En el centro del debate político global se encuentra la deriva antidemocrática de numerosos gobiernos. Al intentar caracterizarlos, las etiquetas se combinan: se habla de ultra derecha, neoliberalismo, conservadurismo, nacionalismo. Sin embargo, una palabra surge con fuerza para describir estas experiencias: fascismo. No como una réplica histórica, sino como una manifestación adaptada al siglo XXI.
En este contexto, el filósofo Rocco Carbone propone una tesis central en Ultra, su último libro: el poder fascista es una posibilidad siempre latente. Según su análisis, este poder emerge como una herramienta a la que recurre el capitalismo cuando atraviesa una crisis profunda. A esta interpretación, el autor añade que cuando los medios de fuerza regulares de un Estado resultan ineficientes o lentos, el capital también acude a lo que denomina sus "resortes mafiosos".

En este marco, Carbone ubica las experiencias políticas locales, desde la derecha identificada con el gobierno de Mauricio Macri hasta el 'experimento libertario' de Javier Milei, analizando sus interconexiones, continuidades y complementariedad en el contexto de esta nueva fase del capitalismo tecnológico y financiero.

A continuación, un fragmento de la introducción del libro
Karl Marx, en el libro primero, tercera sección, capítulo octavo de El capital —gran reflexión cuyo propósito consiste menos en mostrar su historia que la teoría de un objeto y una estructura—, sostiene una idea central: el capital como vampiro.
"El capital es trabajo muerto que resucita, como un vampiro, solo chupando trabajo vivo, y tanto más vive cuanto más chupa. El tiempo durante el cual trabaja el obrero es el tiempo durante el cual el capitalista consume la fuerza de trabajo adquirida. Si el obrero consumara para sí mismo el tiempo a su disposición, cometería un hurto hacia al capitalista", aquí la lección marxiana.
Esta homología habilita la formulación de una alegoría. Vlad III de Valaquia fue un noble, militar y político rumano del siglo XV. Lo conocemos también con el nombre de Dra˘culea (hijo del dragón), miembro de la casa de Dra˘culesti, y como Tepes "el Empalador" por su afición de empalar a sus enemigos turcos, técnica de guerra cuyo propósito consistía en provocar la muerte antecedida por sufrimientos atroces. En tanto señor feudal, poseía un castillo, hoy en ruinas, ubicado a orillas del río Arges, y conocido como la fortaleza de Poenari. Alrededor de ese castillo vivían campesinos y campesinas, súbditos de Vlad, a quien estxs denominaban dracul, que en rumano quiere decir "el diablo" o "el demonio", por aplicar ingentes impuestos. De la historia, Vlad pasó a la literatura, con la novela Drácula, del escritor irlandés Bram Stoker, y al cine, con múltiples películas, entre ellas la de Francis Ford Coppola. Allí aparece como un vampiro. En esas ficciones el conde Drácula es retratado como un muerto que, sin embargo, vemos vivo porque cada noche sale del castillo, identifica a una víctima y la convierte en un ser inerme. Le clava los colmillos en la yugular, le chupa la sangre —"la sangre es la vida", una de las grandes consignas del señor feudal—, la deja exangüe para terminar reconvirtiéndola sometida a su poder.

¿Y qué es el poder sino la posibilidad material de disponer de la fuerza armada y de la propiedad?, tal como enseña León Trotsky, en su magna Historia de la Revolución rusa. De ese modo, Drácula gana veinticuatro horas de existencia, evade la muerte y gana un/a adeptx. Puesto que ese diablo mata a un/a ser humanx cada noche a lo largo de siglos, en un momento crítico sus súbditxs se organizan, insurgen e instituyen lo que en la Argentina llamamos "piquete". O más bien un asedio, una antigua práctica político-militar, un anillo de contención alrededor del castillo, para que Drácula no pueda salir de su fortaleza. El accionar piquetero se constituye en un freno a la industria de la muerte organizada y expandida por el señor feudal. En esa situación crucial, Drácula le encomienda a un grupo de sirvientas voluptuosas y fascinantes que salgan del castillo, atraviesen el piquete —pueden hacerlo porque pasan desapercibidas, pues son campesinas que lxs demás súbditxs reconocen como pertenecientes a su comunidad— e identifiquen a una nueva futura víctima. Cuando las sirvientas la encuentran, le chupan la sangre, la dejan exangüe, toman un poco de ese líquido denso y rojo —el rojo es un símbolo de lo popular— y vuelven al castillo para que el señor pueda nutrirse de ellas y continuar así todavía un poco más con su existencia. Estas sirvientas realizan una considerable transfusión de sangre —de poder popular, es decir, de trabajo vivo— a las arterias de otra clase: la aristocracia, devenida luego burguesía y que hoy toma la forma de monopolios corporativos globales absolutistas totalitarios que se encarnan en una nueva aristocracia tecnológico-financiera local/global.
Esos monopolios son el capital personificado. Su alma es la del capital. Y el capital tiene un único impulso vital: valorizarse, generar plusvalor, absorber, succionar, a través de los medios de producción (hoy plataformas, blockchain, memecoins, entre otros), la mayor masa posible de plustrabajo, de sangre. Uno de esos monopolios corporativos globales absolutistas totalitarios puede ser personificado en la figura de Elon Musk. En la alegoría desplegada, Drácula es el capitalismo; sus colmillos, la mafia, y las sirvientas voluptuosas y fascinantes, el fascismo.
El escrutinio de la alegoría nos muestra que el fascismo es un poder transhistórico —empalmado espesamente con el capitalismo, anterior incluso a la experiencia del siglo XX, que aquí llamaremos fascismo arqueológico— cuyo propósito es obligar a las clases trabajadoras a una labor aún más penosa que la impuesta por la explotación para la reconstrucción y el ulterior desarrollo de la economía capitalista. Para lograr ese propósito organiza un doble aparato; por un lado, corrompe a lxs trabajadorxs y, por el otro, lxs reprime en colaboración con fuerzas de choque que pretenden convertirse en medios terroristas.

Históricamente, el aparato para corromper el movimiento obrero se creó fundando los sindicatos fascistas, llamados 'corporaciones nacionales'. Debían llevar a cabo sistemáticamente lo que el fascismo había hecho desde el principio: combatir el movimiento obrero revolucionario, y también todo movimiento autónomo (no revolucionario) de los trabajadores, tal como señaló la militante revolucionaria bolchevique feminista alemana Clara Zetkin hace ya un siglo. Hoy ese aparato de corrupción —corromper quiere decir dañar, trastocar, alterar la forma histórica de algo— se verifica como liquidación del patrimonio social. Es una modalidad de combate contra la clase trabajadora, que se organiza para que los avances del pasado no sean siquiera imaginables en el presente. Lo diré así: para que el pibe o la piba Rappi no imaginé jamás siquiera la posibilidad de un aguinaldo o de unas vacaciones pagas.
El fascismo es un poder de destrucción tanática absoluto, inherente a la condición humana. Podemos considerarlo una latencia siempre presente en la historia de los pueblos, que oportunamente estimulada podría volver a magnificarse.
"Un motor de automóvil puede apagarse, puede estar en punto muerto, puede ir a 5000 rpm. Pero incluso apagado es un todo coordinado, los elementos puestos a punto y conectados entre sí, con un mantenimiento adecuado, listos para entrar en movimiento cuando el coche se enciende. El sistema de pensamiento [fascista] que forma parte de la cultura de nuestra sociedad es como este motor, construido, puesto a punto y no siempre encendido ni empujado a la máxima velocidad. Su zumbido puede ser casi imperceptible, como aquel de un buen motor en punto muerto. Puede arrancar en un momento bueno o en un momento de crisis. En cualquier caso, en modos y medidas diversos, consume información, materiales, vidas", tal como señala Paola Tabet, antropóloga feminista italiana, en Cuerpos marcados. Sexo, raza y clase.
Cuando en septiembre de 2024 la vicepresidenta de la República Bolivariana de Venezuela, Delcy Rodríguez, inauguró el Congreso Mundial contra el Fascismo, Neofascismo y Expresiones Similares, pronunció una oración breve, una especie de navajita precisa y certera parecida a un estilete, dijo que la humanidad confrontaba "una de las amenazas más crueles, como es la red mundial fascista" y la llamó el "cartel internacional del fascismo". Delcy sugiere la idea de la existencia de un poder mafio-fascista que gobierna y disputa una parte conspicua del mundo que nos es contemporáneo. Hay mucha agudeza en esa oración, pues en ella reverbera una gran historia emancipadora.
Zetkin en 1923, en Moscú, en el corazón de la Internacional Comunista (Comintern, por su abreviatura en inglés), presentó un informe y una resolución sobre el entonces poder fascista emergente en Italia. Y ha señalado que cuando la burguesía "ya no puede confiar en los métodos regulares de fuerza de su Estado para asegurar su dominio de clase [...] necesita un instrumento de fuerza extralegal y no estatal". Ese instrumento se lo habilita el "variopinto ensamblaje que conforma la mafia fascista. Por eso la burguesía ofrece su mano para el beso del fascismo, concediéndole total libertad de acción, en contra de todas sus leyes escritas y no escritas. Va más allá. Alimenta el fascismo, lo mantiene y promueve su desarrollo con todos los medios a su alcance en términos de poder político y acaparamiento de dinero. Es evidente que el fascismo tiene características diferentes en cada país, en función de las circunstancias específicas [el subrayado es propio]. Sin embargo, en todos los países tiene dos rasgos esenciales: un falso programa revolucionario, que enlaza de forma extremadamente inteligente con los estados de ánimo, los intereses y las demandas de amplias masas sociales, y el uso del terror brutal y violento", resume Zetkin.
Fascismo es una palabra que nombra el devenir identitario de una herramienta del capitalismo en crisis que opera bajo el precepto cognitivo y político de una permanente contradicción.
Esto aparece nítidamente si pensamos en el gobierno del presidente Javier Milei, un aparato de Estado ubicado en el corazón de la estatalidad para destruir el Estado social, el Estado de lo común. El fascismo es entonces una herramienta para asegurar y perpetuar el dominio de clase de la burguesía —global, que hoy podemos identificar con los monopolios corporativos globales absolutistas totalitarios— ante la crisis orgánica e histórica del capitalismo en sus vertientes productiva, financiera digital y narco. Esa herramienta cuida el capitalismo —son las sirvientas voluptuosas de Drácula—, pauperiza a las clases trabajadoras y persigue el propósito de reconvertirnos en grandes mayorías esclavizadas e inermes —exangües—. Otro objetivo consiste en inhibir la organización y la rebelión de la clase trabajadora contra el capitalismo ante el recrudecimiento de la crisis. Una de sus funciones radica entonces en descargar las patologías del capitalismo sobre los hombros de lxs condenadxs de la tierra. Se trata también de un poder que expresa la crisis del Estado en el devenir de la transición a la dominación total del capital sobre la sociedad.

Mafia y fascismo —por más que no lo parezca a primera vista— son poderes complementarios, propios de una dualidad contradictoria. La palabra "mafia" refiere menos a un fenómeno residual, de marginalidad y subdesarrollo, que a una modalidad de poder propia del capitalismo. Ante ciertas situaciones críticas es capaz de activar uno de sus complementos siempre latentes en la historia política de los pueblos: el poder fascista. La condición primigenia que sostiene esos poderes es la acción criminal y la lógica de la extorsión que se organiza sobre la base de la violencia.
En lo concerniente al fascismo, voy a proponer una segunda imagen homologable con el lobo de Caperucita Roja cubierto de piel de cordero. Se viste de cordero, pero actúa como lobo. Esa dualidad la encontramos en las elaboraciones discursivas y políticas del presidente Milei, que dice: "No intervengo en el mercado", pero interviene. "No hice confiscaciones", pero sí va "confiscando" los ahorros de la clase media, y así. Esta dualidad es una constante en la historia del fascismo.