punto de giro de esta historia. Del mundo industrial pasó al editorial. Junto a Hugo Sigman y a Héctor Timerman, primero en la revista Tres Puntos, y después en el lanzamiento de la edición Cono Sur de Le Monde Diplomatique. "En ese momento, participé como director ejecutivo de la editorial Capital Intelectual, manejando toda la gestión tanto de Tres Puntos como de Le Monde", recordó.
Tras esta experiencia, su inquietud lo llevó al mundo de la comunicación política. Durante la presidencia de De la Rúa, se asoció con el reconocido publicista político Fernando Braga Menéndez y, en 2002, se convirtió en consultor clave de la campaña presidencial de Néstor Kirchner. "Kirchner tenía 2,8% de intención de voto cuando empezamos", rememora.
Desde entonces, Timerman ha aplicado en política las lecciones aprendidas en la industria metalúrgica: la competitividad, el control permanente de costos y la calidad como proceso constructivo. Además, es fundamental la importancia del contacto directo con diferentes sectores sociales, clave para una campaña política efectiva. "Se puede llegar a la comunicación política por caminos muy distintos. Yo, por ejemplo, llegué desde las ciencias químicas", señala.
En 2017, junto a Juan Carlos Malagoli, publicó el libro Quiero ser candidato. Esta obra, que recibió el premio Napolitan Victory Awards como mejor libro político del año, analiza estrategias y metodologías de campañas políticas, con testimonios exclusivos sobre las campañas de Mauricio Macri, Daniel Scioli y Sergio Massa. Los autores señalan que en política "no existen fórmulas infalibles para ganar; sí campañas con mayor probabilidad de éxito si mejoran y potencian las condiciones para competir" y que "cada campaña es única".
El libro es prologado por el reconocido analista Manuel Mora y Araujo, quien resalta: "Una buena comunicación consiste en buenos mensajes, bien transmitidos, y en la capacidad de escuchar a quienes los reciben".
Entrevistado para El Economista en su oficina en pleno centro porteño, rodeado de libros y de anécdotas, Raúl Timerman comparte con calidez todo lo que sabe, incluso es capaz de mostrar y difundir trabajos de otros y de otras consultoras. Lo más filoso de su lengua se expresa en sus redes sociales. Su presencia junto con la de sus ojos furiosamente azules es la de quien sabe que para pensar primero lo primero: conectar.

—¿Cómo interpreta lo que está en juego en esta elección?
—Varias cuestiones clave que definirán no sólo el orden político inmediato, sino también cómo quedará configurado el mapa político hacia adelante. Un resultado previsible podría colocar a Santoro en primer lugar, con Adorni y Lospennato en disputa por el segundo puesto. Más atrás, probablemente, aparecerían Horacio Rodríguez Larreta, Marra y, finalmente, la izquierda. Ése es, más o menos, un orden que puede considerarse natural. Pero hay varias preguntas: ¿Santoro llega a los treinta puntos? ¿Quién levanta al final: Adorni o Lospennato y cómo se juega ahí el voto útil? ¿El votante considera que hay que terminar con el PRO y fortalecer a Milei?
Otra cuestión relevante es el papel que jugará el recuerdo de la gestión de Larreta frente a la de Jorge Macri. ¿Se reflejará en apoyo electoral o no tendrá mayor incidencia?
Y finalmente, ¿cuánta gente va a ir a votar? Muchas personas aún no saben dónde votan, lo que evidencia que, si bien el clima electoral domina en el periodismo y en la política, todavía no se ha trasladado plenamente a la sociedad.
—En el libro Quiero ser candidato, escrito junto a Juan Carlos Malagoli, se analiza la campaña de Raúl Alfonsín y uno de sus lemas más recordados: 'Ahora Alfonsín, el hombre que hace falta'. Si se analiza el peronismo, ¿qué tipo de liderazgo le hace falta para reconstruirse? ¿Qué atributos debería tener ese dirigente que convoque hacia el futuro?
—La primera característica que debería tener es respetar el paradigma de Perón: 'No somos sectarios ni excluyentes'. Pero además tiene que poder enarbolar esa bandera y ser creíble. Cristina Kirchner —con quien no estuve para nada de acuerdo en su segundo gobierno ni en todo el proceso de Alberto Fernández— si volviera a gobernar, podría tener una experiencia similar a la de Alan García en Perú: un primer gobierno malo y un segundo bueno. Pero pasa que Cristina divide aguas. Es tan amada como odiada, con la misma intensidad, y no es creíble para la mayoría del electorado. Cristina Kirchner tiene 60 puntos de imagen negativa.
Además, no cuenta con el apoyo de ningún gobernador peronista. Es una situación inédita: preside el PJ, pero ningún gobernador está representado en el consejo superior del partido, y ninguno apoya explícitamente sus declaraciones. Cristina es la presidenta del PJ, pero está sola.
Axel Kicillof, en cambio, tomó conciencia de dos cosas: primero, que no puede ser reelecto como gobernador constitucionalmente. Segundo, que si quiere ser presidente, tiene que liderar el espacio que lo proponga como tal. Ya no sirve lo que pasó con Alberto: 'Mi candidato es Axel Kicillof'. Si Cristina llegara a decir eso, Axel no tiene chances de ganar una elección. Entonces, tiene que construir su propio espacio político: el Movimiento Derecho al Futuro. Y lo está haciendo.
En estas elecciones legislativas no va a haber grandes cambios, aunque va a haber una recomposición política muy grande apenas terminen. Después, empieza la carrera presidencial, y es cuando va a ocurrir una reconfiguración.

—¿Considera que un futuro gobierno de otro signo político podría garantizar estabilidad macroeconómica y, al mismo tiempo, desarrollar políticas sectoriales efectivas? Y en caso de ser un gobierno peronista, ¿lograría demostrar capacidad para mantener una inflación baja?
—El mayor temor del empresariado argentino —y cuando hablo de empresariado me refiero a la Asociación Empresaria Argentina (AEA), al nivel más alto— es que vuelva Cristina Kirchner. En realidad, a los productores, a los fabricantes, con el peronismo les ha ido mucho mejor que con otros gobiernos, porque siempre hubo consumo. Pero la figura de Cristina Kirchner los espanta.
Creo que la respuesta es sí, porque si vuelve otro gobierno habrá ciertas cosas que no podrán revertirse. Por ejemplo, el equilibrio fiscal es algo que necesariamente deberá sostenerse, dado que esa batalla cultural ya la ganó Milei. Lo mismo sucede con la racionalidad en la obra pública y el combate a la corrupción.
A la par, hay corrupción a nivel legislativo, judicial, policial y en todo el aparato estatal. Hay una pérdida de valores muy grande en la sociedad argentina, un gran descreimiento. Va a ser muy difícil salir adelante. Tremendamente difícil.
—En Quiero ser candidato citan el caso fundacional de los debates televisivos entre Kennedy y Nixon en los sesenta, y cómo la imagen de Kennedy terminó jugando a su favor. En el balotaje de 2023, durante el debate, Milei pareció vulnerable, casi una víctima, y se lo vio más débil frente al estilo profesional de Massa. Esta semana, en plena campaña, una figura como Silvia Lospennato aparece dañada tras la derrota de la ley de Ficha Limpia y hasta 'victimizada' en televisión. ¿Evalúa que esa exposición como víctima puede generar empatía y reforzar su vínculo con algunos votantes, como ya ocurrió con Milei?
—El rechazo de la ley de Ficha Limpia fue una gran oportunidad para Silvia Lospennato, sobre todo por cómo sucedió. Cuando Carlos Rovira, referente clave del oficialismo provincial de Misiones, salió públicamente a decir que lo había llamado Milei y le había hecho un pedido, quedó planteada una escena ideal para generar empatía alrededor de Lospennato. Creo que a ella le va a ir bien, a pesar de la supuesta ayuda de Mauricio Macri, quien en realidad la perjudica cada vez que aparece a su lado. Lo mismo le pasó a Larreta y también a Patricia Bullrich: Macri tiene una capacidad singular para hundir a las figuras que pretende apoyar.
La auténtica incógnita ahora es, con lo parejos que están Lospennato y Adorni, si alguno de los dos va a conseguir, gracias al voto útil, despegar en los últimos días.
—¿Qué interpretación hace de las campañas electorales que se vienen desarrollando en estas semanas en la Ciudad de Buenos Aires? ¿Cuáles son las estrategias principales identificables en cada una de las fuerzas políticas?
—El único que viene haciendo campaña desde hace tiempo es Leandro Santoro. Empezó hace mucho, recorrió los barrios, escuchó a la gente. Por eso fue el primero en despegar en los números: estuvo siempre entre 27 y 30 puntos y se mantuvo ahí. Los demás fueron creciendo más tarde a medida que empezaron a moverse.
Hay que tener en cuenta que, si Santoro no supera cómodamente los 30 puntos, sus chances de convertirse en jefe de Gobierno en un eventual balotaje son mínimas. Porque en ese balotaje los votos de Milei y Macri, aunque vayan separados inicialmente, terminan sumándose al candidato que queda.
Santoro arrancó con una campaña netamente municipal: basura, hospitales, escuelas. Después, con el tiempo, viró hacia un discurso más político, apuntando a las falsas promesas del Gobierno de la Ciudad, y centrando su crítica en Jorge Macri. Pero cuando Adorni aparece y dice 'esto es Milei o kirchnerismo', el equipo de campaña —que es bueno: está Ana Iparraguirre como estratega, y Juan Manuel Olmos, quien conoce muy bien el mundo electoral— toma una decisión importante: separarse de Cristina, no mencionarla, evitar hablar de peronismo, cambiar el nombre de la agrupación a Es Ahora Buenos Aires, abandonar el azul y pasar al verde.
En cambio, la de Lospennato tiene otra lógica. El PRO necesita defender la Ciudad, porque es su último bastión. No le queda otra cosa. Hace apenas un año y medio tenía a los dos precandidatos a presidente —Larreta y Bullrich— y hoy ninguno está ya en el PRO. Es una etapa de destrucción para ese espacio.
El resto de los candidatos se mueve en función de ese vacío. Juan Manuel Abal Medina se posiciona como el 'peronismo auténtico'. Guillermo Moreno promueve a Kim, alguien con ciertas cualidades. Ambos le restan votos a Santoro. Larreta le resta al PRO. Marra a La Libertad Avanza. Todos se comen votos entre sí. Veremos quién se impone. Yo creo que será Larreta.
Aunque hay algo interesante: la fragmentación. Hay 17 agrupaciones. Ya no se puede hablar de partidos políticos. Son agrupaciones. De esas 17, con suerte, entrarán seis o siete cabezas de lista a la Legislatura de la Ciudad. Diez no lograrán ingresar a la Legislatura.

—Pensando en un eventual balotaje para jefe de Gobierno en 2027, ¿no le convendría más a Santoro enfrentar a Adorni que competir contra el PRO?
—El balotaje nunca le conviene al peronismo porque nunca lo gana. El sistema del balotaje está diseñado justamente para evitar que el peronismo triunfe, dado que el antiperonismo es mayoritario en la Argentina. El peronismo perdió con Scioli y perdió con Massa. El único que ganó un balotaje fue Kirchner porque Menem no se presentó. Pero, incluso en ese caso, era una elección entre dos peronistas. Por lo demás, Cristina ganó dos veces en primera vuelta y Alberto ganó en primera vuelta.
El sistema del balotaje está diseñado justamente para evitar que el peronismo triunfe, dado que el antiperonismo es mayoritario en la Argentina
—Uno de los capítulos del libro está dedicado al uso de las encuestas. Cuenta allí su propia experiencia con esa herramienta, a la que considera fundamental en toda campaña. ¿Qué tipo de información aportan que otras herramientas no permiten captar?
—Las encuestas forman parte de una batería de herramientas para conocer la opinión pública. Están, entre otras, las entrevistas en profundidad, los focus groups, los análisis etnográficos. La encuesta es la más conocida, aunque no es la única.
Un candidato debe tener al mejor encuestador posible, y nunca debe hacer públicos los resultados. Porque si se cuenta con el mejor encuestador, es conveniente que los demás se guíen por 'malos datos'. ¿Por qué darles ventaja? Ese era el principio de Joseph Napolitan, el padre de los consultores electorales, quien trabajó cincuenta años con los demócratas en Estados Unidos. Decía: 'La encuesta es una herramienta de campaña para mí, no para los demás'. Pienso igual. Las encuestas están sobrevaluadas en cuanto a su influencia sobre la opinión pública, pero son fundamentales para diseñar una campaña.
—¿Qué impacto puede tener el resultado de la elección de este domingo sobre las próximas elecciones en la Provincia de Buenos Aires en septiembre, la elección general en octubre y los posibles acuerdos políticos rumbo a 2027, en el escenario de que la macroeconomía se mantenga relativamente estable?
—No creo que ocurra nada decisivo. La elección está muy nacionalizada, aunque hay una puja clara entre Milei y Macri. Ésa es la disputa de fondo. Es una pelea por el liderazgo de la derecha argentina, desde la centroderecha hasta la derecha extrema. Se disputan ese electorado, y básicamente, ordenar quién manda. Hoy la relación entre ellos es irreconciliable. Llegaron a un punto de ruptura total.
Es parecido a lo que ocurre en la provincia de Buenos Aires. En el caso de Cristina y Axel, ya nadie imagina una reconciliación. El nivel de ruptura es muy alto. Independientemente de cómo arreglen sus diferencias para las próximas elecciones —si van con una lista única, si alternan candidatos—, la impresión es que tanto Cristina como Sergio Massa van a ser candidatos a diputados provinciales. Su estrategia parece ser controlar la Legislatura bonaerense y desde ahí disputar poder.
En el caso de Cristina y Axel, ya nadie imagina una reconciliación. El nivel de ruptura es muy alto.
—En 2019 hubo una importante transferencia de votos de Cristina hacia Axel. ¿Pero qué pasaría ahora para Axel si no hubiese ése apoyo explícito?
—Axel nunca encabezó una candidatura por sí solo. Siempre estuvo atado a alguien más, particularmente a Cristina. En política, cuando alguien emerge, lo hace sobre quien lo precede. Néstor Kirchner fue presidente gracias al apoyo de Duhalde, que le permitió pasar de 8 a 16 puntos. Eso ocurrió en enero de 2003. Y, en 2005, en las legislativas de medio término, Cristina enfrentó a Chiche Duhalde en la provincia de Buenos Aires y se quedó con el peronismo. Así funciona. Si Axel quiere liderar, va a tener que enfrentar a Cristina. Si no, va a ser muy difícil. De todos modos, creo que después de las legislativas se va a producir un recambio profundo del escenario político.
—En el libro Quiero ser candidato también se analiza a Marcos Peña como jefe de campaña de Macri.
—Si bien no participé en ninguna de las tres campañas en 2015, dialogaba con los tres candidatos —Macri, Scioli y Massa— y también con sus estrategas principales, para recopilar información para el libro.
Y sí, Marcos Peña fue un muy buen jefe de campaña. La campaña de Macri de 2015 fue la primera campaña estrictamente profesional en Argentina. Ahí también tuvo mucha relevancia el consultor ecuatoriano Jaime Durán Barba, un muy buen estratega electoral.
Marcos Peña fue un gran jefe de campaña y un pésimo jefe de gabinete
—Dada la importancia de Marcos Peña, desde que se fue ¿su ausencia pudo haber afectado a Macri?
—Creo que la presencia de Marcos Peña como jefe de Gabinete afectó negativamente a Macri. Si Horacio Rodríguez Larreta hubiera ocupado ese puesto, Macri podría haber sido reelecto. El problema ya no era la campaña, sino la gestión. Marcos Peña fue un gran jefe de campaña y un pésimo jefe de gabinete. Macri lo respetaba mucho y seguía sus consejos, pero Peña no tenía una buena noción de la gestión pública.
