Es el hombre con más secretos de la Argentina y casi nadie lo conoce.
Detrás de los presidentes argentinos, suele asomar la figura espigada de un hombre de pelo gris y pómulos huesudos. Se llama Walter Carlos Kerr. Durante más de un cuarto de siglo, este abogado y traductor público es la voz más silenciosa del Estado Argentino.
Ingresó a la Cancillería en 1997 tras superar los exámenes de rigor. Desde aquel debut en 1998, a la par de Carlos Menem ante la reina Isabel II, prestó servicio a ocho presidentes de ideologías enfrentadas: el propio Menem, Fernando de la Rúa, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner, Cristina Fernández, Mauricio Macri, Alberto Fernández y Javier Milei.
Domina nueve idiomas y está perfeccionando el árabe. Aunque su lengua principal es el bajo perfil. En una época seducida por el exhibicionismo y las selfies, Kerr elige el recato. Sabe muy bien que quien habla de más, pierde.
Existe un discurso oficial veloz y furioso que reduce a todo empleado del Estado a la categoría de "casta". La existencia de funcionarios como Walter Kerr desmantela la tiranía de ese prejuicio mileísta.
Kerr representa la contracara del nepotismo: un funcionario de carrera, laborioso e impenetrable, capaz de sobrevivir a los huracanes políticos por su talento y profesionalismo. Es la prueba viva de una burocracia profesional resistente a la partidización del Estado.
La novedad reciente confirma su tarea estratégica. El Gobierno acaba de ascenderlo al rango de embajador extraordinario y plenipotenciario. En el estricto lenguaje diplomático, este título designa a quien posee autoridad total para representar a su país. En el caso de Kerr, se trata de un nombramiento ideado para equipararlo con los altos interlocutores extranjeros.
La medida jerarquiza su labor en la cumbre del poder, con un sueldo equivalente a la máxima categoría del servicio exterior, cercano a los $10 millones.
El propio presidente Javier Milei reconoce esa destreza indispensable. En el libro "Tratando de entender el fenómeno Milei", escrito por Ezequiel Burgo y Juan Carlos de Pablo, el mandatario elogia sin pudor al traductor argentino: "El caso Trump-Zelensky deja en claro lo importante de tener un buen intérprete, porque con un traductor profesional se solucionan temas si se da cuenta de que algo resulta ofensivo. Puede haber un tema de wording entre dos personas que hablan idiomas distintos, y tener intérprete baja la velocidad a la discusión, con lo cual la probabilidad de pelearse con intérprete es mucho menor. Y ni les cuento en mi caso, que tengo una estrella de la traducción, que cuando la tiro a la tribuna con una declaración mía, la edita en términos diplomáticos y queda superfabulosa. Walter es un genio".
Resulta paradójico. El Presidente, quien agita la motosierra contra el sector público y no distingue entre la burocracia ineficiente y los empleados competentes, promueve y premia a un empleado del Estado.
Al final del día, Argentina necesita con desesperación a trabajadores dotados con la capacidad de Kerr. Individuos rigurosos, prestos a ejecutar su oficio con excelencia y con una valija siempre lista para saltar de país en país sin reclamar aplausos.